El corazón autóctono de la ciudad

Domingo inusualmente fresco para ser enero; menos de 20 grados, con llovizna. Una charla necesaria y luego, ganas de despejarse. ¿Qué hacemos? Las ideas fluyeron de a poco y amalgamando una a una salió un paseo variadito que tuvo de todo. El destino? San Telmo, el corazón histórico de la ciudad.

San Telmo tiene el encanto de lo autóctono; del barrio antiguo que no vas a encontrar en otro lado. Aún conserva calles empedradas desniveladas, y casas antiguas más o menos conservadas. La atmósfera en sí es fascinante, entre anticuarios, iglesias y antiguos monumentos.

En esta tarde de domingo, caminamos por la calle Defensa, deteniéndonos a veces para sacar algunas fotos, o para mirar algo especial. La lluvia había alejado a muchos paseantes, pero aún así la calle era una romería. Todo este tramo fue de deambular tranquilo disfrutando la arquitectura del lugar.

Uno de los altos que hicimos fue meternos en el pasaje San Lorenzo para ver la casa mínima. El mito urbano dice que un esclavo liberado compró esa casa. Lo cierto es que la casita es simpática y más simpática la hacía hoy el citroen 3CV estacionado en la puerta.

Llegando a plaza Dorrego están los antiguos conventillos, y nos detuvimos un poco allí también. Algunos, como el patio de French, están muy bien conservados y tienen locales comerciales agradables. Otros, como el viejo caserón de los Ezeiza, se ven más deteriorados y te hacen sentir en un viaje en el tiempo. Transitar patios y galerías es sentir que en cualquier momento salen las madres italianas a colgar la ropa, o el abuelo que se va a afeitar en el piletón del patio. Un aljibe que hoy es macetero permite imaginar las mateadas en una tarde de calor, y los niños corriendo aquí y allá. Miraba las puertas altas que permiten entrar a los cuartos y pensaba que en aquellos tiempos eran la puerta principal de la morada de una familia… o tal vez dos.

Entre la edificación baja de las calles, asoma la Santa Rita en flor o el campanario de la Iglesia en lo lejano. Es interesante San Telmo… con sus bares antiguos con identidad, donde el café viene en porcelana y el mozo tiene un trato familiar, que dan pelea a los gigantes de la estandarización transnacional. Y seguimos caminando.

Pasamos un rato en el Museo de Arte Moderno y luego fuimos al parque Lezama, y lo recorrimos brevemente admirando sus rincones y ornamentaciones. Se trata del casco de estancia de un hacendando de apellido Lezama, que tenía los jardines de su casa sobre la barranca que da al río. Hoy tenemos allí, además del paseo, el museo histórico nacional. Se supone además que esa barranca fue el lugar donde Pedro de Mendoza fundó, por primera vez, la ciudad de Buenos Aires.

Pero en realidad, esta caminatita fue un desvío respecto al objetivo inicial: comer algo en un bar tradicional. En la esquina de Brasil y Defensa hay dos bares famosos: el Británico (que hace un par de años fue rescatado y salvado de la desaparición) y el Hipopótamo. Este último fue nuestro elegido.

Entrar allí es meterse un poco en el tunel del tiempo y salir en algún rincón del Buenos Aires antiguo. Su historia se inició en 1909, con el nombre de Estrella del Sur, y era más un almacén con despacho de bebidas que un bar propiamente dicho. El interior del bar se mantiene antiguo, en cierta penumbra; con su piso de ajedrez blanco y negro y las mesitas de madera cuadrada. Se destaca el gran espejo con firuletes en la pared, entre antiguos carteles enlozados de publicidad. Pero lo más lindo es el mostrador, que conserva el encanto de otro tiempo, con sus botellas, quesos, y sobre ellos, las ristras de ajo y chorizos colgando. En un rincón, el budín inglés prometía, custodiado por el muñeco del hipopótamo que da nombre al local.

Elegimos una tortilla de papa, que tenía el sabor de la comida casera, acompañada por tablita de fiambres para uno, que resultó de una variedad y cantidad suficiente como para dejarnos contentos a los tres. Una cerveza completó la ecuación, en reemplazo de la sidra tirada que se había acabado y que nos quedamos con ganas de tomar. Buen motivo para volver!

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La City desierta

La Iglesia de la Merced y los bancos

Domingo de sol. Se escapa el invierno, los plátanos ya brotaron y la ciudad reverdece con ese verde tenue de las hojas frágiles. En la Avenida de Mayo resuenan los tambores de las batucadas, comparsas y escolas de la fiesta con la que Buenos Aires celebra a Brasil. Venimos cruzando la Plaza de Mayo, atraídos por el sonido de la percusión, cuando se me ocurre hacer un alto para sacar unas fotos. De todos los edificios que rodean la plaza, siempre hay dos que captan todas las miradas: el Cabildo y la Casa Rosada. Pero arquitectónicamente, el Banco Nación y el Banco Francés resultan sin duda atractivos. El primero, en la esquina Noreste de la plaza, es de estilo francés monumental, austero, típico del período de entreguerras. El segundo, claramente italiano, albergó originalmente un banco que no es el que hoy lo ocupa.

Entonces, ocurrió algo: al acercarme para sacar detalle de un pórtico, descubrí que más allá asomaba una cúpula verde. Así, nos adentramos en las callejuelas desiertas, donde entre semana camina al trote un ejército de bancarios entre los paredones que parecen estrechar las calles. Así, empiezan a aparecer los tesoros de la City, que no son los que guardan los bancos en sus corazones, sino los edificios protegidos que les dan albergue. La mayoría de ellos data de principios del siglo XX, cuando Argentina era el “granero del mundo” para una Europa industrial ávida e alimentos. Las placas en el suelo recuerdan que se trata de edificios protegidos, patrimoniales, donde constan sus antiguos nombres. Así, uno descubre (o confirma) quién tenía el control en aquella división internacional del trabajo.

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Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

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Pasajes y algo más

Hace un tiempo, encontramos con Laura este artículo y nos propusimos visitar alguna vez los pasajes que propone. El día fue hoy: una linda tarde de invierno, con sol y calor. Sallimos a recorrer San Telmo en busca de estos rincones escondidos de la ciudad, y luego compartimos una merienda y anécdotas de viaje. Interesante tarde para disfrutar el último fin de semana de las vacaciones.

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Día de feria

El segundo fin de semana de cada mes se realiza en el predio de la Facultad de Agronomía de la UBA la Feria del Productor al Consumidor. En caso de lluvia, la feria se reprograma para el fin de semana siguiente.

Fue Pablo el que nos pasó el dato y nos animó a ir, primero a Julián y ahora a mí. Es la segunda vez que voy y siento que ya me volví feria-adicta. La pasamos muy bien en ese espacio y conseguimos productos espectaculares a muy buen precio.

¿De qué se trata? Es una feria que reúne a productores independientes, que brindan productos orgánicos, caseros. Desde verduras a conservas y de yerba de las cooperativas de Misiones a tejidos y chocolates, esta feria concentra una oferta variada de productos. En la edición pasada compré una yerba misionera orgánica excelente, y esta vez volví con unos orejones de damasco y pera exquisitos para disfrutar como caramelos naturales.Palabras aparte merecen las verduras; qué decir de la lechuga orgánica sin pesticidas que compré, que está arrepollada y sana como he visto pocas, y que pesa una sola planta más de medio kilo. Ni les cuento el sabor que tiene; da pena hacerla ensalada.

Pero la cosa no termina ahí. La feria tiene una importante (y cada vez más amplia) oferta gastronómica. Comida vegana con una pinta impresionante (las hamburguesas tentaban a cualquiera) y de diferentes países combina con un puesto de cervezas artesanales. Hoy compartimos unas arepas venezolanas, y empanadas de masa de papa y mandioca, mbejú y chipaguazú del puesto de Justina, especializado en comida paraguaya. Todo acompañado por unas cervezas estilo belga muy ricas.

Una alternativa diferente para salir a caminar, pasear y disfrutar del sol; aprovisionarse de productos sanos y naturales y comer algo rico, diferente. Es una excelente oferta para ir de paseo. A mí me va cautivando… así que en la próxima edición, nos veremos en la feria!!

Tarde de sol en el jardín japonés

El otoño está en su esplendor, con árboles amarillos por todos lados, por ello me dio ganas de ir a sacar fotos al jardín japonés, que cambia de colores con las estaciones.

El jardín japonés de Buenos Aires fue creado en 1967, así que está cumpliendo 50 años de existencia. Es uno de los lugares más calmos y relajantes de la ciudad, un oasis de quietud en medio de uno de los barrios de más movimiento de la ciudad.

El jardín combina elementos fácilmente identificables con el paisajismo japonés, como los puentes, pasarelas y estatuas; tiene gran variedad de plantas, algunas nativas de Argentina y otras de origen japonés; y en el gran lago nadan carpas de colores. Todos los elementos buscan el equilibrio y la armonía. Recorrimos tranquilas con Laura, sacando fotos y conversando, disfrutando del sol.

Para terminar nuestra tarde, tomamos un rico té con una degustación de dulces japoneses. Venían con tres bochas de helado blanco, uno de limón, otro de praliné y otro de jengibre. Tan suaves los sabores, delicioso!! Había una tarteleta de peras y unos bocaditos dulces también; más unas galletitas con sésamo para comer con los helados. Fue muy rico. En ese edificio, además del restaurant de cocina japonesa, funciona el centro cultural.

Linda tarde para despedir el cuarto mes del año y recibir al segundo cuatrimestre del 2017.

Quinta Pueyrredón

Sobre la barranca que baja abrupta al río, hay un caserón antiguo con un patio con naranjos. Es una de las tantas quintas históricas que se conservan en San Isidro. Nacidas de los repartos de tierras de Juan de Garay, cada una tenía un frente de una o dos cuadras sobre el río, por una legua de fondo. De allí el nombre de la calle “fondo de la legua” que perdura hasta hoy, y que no era más que el camino que unía el fondo de todas las quintas con la ciudad de Buenos Aires.

La extraña forma de los terrenos, tan angosta y larga, respondía al hecho de que necesitaban tener salida al río para contar con agua, en un tiempo en que era complejo sacar agua subterránea en cantidad.

Las quintas en ese tiempo abastecían de frutas y verduras frescas a la ciudad de Buenos Aires. La casa quinta que se conoce hoy como “Quinta Pueyrredón”, fue denominada antiguamente “Casa de la Chacra del Bosque Alegre”.

La construcción data del año 1790 y es uno de los mejores exponentes de la arquitectura colonial rioplatense que se conservan hoy. En ella vivió y murió Juan Martín de Pueyrredón, Brigadier General y Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien al adquirir la propiedad, modificó el viejo caserón y la rústica arboleda. La galería principal fue renovada, y las caballerizas y los cuartos de servicio (que eran ranchos de paja y barro) fueron reconstruidos en ladrillo.

Juan Martín de Pueyrredón buscó paz y tranquilidad en los jardines de su chacra. Sobre las barrancas del río y rodeado de la flora autóctona, se dedicó  a la horticultura: plantaba árboles y cultivaba flores, convirtiendo el entorno de la casa en un maravilloso jardín.

El sitio fue frecuentado por José de San Martín, quien diagramó allí con Pueyrredón buena parte de la estrategia del cruce de los Andes bajo el algarrobo que aún vive en la quinta. Se trata de un árbol típico del talar, bosque que cubría las barrancas del partido, y se calcula que el ejemplar posee más de 330 años y un óptimo estado sanitario.

Posteriormente, la propiedad pasó a su hijo Prilidiano Pueyrredón, uno de los artistas más significativos de la pintura argentina del siglo XIX, quien a la muerte de su padre permaneció un tiempo más en la chacra. El artista supo refaccionarla sin alterar su planta original: modernizó las habitaciones y la ornamentación de la galería principal, cambiando las vigas de lapacho por columnas de estilo toscano, y diseñó un dormitorio en un piso superior y un mirador anexado, en el cual el artista instaló su taller.

Las visitas ilustres continuaron. Dalmacio Vélez Sarsfield estuvo aqui, al igual que Domingo Faustino Sarmiento, que plantó un aguaribay que aún sobrevive y que se ve añejo.

Desde 1941 la quinta es Monumento Histórico Nacional, mientras que el museo abrió sus puertas en 1944. Al momento de su adquisición, la propiedad mostraba importantes signos de deterioro.

La casa está ambientada con mobiliario y objetos de la vida cotidiana de aquél entonces, buscando dar cuenta de la sociabilidad y vida cotidiana del siglo XIX. A ello se suman los magníficos cuadros, sobre todo retratos, hechos por Prilidiano Pueyrredón.

Sus jardines frente al Río de la Plata conservan aún hoy especies con más de 200 años. El amplio Bosque Alegre cuenta con especies autóctonas (aquellas especies nativas del continente americano) y exóticas (especies introducidas desde otros continentes).

Hacia la parte norte de la casa se encuentra el jardín de boj y magnolias diseñado por Prilidiano Pueyrredón. Este espacio alberga en el centro una fuente de mármol de carrara enviada desde Italia por el diplomático Manuel García en el  período Aguirre.

Antiguamente existía un camino que unía la chacra con el río, que era utilizado por las lavanderas y los cuidadores de animales. Debido a la parcelación de los antiguos terrenos de la chacra, la bajada de las lavanderas se vio interrumpida por el paso de calles y caminos.