Literatura filosófica

Cuando estaba en 6to o 7mo grado de la escuela, mis maestros nos reunieron a todos en la biblioteca para ver una película que ilustrara la vida medieval (supongo que quisieron mostrar eso)… Esa película fue “El nombre de la rosa”, basada en la novela de Umberto Eco. Aún recuerdo cosas que me impactaron de la historia, que por respeto a quienes no conocen la historia, no develaré aquí, ya que eran, justamente, aquellas que permiten nada menos que la resolución del misterio.

Pasaron los años, había dejado atrás el odio por la literatura que gané en la escuela, y mi hermano me recomendó leer el libro. Un poco ofuscada (“yo trabajo y no tengo tiempo libre como vos para leer tremendo libro enorme”), lo escuché y enfaticé que no era de mi interés la historia y que nunca la iba a leer. Yo creo que fue para hacerle la contra.

En todo caso, nunca digas nunca. Una tarde de verano paseábamos con Marcela entre los libreros de Plaza Italia, revolviendo y consultando porque esos hombres de verdad saben de libros, lo cual hace de cualquier consulta una charla interesante. Y ahi lo vi… y me atrajo… y me lo llevé. Lo puse en la biblioteca con los otros que esperan su turno de ser leidos. Curiosamente fue en medio de la fiebre de una virosis fuerte que lo agarré. Y el libro me abdujo.

No es la historia cuasi policial (o no lo fue porque ya la conocía en sus detalles esenciales). Fueron sus reflexiones filosóficas sobre tantos temas tan diversos. La política, la pobreza, la risa, los libros, la ciencia, el lenguaje, la sociedad, la vida de fe. Una novela sobre la historia politica de la iglesia, sobre las pujas de poder en esa institución tan diversa donde franciscanos pobres y benedictinos doctos y opulentos conviven entre tantos más.

Destaco estos fragmentos que me hicieron ruido y que decidí conservar.

Diversos son los nombres que los hombres imponen para designar los conceptos, y solo los conceptos, signos de las cosas, son iguales para todos.

Lo que importa no es si Cristo fue o no pobre, sino si la Iglesia debe o no ser pobre. Y la pobreza no se refiere tanto a la posesión o no de un palacio como a la conservación o la pérdida del derecho de legislar sobre las cosas terrenales.

Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando tomamos un libro no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras

Un imperdible. De esos que en algún momento hay que leer… y repensar.

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El amor en tiempos del cólera

Hace tiempo volvía de vacaciones, satisfecha pero melancólica como siempre después de cada viaje, y en el micro nos pasaron la película “El amor en tiempos del cólera”. Yo había escuchado que existía el libro, escrito por Gabriel García Márquez. Venía de leer, fascinada, “Cien años de soledad”, tantas veces recomendado. Entonces imaginé que aquella historia de amor de la película sería igual de fascinante para leer. Y no importaba perder la sorpresa de la historia, que ya había visto en aquel viaje de 24 horas, importaba el placer de leer.

Una vez más, la película no llega al nivel del libro, es muy buena, pero le falta esa riqueza propia del texto. El libro me lo compré meses después de aquel viaje, y durmió en mi biblioteca. Muchas veces en estos años lo vi en la biblioteca, y sentía como que me llamaba. Siempre tuve deseos de concretar finalmente la lectura. Y el momento se dio este primer verano en que, viviendo sola, tuve algo más de tiempo para disfrutarlo.

En la contratapa del libro anunciaban la historia de amor de Fermina Daza y Florentino Ariza. Creo que es una historia de amor y punto. No me sorprendió encontrar un amor enfermo; si me sorprendió la determinación de Fermina, su inteligencia emocional para saber quién era su verdadero amor y construir relaciones cuasi saludables, y digo cuasi porque en la época en que se situa la novela, no era fácil pedir un amor saludable como lo podemos concebir hoy en día, donde la mujer tiene un rol paralelo al del hombre en la toma de decisiones.

La historia va llevando por los rincones de esta ciudad del Caribe. El relato sigue a uno de sus personajes hasta que se cruza con alguno de los otros, al que sigue hasta el próximo cruce. Así, como quien no quiere la cosa, va enlazando las historias individuales contándolas con lujo de detalles, tanto que parece que uno está allí, viviéndolas, sintiéndose presente.

Es raro que suceda que en el cine, y en la literatura también, que uno sienta empatía con todos los personajes; que sienta que todos son buenos: siempre hay un malo en las historias! Bueno, en esta historia los personajes generan empatías porque son, ante todo, muy humanos. Tienen virtudes, defectos, aciertos, vicios, pero son humanos. Con sus miserias y maldades, dolores y amores, ilusiones, sueños , logros, frustraciones. Es sobre todo la historia de un puñado de vidas como las nuestras, donde cada uno va haciendo su camino, sus elecciones, con la mejor ilusión, para luego promediar la vida con reflexiones, con autocríticas, volcando la sabiduría del tiempo vivido.

Es un libro que me encantó, como me encantó “Cien años de soledad”; que volvería a leer, como volvería a leer “Cien años de soledad”, por la riqueza de los detalles, de la descripción, lo puntilloso del relato. Y vuelve a reivindicar a Gabriel García Márquez, a quien dude en volver a leer luego de una mala experiencia en la secundaria (cómo puede ser que en vez de inculcar el gusto por leer, te lo quiten con tan malas elecciones?). Eso sí, me pareció mejor cerrada la historia que la de “Cien años…”, aunque igual de abrupta, no sé,  tan poético el libro, le daría unos párrafos más…

Esta novela romántica, sin golpes bajos, me entretuvo, me enriqueció durante unos cuantos días. Me la devoré pese a conocer el devenir de la historia de antemano, y quedé satisfecha en búsqueda de mi próxima novela.

Un mundo feliz

Te invito a hacer un ejercicio: imaginá por un instante cómo sería para vos mundo feliz. Qué tendría y que no. Qué le faltaría, que sería desconocido…

El título del libro de Aldous Huxley en la biblioteca de mi hermano se veía tentador. Ya he dicho que mis alumnos me cargan porque me dicen que soy una soñadora cuando digo que creo que un mundo mejor es posible. El título de la novela era sugerente al respecto, y yo me imaginaba un lugar igualitario, sin necesidades insatisfechas, donde cada uno era capaz de realizarse…

Confieso que lo empecé a leer varias veces sin poder avanzar más que unas pocas páginas. Mi fobia a todo lo que tenga que ver con la medicina me impedía ir más allá. Esa imaginación tan vívida que tengo me hacía sentir tan nítidos los procedimientos que no lograba terminar el capítulo sin náuseas, bajadas de presión, dolores incomprensibles y una sensación de horror recurrente.

Pero la curiosidad me pudo… así que arremetí contra el primer capítulo y salteando párrafos y páginas enteras, llegué a la página que iniciaba con el número 2. Y a partir de allí, no hubo más problemas.

En una edición de bolsillo con letra chiquita y apretada, el libro me atrapó. Creo que lo leí en un fin de semana. Y cuando llegué a la última palabra, me quedé atónita, dura… una sensación que cada tanto me acompaña cuando en el quehacer cotidiano me cruzo con alguna situación que me lleva a decir “esto me hace acordar a un mundo feliz”.

Al observador actual, el mundo feliz de Huxley resulta totalmente posible porque es feliz, pero no es perfecto, tiene sus errores, sus privaciones, “el precio que hay que pagar”, según los personajes que defienden el modelo imperante en ese mundo futurista. El observador del presente, sin embargo, siente que es un mundo escalofriante. Y creo que da escalofríos porque nos permite pensar hacia donde vamos si seguimos con nuestros hábitos actuales.

No sé si este libro sea verdaderamente una novela… empecé a leerlo como un libro de ciencia ficción y terminé pensando que era un libro de filosofía.

¿Cómo nos miramos a nosotros mismos como cultura? ¿Cómo miramos a los demás en sus culturas? ¿Qué respeto tenemos por ellos? ¿Cuánto enunciamos el respeto a las diferencias con los labios y cuánto lo sostenemos con nuestras acciones? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por ser felices? ¿Es feliz el mundo de Huxley? ¡Cuánto nos cuesta ponernos en el lugar del otro!

Si eliminamos todo lo que nos da dolor, todo lo que nos preocupa, ¿podemos ser felices de verdad? ¿podemos ser felices sin tener un desafío para afrontar? ¿Podemos disfrutar de las cosas de la vida si todo está servido y listo para ser disfrutado? ¿Podemos disfrutar de la vida si no tenemos más objetivo en ella que seguir una rutina “feliz”?

El libro me encantó. Hay que estar de humor para leerlo, hay que dejarse sorprender; hay que poner las barbas en remojo, hay que pensarlo… y hay que evitar que nuestra sociedad llegue a construir ese mundo feliz; tal vez reflexionando encontremos la vuelta para que aparezca un verdadero mundo feliz!

La logia de Cádiz

En la escuela me enseñaron que los próceres son seres de pura virtud. Su lenguaje es pulcro y pulido, no tienen malas intenciones, tienen una conducta intachable, son heroicos y tienen un amor a la patria tal que solo piensan en dar la vida por ella. Todo lo que hicieron estuvo bien, y debemos imitarlos ciegamente, así como venerarlos.

Los próceres de mi escolaridad estaban puestos sobre un pedestal inalcanzable: no eran hombres: eran semidioses. Se nos mandaba a imitarlos, pero resultaba una tarea imposible. Tan lejanos y tan fríos eran, que finalmente perdieron su significado. Hoy hay feriados en su honor, pero los vemos como un día libre más y no recordamos por qué tenemos ese día.

Para mi cumpleaños del año pasado, mi papá me regaló un libro. Un libro con fundamento, y que con una investigación minuciosa como base, novela partes de la vida de José de San Martín, el “padre de la patria”, el “libertador”, “el santo de la espada”, como ha dado en llamarlo la historia oficial. Sobre todo, gira sobre el histórico combate de San Lorenzo, del que se cumplió esta semana un nuevo aniversario.

Se nota que el libro está bien documentado, y por ello resulta emocionante. Muestra a un San Martín humano, con sus flaquezas, virtudes y defectos; y esa mirada humana lo hace más héroe que el pedestal de bronce donde estuvo colocado tantos años.

Por primera vez, alguien me dice los porqués de tantas cosas. Conocer las vacilaciones de pensamiento de este hombre, las cosas que dejó atrás con dolor, su forma común de hablar, que la historia supo traducir en frases más decorosas pero tan ribombantes como frías.

Un San Martín que vocifera es un San Martín pasional, humano, y pese a que se lo describe como una persona callada, observadora y fría, no es el frío del mármol. El relato de las batallas, los muertos, el verdadero coraje de exponer el pellejo en la lucha cuerpo a cuerpo… La renuncia a su vida personal por servir a la patria y la tristeza y remordimiento que ésto le causó; todo esto hacen de este hombre un verdadero ejemplo imitable: nos demuestra que nosotros, siendo personas corrientes como él, también podemos ejercitar nuestras virtudes y llegar a tener un espíritu grande. Vemos que no es un temple inalcanzable, sino que puede construirse con esfuerzo y voluntad.

Me impactó mucho el relato de la formación y entrenamiento del regimiento de Granaderos a Caballo, y confirmé aquello de que, hasta principios del siglo XX, fue considerado traidor en estas provincias pese a haber sido el libertador. También mostraban el viejo sensible ante la vida, que privilegiaba el juego de sus nietas antes que un objeto material como una medalla, por más gloria que pudiera representar. Un hombre que sabía dónde estaban las cosas importantes de la vida.

En un tiempo en que faltan tantos héroes, tantos ejemplos de rectitud y corrección, donde hay que formar personas que recuperen el patriotismo y nos permitan salir adelante, el libro me hizo sentir muy satisfecha: sin duda lo aplicaré en mis clases.

Y tuvo otra cosa buena: me dejó con inquietudes para seguir leyendo y buscando. Hace tiempo que no me pasaba eso. La presencia de John Parish como testigo del combate de San Lorenzo me llevó a mi biblioteca, a desempolvar un libro usado que compré allá por el 2003 al dicho de “cuando tenga tiempo lo leeré”. Le llegó el tiempo a las “Cartas de Sudamérica, primera entrega”, como para descubrir un poco más la historia cotidiana de este país, vista desde la óptica de un comerciante inglés.

Así que agradezco a mi padre el regalo y recomiendo este libro que, en cierta forma, me reconcilió un poco con la lectura de historia nacional.

Las viudas de los jueves

De vez en cuando me da un antojo. Un sandwich triple, un pisco sour, ir a bailar… Hace unas semanas estaba antojada: quería leer una buena novela, pero no se me ocurría cuál.

La encontré mirando el diario, viendo los estrenos de la semana. Al ver sus caras en la publicidad, me di cuenta de que quería ver esa película, pero que antes quería leer el libro. Si realmente la historia era tan atrapante como me decían, prefería que ir al cine no me arruinara la sorpresa del libro. Porque convengamos: por más que la película sea buenísima, nada equipara a las escenas que formamos en la cabeza cuando leemos un libro.

Sin mirar el precio, sin contar con las dificultades que implicaba tomar dos colectivos para llegar a la librería con la bota ortopédica, sólo con la idea fija de leer ese fin de semana, me conseguí el libro. Y me lo devoré en dos días, empezando a leer de parada en el viaje de 15 cuadras de la librería a casa, y luego tirada panza abajo en el patio de casa, bajo el sol primaveral. Es que, definitivamente, es atrapante al punto de no poderlo dejar!!

En pocas páginas queda de manifiesto la situación, y el resto es una lectura en la cual la ansiedad de uno por saber qué pasó contrasta con la sucesión de capítulos breves en los que se va narrando toda una cotidianeidad, en apariencia desconectada de ese principio impactante, de no ser porque son los mismos personajes en el mismo espacio.

Sin embargo, lo espectacular de la novela radica en que así, como quien no quiere la cosa, va aportando elementos para que en la mente del lector se vaya dibujando el retrato de un modo de vida. Intuyo que algunos antes, otros después, pero todos los lectores llegan a un punto en que empiezan a darse cuenta el porqué de las cosas sin que la autora diga una palabra al respecto. Y es en ese momento, cuando la simple descripción hace “clic” en la cabeza, se siente el escalofrío.

Al margen de la historia, el libro es un estudio de sociología, de historia, de psicología, una radiografía de la vida de un sector de nuestra sociedad. Un sector que conozco de cerca, y a los que tal vez entienda mejor ahora… bueno, es un decir, nunca voy a entender ni mucho menos a compartir su sistema de valores.

Me subleva la desigualdad, y en ese punto me enfurece el desprecio, la liviandad al juzgar; pero a la vez me entristecen esas vidas vacías, esas soledades, el tener todo sin tener realmente nada… Y los chicos, creciendo en esa burbuja, en esa soledad, en ese vacío…

Hace un año vi un hombre desesperar porque el cáncer de su padre avanzaba hacia la muerte, inexorablemente, sin que una tele nueva, un paseo en auto de butacas calentables o una campera de tela para andinistas pudiera detenerlo, aunque él pudiera comprarle todo eso y más. Hace un año vi a un hombre, a semanas de su muerte, levantarse y hacer un esfuerzo sobrehumano para cambiarse y afeitarse, para lucir como si la cosa no fuera tan seria ni el dolor tan fuerte, porque la enfermedad era algo que su hijo no podía soportar.

Y cuando la pantomima terminaba, yo estaba allí todavía, y me confiaban el dolor, el cansancio, la debilidad, el miedo… se mostraban ante mí de entre casa, porque para mí valía el bienestar de ellos más que la apariencia. Y no llevaba en mis visitas más que mis oídos, mi fé, mi sonrisa, mis manos… y eventualmente un ramito de flores para darle color a los días.

Leyendo Las viudas de los jueves recordé muchas partes de ese proceso. Y la lectura me ayudó a comprender esas miradas de suficiencia, la descalificación de mi labor sencilla… y también la desesperación posterior. Y sentí el dolor de la pérdida una vez más, pero también por la imposibilidad de aliviar el dolor de ese corazón de bolsillo tan lleno como impotente. Me queda la serenidad de haber dado lo mejor de mí, de haber estado de verdad hasta el final…

Sólo deseo que Dios tenga piedad de esos corazones, hay muchos viudos y viudas de los jueves andando por ahí, con la tristeza de tener tanto y a la vez tan poco, y con la impotencia y la desesperación como final…

Como agua para chocolate

El lenguaje del cine no es vano. Todos, de acuerdo con nuestro estado de ánimo, vivimos el entorno de una manera u otra. Así, los momentos más tristes de las películas son cuando los héroes y heroínas viven sus peores pesadillas bajo la lluvia torrencial…

“Como agua para chocolate” era un libro que me revoloteaba alrededor hacía tiempo. Mariela quiso pasarles la película a los chicos de la escuela, aunque por sus comentarios no me convencía para una clase. Pero al contarme el final, la historia se me quedó prendida… Me picó la curiosidad desde el año pasado, cuando le ayudaba a Evangelina a preparar su exámen de Literatura y me contacté junto a ella con la extraordinaria receta de las codornices en pétalos de rosas y sus mágicos efectos.

Pero por las cosas de la vida, la curiosidad quedó latente, dormida, y no es raro que me haya decidido a leerlo justo en este momento, justo cuando yo misma estaba “Como agua para chocolate”, es decir, a punto de explotar de rabia o de pasión amorosa. O de las dos cosas juntas, porque a veces tienen mucho en común.

Mis libros son como mensajes en una botella. En sus primeras hojas les pongo mi nombre y la fecha en que entran a mi vida… un libro no es algo externo, una vez que fue leído pasa a formar parte de uno y hace que la vida no sea la misma. En esas páginas dejo plasmado el momento preciso en que ocurre el encuentro y sus personas: “un mediodía gris en Parque Rivadavia con Julián”, o “Primer semana de clases que se va”. Otras veces, no le pongo nada. A este le puse una frase que transmite la intensidad del estado de mi alma al incursionar por la historia: “Esperando el milagro…”, como si intentara encontrar en las recetas de Tita los remedios para mis males.

La novela es un recetario, donde la vida se entremezcla con las recetas y las recetas con la vida. La mezcla transforma las recetas, transforma la vida de sus personajes y produce otros efectos prodigiosos. Es la historia de una enorme pasión, y en los primeros capítulos se me antojaba que la historia de Tita era la mía, un amor vedado pero que sobrevivía… era como que nuestros corazones latían al unísono y esperaban las mismas cosas. Y como con sus recetas, el libro se metía en mi vida y yo me metía en la historia, buscando en ella el desenlace que quería para mí.

Pero de repente algo pasó. Llegamos a la encrucijada… en mi vida y en la novela. Y Tita y yo elegimos caminos distintos. Ella siguió el camino que he visto tomar a tantas… y yo… volví a mi camino habitual, y empecé a discrepar profundamente con ella. Empecé a valorar el amor como algo que te hace bien, no como algo que te tortura. Y empecé a liberarme, a darme cuenta que cegarse en una pasión errada es negarse la chance de ver a quien de verdad te hace bien. Y mis alumnas pesaron en esto, porque ellas me pedían consejo sobre amores enfermos y yo les decía justo eso y era como reafirmar en mí misma el camino a transitar.

Dicen por ahí que los milagros de Dios consisten en enviar lo que uno necesita, y no lo que uno quiere, porque lo que uno quiere muchas veces no coincide con lo que uno necesita. Y que tarde o temprano, uno se da cuenta de que ha recibido lo que necesitaba para ser feliz.

Al menos yo me di cuenta… porque esperaba un milagro y recibí otro. Recibí el milagro de la comprensión de la situación, de la correcta valoración propia y de los demás… y de tomar el camino correcto, de dejar a cada uno que medite sus errores sin enroscarme en ellos.

Tita llegó y se fue en el momento justo de mi vida, cuando estaba preparada para entenderla de punta a punta. Y cuando nos despedimos, me hizo el milagro y se fue a dormir a la biblioteca, donde despertará el día que vuelva a necesitarla por estar como agua para chocolate, o cuando alguna amiga necesite de la magia de sus recetas para apaciguar sus enojos y pasiones amorosas.

Rosaura a las diez

Esta es la historia de varios encuentros.

Todo comenzó hace un tiempo, cuando deshauciada, con ese malhumor que me suele agarrar siempre cuando las cosas no me salen bien, cuando siento que perdí el tiempo mientras mis cosas esperaban ser hechas; le mandé mensajes tragicómicos a Florencia volcando mi decepción. Nada esperaba, solo tenía curiosidad… más me hubiera valido escuchar a Flor y quedar en casita, aunque pese al malhumor, al menos me quité la duda. Lo tragicómico de mis mensajes buscaba que la risa de Flor aliviara mi tensión. Ese fue el primer encuentro.

Días más tarde, una tarde, tratando de estudiar en la casa de Florencia, retomamos el tema de lo sucedido . Entonces, ante mi relato detallado, Flor, entre risas, me dijo: “ay Nora!! Es Camilo Canegato!!” “¿Quién??” dije yo, asombrada de que existiera alguien en el mundo con ese nombre. Ella se sumergió en su placard y volvió con un pequeño librito amarillento de letras muy pequeñas. “No leíste Rosaura a las Diez?” Y yo lo tomé en préstamo, porque valía la pena comprender de qué reía Florencia, y si ese tal Camilo Canegato tenía que ver o no con lo vivido. Ese fue el segundo encuentro: con el libro.

Luego los encuentros se sucedieron, ante cada personaje de aquella pensión del barrio de Once, ante cada historia, ante el propio Camilo Canegato, que, fiel a lo dicho por Flor, tenía mucho que ver con lo que yo había vivido. Me encontré con un Buenos Aires de antaño, con su más pleno costumbrismo… y reí ante un relato picaresco y cotidiano. La trama me iba sumiendo en la intriga solo revelada al final por unas carillas esclarecedoras.

Recomiendo el libro, por su historia atrapante y sus detalles de picardía y humor que te hacen reir, esas cosas que dichas de otra manera no tendrían sentido ni trascendencia para la historia, pero que por su expresión se vuelven tan importantes como el personaje protagonista. Es que en eso está la magia de la literatura, en el uso estético del lenguaje, que además de contar una historia, recrea la mente y el corazón con expresiones bonitas.

Como siempre le digo a Flor, me río de mis desgracias, y estoy feliz porque al menos, del encuentro con Camilo Canegato obtuve un encuentro mayor con Rosaura a las Diez.