Ser becario Fulbright

Mi delegación

Todo empezó hace unos meses, con una convocatoria por internet. Ofrecían a profesores tres semanas de capacitación e intercambio en escuelas de Estados Unidos. El link comunicaba a un formulario; allí había que hacer un detalle de la historia académica y laboral, y en 500 palabras explicar por qué considerábamos importante la beca.
Según supe, más de 5000 docentes contestaron el cuestionario. Luego, cada provincia evaluó a sus propios postulantes, y eligieron 25 cada una, que se los elevaron de nuevo al Ministerio de Nación. Los seleccionados tuvieron una entrevista que terminó definiendo los finalistas para cada jurisdicción.

Y si, primero encontré mi nombre en una lista del acta de selección. Quedé paralizada, y lo primero que pensé fue: “voy a poder contar en el aula cómo es Estados Unidos”. Luego vino la euforia. En los días sucesivos todo era virtualidad: documentación para la visa, los pasajes… pero no nos veíamos aún las caras.

Hoy nos reunimos en el Ministerio de Educación. Eramos 200 docentes de todo el país (el viernes se habían juntado los otros 200), felices porque habíamos sido elegidos para una beca en Estados Unidos. Nos mirábamos, sonreíamos, y luego venían las preguntas de rutina: “¿de dónde sos? ¿en qué nivel trabajás? ¿a dónde vas?”. Porque somos entre 15 y 20 de cada jurisdicción; de inicial, primaria, secundaria, educación técnica y formación docente; docentes, directivos, supervisores; y nos toca en grupos que van a Los Ángeles, San Francisco, Ohio, Michigan, Virginia, Carolina del Norte, Texas o Arizona.

Nos encontrábamos por primera vez, y pese a que todo el mundo nos felicitaba, nos costaba creer que era cierto. Todos parecíamos preguntarnos dónde estaba el truco, que nos iban a pedir a cambio. Pero no, nos dijeron que nos eligieron porque saben que lo que aprendamos lo vamos a capitalizar. Ahí sonó una frase que me quedó resonando:

“Les damos esta beca por lo que ya son, por lo que ya hacen”.

Creo que terminamos de entender y de dimensionar la importancia de ser becarios y el privilegio que significa cuando nos contaron sobre el origen del Programa de Becas Fulbright. Resulta que no es una comisión más, una fundación más. Se trata de uno de los programas de becas de mayor prestigio internacional. Nació en Estados Unidos, en 1946, por propuesta de un senador de Arkansas llamado William Fulbright. En ese contexto de posguerra, la iniciativa buscaba fortalecer los lazos de amistad entre las naciones, generando intercambios educativos a nivel mundial.

La idea al inicio pareció descabellada: ¿¡cómo un gobierno iba a pagar por mandar estudiantes al extranjero, y sobre todo, por traer estudiantes a estudiar en su pais!? Sin embargo, se llevó a cabo. Hoy son alrededor de 250.000 los becarios que han sido favorecidos a lo largo de la historia del programa, del cual participan 140 países en el mundo. Ser becario Fulbright es una distinción muy importante a nivel mundial, ya que se sabe que las elecciones de becarios no responden a amiguismos o acomodos sino a un estricto mérito personal, que se vincula a un desempeño académico y profesional de excelencia.

Así que llegué a casa contenta, a empezar a hacer las valijas, con mi celular que no para de sonar, porque los otros miembros de mi delegación están regresando a sus provincias tan felices como yo. Ahora a enfrentar el vértigo antes de viajar, y a disfrutar de nuestro curso de 40 horas en la universidad, las 60 horas de práctica e intercambio docente allá, y las salidas culturales que tienen preparadas para nosotros.

Estados Unidos, vamos para allá!!

Salimos en los diarios!! En La Nación y también en Infobae

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Meine vier Wände… 6 años después.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Eine Wand für mein Klavier.
Eine Wand für ein Bild von dir.
Eine Wand für eine Tür.
Sonst kommst du ja nicht zu mir.

Eine Wand für ein Bett nicht zu klein.
Eine Wand für den Tisch mit dem Wein.
Eine Wand für den Sonnenschein.
Denn bei mir soll’s nicht dunkel sein.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Río Reiser

Hace 6 años terminaba un proceso y empezaba otro.

Terminaba el ahorro, la búsqueda, los trámites. Terminaba el tiempo de la ilusión. Empezaba el tiempo de concretar, de elegir, de decorar, de decidir.

Finalmente el departamento era mío. Entramos a la mejor hora, la hora en la cual en este tiempo los rayos del sol entran por la ventana y lo pintan todo de naranja. Salí por primera vez al balcón de mi departamento, mi balcón, y contemplé el barrio a mi alrededor.

De a poco se fue llenando de mis cosas, de las pocas que traje y de las muchas que elegí para mi metro cuadrado. Llegaron de a poco las plantas, los muebles, los libros. Llegaron las fotos de los viajes. Llegó Flor, ese terremoto gatuno que me acompaña.

Llegaron los amigos, con sus asados, sus vinos, sus mates, sus locros, sus conversaciones y sus sueños. Llegaron los detalles que cada una de las personas que me quieren quisieron aportar a mi nuevo proyecto, felices por mi logro. Llegaron mis vecinos, sobre todo Laura, compañera de aventuras para arriba y para abajo.

De a poco me fui amigando con este lugar, lo fui poblando de recuerdos, de historias. Me fui apropiando de él. Lo etiqueté por todos lados en alemán, y fue el lugar donde pergenié las primeras aventuras en francés.

El año pasado terminó finalmente y de manera oficial la mudanza. Al cumplirse el 5to aniversario, decidí que los últimos libros salieran de sus cajas, que era hora de cambiar la cama, la tele y otros detalles. Pero sobre todo, que era hora de desprenderme de todo aquel resto de pasado que seguía conmigo y que ya no tenía razón de ser. Una revolución final.

Hoy mis cuatro paredes son ya, totalmente, mis cuatro paredes; y me siento feliz en ellas.

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Me voy a circular

Este es un manifiesto de la historia que quiero escribir. De la mía, por supuesto.

El año pasado, en el Museo Nacional de Bellas Artes, trajeron una muestra de muralismo mexicano. Siqueiros, Orozco, Rivera… sus mejores obras para admirar gratis. Moría de ganas de ir, pero por una cosa o por otra, no fui. Me quedó el pesar de haber dejado pasar una muestra única que quién sabe cuándo se va a repetir. Me sentí ofuscada por lo que me perdí.

No es la primera vez que me pasa. Me hago cargo, a veces por no ir sola, por no coordinar horarios con otros, me quedo sin ver cosas que quiero. Me propuse, entonces, este año, aprovechar la oferta cultural de Buenos Aires. La verdad es un pecado vivir en una ciudad como esta y no aprovecharla. O sea, todo bien con la tranquilidad del “pequeño pueblo” que es el barrio… pero vale la pena sacudir el polvo y romper la rutina. Y esta ciudad ofrece de todo para todos los gustos.

Se trata sólo de romper la inercia del sillón que te abraza con ambas manos, de la ropa cómoda (pero lo más lejos de la elegancia)… y salir. Convengamos que estar cómodo en casa, apoltronado leyendo o viendo tele está muy bien. Pero cuando la rutina (y el bajón) empiezan a pegar, levantarse un día de fiaca y verse al espejo en ese estado, te tira para abajo.

Para sentirse bien, hay que estar bien, y muchas veces eso implica circular. Circular para conocer gente nueva, llenarse de ideas diferentes que te despiertan nuevas curiosidades. Y para circular sintiéndose seguro, qué mejor que bañarse, perfumarse, usar esa ropa que no te ponés para ir a trabajar, y salir a conquistar el mundo!! Yo sé que romper con la comodidad cuesta. Pero basta pensar lo bien que uno se siente al volver a casa con el espíritu renovado. Cuando voy a nadar pienso en eso: lo bien que me sentí al volver la vez anterior, que no quería ir pero me obligué y me hizo bien.

Así que en este momento, con 10 meses por delante, decido salir. Si no es acompañada, será sola. Elijo que nada me detenga, elijo poner mis ritmos y mis tiempos, y si alguien está acorde a ellos y viene mejor, pero si no, saldré yo. Mi gran compañero de aventuras será siempre este blog. Siempre lo ha sido, aunque últimamente andaba medio abandonado. Por un lado, voy a ir guardando la agenda cultural que me interesa, las propuestas que no me quisiera perder. Por otro, iré contando las andanzas, las búsquedas de información sobre los temas que voy cruzando, lo que aprendo en cada salida, y con qué me quedo. Si bien al final del año uno mira para atrás y registra todo lo hecho, no hay nada más contundente que una bitácora. Y la mía estará aquí.

Allí voy, a circular. Veremos con qué me encuentro.

Un día como hoy

20101028

Es domingo, hay sol. Mientras disfruto de poder despertarme tranquila sin presiones, manoteo el teléfono y el Facebook me propone la lista de recuerdos del día. Ciertamente me alegro de mi habitual costumbre de publicar sólo cosas lindas en Facebook… son las cosas que me gusta recordar.

La lista de recuerdos de hoy está especialmente nutrida, y para mí, suena a presagio. Este, como tantos otros 30 de Octubre, va a ser un buen día. En todo caso, es una tarea cotidiana el hecho de generar un buen recuerdo, y creo que puedo decir que en general al final del día siento que lo he logrado. Hoy empiezo emocionada por tantas cosas…

Hay una viñeta de Liniers que dice que quiero tener una vida llena de vida. La tengo impresa hace tiempo y pegada en el panel de corcho. Es todo un leiv motiv.

Hay un reconocimiento hacia mis vecinos, aquella semana del 2012 que estuvimos sin luz. Desde entonces, la boleta de electricidad viene en cero a modo de compensación. Gracias, pero lo esencial son aquellos vecinos que extraño… Quique y sus reuniones de amigos los jueves, donde parecía que estaban discutiendo de política adentro de mi casa, y a mí me gustaba que así fuera. Caro y su eterna sonrisa al fondo del palier, a donde corría Flor, en ese tiempo cachorra, a hacer sociales a través de la puerta olfateándose con el caniche que estaba del otro lado.

Hay un video de Miguel Bosé, donde me canta “No hay ni un corazón”, una canción que me llega especialmente y que siempre me identifica. Y no es un dato menor, un video donde él me encanta… será su sonrisa de lado, su mirada penetrante, su voz profunda, intensa… en fin, lindo tipo.

Hay un discurso de Alfonsín, el del cierre de campaña de 1983. Además de sus palabras siempre vigentes y emocionantes, me retrotrajo a aquella mañana en la que el ex presidente nos visitó en la escuela y nos habló como un padre. Debe hacer unos 20 años de eso. Nunca olvidaré aquel día y aquella experiencia.

Hay una foto que marca el final de mis prácticas de Geografía. Semanas atrás había cerrado la residencia, pero allí me firmaron la libreta y Roberto me hizo la devolución con un deseo: “Espero que tus aulas de geografía te generen experiencias gratificantes, que disfrutes siempre la magia del aula y mantengas siempre la pasión por enseñar.” La vida es dialéctica: nos lleva a los mismos puntos pero siempre un poco más arriba. A mi me llevó a cerrar el ciclo del profesorado diez años después de aquel comienzo en Historia, de nuevo en el mítico edificio del Moreno que me vio transitar tantos años. Si después quedaron materias por rendir, es anécdota. Fueron las prácticas en ese lugar las que cerraron esa etapa en mi cabeza. Hoy vino a mi cabeza aquella chica que se me acercó al final de la última clase, y con mucha emoción me dijo que iba a ser una excelente profesora. Son momentos que se atesoran.

Hay una foto de mi pizarrón el año pasado, llena de nubes y perfiles de las sierras pampeanas. Muestra que la pasión sigue intacta y que ellos se siguen enganchando conmigo, que preguntan y repreguntan con curiosidad y que salen cosas muy interesantes.

Y hay un recuerdo que el Facebook no trae, pero que está en mí. Hoy, más que nunca. Me levanto para hacerme el mate de cada mañana y veo mi casa, desordenada por las reformas, con la biblioteca a medio pintar en medio del comedor, tal como quedó después del trabajo que hicimos ayer con papá entre mate y mate. No es la mejor imagen de mi casa, o sí, porque es una casa viva… y una vez más pienso en él. Recuerdo que me recibían de chica cuando necesitaba “huir” de casa. Mientras ella me hacía un sandwichito de jamón con manteca y un matecito, él me escuchaba, me aconsejaba, me consolaba. Siempre me contuvo y me dió mucha paz. Pasada la catársis, hablábamos de todo un poco, y llegado un momento, me decía: “¿te quedás a comer?”. A mí me daba un poco de vergüenza… hasta que aprendí que para ellos era un placer que esperaban el hecho de que comiéramos juntos compartiendo las comidas que más les gustaba. Muchas veces se levantaba y hacía una tortilla de papas, cortando meticulosamente las papas con calma. Otras veces, pedíamos la pizza que más le gustaba. De vez en cuando, amasábamos chipa entre los tres. Sí, cómo le hubiera gustado ver mi casa. Cómo le hubiera gustado verme crecer un poco más. Se hubiera puesto feliz. Y a mí me hubiera gustado correr una vez más a su casa para contarle las buenas nuevas. Porque hay muchas, y ellos son una parte importante de ellas. Sé que de alguna forma el ve mi casita, y se pone feliz de que estemos pintando las bibliotecas entre mate y mate con papá.

Construir un rosario de recuerdos para cada día es tarea cotidiana. Me siento feliz con lo que he construído, y hoy me toca agregar una cuenta más. Aquí voy…

Conciencias

sweater verde

Terminé la espalda, terminé la delantera de mi sweater verde. Me toca empezar los cálculos para hacer la manga. Decidí hacerla Ranglan, así que tengo que llegar a la sisa con una cantidad de puntos igual a la espalda menos el escote. Me mido la muñeca, el largo del brazo. Regla de tres simple: tengo que aumentar cada 7cm, que vendrían a ser unas 15 vueltas. Todo eso me lo enseñó ni madre.

Entonces allí, con la lana verde, las agujas y el centímetro en la mano, me llega la conciencia de una realidad: cuántos saberes y cuántas historias desaparecen con una persona que se va.

Imagino que de eso se trata la conciencia del tiempo. Es como el momento en el que te das cuenta en que ya no sos el más chico que puede vivir livianamente, porque hay una nueva generación que da sus primeros pasos tambaleante de la cual sos responsable.

Solo que lo que descubrís esta vez es que cada vez te quedás más solo. Que quienes te daban un consejo ante una duda ya no están, y que te tenés que arreglar solo con tu experiencia. Que poco a poco vas siendo vos la experiencia que se transmite y asesora a los demás.

Francamente no sé por cuánto tiempo voy a poder consultarle a mi madre si me surge una duda frente al cálculo de una manga ranglan. Supongo, con la poca información con la que cuento, que no mucho tiempo más. Y más allá de los conflictos familiares, de las distancias y silencios, es un hecho que conmueve. Mas allá de lo relacional, es la conciencia de la vida que pasa y de nuestra propia finitud.

Como si fuera metáfora de la vida, mi sweater verde es, hoy por hoy, en cada punto, una reflexión existencial. Con cada punto, cada vuelta, cada vez que destejemos para enmendar errores, vamos construyendo algo hermoso y a la vez acercándonos al final de la tarea.

Tal vez abandone el tejido… al menos por un tiempo. No sé si estoy preparada para la conciencia a la que él me enfrenta. O tal vez haga de tripas corazón y siga tejiendo hasta el final ahora mismo, cabezona como soy, para que las angustias e incertidumbres queden enredadas ahí y, transformándolas en algo bueno, llegue la paz… al menos por ahora.

La nieta de Félix

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Árbol de la vida – Paul Klee

¿Qué quién soy? Muchas cosas. Claramente, no nací de un repollo.

Cuando era chica, me gustaba imaginar que la historia había comenzado cuando yo aparecí en el mundo. Mi mamá era la principal encargada de contarme todo lo que había sucedido mientras yo no estuve. De vez en cuando, también mi papá soltaba alguna historia. Mis tías aportaban algo si se lo preguntaban, y mi abuela recordaba siempre lo mismo. Pero a mí, todo lo que me contaban del pasado, de las personas que en teoría habían vivido y ya habían muerto antes de que yo llegara, de las personas que vivían y que supuestamente habían sido más jóvenes alguna vez, se me antojaba una historia creada para dar marco a mi existencia. Mi imaginación infantil me decía que todos habían sido puestos en el mundo a mi alrededor, y me gustaba pensarme de esa manera.

Tal vez algo de eso perduró, e incluso, quizás en el fondo, me lo creí. Si no, no se explica tamaña sorpresa aquella mañana de verano.

El teléfono sonó interrumpiendo los mates tranquilos del desayuno de las vacaciones. Al otro lado, una voz desconocida preguntó por mi madre, y al enterarse que no estaba en casa en ese momento, preguntó por la tía de mi mamá. “Falleció en noviembre”, le dije.

A juzgar por su voz, era una mujer mayor, que al enterarse de la noticia comenzó a lamentarse. Ya nos habíamos habituado a recibir llamados de personas que no conocíamos preguntando por la tía Irene. Como de costumbre, le di mi pésame, y le pregunté quién era, para que mi madre la llamara. Su respuesta fue una pregunta: “¿y vos quién sos?”. “Yo soy la hija de Ana”, respondí. Y la señora me retrucó con emoción: “ay, entonces vos sos la nieta de Félix!”.

Desde mi infancia fui muchas cosas: “la hija de”, “la hermana de”, “la sobrina de” y “la prima de”. Incluso tuve la gracia de tener aquella única abuela que, aunque anciana y especial, me convirtió en “la nieta de” y me permitió vivir la experiencia de ese vínculo. Hoy sigo siendo muchas de esas cosas, a veces con menos frecuencia que antes. A ellas sumé otras que he sabido construir, y así, hoy soy también “la colega de” y “la profesora de”. También tengo el honor de que haya personas que me reconozcan como “la amiga de”, y espero, en el futuro, seguir cosechando denominaciones que enriquezcan la definición de mi existencia. Pero nunca nadie antes, hasta ese momento, me había llamado “la nieta de Félix”.

Siempre supe que ese hombre había sido mi abuelo, pero Félix en la historia familiar era poco más que un puñado de anécdotas dudosas, y sus rasgos, una serie de conjeturas más que de certezas. Ni mi madre tenía un recuerdo cierto de él, ya que su vida se extinguió antes de que ella pudiera llamarlo papá. Pero sin embargo, ese hombre era mi abuelo, y yo lo sabía. Siempre lo había dicho livianamente, pero nunca había asumido verdaderamente como propia la identidad que me daba la filiación con él… hasta entonces.

Lo que hizo esta señora fue arrojarme encima un fardo de historia que me pertenecía a mí tanto como a ella. Lentamente, me apoyé en la pared y me dejé deslizar hasta sentarme en el piso. En el camino debo haber susurrado un “sí” al teléfono que desencadenó de parte de la señora no sólo su presentación, sino una parva de historias de gente y tiempos que yo no conocía. Se trataba de una prima de mi abuelo, hermano de la tía Irene que había muerto meses atrás. La señora me contaba cómo pasaban los veranos en una quinta de “la familia que vivía en Temperley”, en la que Félix se trepaba a los árboles. “Y todo eso pasó cuando ya sus padres se habían separado”, me decía dando por sentado que yo conocía los hechos tanto como ella que los había vivido. Muda, absorta, la escuchaba hablar de un mundo desconocido para mí, y aunque me costara creerlo, ese mundo de su juventud que ella, hoy anciana, describía emocionada porque era parte de su historia más íntima, también era mío. Y yo hundía mis raíces en él tanto como ella.

Entonces me di cuenta de que esas historias transmitidas de generación en generación igual que la sangre de mis venas y los rasgos de mi cara, me daban identidad como un segundo ADN y marcaban lo que soy, aún sin que yo lo reconociera. Nunca me había dado cuenta cómo esas historias que yo no viví eran tan mías, y a qué punto estaban incorporadas a lo que soy.

Cada día soy alguien más en esta identidad multifacética. La mayor parte de las veces, no recuerdo en qué momento me convertí en quien soy. Pero si hay algo que quedó grabado a fuego, fue el día que comprendí que era la nieta de Félix. Y cuando uno da esos pasos en la vida, ya nada vuelve a ser igual.

Ser hijos

El voto y la familia

Humor Petiso, Diego Parés

Cuando vi esta viñeta no pude evitar sonreir. Fue una sonrisa tierna, una sonrisa amarga… me sentí tan reflejada!!

La verdad que este domingo, cuando mi padre en la cocina, mientras hacíamos waffles y tomábamos mate, me preguntó por quién iba a votar el domingo próximo en las PASO, se me anudó el estómago. Me sentí chiquitita chiquitita otra vez. Porque, además de que mi “no sé” fue sincero, sabía cuál era la única respuesta correcta a la pregunta, respuesta que por otra parte, no es ni por las tapas la opción que yo tomaría. Y sabía que atrás vendría el sermón, como cuando éramos chicos, tratando de aleccionar y convencer.

Me pregunté por qué me siguen pasando estas cosas a los 33 años, cuando uno debería tener una relación más de igual a igual con los padres, cuando todos somos adultos… Hubo un tiempo en que me enojaba: “¿por qué si el Estado me considera capaz de votar y de elegir por mi cuenta, vos no?”. Pero un día me di cuenta que nunca vamos a dejar de ser hijos… que ellos nos van a ver siempre como niños que necesitan de su consejo, de su enseñanza, de su cuidado. Y esto no quiere decir que no nos reconozcan como adultos libres, creo que está en la esencia de ser padre no perder nunca esa mirada de que somos aún sus niños. Y eso me produce una profunda ternura y me dota de una infinita paciencia.

Se estarán preguntando si efectivamente recibí el sermón, y sí, lo recibí… y seguro me espera otro el próximo domingo, cuando me pregunten sobre el hecho consumado: por quién voté. Ahí no podré escaparme y decir que no sé, no sonaría creíble. Pero como siempre, algo voy a inventar para que el sermón sea más leve… o para escapar de él!! De hecho, esa habilidad para el escapismo también es una de las condiciones de ser hijo que uno ha desarrollado.

Algo más sobre las elecciones (y sobre por qué no voto como mi padre):

En la voz de Paulo Freire

Un poco de teorías económicas de la política