La canasta de abrojos

La idea había surgido de una de sus tías: si se empleaba de niñera durante el verano, podría viajar y además ganar unos pesos. Fue así como llegó a Balcarce, a la estancia La Merced, que pertenecía a una familia que, como muchas, tenía una estación de ferrocarril con su nombre. Era uso de la época que quienes donaban (o a quienes se les expropiaba) un terreno para la construcción de las estaciones, recibían en reconocimiento dejar su apellido en ella.

En Balcarce conoció a los abuelos, tíos y demás parientes de los niños que cuidaba. Pasaba horas en la cocina, y aprendió que los marlos del maíz, una vez desgranado y secos, eran buenos tanto para alimentar la estufa como para usarlos de cepillo de limpiar zapatillas. Y al colgar la ropa, se quedaba escuchando el cu-cu-cu de las torcazas entre los árboles.

La tía tenía razón: ese empleo le permitió conocer las sierras de Balcarce, esas extrañas montañas bajas en medio de la llanura cultivada. La llevó por primera vez hasta Mar del Plata, en el sube y baja de un auto a toda velocidad por la antigua ruta. Y le valieron meses de verano paseando por el campo con los niños, a veces cumpliendo tareas que se necesitaban en la estancia. Salían a buscar el nido de una gallina que había puesto los huevos fuera del gallinero y que no podían encontrar. Salían a recorrer los campos de trigo segado en busca de las bolsas de grano que se habían tumbado y que no se veían entre el pajonal; había que adelantarse a las vacas, que si las encontraban se harían una panzada para morir luego de la indigestión. O si no, simplemente salían a caminar el campo, a darle verdolaga a los chanchos y construir canastas con espigas de abrojo.

~—~*~—~

La clase de alemán es dinámica, nos gusta, pero se complica. Todos venimos de un largo día de trabajo y tenemos que concentrarnos hasta las diez de la noche. Es algo que elegimos, pero cuando alrededor de las 20.30 la profesora dice “jetzt machen wir eine Pause” respiramos aliviados. Es el tiempo del recreo, y sale el mate al ruedo, y hablamos de nuestras cosas; nada en serio, nada trascendente; y relajamos.

En esos temas banales, terminamos vinculando el primer apellido de Ricardo a su profesión. Nos empezó a contar de lo que le decían al respecto cuando estudiaba en la Universidad en Mar del Plata, y la charla continuó hasta que él mismo dijo: “y mi segundo apellido es el de una conocida marca de insumos para mi trabajo, así que todo cierra”.

Fue un milisegundo, de esos que necesita la cabeza para atar todos los cabos y darse cuenta. Algo disparó en mí la secuencia de ese apellido y uní todo el escaso conocimiento biográfico que tenía sobre mi compañero. Mar del Plata, pero nacido en Balcarce, y el apellido que referenciaba a aquella estación…

– “¿Vos sos algo de la familia que tiene el nombre de la estación de tren?”

Su primer respuesta fue no, porque pensó en el barrio y la estación del Gran Buenos Aires que también lleva su apellido. Me di cuenta… así que repregunté…

– “No no, la de Balcarce. La del ramal que está clausurado, que entra desde Ayacucho. Lleva el nombre de la familia que tiene la estancia allí. ¿Sos algo de esa familia?”

Su primer asombro fue que alguien conociera la existencia de esa estación sobre un ramal clausurado. Luego, que existiera la familia, la estancia…

– ¿Vos me decís La Merced? Sí, es de mi familia, yo voy en verano ahí. ¿Cómo conocés todo eso?

Le conté que mi mamá, cuando era joven, se había empleado como niñera con una familia de Buenos Aires que eran hijos del dueño de esa estancia, y que pasaba los veranos trabajando allí. Le hablé de don Eduardo, al que recordaba que mi mamá nombraba.

– Era mi bisabuelo. Mi abuela vivió siempre en Buenos Aires, y contrataba niñera para mi mamá y mis tíos cuando iban a la estancia en verano… le voy a preguntar.

Los años exactos no los teníamos, pero todo coincidía. La clase de alemán siguió; le pusimos ganas hasta las diez. Pero teníamos algo de asombro, nostalgia… Y en la escalera de bajada hacia la calle, Ricardo dice:

– Cuando estuve en el verano en Balcarce, salimos con mi mamá al campo y en un momento empezó a cortar unas espigas que parecían de abrojo; se pegaban entre ellas. Las fue uniendo hasta hacer una canasta, y me dijo que eso se lo había enseñado a hacer una niñera que tuvo en el campo cuando era chica.

Mientras él me lo decía, vinieron a mi mente los picnics de campo de mi niñez. Sabía exactamente de qué espigas me hablaba y cómo se hacía la canasta con ellas. Yo misma las había hecho. Para ese momento, Ricardo concluyó:

– Mi mamá me acaba de mandar un mensaje, me dice: “¿te acordás la niñera de la canasta de abrojos? Era ella.”

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