La City desierta

La Iglesia de la Merced y los bancos

Domingo de sol. Se escapa el invierno, los plátanos ya brotaron y la ciudad reverdece con ese verde tenue de las hojas frágiles. En la Avenida de Mayo resuenan los tambores de las batucadas, comparsas y escolas de la fiesta con la que Buenos Aires celebra a Brasil. Venimos cruzando la Plaza de Mayo, atraídos por el sonido de la percusión, cuando se me ocurre hacer un alto para sacar unas fotos. De todos los edificios que rodean la plaza, siempre hay dos que captan todas las miradas: el Cabildo y la Casa Rosada. Pero arquitectónicamente, el Banco Nación y el Banco Francés resultan sin duda atractivos. El primero, en la esquina Noreste de la plaza, es de estilo francés monumental, austero, típico del período de entreguerras. El segundo, claramente italiano, albergó originalmente un banco que no es el que hoy lo ocupa.

Entonces, ocurrió algo: al acercarme para sacar detalle de un pórtico, descubrí que más allá asomaba una cúpula verde. Así, nos adentramos en las callejuelas desiertas, donde entre semana camina al trote un ejército de bancarios entre los paredones que parecen estrechar las calles. Así, empiezan a aparecer los tesoros de la City, que no son los que guardan los bancos en sus corazones, sino los edificios protegidos que les dan albergue. La mayoría de ellos data de principios del siglo XX, cuando Argentina era el “granero del mundo” para una Europa industrial ávida e alimentos. Las placas en el suelo recuerdan que se trata de edificios protegidos, patrimoniales, donde constan sus antiguos nombres. Así, uno descubre (o confirma) quién tenía el control en aquella división internacional del trabajo.

Nuestra primer parada era una esquina con tres edificios protegidos. Los dos primeros datan de la década del centenario; mientras que el tercero es moderno, de la década de 1960. Este último fue fruto de un concurso realizado por el Banco de Londres y América del Sur; y el edificio está hoy ocupado por el Banco Hipotecario. Resalta por sus formas extrañas de hormigón monumental calado, sobre todo frente a lo clásico de los otros dos edificios. Tanto el Deutsche Bank como el Banco Anglo Sudamericano son imponentes por los detalles de sus pórticos, ventanas y cúpulas.

Más allá, un edificio con un reloj (que fue lo que nos atrajo), y que resultó ser el MInisterio del Interior. Aún sobreviven buzones, y de entre los bancos provinciales, nos atrajo la puerta trabajada del banco de Córdoba. Cerquita de allí está también el edificio del Centro Cultural dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde funciona, entre otras, cosas el laboratorio de idiomas.

Caminamos y caminamos, por momentos medios perdidos en ese laberinto de paredones y calles estrechas, mirando para arriba los detalles, y al asomarnos en cada esquina, algo nuevo nos llamaba la atención y desviaba nuestro camino. Fueron las cariátides del contrafrente del Banco Central, o una cúpula, o un frontis. Encontramos así también la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, encerrada entre los colosos financieros.

De a poco volvimos a la plaza, al ruido de la fiesta brasilera. Justo antes de llegar, pasamos por el monumental Banco Provincia, que ostenta la placa de haber sido, entre otras cosas, la sede de las academias fundadas por Belgrano, así como la sede de la Asamblea del año XIII. Finalmente llegamos a la diagonal Norte, que invitaba a seguir paseando, no sólo para alcanzar el obelisco que se erguía al atardecer, sino porque empezaban a encenderse las cúpulas y llevaban nuestra mirada hacia arriba, donde descubrimos un montón de detalles para admirar.

Pero otra vez será. Mejor de a poco, disfrutando, saboreando. Hoy fue la Buenos Aires londinense de los bancos la que apareció ante nosotros.

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Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

Arranqué en el antiguo Correo Central, hoy centro cultural. De allí, me largué a caminar por la Avenida Leandro N. Alem, de Corrientes hasta Córdoba. Nunca paso por allí, así que fue caminar dejándose sorprender. Y de hecho, lo hice. Además de las tallas en la pared del edificio de Corrientes y Alem, me encontré con otra joya arquitectónica en la esquina siguiente, la de la calle Lavalle.

La ciudad tiene en esta avenida una línea divisoria que seguro fue inconsciente, pero que marca dos terrenos históricos notables: la vereda de Alem hacia arriba está sembrada de edificios antiguos, con sus tallas y detalles; mientras que la que está hacia el río, concentra los edificios más modernos, de hormigón y vidrio, espejados y monumentales… a su manera. Esta diferencia se incrementa al llegar a la Avenida Córdoba, donde comienza el sector de Catalinas, resaltando la torre de IBM, las “gemelas” de Buenos Aires con sus vidrios negros, y frente a ellos, el racionalista edificio Alas, que en la década de 1940 cuando fue construído supo ser el rascacielos más alto de la ciudad.

Pero de la mano de enfrente, sobre el pasaje Tres Sargentos, asoma la antigua usina de la Compañía Ítalo-Argentina de electricidad, con su arquitectura de ladrillos rojos, estilo bien industrial. El contraste del ayer y hoy es evidente, cuando vemos reflejado su torreón en los espejos del edificio vecino. El pasaje es, además, digno de ser recorrido. Tendremos que sumarlo a la lista de pasajes que empezamos a recorrer con Laura hace unos días.

Me fui acercando a las Galerías Pacífico, donde quería ver la muestra de Lino Spilimbergo. Pensaba almorzar allí, pero de paso fugaz por la iglesia de Santa Catalina me encontré con la entrada al monasterio. En el patio había un montón de gente almorzando al sol, y me dieron ganas de quedarme. Así, tomé mi bandeja elegí una ensalada de arroz yamaní, un flan de coco y una gaseosa y me sumé a los oficinistas. Comí allí, bajo los árboles, entre el aljibe, los arcos y la torre de la iglesia. Un placer inesperado, un lugar muy apacible.

Después de ver la muestra, me fui a ver los murales que el propio Spilimbergo pintó en la cúpula de las Galerías Pacífico. Nunca los había visto con detalle; tampoco sabía que eran de él.

De allí me fui caminando por Florida. Me detuve frente al imponente edificio del Círculo Naval, cuyo pórtico, aún abierto, es monumental.

Llegué a la Plaza San Martín, pero en lugar de subir las escaleras y cruzarla, como hago siempre (porque me encanta), me fui hacia el edificio Kavanagh. Apenas más allá del Hotel Plaza, encontré el pasaje Corina Kavanagh: otro para la lista que tenemos con Laura. Tiene escasos metros y forma curva, pero su espectacularidad radica en que ese es el único lugar desde donde se puede apreciar el frente de la Basílica del Santísimo Sacramento. Es impresionante que la tremenda iglesia se puede ver sólo enmarcada por los murallones que representa el edificio Kavanagh. Crucé y entré a la iglesia… no pude contener la exclamación. Es de una ornamentación tan monumental… las flores, las tallas, las pinturas… la recorrí despacio, contemplando en silencio, y pensando en el mito urbano.

Cuenta la historia que Corina Kavanagh tenía un romance con un joven Anchorena, pero la madre del muchacho se opuso terminantemente a la relación. Corina, ofuscada, mandó a construir el edificio Kavanagh con el fin de tapar la iglesia que señora Anchorena estaba construyendo. Dice también el mito popular que la familia Kavanagh quedó en la ruina económica tras la construcción del edificio. Lo que quedó claro, es que si la historia de Corina es cierta, logró su objetivo. Cuando crucé a la plaza San Martín, miré atrás, y me encontré frente a la mole racionalista del Kavanagh, que supo ser en algún momento el rascacielos más alto de la ciudad. A un lado en sus sombras, se distinguen las cúpulas verdes de la basílica, sólo visibles desde cierto ángulo. Siempre las había visto de lejos, nunca había ido al sitio preciso. La verdad, me dio un escalofrío tanto odio y tanta crueldad.

Edificio Kavanagh y Basílica del Santísimo Sacramento

Ya en la parte baja de la plaza, me acerqué a rendir homenaje un minuto a los caídos de Malvinas, y luego seguí viaje hacia la estación Retiro. Siempre me gustó la torre de los ingleses, así que la contemplé una vez más. Y caminé delante de las estaciones del ferrocarril Mitre (monumento histórico nacional por la estructura monumental sobre sus andenes, en reparación actualmente), la del ferrocarril Belgrano, y llegué al San Martín.

Desde el tren que salía de la estación, contemplé una cara de Buenos Aires que muchos niegan: la villa 31. Las casas de autoconstrucción que hoy se elevan hasta 5 pisos, con su escalera caracol de hierro por fuera y las cuerdas de la ropa en los balcones. La realidad social se presenta allí, vía de por medio con los edificios más exclusivos de la ciudad, refregándonos en la cara la polarización social sufrida en los últimos años.

20 minutos y estaba en mi estación de destino, ya en mi barrio-pueblo, mi zona de confort. Di una vuelta por allí, caminé unas cuadras para comprar lanas, unos minutos de colectivo y ya estaba en casita otra vez.

Pasajes y algo más

Hace un tiempo, encontramos con Laura este artículo y nos propusimos visitar alguna vez los pasajes que propone. El día fue hoy: una linda tarde de invierno, con sol y calor. Sallimos a recorrer San Telmo en busca de estos rincones escondidos de la ciudad, y luego compartimos una merienda y anécdotas de viaje. Interesante tarde para disfrutar el último fin de semana de las vacaciones.

Debo decir que los pasajes fueron la excusa para salir a caminar y encontrarnos con una serie de otras curiosidades que vale la pena mencionar. Arrancamos en la Plaza de Mayo y caminamos por Defensa. A una cuadra, en la esquina de Adolfo Alsina, encontramos en tres de las cuatro esquinas edificios remarcables. Por un lado, la Iglesia de San Francisco, que está en reparación. Mirando hacia arriba vimos que efectivamente su estado es deplorable. En diagonal a ella están los Altos de Elorriaga, una de las pocas esquinas sin ochava que quedan en la ciudad, y una de las primeras casas de altos de la ciudad. Finalmente, tenemos la hermosa farmacia la Estrella. Dos cuadras más adelante está la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, donde descansan los restos de Manuel Belgrano y que tiene en su torre este los balazos de las invasiones inglesas de 1807.

Fue el convento de Santo Domingo el que perdió su sector de huertas y que luego se convertirían en el primer pasaje visitado: el Pasaje 5 de Julio. Lo encontramos caminando por  avenida Belgrano o por Venezuela, entre Defensa y Balcarce. En 1822, el Gobierno les confisca los bienes a los Dominicos y al año siguiente abre el Pasaje 5 de Julio, destruyendo parte del convento. Cuenta la historia que en el subsuelo fueron enterrados los soldados ingleses fallecidos durante las invasiones inglesas.

Pasaje 5 de Julio

En la esquina de Balcarce y Venezuela encontramos el edificio de los antiguos talleres gráficos del diario La Prensa, hoy pertenecientes a un sindicato, y más adelante, llegando a la calle Chile, una escuela que ocupa el edificio que era el anexo de la casa de la moneda.

Uniendo Defensa y Balcarce se extiende el pasaje San Lorenzo, entre Chile e Independencia. La mayoría de las construcciones que flanquean esta cortada de dos cuadras de extensión datan de la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. Entre ellas, está la casa mínima, de la que la leyenda del barrio dice que un esclavo, al ser liberado recibió esta pequeña casa en 1813. Sin embargo, al parecer esta casa data de la década 1850, cuando se subdividieron las propiedades aledañas. No llegamos a verla (supimos tarde que era en ese pasaje).

Caminamos a la esquina de Balcarce e Independencia, donde se ubica la tanguería “El viejo Almacén”, tradicional punto turistico de Buenos Aires, del tango for export. Más adelante, también uniendo Defensa con Balcarce, aparece entre las calles Independencia y Estados Unidos el pasaje Giuffra. Allí hay un montón de sedes de la Universidad Nacional del Cine.

Algo interesante es que en la esquina de Estados Unidos y Balcarce, hay una placa que señala que allí estaba el ángulo sudeste del éjido urbano de la ciudad de Buenos Aires según la fundación de Juan de Garay en 1580.

Llegando a la plaza Dorrego, corazón del San Telmo tradicional, está sobre la calle Defensa el Solar de French. Este pasaje es, en realidad, el interior de una casa colonial, con su aljibe y todo, donde vivió el patriota Domingo French. Hoy es una galería comercial, pero entre los negocios y vidrieras se distinguen aún los rasgos de la casa antigua. Todas estas casas, hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX funcionaron como conventillos.

Solar de French

La plaza Dorrego tiene su tradicional feria y mercado. Sobre la calle Humberto !° está la iglesia de San Pedro Telmo. Fue como encontrar la iglesia del Santo Patrono del pueblo, porque estaba adornada con banderas de Italia, Argentina y papales que le daban un estilo muy alegre. Adentro estaba llena de flores. Una grata sorpresa ver al templo de fiesta.

Un poco más allá, de nuevo sobre Defensa y ya llegando a San Juan, hay dos antiguos caserones casi enfrentados. Ambos tienen un origen similar: fueron caserones y posteriormente conventillos. El patio de La Candelaria se originó como casa de una congregación religiosa. Hoy es feria de anticuarios pero aún está bastante deteriorado.

Galería La Candelaria

Enfrente está el Pasaje Defensa, que es una joya que me sorprendió mucho. Se trata de la antigua casa de la familia Ezeiza, que fue luego conventillo y hoy es galería comercial. Entrar allí fue conectarme con la arquitectura del conventillo del estereotipo. Algo flota en el aire, me parecía ver la ropa colgada a través del patio, la frazada oréandose en la baranda del primer piso (es verdad que ayudaba el hecho de que los locales comerciales apelaban a estas formas para promocionar su mercadería). El aljibe, las canillas con lavabos en pleno patio, las escaleras, las finas columnas que sostienen las galerías. Me resultó fascinante.

En la calle San Juan vimos el Museo de Arte Moderno, que ocupa el antiguo edificio de depósito de tabaco de la firma Nobleza Piccardo. Y en Defensa al 1300 sobrevive un último pasaje, cerrado a la circulación, como patio central de una vivienda colectiva muy bien mantenida.

El paseo fue muy lindo y sorprendente, ser turista en la propia ciudad es algo mágico. Compartimos una merienda y una linda charla, y nos quedó para la próxima la otra mitad del recorrido. Es bueno que siempre quede algo más para volver!!

Día de feria

El segundo fin de semana de cada mes se realiza en el predio de la Facultad de Agronomía de la UBA la Feria del Productor al Consumidor. En caso de lluvia, la feria se reprograma para el fin de semana siguiente.

Fue Pablo el que nos pasó el dato y nos animó a ir, primero a Julián y ahora a mí. Es la segunda vez que voy y siento que ya me volví feria-adicta. La pasamos muy bien en ese espacio y conseguimos productos espectaculares a muy buen precio.

¿De qué se trata? Es una feria que reúne a productores independientes, que brindan productos orgánicos, caseros. Desde verduras a conservas y de yerba de las cooperativas de Misiones a tejidos y chocolates, esta feria concentra una oferta variada de productos. En la edición pasada compré una yerba misionera orgánica excelente, y esta vez volví con unos orejones de damasco y pera exquisitos para disfrutar como caramelos naturales.Palabras aparte merecen las verduras; qué decir de la lechuga orgánica sin pesticidas que compré, que está arrepollada y sana como he visto pocas, y que pesa una sola planta más de medio kilo. Ni les cuento el sabor que tiene; da pena hacerla ensalada.

Pero la cosa no termina ahí. La feria tiene una importante (y cada vez más amplia) oferta gastronómica. Comida vegana con una pinta impresionante (las hamburguesas tentaban a cualquiera) y de diferentes países combina con un puesto de cervezas artesanales. Hoy compartimos unas arepas venezolanas, y empanadas de masa de papa y mandioca, mbejú y chipaguazú del puesto de Justina, especializado en comida paraguaya. Todo acompañado por unas cervezas estilo belga muy ricas.

Una alternativa diferente para salir a caminar, pasear y disfrutar del sol; aprovisionarse de productos sanos y naturales y comer algo rico, diferente. Es una excelente oferta para ir de paseo. A mí me va cautivando… así que en la próxima edición, nos veremos en la feria!!

Tarde de sol en el jardín japonés

El otoño está en su esplendor, con árboles amarillos por todos lados, por ello me dio ganas de ir a sacar fotos al jardín japonés, que cambia de colores con las estaciones.

El jardín japonés de Buenos Aires fue creado en 1967, así que está cumpliendo 50 años de existencia. Es uno de los lugares más calmos y relajantes de la ciudad, un oasis de quietud en medio de uno de los barrios de más movimiento de la ciudad.

El jardín combina elementos fácilmente identificables con el paisajismo japonés, como los puentes, pasarelas y estatuas; tiene gran variedad de plantas, algunas nativas de Argentina y otras de origen japonés; y en el gran lago nadan carpas de colores. Todos los elementos buscan el equilibrio y la armonía. Recorrimos tranquilas con Laura, sacando fotos y conversando, disfrutando del sol.

Para terminar nuestra tarde, tomamos un rico té con una degustación de dulces japoneses. Venían con tres bochas de helado blanco, uno de limón, otro de praliné y otro de jengibre. Tan suaves los sabores, delicioso!! Había una tarteleta de peras y unos bocaditos dulces también; más unas galletitas con sésamo para comer con los helados. Fue muy rico. En ese edificio, además del restaurant de cocina japonesa, funciona el centro cultural.

Linda tarde para despedir el cuarto mes del año y recibir al segundo cuatrimestre del 2017.

San Isidro y sus quintas

San Isidro es zona de quintas. El día estaba gris y lluvioso, pero nos fuimos a descubrirlas. Las más antiguas se encuentran cercanas a la catedral, y datan de la época colonial. Se distinguen sobre todo la del gobernador de las Islas Malvinas, Luis Vernet, y la Quinta los Ombúes, que era la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Allí funciona actualmente el museo histórico de San Isidro.

Sin embargo, la joya de entre ellas es Villa Ocampo, que fue la residencia de verano de la familia Ocampo y posteriormente la vivienda permanente de su miembro más reconocido: Victoria Ocampo.

Está ubicada en la localidad de Beccar, y se construyó en 1891, sobre un gran terreno de diez hectáreas que pertenecía en un principio a Francisca Ocampo de Ocampo, tía abuela de Victoria, a quien se conocía como “tía Pancha”. Fue ella quien cedió una porción para que su sobrino construyera allí una típica villa italiana, donde toda la familia Ocampo pasaría sus veranos. Así, en la casa de estilo pintoresquista inglés, con influencias del Norte de Francia,  Victoria, sus hermanos y sus primos llegaban en noviembre y permanecían allí hasta marzo.

Francisca Ocampo dejó estipulado en su testamento que, a la muerte de Manuel y su esposa, quien heredara la propiedad debía ser Victoria, hija mayor del matrimonio. A ella también le dejó su residencia de Mar del Plata, Villa Victoria. Así, a la muerte de sus padres, Victoria heredó ambas casas y subdividió el terreno de Beccar, por lo que hoy Villa Ocampo cuenta con un predio de una hectárea.

Victoria, que vivía en Palermo Chico, siguió usando Villa Ocampo como casa de verano por once años más, hasta que decidió mudarse definitivamente allí en 1941. Fue entonces cuando cambió el estilo decorativo de la casa y la modernizó. Influenciada por el modernismo, pintó el interior de blanco, eliminando los empapelados con dibujos de colores vivos que aún pueden verse en Villa Victoria en Mar del Plata. Luego, colocó muebles y obras de arte del siglo XX que convivieron con la arquitectura y decoración del XIX. En este sentido, fue una adelantada de la estética arquitectónica, redecorando la casa en un sentido vanguardista para la época.

A partir de ese momento cuando intelectuales de la época visitaron la casa, así como Villa Victoria, en Mar del Plata, dándole a estas magníficas residencias una historia y espíritu único.

En la planta baja, el comedor conserva la decoración de cuando era una casa de verano. Hay una mesa clásica para 16 personas, con sillas modernas colocadas por Victoria Ocampo. Esta habitación era el lugar de los famosos tés que reunían a personalidades de la cultura argentina y extranjeras.

La habitación de al lado es la sala de música, donde se ubica un piano que ha sido tocado Igor Stravinsky, Federico García Lorca y Arthur Rubinstein. Más allá está el lugar donde Victoria se reunía con sus grandes amigos: la sala de estar, donde hay fotografías de algunos de ellos. Allí dialogaban tomando té con escones o se entretenían con algún juego de mesa. Desde la galería de la casa, se puede apreciar el jardín y paisaje de la casa.

La planta superior contiene las antiguas habitaciones de la familia Ocampo, que Victoria fue acondicionando según sus necesidades. El dormitorio de Victoria conserva la cama donde falleció, y refleja la combinación de objetos rústicos y valiosos, estilo típico de Victoria. Me impresionaron allí los espejos japoneses. Al lado está su escritorio, con su máquina de escribir y algunos libros, y finalmente su enorme biblioteca de casi 12000 volúmenes.

Como había parado la lluvia, pudimos salir al jardín, en cuyo centro se ubica la fuente de hierro traída desde Francia en 1900. En una esquina del predio se destaca el mirador, que originalmente estaba ubicado en el lugar más alto del terreno, pero al ser loteado fue relocalizado.

Terminamos la tarde con un té típico de Victoria: acompañado con escones, dulce de fruta y queso crema. Linda tarde compartida!

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Domingo en San Telmo

Caminando por la feria

Conocí San Telmo de la mano de Ethel, una tarde de un día de semana en aquel verano en que recorrimos juntas Buenos Aires. Luego volvimos con Paula y Natalia a comer en un restaurante vegetariano un viernes por la noche, que terminó con una cerveza en la Plaza Dorrego. Pero tenía la deuda de ir a la feria de los domingos. Y me tocó ayer, con Verónica.

San Telmo era el barrio colonial de la ciudad. De la Plaza de Mayo hacia el Sur se extendían las casas de las familias, que poco a poco se fueron transformando en la alta sociedad colonial. Esto perduró así hasta la epidemia de la fiebre amarilla, cuando estas familias ricas se refugiaron en la zona norte de la ciudad, donde hasta hoy permanecen, abandonando sus casas en el sur. Desde entonces, los viejos caserones se convirtieron en conventillos hasta hoy en día, es decir, en casas de inquilinato donde cada pieza es el hogar de una familia, compartiendo baño, cocina y patio en común.

La feria de San Telmo se pone animada, y hay muchas cosas artesanales muy lindas. También hay mucho souvenir para turista. Nos gustaron las carteras de cuero, las remeras con estampas de pintores famosos, las hebillas artesanales. De hecho, nos compramos hebillas y yo aproveché de conseguir una cartuchera. Entre medio caminan quienes ofrecen panes rellenos y tortas, así como aparecen, en el cordón de la vereda, las orquestas típicas de tango, las batucadas y lo músicos callejeros. También hay cafés y bares típicos, cada vez más tangueros y con aire de bolichón a medida que se acerca la Plaza Dorrego. De repente, en una galería, aparece el mercado de antigüedades. Si bien está mayormente cerrado el domingo, vale la pena darse una vuelta para curiosear las cosas que se venden por allí.

Feria de antigüedades

Feria de antigüedades

Otra cosa interesante en este barrio antiguo son las iglesias. Caminando por la calle Defensa, primero aparece San Francisco. Esta iglesia fue quemada en el año 1955 y restaurada, motivo por el cual el altar mayor es hoy un tapiz en vez de una ornamentación con mármoles y dorados. En la esquina con avenida Belgrano está Santo Domingo, con dos aspectos curiosos: el mausoleo de Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional, y los perdigones incrustados en la torre desde las invasiones inglesas de 1806. Ya en el corazón de San Telmo, sobre la calle Humberto Primo, la iglesia San Pedro Telmo que da nombre al barrio.

San Francisco Santo Domingo San Pedro Telmo

Volvimos por el Paseo de la Historieta, una serie de murales y estatuas de personajes famosos de historietas ubicados sobre la calle Balcarce, desde Chile hasta Belgrano. Allí los más entrañables personajes de nuestra infancia pueblan las calles y las paredes. Me encantó ver a los abuelos contar a los nietos quiénes eran esos personajes, aunque también me dio un poquito de pena que no los conocieran.

El mundo de García Ferré Don Fulgencio Clemente

Y luego, a casa después de la caminata. Pero valió la pena!!