Racconto de un 2017 sorprendente

“No he obtenido nada de lo que había pedido, pero he recibido todo cuanto había esperado. Mis plegarias informuladas han sido escuchadas, y hoy soy, entre los hombres, el más ricamente colmado”

La cita la recordaba de un texto de la parroquia. Hace días daba vueltas en mi cabeza, en ese ejercicio inevitable de hacer un cuasi-balance de fin de año. Es que para mí, al menos en apariencia, sucedió en el 2017 lo mismo que al autor de la cita. Yo había propuesto un montón de cosas para el año, había hecho planes, y esperaba que las cosas salieran de determinada manera. Y resultó que en muchos casos, las cosas salieron al revés, o no salieron. Esto no quiere decir que sea malo, al contrario. Las cosas salieron tal y como yo las necesitaba, y por ello, este fue un año realmente sorprendente. ¿En concreto? Aquí vamos.

Capítulo 1: mi verano perdido (o de cómo cortar y soltar)

Empecemos por el principio, y vamos avanzando… Yo había propuesto un verano relajado, divertido y entre amigas; 45 días juntas, aquí y allá recorriendo lugares. Necesitaba francamente un descanso después de un año duro en lo emocional que había repercutido fuertemente en mi salud. Por eso, la frustración de que saliera todo al revés fue tremenda: de los lugares, vimos menos de la cuarta parte de lo que pensábamos, y que decir de lo relajado y divertido. Terminé con dolores que parecía que me acuchillaban el pecho, y llorando por el verano perdido: mi verano, mi descanso, mi tiempo, mi dinero, mis ganas de conocer cosas nuevas, mi todo. Sentía que no había derecho a que eso pasara… todo salió al revés. Cuando llegué a casa y me di cuenta que lo mejor que había traído era una valija repleta de cosas, y unas cuantas postales mentales de lugares bonitos, me sentí fatal.

Pero cuando sequé las lágrimas que me nublaban la vista, lo vi claro. Fue todo lo que necesitaba para cortar de raiz situaciones que ya no tenían vuelta atrás. Si las cosas hubieran salido “bien”, este año hubiera arrastrado un fardo de problemas que de esta manera dejé rápidamente atrás. Sí, me dolió. Todo cambio duele. Soltar duele. Pero me siento en paz. Empezar “mal” implicó rápidamente corregir el rumbo. Tal vez estuve más sola, tal vez me distancié de muchas personas, pero ciertamente fue saludable: no sólo no las extrañé sino que me se sentí menos conflictuada. De todo uno aprende.

Capítulo 2: una agenda cultural en Buenos Aires (o de cómo salir a circular)

Cuando empecé a soltar personas, me empecé a sentir sola. No triste, pero me incomodaba esto de querer salir, de querer hablar con alguien, y que mis opciones ya no estaban disponibles. No por ellas, sino porque era yo la que no quería llamarlas: ya no era lo mismo. Había algo que me incomodaba más que la soledad: el juntarme con alguien que no me hacía sentir bien. Prefería quedarme sola en casa con los libros, antes que llamar a alguien así. No. Tenía que ampliar mi círculo, conocer nuevas personas, pero eso no lo iba lograr en casa, así que salí a circular.

La venida de Marcela en febrero también me abrió los ojos de toda la vida cultural de Buenos Aires que se me pasaba de largo. Digo, los turistas viajan miles de kilómetros y vienen a ver cosas que nosotros las tenemos a mano cada día y no aprovechamos. Así, abrí en mi agenda una sección de “agenda cultural” y empecé a anotar cuanta muestra y actividad había que me gustaba. Y me fui acompañada o sola, y descubrí muchas cosas.

¿Qué salió mal? No conocí a nadie. Pero conocí artistas, y reflexioné con ellos. Me encontré con un Berni que no conocía, y que al igual que Spilimbergo, Xul Solar y tantos otros, creció viajando y contactando lo diferente. Conocí a Chema Madoz y su poesía visual tan simple; Aldo Sessa que tan bien nos retrata como cultura, también a Vivian Maier que me dejó helada, y a Henri Cartier-Bresson, que sabía captar el momento. Lisístrata me mostró la actualidad de tantos temas que vienen de largo, y una zarzuela extraña, que otros quedan rápidamente demodé. Con Yves Klein me enfrenté fehacientemente a la idea de que la creatividad no conoce fronteras; y con un director venezolano, que la música te puede llegar a hacer ver lo invisible. Visité el lugar en el mundo de Raúl Soldi, y conocí el mundo según Luis Felipe Noé, donde la multitud se ve de lejos, pero esos seres anónimos que la conforman aparecen cuando uno se acerca. De hecho, conocimos al viejito Noé en ArteBA, un espacio donde en mi cabeza estalló ante la pregunta de qué es el arte y en dónde radica su valor. No fue lo único que me llevó a estudiar y preguntarme: Boris Vian me hizo estudiar sobre el surrealismo, así como tuve que bucear en la obra de Lacan para comprender una historia a partir de la cual, lo que más aprendí fue de flexibilidad de la mano de mi papá. Y si de repensarse se trata, entre magia y humor el teatro me dejó pensando intensamente; pero nada como la filosofía en versión clase semanal o compacto de fin de semana mechado con música. Y hablando de música, nada más conmovedor que el espíritu romántico de Beethoven.

Balance: 7 muestras de arte, 4 muestras de fotografía, 3 conciertos, 5 obras de teatro. Mucha riqueza ganada, y un sano hábito adquirido que claramente voy a mantener en el año nuevo, porque además me quedaron varias cosas en el tintero.

 

Capítulo 3: la bicicleta (o de cómo mantener el equilibrio)

El primer cuatrimestre de la escuela fue agobiante. Propuse proyectos y me impusieron hacer otros. Impotencia ante la irremediable injusticia: tener 25 chicos grandes y conflictivos en tres horas, mientras que otros tenían 1 chico chico en 8 horas. Sensación de castigo… y qué podía hacer??

Salía agobiada de la escuela, y viajaba enlatada en el colectivo: como siempre, viaje corto pero que se hace largo hasta esperar, subir, transitar, llegar. ¿Por qué no buscar mis propios medios? Y sí… caminando es cerca, pero a la vez lejos si voy cargada. Lo ideal es una bicicleta… y así fue.

La bicicleta me dio alas: fue mi gran liberadora cotidiana de este año, la máquina de procesar preocupaciones. El dicho dice que “la vida es como andar en bicicleta, se necesita avanzar para no perder el equilibrio”. Entendí la frase en el ir y venir pedaleando. Cada vez que salía de la escuela, dejaba todos mis pesares en la calle. Los días de frío entraba en calor, y los soleados disfrutaba la caricia de los rayos y el color de los árboles. Llegaba a casa serena, animada y contenta, porque ya todo se encaminaría. Debía avanzar para mantener el equilibrio. Y así lo hice.  Y tuvo el plus de que a los chicos les encantó la idea de lo saludable y la conciencia ambiental. Para mí eso fue un efecto colateral no conciente, pero cuando ellos lo dicen me doy cuenta que está bueno que así sea, y que lo noten, se entusiasmen y lo repliquen.

 

Capítulo 4: los viajes de acomodación incómoda (o de cómo poner límites)

La primera resolución que tomé aún antes de volver del fatídico viaje de verano fue que si no había podido descansar en ese tiempo, iba a buscar los espacios durante el año. Pero no sé si fue el desencanto del verano o el hastío de la soledad, pero perdí las ganas de viajar. Bueno, sí y no. Quería pero me costaba definir dónde; nada me entusiasmaba (y de hecho, es algo que aún no supero). Igual, las propuestas se focalizaron en tres lugares y fechas: semana Santa, Sierra de la Ventana; vacaciones de invierno, San Luis; y octubre, las ballenas en Puerto Madryn.

Finalmente pude concretar los dos primeros proyectos de viaje, y en los dos tuve que acomodarme a la incomodidad. Raro, no? Porque lo que salió mal aquí fue que iba a irme sola, para sanar, y alguien se coló, y yo no supe decir no. Y no es que la pasé mal, de hecho, ambos estuvieron bien. Es sólo que no era lo que yo quería y necesitaba.

¿Por qué me pasó eso? por que me dejaba avasallar; y descubrí que no me pasaba sólo a la hora de viajar, sino en mi vida cotidiana. Salidas con mi papá y larguísimas charlas con mate en las cuales al terminar me sentía vacía, o angustiada. Al igual que con el verano (pero menos drástico), esto me llevó a un punto límite donde decidí, justamente poner límites. Y poner límites no sólo le cuesta a uno, sino al que es limitado, que claramente se resiste, sufre, y no entiende ni acepta el cambio de actitud.

Lo importante es ser fuerte en la voluntad de seguir parando los embates, y sostener la distancia a pesar de la sensación de soledad que te embarga, porque a todas las personas que soltaste se suman las personas que limitaste, con quienes las cosas tampoco son lo mismo… Entonces, cuando el círculo social ya es tan chico que te angustia y te ahoga, viene la bocanada de aire: alguien nuevo aparece. En realidad, a mí me apareció un alguien que ya estaba en mi entorno, pero evidentemente no se acercaba porque no tenía el lugar. Cuando empecé a poner distancias por otro lado, le habilité el acceso y la llegada. Y es alguien con quien me descubro contando cosas que no había contado nunca a nadie, de una forma integral y detallada como nunca había contado. Alguien que me habla de sus cosas de la misma manera cruda y franca, y con quien siento una conexión intensa como si nos conociéramos de siempre.

Pero voy a ser sincera: para comprender a ese alguien que apareció, aquí falta un “detallito” trascendente, porque ya venía trastabillando mal en esto de limitar a quienes me avasallan cuando ocurrió algo que me salvó del colapso, y que no es más que el capítulo final de esta historia… la más grande de las cosas que propuse hacer este año y que (menos mal!!) salieron al revés.

 

Capítulo 5: Raleigh (o de cómo un viaje puede traer a otra persona)

Yo había propuesto ir a Puerto Madryn en Octubre a ver las ballenas, pero nada de eso pasó. Porque en vez de a Chubut, viajé a Carolina del Norte, Estados Unidos. Haber ganado la beca Fulbright para docentes cambió mi vida de modo radical.Allá en mayo, me llegó la información de mano de Mariano. Dudé un poco y luego postulé… cosa rara en mí, algo me decía que iba a ganar. Daba por sentado de inmediato que iría, aunque esa sensación se fue diluyendo con el correr de los días. En julio me llamaron para una entrevista y ahí sí sentí que ya no ganaba. En agosto llegó un mail que me paralizó en la puerta con la cartera y la campera puesta: era becaria por la delegación de educación técnica. Cuando me dijeron que iría a Raleigh, tuve que buscar dónde quedaba. Hoy es para mí uno de los lugares más trascendentes de mi vida, porque allí los conocí a ellos, y me conocí a mí misma hasta un punto insospechado.

Hubo dos facetas de la beca que hicieron que ya no volvieramos a ser los mismos, porque esto nos transformó a todos de modo radical. Por un lado, el trabajo en la universidad: las actividades vivenciales, los juegos de roles, ponían de manifiesto crudamente la personalidad de cada uno. Quedaban al desnudo para todos, sobre todo para nosotros mismos, las virtudes y defectos de cada uno, sus potenciales, aciertos y rasgos. Trabajamos mucho sobre el poder y la capacidad de resolver conflictos; y si bien se orientó siempre al trabajo, son elementos que se traspasan a la vida y que son aplicables a la vida. Y cuando te descubriste de esa manera, ya nada es igual.

Pero fue la vida cotidiana en Raleigh la parte más dificil de la beca. Salíamos de la universidad y empezaban los problemas con el idioma, con la comida, con el transporte. Empezábamos a extrañar más intensamente, o a sentir el cansancio. Fue entonces cuando nos transformamos en familia. Cuando pasamos cumpleaños juntos, día de la madre juntos, cuando sentimos lo que es que Argentina juegue para el mundial y estar lejos de casa. El grupo era todo lo que teníamos: 50 personas llegadas de todo el país, un concierto de tonadas y personalidades tan selectamente elegidos que congeniabamos en una armonía casi perfecta. Claro que hubo roces, diferencias, pero se gestaron lazos que serán sin dudas amistades para toda la vida. Eramos no sólo una máquina de trabajar, de crear y de pensar, sino de asociarnos para superar la adversidad. Fue en el compartir cotidiano, en el volcar sobre la mesa vivencias y pesares, donde nos fuimos transformando unos a otros a partir de los testimonios de vida y lo que íbamos descubriendo.

Hay sensaciones que no pueden explicarse con palabras, hay que vivirlas. Hay momentos en que todo está dicho con una mirada, donde el mutismo impera y sólo queda abrazarse y vivir. Eso fue el cierre en Washington. Allí, en el memorial de Lincoln al atardecer, mirar a Esteban, a Horacio, a Leo, a Ariel, a Carla, a Jousy, a Maxi, a Coco, a Laura, a Hugo, a Daniel, a Nati, a Marcelo… a todos… y decirnos “¿pensaste alguna vez estar acá, con gente así, sentirte así?” y que no quede más que menear la cabeza y abrazarnos en silencio. Fue un privilegio compartir las tres semanas con esos docentes, y cuando volvimos, nada fue igual. Empezando porque las palabras seguían sin poder expresar el sentimiento, y entonces venían (y vienen) las lágrimas.

Cuando llegué, el cambio radical. Terminar de soltar, fortalecer los límites, establecer nuevas metas. Es terrible esto de sentirte extraño en tu propia vida y con tus propias actividades, pero sé que pasará. Del otro lado del whatsapp, lejos y extrañándonos, los demás están igual. Formamos una cofradía que se entiende donde nadie más nos entiende, donde nos seguimos conteniendo unos a otros como cuando en la NC State resaltaban nuestra pasión y nuestra compasión, nuestro compañerismo y la simbiosis que creamos. Raleigh nos transformó y nos hizo familia, y sabe Dios a dónde llegaremos juntos.

Y es así que llego a estos minutos finales del año, un año donde todo salió al revés, pero donde no hubiera querido que fuera diferente. Es gratitud infinita la que me anuda el pecho, felicidad profunda la que brota en mis lágrimas. El 2017 se escapa… y una versión nueva de mí saluda al año que se avecina. Dios en su sabiduría, me ha dado todo lo que necesitaba, y hoy soy la persona más ricamente colmada.

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