El corazón autóctono de la ciudad

Domingo inusualmente fresco para ser enero; menos de 20 grados, con llovizna. Una charla necesaria y luego, ganas de despejarse. ¿Qué hacemos? Las ideas fluyeron de a poco y amalgamando una a una salió un paseo variadito que tuvo de todo. El destino? San Telmo, el corazón histórico de la ciudad.

San Telmo tiene el encanto de lo autóctono; del barrio antiguo que no vas a encontrar en otro lado. Aún conserva calles empedradas desniveladas, y casas antiguas más o menos conservadas. La atmósfera en sí es fascinante, entre anticuarios, iglesias y antiguos monumentos.

En esta tarde de domingo, caminamos por la calle Defensa, deteniéndonos a veces para sacar algunas fotos, o para mirar algo especial. La lluvia había alejado a muchos paseantes, pero aún así la calle era una romería. Todo este tramo fue de deambular tranquilo disfrutando la arquitectura del lugar.

Uno de los altos que hicimos fue meternos en el pasaje San Lorenzo para ver la casa mínima. El mito urbano dice que un esclavo liberado compró esa casa. Lo cierto es que la casita es simpática y más simpática la hacía hoy el citroen 3CV estacionado en la puerta.

Llegando a plaza Dorrego están los antiguos conventillos, y nos detuvimos un poco allí también. Algunos, como el patio de French, están muy bien conservados y tienen locales comerciales agradables. Otros, como el viejo caserón de los Ezeiza, se ven más deteriorados y te hacen sentir en un viaje en el tiempo. Transitar patios y galerías es sentir que en cualquier momento salen las madres italianas a colgar la ropa, o el abuelo que se va a afeitar en el piletón del patio. Un aljibe que hoy es macetero permite imaginar las mateadas en una tarde de calor, y los niños corriendo aquí y allá. Miraba las puertas altas que permiten entrar a los cuartos y pensaba que en aquellos tiempos eran la puerta principal de la morada de una familia… o tal vez dos.

Entre la edificación baja de las calles, asoma la Santa Rita en flor o el campanario de la Iglesia en lo lejano. Es interesante San Telmo… con sus bares antiguos con identidad, donde el café viene en porcelana y el mozo tiene un trato familiar, que dan pelea a los gigantes de la estandarización transnacional. Y seguimos caminando.

Pasamos un rato en el Museo de Arte Moderno y luego fuimos al parque Lezama, y lo recorrimos brevemente admirando sus rincones y ornamentaciones. Se trata del casco de estancia de un hacendando de apellido Lezama, que tenía los jardines de su casa sobre la barranca que da al río. Hoy tenemos allí, además del paseo, el museo histórico nacional. Se supone además que esa barranca fue el lugar donde Pedro de Mendoza fundó, por primera vez, la ciudad de Buenos Aires.

Pero en realidad, esta caminatita fue un desvío respecto al objetivo inicial: comer algo en un bar tradicional. En la esquina de Brasil y Defensa hay dos bares famosos: el Británico (que hace un par de años fue rescatado y salvado de la desaparición) y el Hipopótamo. Este último fue nuestro elegido.

Entrar allí es meterse un poco en el tunel del tiempo y salir en algún rincón del Buenos Aires antiguo. Su historia se inició en 1909, con el nombre de Estrella del Sur, y era más un almacén con despacho de bebidas que un bar propiamente dicho. El interior del bar se mantiene antiguo, en cierta penumbra; con su piso de ajedrez blanco y negro y las mesitas de madera cuadrada. Se destaca el gran espejo con firuletes en la pared, entre antiguos carteles enlozados de publicidad. Pero lo más lindo es el mostrador, que conserva el encanto de otro tiempo, con sus botellas, quesos, y sobre ellos, las ristras de ajo y chorizos colgando. En un rincón, el budín inglés prometía, custodiado por el muñeco del hipopótamo que da nombre al local.

Elegimos una tortilla de papa, que tenía el sabor de la comida casera, acompañada por tablita de fiambres para uno, que resultó de una variedad y cantidad suficiente como para dejarnos contentos a los tres. Una cerveza completó la ecuación, en reemplazo de la sidra tirada que se había acabado y que nos quedamos con ganas de tomar. Buen motivo para volver!

La City desierta

La Iglesia de la Merced y los bancos

Domingo de sol. Se escapa el invierno, los plátanos ya brotaron y la ciudad reverdece con ese verde tenue de las hojas frágiles. En la Avenida de Mayo resuenan los tambores de las batucadas, comparsas y escolas de la fiesta con la que Buenos Aires celebra a Brasil. Venimos cruzando la Plaza de Mayo, atraídos por el sonido de la percusión, cuando se me ocurre hacer un alto para sacar unas fotos. De todos los edificios que rodean la plaza, siempre hay dos que captan todas las miradas: el Cabildo y la Casa Rosada. Pero arquitectónicamente, el Banco Nación y el Banco Francés resultan sin duda atractivos. El primero, en la esquina Noreste de la plaza, es de estilo francés monumental, austero, típico del período de entreguerras. El segundo, claramente italiano, albergó originalmente un banco que no es el que hoy lo ocupa.

Entonces, ocurrió algo: al acercarme para sacar detalle de un pórtico, descubrí que más allá asomaba una cúpula verde. Así, nos adentramos en las callejuelas desiertas, donde entre semana camina al trote un ejército de bancarios entre los paredones que parecen estrechar las calles. Así, empiezan a aparecer los tesoros de la City, que no son los que guardan los bancos en sus corazones, sino los edificios protegidos que les dan albergue. La mayoría de ellos data de principios del siglo XX, cuando Argentina era el “granero del mundo” para una Europa industrial ávida e alimentos. Las placas en el suelo recuerdan que se trata de edificios protegidos, patrimoniales, donde constan sus antiguos nombres. Así, uno descubre (o confirma) quién tenía el control en aquella división internacional del trabajo.

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Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

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Pasajes y algo más

Hace un tiempo, encontramos con Laura este artículo y nos propusimos visitar alguna vez los pasajes que propone. El día fue hoy: una linda tarde de invierno, con sol y calor. Sallimos a recorrer San Telmo en busca de estos rincones escondidos de la ciudad, y luego compartimos una merienda y anécdotas de viaje. Interesante tarde para disfrutar el último fin de semana de las vacaciones.

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Día de feria

El segundo fin de semana de cada mes se realiza en el predio de la Facultad de Agronomía de la UBA la Feria del Productor al Consumidor. En caso de lluvia, la feria se reprograma para el fin de semana siguiente.

Fue Pablo el que nos pasó el dato y nos animó a ir, primero a Julián y ahora a mí. Es la segunda vez que voy y siento que ya me volví feria-adicta. La pasamos muy bien en ese espacio y conseguimos productos espectaculares a muy buen precio.

¿De qué se trata? Es una feria que reúne a productores independientes, que brindan productos orgánicos, caseros. Desde verduras a conservas y de yerba de las cooperativas de Misiones a tejidos y chocolates, esta feria concentra una oferta variada de productos. En la edición pasada compré una yerba misionera orgánica excelente, y esta vez volví con unos orejones de damasco y pera exquisitos para disfrutar como caramelos naturales.Palabras aparte merecen las verduras; qué decir de la lechuga orgánica sin pesticidas que compré, que está arrepollada y sana como he visto pocas, y que pesa una sola planta más de medio kilo. Ni les cuento el sabor que tiene; da pena hacerla ensalada.

Pero la cosa no termina ahí. La feria tiene una importante (y cada vez más amplia) oferta gastronómica. Comida vegana con una pinta impresionante (las hamburguesas tentaban a cualquiera) y de diferentes países combina con un puesto de cervezas artesanales. Hoy compartimos unas arepas venezolanas, y empanadas de masa de papa y mandioca, mbejú y chipaguazú del puesto de Justina, especializado en comida paraguaya. Todo acompañado por unas cervezas estilo belga muy ricas.

Una alternativa diferente para salir a caminar, pasear y disfrutar del sol; aprovisionarse de productos sanos y naturales y comer algo rico, diferente. Es una excelente oferta para ir de paseo. A mí me va cautivando… así que en la próxima edición, nos veremos en la feria!!

Tarde de sol en el jardín japonés

El otoño está en su esplendor, con árboles amarillos por todos lados, por ello me dio ganas de ir a sacar fotos al jardín japonés, que cambia de colores con las estaciones.

El jardín japonés de Buenos Aires fue creado en 1967, así que está cumpliendo 50 años de existencia. Es uno de los lugares más calmos y relajantes de la ciudad, un oasis de quietud en medio de uno de los barrios de más movimiento de la ciudad.

El jardín combina elementos fácilmente identificables con el paisajismo japonés, como los puentes, pasarelas y estatuas; tiene gran variedad de plantas, algunas nativas de Argentina y otras de origen japonés; y en el gran lago nadan carpas de colores. Todos los elementos buscan el equilibrio y la armonía. Recorrimos tranquilas con Laura, sacando fotos y conversando, disfrutando del sol.

Para terminar nuestra tarde, tomamos un rico té con una degustación de dulces japoneses. Venían con tres bochas de helado blanco, uno de limón, otro de praliné y otro de jengibre. Tan suaves los sabores, delicioso!! Había una tarteleta de peras y unos bocaditos dulces también; más unas galletitas con sésamo para comer con los helados. Fue muy rico. En ese edificio, además del restaurant de cocina japonesa, funciona el centro cultural.

Linda tarde para despedir el cuarto mes del año y recibir al segundo cuatrimestre del 2017.

Quinta Pueyrredón

Sobre la barranca que baja abrupta al río, hay un caserón antiguo con un patio con naranjos. Es una de las tantas quintas históricas que se conservan en San Isidro. Nacidas de los repartos de tierras de Juan de Garay, cada una tenía un frente de una o dos cuadras sobre el río, por una legua de fondo. De allí el nombre de la calle “fondo de la legua” que perdura hasta hoy, y que no era más que el camino que unía el fondo de todas las quintas con la ciudad de Buenos Aires.

La extraña forma de los terrenos, tan angosta y larga, respondía al hecho de que necesitaban tener salida al río para contar con agua, en un tiempo en que era complejo sacar agua subterránea en cantidad.

Las quintas en ese tiempo abastecían de frutas y verduras frescas a la ciudad de Buenos Aires. La casa quinta que se conoce hoy como “Quinta Pueyrredón”, fue denominada antiguamente “Casa de la Chacra del Bosque Alegre”.

La construcción data del año 1790 y es uno de los mejores exponentes de la arquitectura colonial rioplatense que se conservan hoy. En ella vivió y murió Juan Martín de Pueyrredón, Brigadier General y Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien al adquirir la propiedad, modificó el viejo caserón y la rústica arboleda. La galería principal fue renovada, y las caballerizas y los cuartos de servicio (que eran ranchos de paja y barro) fueron reconstruidos en ladrillo.

Juan Martín de Pueyrredón buscó paz y tranquilidad en los jardines de su chacra. Sobre las barrancas del río y rodeado de la flora autóctona, se dedicó  a la horticultura: plantaba árboles y cultivaba flores, convirtiendo el entorno de la casa en un maravilloso jardín.

El sitio fue frecuentado por José de San Martín, quien diagramó allí con Pueyrredón buena parte de la estrategia del cruce de los Andes bajo el algarrobo que aún vive en la quinta. Se trata de un árbol típico del talar, bosque que cubría las barrancas del partido, y se calcula que el ejemplar posee más de 330 años y un óptimo estado sanitario.

Posteriormente, la propiedad pasó a su hijo Prilidiano Pueyrredón, uno de los artistas más significativos de la pintura argentina del siglo XIX, quien a la muerte de su padre permaneció un tiempo más en la chacra. El artista supo refaccionarla sin alterar su planta original: modernizó las habitaciones y la ornamentación de la galería principal, cambiando las vigas de lapacho por columnas de estilo toscano, y diseñó un dormitorio en un piso superior y un mirador anexado, en el cual el artista instaló su taller.

Las visitas ilustres continuaron. Dalmacio Vélez Sarsfield estuvo aqui, al igual que Domingo Faustino Sarmiento, que plantó un aguaribay que aún sobrevive y que se ve añejo.

Desde 1941 la quinta es Monumento Histórico Nacional, mientras que el museo abrió sus puertas en 1944. Al momento de su adquisición, la propiedad mostraba importantes signos de deterioro.

La casa está ambientada con mobiliario y objetos de la vida cotidiana de aquél entonces, buscando dar cuenta de la sociabilidad y vida cotidiana del siglo XIX. A ello se suman los magníficos cuadros, sobre todo retratos, hechos por Prilidiano Pueyrredón.

Sus jardines frente al Río de la Plata conservan aún hoy especies con más de 200 años. El amplio Bosque Alegre cuenta con especies autóctonas (aquellas especies nativas del continente americano) y exóticas (especies introducidas desde otros continentes).

Hacia la parte norte de la casa se encuentra el jardín de boj y magnolias diseñado por Prilidiano Pueyrredón. Este espacio alberga en el centro una fuente de mármol de carrara enviada desde Italia por el diplomático Manuel García en el  período Aguirre.

Antiguamente existía un camino que unía la chacra con el río, que era utilizado por las lavanderas y los cuidadores de animales. Debido a la parcelación de los antiguos terrenos de la chacra, la bajada de las lavanderas se vio interrumpida por el paso de calles y caminos.

San Isidro y sus quintas

San Isidro es zona de quintas. El día estaba gris y lluvioso, pero nos fuimos a descubrirlas. Las más antiguas se encuentran cercanas a la catedral, y datan de la época colonial. Se distinguen sobre todo la del gobernador de las Islas Malvinas, Luis Vernet, y la Quinta los Ombúes, que era la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Allí funciona actualmente el museo histórico de San Isidro.

Sin embargo, la joya de entre ellas es Villa Ocampo, que fue la residencia de verano de la familia Ocampo y posteriormente la vivienda permanente de su miembro más reconocido: Victoria Ocampo.

Está ubicada en la localidad de Beccar, y se construyó en 1891, sobre un gran terreno de diez hectáreas que pertenecía en un principio a Francisca Ocampo de Ocampo, tía abuela de Victoria, a quien se conocía como “tía Pancha”. Fue ella quien cedió una porción para que su sobrino construyera allí una típica villa italiana, donde toda la familia Ocampo pasaría sus veranos. Así, en la casa de estilo pintoresquista inglés, con influencias del Norte de Francia,  Victoria, sus hermanos y sus primos llegaban en noviembre y permanecían allí hasta marzo.

Francisca Ocampo dejó estipulado en su testamento que, a la muerte de Manuel y su esposa, quien heredara la propiedad debía ser Victoria, hija mayor del matrimonio. A ella también le dejó su residencia de Mar del Plata, Villa Victoria. Así, a la muerte de sus padres, Victoria heredó ambas casas y subdividió el terreno de Beccar, por lo que hoy Villa Ocampo cuenta con un predio de una hectárea.

Victoria, que vivía en Palermo Chico, siguió usando Villa Ocampo como casa de verano por once años más, hasta que decidió mudarse definitivamente allí en 1941. Fue entonces cuando cambió el estilo decorativo de la casa y la modernizó. Influenciada por el modernismo, pintó el interior de blanco, eliminando los empapelados con dibujos de colores vivos que aún pueden verse en Villa Victoria en Mar del Plata. Luego, colocó muebles y obras de arte del siglo XX que convivieron con la arquitectura y decoración del XIX. En este sentido, fue una adelantada de la estética arquitectónica, redecorando la casa en un sentido vanguardista para la época.

A partir de ese momento cuando intelectuales de la época visitaron la casa, así como Villa Victoria, en Mar del Plata, dándole a estas magníficas residencias una historia y espíritu único.

En la planta baja, el comedor conserva la decoración de cuando era una casa de verano. Hay una mesa clásica para 16 personas, con sillas modernas colocadas por Victoria Ocampo. Esta habitación era el lugar de los famosos tés que reunían a personalidades de la cultura argentina y extranjeras.

La habitación de al lado es la sala de música, donde se ubica un piano que ha sido tocado Igor Stravinsky, Federico García Lorca y Arthur Rubinstein. Más allá está el lugar donde Victoria se reunía con sus grandes amigos: la sala de estar, donde hay fotografías de algunos de ellos. Allí dialogaban tomando té con escones o se entretenían con algún juego de mesa. Desde la galería de la casa, se puede apreciar el jardín y paisaje de la casa.

La planta superior contiene las antiguas habitaciones de la familia Ocampo, que Victoria fue acondicionando según sus necesidades. El dormitorio de Victoria conserva la cama donde falleció, y refleja la combinación de objetos rústicos y valiosos, estilo típico de Victoria. Me impresionaron allí los espejos japoneses. Al lado está su escritorio, con su máquina de escribir y algunos libros, y finalmente su enorme biblioteca de casi 12000 volúmenes.

Como había parado la lluvia, pudimos salir al jardín, en cuyo centro se ubica la fuente de hierro traída desde Francia en 1900. En una esquina del predio se destaca el mirador, que originalmente estaba ubicado en el lugar más alto del terreno, pero al ser loteado fue relocalizado.

Terminamos la tarde con un té típico de Victoria: acompañado con escones, dulce de fruta y queso crema. Linda tarde compartida!

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Domingo en San Telmo

Caminando por la feria

Conocí San Telmo de la mano de Ethel, una tarde de un día de semana en aquel verano en que recorrimos juntas Buenos Aires. Luego volvimos con Paula y Natalia a comer en un restaurante vegetariano un viernes por la noche, que terminó con una cerveza en la Plaza Dorrego. Pero tenía la deuda de ir a la feria de los domingos. Y me tocó ayer, con Verónica.

San Telmo era el barrio colonial de la ciudad. De la Plaza de Mayo hacia el Sur se extendían las casas de las familias, que poco a poco se fueron transformando en la alta sociedad colonial. Esto perduró así hasta la epidemia de la fiebre amarilla, cuando estas familias ricas se refugiaron en la zona norte de la ciudad, donde hasta hoy permanecen, abandonando sus casas en el sur. Desde entonces, los viejos caserones se convirtieron en conventillos hasta hoy en día, es decir, en casas de inquilinato donde cada pieza es el hogar de una familia, compartiendo baño, cocina y patio en común.

La feria de San Telmo se pone animada, y hay muchas cosas artesanales muy lindas. También hay mucho souvenir para turista. Nos gustaron las carteras de cuero, las remeras con estampas de pintores famosos, las hebillas artesanales. De hecho, nos compramos hebillas y yo aproveché de conseguir una cartuchera. Entre medio caminan quienes ofrecen panes rellenos y tortas, así como aparecen, en el cordón de la vereda, las orquestas típicas de tango, las batucadas y lo músicos callejeros. También hay cafés y bares típicos, cada vez más tangueros y con aire de bolichón a medida que se acerca la Plaza Dorrego. De repente, en una galería, aparece el mercado de antigüedades. Si bien está mayormente cerrado el domingo, vale la pena darse una vuelta para curiosear las cosas que se venden por allí.

Feria de antigüedades

Feria de antigüedades

Otra cosa interesante en este barrio antiguo son las iglesias. Caminando por la calle Defensa, primero aparece San Francisco. Esta iglesia fue quemada en el año 1955 y restaurada, motivo por el cual el altar mayor es hoy un tapiz en vez de una ornamentación con mármoles y dorados. En la esquina con avenida Belgrano está Santo Domingo, con dos aspectos curiosos: el mausoleo de Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional, y los perdigones incrustados en la torre desde las invasiones inglesas de 1806. Ya en el corazón de San Telmo, sobre la calle Humberto Primo, la iglesia San Pedro Telmo que da nombre al barrio.

San Francisco Santo Domingo San Pedro Telmo

Volvimos por el Paseo de la Historieta, una serie de murales y estatuas de personajes famosos de historietas ubicados sobre la calle Balcarce, desde Chile hasta Belgrano. Allí los más entrañables personajes de nuestra infancia pueblan las calles y las paredes. Me encantó ver a los abuelos contar a los nietos quiénes eran esos personajes, aunque también me dio un poquito de pena que no los conocieran.

El mundo de García Ferré Don Fulgencio Clemente

Y luego, a casa después de la caminata. Pero valió la pena!!

Lo que fue del Parque de la Ciudad

Parque de la Ciudad

Cuando era chica, veía por televisión las publicidades: “Vení al Parque de la Ciudad a divertirte con toda la familia”, y veía gente divertida, levantando las manos en la montaña rusa que salpicaba agua, girando en las calesitas… Siempre quise que mis padres me llevaran y nunca lo conseguí.

Toda mi vida vivi viendo la silueta recortada de la “Torre de Interama” en el perfil del sur de la ciudad, asomando en cada rincón, entre los edificios, al fondo de alguna avenida. Desde el avión parece un escarbadiente parado en medio de un enorme espacio plano. Siempre supe de su confitería giratoria que no funciona y pensé en la vista que se tendría desde allí…

Siempre oí de lo mucho que había que caminar entre un juego y otro por adentro del parque, que era una enorme extensión parquizada donde se podía pasar la tarde.

Finalmente, ahora que ya tengo más de 30, entré al Parque de la Ciudad por la módica suma de $4.

Parque de la Ciudad

 Parque de la Ciudad
¿Qué me encontré? Me encontré con un espacio gigante, arbolado, parquizado, con instalaciones estupendas, y entre medio, los viejos juegos abandonados que dan un aspecto fantasmagórico al lugar.

Resultó ser que el Parque fue inaugurado en 1982, gracias a una concesión dada por el gobierno militar en 1977 a la empresa privada Interama. Se trataba del primer parque temático y de atracciones en la Argentina. Un año y algo después de su apertura, en diciembre de 1983, el flamante gobierno democrático lo expropió y le cambió el nombre por el de “Parque de la Ciudad”.

El parque tenía (y tiene, aún están en pie) más de 60 juegos, entre ellos varias de las montañas rusas que, si estuvieran en actividad, se contarían entre las más grandes del mundo. Una de ellas permanece en un galpón y nunca fue ensamblada. Las idas y vueltas políticas hicieron que este parque fuera clausurado, restaurado, reabierto, vuelto a cerrar… Tras varios intentos de poner en funcionamiento nuevamente los juegos, éstos fueron abandonados. Hoy la montaña rusa “Aconcagua”, que fuera estrella del parque, sirve de sostén a los nidos de las aves, y sus carritos duermen en el andén esperando paseantes… La gran montaña rusa doble también duerme entre los yuyos, mostrando su extensión gigante de acero construído en Alemania.

Parque de la Ciudad

 Parque de la Ciudad

Y la enorme torre… dicen que se puede subir, y que es un mirador para ver 80 km a la redonda, incluso hasta las costas uruguayas. Tiene 185 metros de alto (equivalente a 75 pisos) y el sueño de su confitería giratoria se desmoronó cuando no tuvo sanitarios en ella… El zig zag de caños en su base da cuenta de la cantidad de personas que querían subir…Me dio mucha tristeza ver las estructuras duras, oxidadas, decoloradas, sobresalir por el perfil de los árboles. Me sentí impotente de que ni siquiera las inofensivas calesitas, tan fáciles de restaurar y que presentan menos riesgos a la seguridad, permanezcan quietas y vacías de las risas de los niños.

La visita al parque me llenó de sensaciones encontradas. Recordé cuando mi tía nos llevaba a hacer trámites al centro en su Fiat 128, para luego llevarnos a algún lugar especial donde nuestros padres no nos llevaban. Una de las veces fue ir al Italpark, parque similar que se ubicaba en una posición más céntrica y que fue clausurado ante una falla mecánica que llevó a la muerte de una chica. Recuerdo que mi tía nos subió al teleférico que cruzaba de punta a punta el parque y permitía ver desde arriba todos los juegos. Poco tiempo después, sucedió la tragedia; hoy ese espacio es una plaza gigante, sin rastros de las antiguas atracciones.

Por ello pensé que esta ciudad que adolece de la falta de espacios verdes podría aprovechar mejor el espacio del Parque de la Ciudad que ya cuenta con una enorme infraestructura. Actualmente se puede visitar sólo una porción del parque; de las 120 hectáreas, están habilitadas unas 40. Bastaría tal vez con dejar de lado los proyectos ambiciosos, desarmar los juegos, limpiar los espacios y acondicionarlos mejor para el esparcimiento de la gente: mesas, bancos, áreas de juegos infantiles, algún kiosco, alguna canchita de futbol… Si el lago se ve bonito, los caminos asfaltados están, hay estructuras que podrían servir de kioscos, y hasta hay un anfiteatro donde bien podrían hacerse espectáculos y conciertos. Se me ocurre armar sectores para salir a patinar, para andar en skate, en bicicleta.

 Parque de la Ciudad

Así y todo, deuda pendiente saldada: he ido finalmente al Parque de la Ciudad; tal vez pronto regrese a tomarme unos mates. De todos modos, siempre me dieron vértigo las atracciones mecánicas; aunque me hubiera dado mucho gusto verlas funcionar.