Docentes que marcan

En 1957, Albert Camus recibió el premio Nobel de Literatura por su novela “L’étranger” (El extranjero). Una vez homenajeado, el escritor envió esta carta a quien había sido su maestro durante la infancia.

París, 19 de noviembre de 1957.

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo.

Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus.

¿A qué se debe esta nota, este enorme agradecimiento al maestro?

Albert Camus nació en Argelia, en una familia descendiente de los primeros colonos franceses (pieds-noirs) llegados a éste territorio, anexado a Francia en 1834. Su padre era descendiente de alsacianos como otros muchos pieds-noirs que habían huido tras la anexión de la región de Alsacia por Alemania tras la Guerra Franco-Prusiana. Su madre provenía de una familia de Menorca, España; era analfabeta y casi totalmente sorda.

Su padre se dedicaba al cultivo de la vid hasta que fue enrolado durante la Primera Guerra Mundial, donde murió tras haber sido herido en combate cuando Albert tenía 1 año. Lo único que conoció de él fueron algunas fotografías y la anécdota de su repulsión a las ejecuciones por pena de muerte. Fue entonces cuando su madre se trasladó con sus dos hijos a la casa de su madre, la abuela materna de Albert, en un barrio popular de Argel.

Albert realizó sus primeros estudios primarios en una escuela comunal, alentado por sus profesores, especialmente por Louis Germain, a quien dedicó su premio Nobel. Al notar su potencial, Germain le impartió lecciones particulares gratuitas, y pese a la oposición de su abuela, que deseaba que el niño pudiera trabajar pronto para ganarse la vida, Germain lo inscribió en la lista de candidatos a las becas para acceder a la escuela secundaria. Gracias a ello, Camus pudo acceder a una educación que le hubiera sido vedada por su origen social y por las necesidades de su familia. De hecho, refiriéndose a aquella etapa, Camus dijo: “Tenía vergüenza de mi pobreza y de mi familia; antes todo el mundo era como yo y la pobreza me parecía como el propio aire de este mundo. En el liceo conocí la comparación.

Gracias a su formación secundaria, Albert Camus siguió creciendo en la vida intelectual y llegó a ser escritor, filósofo, novelista, dramaturgo y ensayista, aunque también se trabajó como periodista militante durante la Resistencia francesa y en los combates morales de la posguerra. En todos sus trabajos se observa un profundo humanismo, en parte basado en la toma de consciencia del absurdo de la condición humana, pero también en la necesidad de sublevación como respuesta a ese absurdo, dando un sentido al mundo y a la existencia.

Sin la generosidad de su maestro, Louis Germain, nada de ello hubiera ocurrido. Tal vez para el maestro no representó ni mucho esfuerzo ni mucho tiempo, pero para el discípulo implicó que su vida tomara nuevos rumbos.

A veces me pregunto cuántos chicos tenemos delante con ese potencial pero a la vez con esas dificultades… tantos chicos que dependen de nuestra mano y de nuestra pequeña ayuda para poder cambiar su vida. Y en eso andamos, trabajando cada día. No pretendo formar premios Nobel, aunque sería muy gratificante. Soy feliz sabiendo que les di las herramientas para crecer, para creer en sí mismos, para afrontar dificultades sin desfallecer, y que llegan a ser personas de bien, satisfechas con su vida.

Por eso, saludo en su día a todos los profes que pueden cambiar la vida de los chicos con sus pequeñas acciones, con una palabra a tiempo, con una intervención a tiempo. Espero de corazón que podamos multiplicar las historias de vida y formar muchos otros Albert Camus comprometidos con su entorno.

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Cuestión de perspectiva

Me conmueven estos versos como me conmueve el texto de Borges. Y no dejo de pensar en el horror de la guerra, de esa guerra sin un por qué… o con un por qué tan egoísta que asquea. Pasaron 30 años.

Por la memoria de los chicos que fueron y no volvieron, por las familias que quedaron truncas, y por la gente que tiene que vivir con el recuerdo de haber vivido esa experiencia cuando debían haber vivido otras situaciones.

A Daniel, un chico de la guerra

A mí los dieciocho me pasaron de largo,
estrenando opiniones, intenciones y cantos,
a esa edad, como todos, con el puño cerrado,
en las puertas abiertas el futuro esperando.

Al tuyo, bruscamente te lo desamarraron
y te hiciste a la niebla en el mar del espanto,
encallaron tus sueños Daniel, en la turba y el barro,
fue la muerte bandera y la vida un milagro.

Lo mío fue distinto, Daniel,
lo mío no fue nada,
yo no tengo esa sombra
que vaga en tu mirada.

Mi batalla fue el riesgo de un “machete” escondido
y mi “pozo de zorro”, un amor y un olvido,
mi fusil, las pintadas en los muros vacíos
y morir por la Patria, un discurso florido.

Tu excusa de ser hombre fue algo más que el motivo
de la barba y el porte y el salir con amigos,
fue volverte habitante, Daniel, de la lluvia y el frío,
asumir el naufragio con los cinco sentidos.

Lo mío fue distinto, Daniel,
lo mío no fue nada,
yo no tengo esa sombra
que vaga en tu mirada.

Para mí fue un asunto de madre preocupada
que no fuera muy tarde mi regreso a la casa,
de domingo a domingo me peinaba las alas
sin andar cada jueves reclamando su alma.

La tuya, sin embargo, agotaba hasta el alba
las escasas noticias de las islas lejanas,
aunque fuera un indicio, Daniel, un rumor le bastaba,
aunque fuera mentira, era ya la esperanza.

Lo mío fue distinto, Daniel,
lo mío no fue nada,
yo no tengo esa sombra
que vaga en tu mirada.

El tiempo irá trayendo la amnesia inexorable ,
habrán muchas condenas y pocos responsables,
dirán que fue preciso, dirán, inevitable
y, al final, como siempre, sera Dios el culpable.

La historia necesita en sus escaparates
ocultar el trasfondo de tanto disparate,
no es tuya la derrota, Daniel, no cabe en tu equipaje,
acaso las gaviotas otra vez en el aire.

Lo mío fue distinto, Daniel,
lo mío no fue nada,
yo no tengo esa sombra
que vaga en tu mirada.

Alberto Cortéz

Adiós al muro

La caída del Muro de Berlín fue un símbolo de nuestro tiempo. Parece mentira pero quedó allá lejos, hace 22 años. Recuerdo haber visto por televisión a los alemanes golpeando el muro, despedazándolo, y preguntarle a mi mamá qué era eso que estaba pasando. Entonces fui enterándome de las familias alemanas que habían quedado separadas, de las historias de los cruces…

Años después, al explicar el tema, les pasé la canción “Libre” de Nino Bravo a los chicos. Al principio se rieron, la asocian a una publicidad, la escucharon por la radio alguna vez, les parece aparatosa… Pero cuando la terminaron de oir, se quedaron duros… mudos, asombrados.

La canción “Libre”, de Nino Bravo, habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la “frontera” alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado “corredor de la muerte”, atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la “tierra de nadie”, durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.

Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen. Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.

Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la “tierra de nadie”, tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir. Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros.

Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente “¡asesinos, asesinos!”. En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.

La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento. Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechter. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?

La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años…

Tiene casi veinte años y ya está cansado de soñar;
pero tras la frontera está su hogar, su mundo y su ciudad.
Piensa que la alambrada sólo es un trozo de metal
algo que nunca puede detener sus ansias de volar.

Libre, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar.
Libre, como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar.
Libre, como el viento que recoge mi lamento y mi pesar,
camino sin cesar, detrás de la verdad, y sabré lo que es al fin la libertad.

Con su amor por bandera se marchó cantando una canción;
marchaba tan feliz que no escuchó la voz que le llamó.
y tendido en el suelo se quedó, sonriendo y sin hablar,
sobre su pecho flores carmesí brotaban sin cesar.

Mercados, ayer y hoy

Me encantan las historias de la ciudad!! Sobre todo las que van de fines del siglo XIX hasta 1930, período en el cual pareciera que todo fue transformado!! Por eso me encantó hacer una de las partes del trabajo práctico que debía presentar para rendir. Mientras sigo estudiando, quiero dejar por aquí esta historia: la del abastecimiento de la población.

Hasta mediados del siglo XIX, las plazas del mercado y las recovas eran asiento de las actividades mercantiles de todo tipo. Inicialmente fueron la Plaza de Mayo y la Recova Vieja; así como los llamados “huecos”, extensiones al aire libre que luego se convirtieron en las principales plazas actuales. Allí llegaban las carretas de dos ruedas arrastradas por los bueyes. Los más importantes “huecos” eran en esa época los de Miserere, Constitución y Lorea. El “hueco” de Miserere recibía las carretas provenientes del norte y oeste de la Provincia de Buenos Aires, y se transformó finalmente en el mercado Once de Septiembre, donde se comercializaban los frutos del país, ganado en los corrales adyacentes y todo tipo de productos. Alrededor del mercado había numerosos depósitos, barracas, bares y fondas que atendían el intenso tránsito de hombres y mercaderías.

Los modelos de mercados europeos cubiertos, que conjugaban higiene, ornato público y uso masivo del hierro, inspiraron la modernización de estas actividades en Buenos Aires. Cuando el intendente Torcuato de Alvear se hizo cargo del gobierno, suprimió el mercado El Modelo que funcionaba en el “hueco” de Lorea. Los puesteros y quinteros se organizaron en una sociedad que en 1889 se llamó Mercado del Abasto Proveedor S.A., que compró el “hueco” de Devoto, ubicado entre las calles Corrientes, Laprida, Lavalle y Anchorena, cerca de la estación de tren de Once de Septiembre. El mercado se inauguró en 1893 y se basaba en las modernas construcciones de estructura metálica. Allí se venían las provisiones para el consumo de buena parte de la ciudad.

Pese a la proliferación de los mercados, muchas de las provisiones llegaban al consumidor de la mano de vendedores ambulantes.
En los distintos barrios se asentaron tambos que repartían leche fresca entre los vecinos. Los lecheros a caballo repartían la leche ordeñada pocas horas antes desde las zonas rurales situadas a una o más leguas del lugar. El tambero llevaba una medida de hojalata colgada en su faja que llenaba ordeñando las vacas y que luego volcaba en los recipientes con que lo esperaban las mujeres y niños en las casas donde vivían. Algunos tambos tenían un despacho a la entrada donde se podía solicitar leche para beber en el lugar. Cada tres o cuatros cuadras había un tambo: en las actuales Suipacha y Corrientes, por ejemplo, había uno cuya puerta trasera daba directamente al patio donde se encontraban las vacas en un establo de madera.

Para preparar las comidas llegaban también a las viviendas los proveedores de carbón, leña y kerosén, vendedores de pescado y frutas frescas, de mazamorra, empanadas, especias, embutidos, quesos que se cortaban en tablas. También de animales vivos que se arreaban: ovejas, corderos, cabras, chivitos; o enjaulados, como los gansos, patos, pavos, conejos y liebres. Arribaban también, provenientes del Tigre o San Fernando los carros fruteros con duraznos y ciruelas del delta del Paraná. Desde las distintas viviendas las mujeres y los niños provistos de canastos, bolsos o cacerolas salían en busca de estos productos. Otros productos se compraban en los establecimientos especializados, por ejemplo, en las vinerías, el vino llegaba en grandes bordelesas y era trasvasado a damajuanas, botellas y jarros que traían los clientes.

La influencia de la inmigración europea modificó los hábitos en torno a la comida, introduciendo el consumo de distintas variedades de queso, aceite de oliva y otros productos que no se conocían o no se utilizaban. En este sentido, fue la inmigración italiana la que más huellas dejó en la cultura culinaria de la ciudad.

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El Minuhallazgo

Cuando a mí me decían “Marta Minujín” pensaba automáticamente “uy, qué loca”. Creo que tenía que ver con el hecho de la imagen de mina rubia, excéntrica, que garabateaba un plato de porcelana con marcador frente a una cámara de televisión y lo destrozaba estrellándolo contra el piso ante la risa burlona de los presentes. Y desde mi ignorancia, me preguntaba qué tenía eso de arte… si bien sigo sin captar la esencia que quiere transmitir con ese tipo de actos, y creo que quienes la invitan a un programa de televisión piensan, en cierta forma, igual que yo.

Sin embargo, cuando Nati me dijo de ir al MALBA a ver la exposición sobre esta artista, agarré viaje en seguida. Primero, porque hace mucho que quería conocer ese museo; segundo, porque Marta, en el fondo, me intrigaba. Y me intrigaba, tal vez, porque no se entiende lo que no se conoce. Quería ir y ver su obra, encontrarme con su pensamiento.

Y me encontré con una mina de vanguardia, con un pensamiento interesante, con un compromiso social profundo, con una valentía a toda prueba, con una experiencia de vida que sin duda deja huella en quien la vive. Porque desde muy joven recorrió el mundo y se codeó con artistas de talla mundial; vivió la vertiginosa historia de los últimos 50 años desde dentro, desde el arte. Y en su arte plasmó la vivencia, los ideales.

Desde que fui al MALBA a ver la muestra mi imagen de ella cambió, digamos que le tengo más respeto, porque la comprendo más.

Y hubo algunas partes de la exposición que me impactaron sobre todo. El recorrido se iniciaba en una sala donde había todas obras hechas con colchones. Marta había pintado la tela de colchones con colores fluo y los había cosido a mano para hacer sus construcciones. De ellas, su “revuélquese y viva” fue una de las más célebres.

También había una construcción hecha con 200 colchones de un hotel desalojado en Estados Unidos, donde uno podía meterse sin zapatos a ver un documental. Me impresionó también el tema del juego con los sentidos. Todas las ideas de la simultaneidad, las proyecciones simultáneas en las paredes de una habitación que te envuelven… Me imagino lo que habrá sido en su contexto, en su tiempo. Me sorprendió “La Menesunda”, una muestra de arte que hizo en el año 1965. Las personas entraban de a una a una especie de laberinto donde, por lo que se veía en el video, se iban enfrentando a una serie de sensaciones: pasar por un tubo donde se prendían y apagaban luces de neón, caminar por una habitación con piso hecho de almohadas, abrirse paso en una jaula que giraba a tu alrededor… Se veían en el video las damas de la época, con peinado bien durito, entrar al laberinto… imagino lo que pensarían… Cuando empecé a ver su período más psicodélico, cuando conoció a Yoko Ono, John Lennon y tantas personalidades de ese momento… creo que esas son cosas que te marcan.

Pero sin duda lo que más me sorprendió fue todo su compromiso social, sobre todo a partir de la década de 1970, cuando empezó a resistir al autoritarismo de las dictaduras latinoamericanas. Llenar un museo tradicionalista con olor a repollos, hacer un obelisco acostado para desmitificar el poder vertical en pos del poder horizontal… Me sorprendió la serie de fotos de ella con Andy Warhol que buscaba representar el pago de la deuda externa latinoamericana con maiz, el oro latinoamericano. Imagino en esa época la cara de los neoyorkinos cuando, luego de la muestra fotográfica, ambos salieron a repartir mazorcas al pie del Empire State.

Pero sin duda lo que más me impresionó fue su arte efímero: la torre de pan, el obelisco de pan dulce… y el partenón de libros. Sobre este último me quiero detener porque fue el que más me emocionó y a partir del cual dije “me saco el sombrero ante esta mujer”. ¿En qué consistió la obra? Montó un partenón, símbolo de la democracia, en la avenida 9 de Julio y lo forró con libros que habían estado prohibidos durante la dictadura militar. Esto ocurrió en la Navidad de 1983, es decir, cuando la democracia cumplía 2 semanas de vida. Me estremeció el coraje no sólo de esta artista, sino también del gobierno, que cuando los sucesos aún estaban calientes, se animaron a llevar a cabo esta obra. Una vez expuesto, el partenón fue desarmado y los 20.000 libros que lo componían fueron repartidos entre los espectadores. Es emocionante el video de los bomberos y los artistas, subidos a la obra de arte, desprendiendo los libros y arrojándolos a la multitud.

Y ahí entendí la idea de arte efímero. La idea de que la obra puede perdurar en la memoria, pero que su materialidad es importante en tanto y en cuanto trasmita el sentimiento, la idea que le dio origen. Del Partenón no se conservan más que fotos, pero ¿acaso no es suficiente? ¿acaso no alcanza con saber lo que fue, lo que significó, la importancia que tuvo en aquel momento histórico?

Así que agradezco la experiencia, porque conocí un artista que no comprendía, pude aprender de ella, captar su mensaje… y encontrándome con su diversidad, crecer un poco yo. Y me siento feliz por ello!!

Gracias Nati, gracias Marta!

El espíritu de la Navidad

Me gusta el espíritu navideño. Todos parecen llenarse de buenos deseos para con los demás, es un tiempo de alegría, de pensar bien en el otro, de reflexionar… es cierto que también surgen los dolores, tanto por aquellos que no están como por lo que fue y ahora no es, por lo que quisiéramos que fuera nuestra familia, por aquel amigo o pariente con el que peleamos… Pero en lo esencial todo el mundo quiere estar bien, todo el mundo quiere estar en paz.

Es por eso que recordé este relato emocionante, que hoy el diario también trabaja a propósito de la Navidad. Es el recuerdo de la Navidad ocurrida en 1914 durante la Primera Guerra Mundial, que tuvo como protagonistas a soldados alemanes e ingleses.

Todo ocurrió durante la Nochebuena de 1914, en Flandes (cerca de Ypres, Bélgica).  Y sucedió que de pronto, las tropas alemanas empezaron a decorar las trincheras con símbolos navideños improvisados y a canturrear la tradicional “Stille Nacht” (Noche de paz). Como en respuesta, en las trincheras opuestas los británicos comenzaron a cantar villancicos en inglés.

En ese sitio feroz, descarnado, de los dos lados se escucharon, sin embargo, gritos de alegría, de celebración, y hasta compartieron saludos personales, abrazos, cruzando las barreras y penetrando en una suerte de zona neutra, donde intercambiaron los pequeños regalos posibles: cigarrillos, cigarros, chocolatines, whisky.

Dice la historia que la artillería permaneció silenciosa durante toda esa noche. Los cuerpos de los soldados que habían muerto en la lucha fueron recuperados y enterrados con la participación de sus camaradas de ambos lados, en unas ceremonias increíbles que se realizaron con respeto y emoción en esa “tierra de nadie” donde varios “enemigos” leyeron, juntos, un fragmento del Salmo 23.

Se cuenta que la tregua llegó a otras áreas también, y si bien en algunos casos duró sólo la noche de Nochebuena, en otros se prolongó hasta el comienzo del nuevo año y en otras partes hasta febrero.

Este acto espontáneo, que por supuesto no contó con la aprobación de los superiores de los altos mandos, sino que tuvo terribles reprimendas, quedó como un hito en la historia bélica europea.

Años más tarde, y una vez terminada la primera contienda mundial, un comandante en jefe de un batallón inglés que aquella noche hizo un alto el fuego en la zona de su jurisdicción flamenca y que hasta entonces se había ocultado, le contó lo siguiente a la prensa de su país:

“La Nochebuena y el día de Navidad lo pasamos muy agradablemente. Algunas de nuestras trincheras estaban a menos de cien metros de distancia de las alemanas, y a veces sosteníamos conversaciones muy animadas. En nuestra línea de fuego, convinimos en que no haríamos ningún disparo durante la noche ni el día de esa gran festividad. Los alemanes cantaron y tocaron algunas de sus canciones populares y algunas de las nuestras, y nosotros correspondimos, como era natural. El regimiento que estaba atrincherado a nuestra izquierda salió de sus trincheras y cada vez que divisábamos un resplandor aplaudíamos y gritábamos”.

Y sigue su narración: “El canto y el baile continuó toda la noche y al día siguiente, día de Navidad. Visitamos las trincheras de los alemanes, visita que luego nos devolvieron. Uno de los oficiales alemanes hizo una foto de todos nosotros y llegamos al extremo de ponernos nosotros los cascos de los alemanes mientras éstos se ponían nuestras gorras de plato”.

Cuenta además ese comandante que durante la Nochebuena encendieron luces de colores y hasta jugaron un partido de fútbol entre las dos trincheras, que -según otra fuente- terminó con el resultado de 3 a 2 a favor de Alemania. “Hasta nos permitieron dar sepultura a nuestros muertos y aún algunos alemanes, con la cabeza descubierta, nos ayudaron en tan triste operación”, prosiguió.

El componente un poco idílico o candoroso de este relato responde, precisamente, según algunas versiones, a la época navideña que les tocó vivir a esos protagonistas anónimos: como si la Natividad de Cristo y el espíritu navideño les hubiese cambiado la mente y el corazón; como si hubiese en la esencia de esa fecha algo que va más allá de cualquier violencia o crueldad, incluso aquella obligada (como lo es una guerra), y que se constituye así en una especie de paradigma de unión, afecto y hermandad.

Extraído y adaptado del Diario La Nación. Ver artículo completo

Panóptico, ayer y hoy

Está cerrando el año y estuve toda la semana pasada tomando exámenes. Para un profesor, nada más aburrido. Los minutos no se pasan más, y uno lo único que puede hacer es estar ahí, parado, mirando que no se copien, respondiendo dudas ocasionales, procurando que estén todos callados y concentrados.

Tengo un radar especial y esta semana saqué varios machetes. La historia de las copiadas ya las contaré, o no… la habilidad de un profesor para detectar al alumno copiándose es directamente proporcional a lo secreto de sus dones de detección. Aunque hay ciertas señales inequívocas de quien se copia. Una de ellas: el chico que te busca siempre a ver dónde estás.

Por eso, suelo ponerme atrás, reclinada sobre la pared, mirando por la ventana… pasan los minutos y ni los miro, pero ellos no lo saben; estoy mirando cómo mis alumnos de la escuela de enfrente entran los autos para la exposición, viendo a mis colegas ir y venir… o pensando en bueyes perdidos. Es decir, se genera un panóptico perfecto.

De todas las cosas que estudié, la idea de panóptico es una de las que más me sorprendió, más me atrajo y más me cambió la forma de comprender. Hay conceptos o disciplinas que hacen que cuando los encontrás ya nada sea lo mismo; tal vez algo similar me pasó con la semiología. Lo cierto es que esta idea de la sociología me motivó, entre otras cosas, a comprarme el libro de Michel Foucault “Vigilar y castigar” que me mira todavía desde la biblioteca diciéndome al pasar: “leeme!!”.

¿En qué consiste la idea? El panóptico quiere decir “observación de todo” o “todos observados”. La idea fue desarrollada por Jeremy Bentham, un filósofo inglés, a fines del siglo XVIII. Su idea era aplicarlo a la construcción de cárceles cuyo control fuera más eficiente. Su idea fue simple: todos debían sentirse vigilados aunque no lo estuvieran. Para ello, diseñó estructuras circulares donde todas las celdas daban a un gran patio, en cuyo centro se hallaba la torre de vigilancia. Es decir: todos podían ver la torre desde su celda, y desde la torre podían verse todas las celdas; pero el prisionero nunca sabía si se lo estaba mirando o no. La vigilancia actuaba a nivel psicológico, en el “¿y si justo me están mirando?”… de esta manera, se acentuaba el control a través del autocontrol por el “por si acaso”. Lo cierto es que la estructura del panóptico traspasó la arquitectura de las cárceles y se instaló en todas los edificios de las instituciones de la sociedad.

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