El retrato de Dorian Gray

Quizá te imaginas que estás a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual de color en una habitación o en el color del cielo matutino, un determinado perfume que te gustó en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles, un verso de un poema olvidado con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia de una composición musical que has dejado de tocar, pueden cambiarte.

El retrato de Dorian Gray es la única novela que escribió Oscar Wilde. En ella, presenta una mordaz caricatura de la sociedad de su tiempo y de los valores que ésta manejaba.

El protagonista de la historia, como el título lo anuncia, es Dorian Gray. Un joven al que encontramos en sus 18 años, y que súbitamente descubre que su belleza no es imperecedera, entrando en la desesperación. Acaba de ser inmortalizado en un retrato, con el que entabla una relación de amor-odio, ya que él permanecerá con su belleza inalterada mientras que Dorian envejecerá afeandose inevitablemente, no solo por el deterioro corporal sino por las huellas que las actitudes y acciones dejan en el cuerpo.

Sin embargo, Dorian no hace este descubrimiento solo: es Lord Henry el que lo despierta a la cruda realidad. Lord Henry es la voz de la sociedad de su tiempo: una voz seductora, dulce, persuasiva, encantadora… y fuertemente corruptora. Desde mi óptica, es él el verdadero protagonista, despreciable y vil encarnación de su tiempo.

Las buenas influencias no existen. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él.

¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles eran! ¡Qué claras, y qué agudas y crueles! No era posible escapar. Y, sin embargo, ¡qué magia tan sutil había en ellas! Parecían tener la virtud de dar una forma plástica a cosas informes y poseer una música propia tan dulce como la de una viola o de un laúd.

Publicado en 1890, la novela refleja el desencanto imperante frente a los efectos sociales de la revolución industrial: habiéndose puesto la esperanza en el valor transformador de la ciencia y la técnica, el fin del siglo XIX se encuentra con sociedades polarizadas, donde las grandes masas viven en condiciones paupérrimas. Frente a esta realidad pesimista nacida de los valores del utilitarismo y el materialismo, la burguesía y los sectores altos de la sociedad intentan evadirse y así desligar también responsabilidades. De este modo, el culto por la belleza en sí misma ha parecido una salida para muchos, originando el movimiento esteticista, que se basa en la doctrina de que el arte existe para beneficio de la exaltación de la belleza, la que debe ser elevada y priorizada por encima de la moral y de las temáticas sociales. Consiste en una reacción a la “fealdad” general creada por la época industrial.

La obra transmite fuertemente todo ese desencanto. Sus personajes muestran total desdén por las miserias ajenas, buscando constantemente el placer, la belleza y la satisfacción de sus deseos, incluso cuando éstos pueden enviar a la ruina a los demás. Es una oda al materialismo y el egoísmo extremo. En cierto sentido, muchos de sus pasajes me han remitido a la sociedad actual y sus valores.

Vivimos en una época en la que se trata el arte como si fuese una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

Por momentos leía y pensaba en nuestra realidad actual… En la publicación de la vida en las redes sociales, en lo que mostramos y preservamos, en la forma en que miramos la vida de los otros. Cuando entro a las redes, me chocan las fotos sin encuadre, sin foco, sin estética, un disparar alocado para comunicar lo que estamos haciendo.

Basta esconder la cosa más corriente para hacerla deliciosa. Cuando ahora me marcho de Londres, nunca le digo a mi gente adónde voy. Si lo hiciera, dejaría de resultarme placentero. Es una costumbre tonta, lo reconozco, pero por alguna razón parece dotar de romanticismo a la vida.

A la vez, ¿a quién le interesa lo que publicamos, si las historias de Instagram pasan a vuelo de pájaro ante nuestro dedo que se desliza espasmódicamente por la pantalla? ¿Qué apreciación podemos tener de aquello que no ha estado ni un segundo frente a nuestros ojos? De hecho, nadie va gritando por la calle las cosas que le gustan. El valor de guardar las acciones y pensamientos en la intimidad es, muchas veces, el disfrute de esos mates con un amigo donde podés contarle aquello que has hecho, aquello que te ha sucedido, y el amigo escucha con interés. La hiperpublicación tal vez quita trascendencia a los hechos de nuestra vida.

Es triste pensarlo, pero sin duda el genio dura más que la belleza. Eso explica que nos esforcemos tanto por cultivarnos. En la lucha feroz por la existencia queremos tener algo que dure, y nos llenamos la cabeza de basura y de datos, con la tonta esperanza de conservar nuestro puesto. La persona que lo sabe todo: ése es el ideal moderno. Y la mente de esa persona que todo lo sabe es una cosa terrible, un almacén de baratillo, todo monstruos y polvo, y siempre con precios por encima de su valor verdadero.

Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para ser hermosa.

Otro elemento llamativo: la información. Tenemos cada vez más fuentes de información, cada vez más datos, pero menos confiables y más inútiles. Nos falta capacidad de reflexión, calma para la mirada de conjunto, para construir nuestra reflexión sin repetir los discursos ajenos.

La historia es atrapante, mordaz, de una actualidad interesante, ya que habla de los sentimientos y miserias humanas, además de retratar el desencanto de una época. Muchos de sus pasajes podrían ser leídos sin saber que fueron escritos más de cien años atrás, y los juzgaríamos de total actualidad.

Dejo, para terminar, algunos de esos pasajes, para que cada cual reflexione a su gusto…

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Mucho para pensar

Una tarde de sol invernal que parece ya primaveral bastó para que leyera “Rebelión en la granja”.

Es muy fácil leer rebelión en la granja y ver aquello que Orwell quiso mostrar: una crítica al comunismo soviético del período estalinista. Vamos leyendo y vamos encontrando la analogía entre cada personaje y la realidad: el granjero es el Zar, la yegua de tiro es la nobleza zarista, el cuervo es la Iglesia, los cerdos son la nomenklatura, y entre ellos, Snowball es Trotski y Napoleón (curioso nombre, dado que el conocido francés trocó la revolución francesa en un imperio personalista) es Stalin. Luego aparece la división entre los caballos, que algo piensan, cuyo trabajo es más valorado, y las ovejas y gallinas, que no pueden siquiera recordar las letras. Hay una valoración intrínseca al proletariado por sobre el campesinado.

La división entre el trabajo intelectual, justificado por la propaganda y que amerita ciertos privilegios, y el trabajo manual productivo, está muy clara desde el principio: “Los cerdos en verdad no trabajaban, pero dirigían y supervisaban. A causa de sus conocimientos superiores, era natural que ellos asumieran el mando.” Unos pocos renglones más atrás, acababa de decir que el caballo entendía el trabajo de segar mejor que el granjero… y llegado a ese punto surge la pregunta de por qué ese conocimiento no le da poder de mando al caballo. La respuesta es que se naturaliza algo, a elección de un beneficiario y sus intereses, y se desnaturaliza el resto… Si no, no se entiende cuándo el conocimiento de los cerdos comenzó a valer más que el del caballo, si el caballo permite segar y alimentarse. ¿No es que todos los animales son iguales?

Y la obra recién empieza a interpelarnos, y luego va más en profundidad, sobre todo en su primera parte. Lo leía y no podía dejar de pensar en la escuela, o en la reunión de consorcio. Cómo la vida está atravesada por el poder, y cómo ese poder convierte en falacia el hecho de que todos los hombres son iguales y de su es posible sostener una organización horizontal. Claramente, unos son más iguales que otros. El poder existe, circula y recae, aunque no nos guste verlo. No podemos suprimirlo y sería grave error negarlo. Solo podemos aceptarlo y reflexionar qué hacemos con ello. Queda claro, no existen las organizaciones horizontales. Siempre alguno termina de líder, quiera o no. Y los líderes son los más astutos, y los que tienen el saber: ese saber que es, sobre todo, el saber de los enemigos que se quiere combatir.

El camino al infierno está tapizado de buenas intenciones. ¿Y como se vuelve?? Con humildad.

Tenemos que tener en cuenta que aún en las situaciones que consideremos más democráticas y horizontales, siempre alguien se erige en líder, quiera o no, por elección personal o porque los demás depositan su confianza (y con ella su poder) en él y se encolumnan tras él. Es inevitable, siempre emerge algún líder porque tiene condiciones para ser convocante. “Los cerdos eran los que siempre proponían las resoluciones. Los otros animales entendían cómo debían votar pero nunca se les ocurrían ideas propias”. Sabiendo ésto, un líder responsable debería asumir que, ante los aspectos a tratar, las tareas a organizar, tiene una postura que es la suya, pero no la única. A partir de esto, debería aceptar incorporar las ideas aunque sean discordantes con la propia. Hasta el líder debe reconocer que todos todos tenemos que hacer sacrificios, y que uno de ellos es tomar en consideración opiniones discordantes.

Pero volvamos a la granja. Todo marcha bien, hasta que se encuentran con el fin de la autosuficiencia; y esto los lleva a ceder en lo que habían establecido: no negociar con el hombre. Lo interesante es que los animales tienen alimento, tienen todo lo que precisan, pero aún así, se ven empujados a buscar más. ¿Por qué ? Tal vez porque lo conocen: porque saben que existe y surge el deseo. Dedican su vida a buscar más, sin darse cuenta que podrían vivir mejor con menos.

Finalmente uno de los cerdos se impone, y comienza el proceso de convencer a los demás animales de una realidad tergiversada que se opone a la experiencia que los animales tienen de los sucesos. La realidad vivida se opone al discurso hegemónico, y aparece la duda… Si yo sé que algo pasó aunque me digan que no, como puedo ir en contra de lo que recuerdo? Aparecen las armas de la manipulación. “Una vez más algunos animales escucharon esto con cierta perplejidad, pero Squealer logró convencerlos de que sus recuerdos estaban equivocados.”

El discurso se reformula y se reafirma con el fantasma de la vuelta del granjero, que es el elemento más eficaz para frenar toda discrepancia. Aún así, cuando esto no alcanza, se crea un enemigo exterior o un traidor interior que aúne opiniones mediante el odio común. Me recordó mucho a lo que aparece en 1984, escrito posteriormente, y que allí tomará la forma del ministerio de la verdad.

En algún momento, los animales empiezan a sentir el desencanto, a recordar sus anhelos y a cuestionar su situación nuevamente. Deciden reivindicar el canto de rebelión de aquellos primeros tiempos, ya que es mantener viva esa ilusión del futuro mejor que se quiere. Entonces surge la pregunta: ¿qué hacer cuando te dicen que el futuro llegó, que las metas fueron alcanzadas y que todos deberán vivir así? ¿Qué hacer cuando hasta te prohíben cantar ese canto de rebelión?¿Quién decide que la revolución está terminada, y sobre todo, por qué lo decide?

Orwell publicó el libro en 1945, tras la invasión alemana y la entrada de la Unión Soviética como parte de los aliados. No abarca el comunismo chino, que surgiría en 1947, ni vivió para ver cómo la granja de los animales fue recuperada por los hombres en los albores de la década de 1990.

Curiosamente, los rusos actuales se empeñan en olvidar esta etapa. Añoran volver al esplendor de la época de los zares, sin darse cuenta que fue lo que los llevó al horror que pretenden evitar. Siguen diciendo que si se esfuerzan más, llegarán al objetivo.

Lo interesante, además de todas las reflexiones sobre el poder que me provocó, fue que el libro me llevó a aclarar algunas dudas que siempre tuve y que nunca me había resuelto a buscar sobre el marxismo y el comunismo. Fue el disparador para profundizar en la historia de la Unión Soviética, así como entender las diferencias entre Lenin, Stalin y Trotski, y por asociación al libro, no creo que las olvide más.

Solo para entendidos

Bueno, Borges no es para mi. Y tampoco me gustó Rayuela. Ufffff!!! Qué peso me saqué de encima con esta confesión!

Definitivamente, ninguno de los dos es lo que busco en un libro. Y esto no tiene que ver o no con sus valores literarios o no, sino con una lisa, llana y brutal subjetividad. En Mendoza me dijeron que el mejor vino es el que más te gusta, y creo que con los libros sucede igual.

Sin embargo, me complace decir que no son para mi con conocimiento de causa. Tras leer Rayuela, pocas ganas me quedaron de volver a incursionar en Cortazar; hoy que cierro la tapa de Ficciones, puedo decir lo mismo de Borges. Al tomarme el tiempo de leer, puedo cimentar mi por qué en mucho más que el “me gusta”.

Llegué a Borges tarde, pese a mi natural avidez lectora, con recelo tras el horror que me provocó la lectura reiterada de Ema Zunz en la escuela secundaria. No sé qué valores habrán querido mostrarme, pero lograron que saliera corriendo de la literatura. La continuidad de los parques de Cortazar, en cambio, dejó la puerta más abierta.

Soy de las que cree que a cada libro le llega su momento. Aquella tarde de verano en Plaza Italia, revolviendo las cajas y charlando con los libreros, Borges llegó a mi casa. Se me despertó la curiosidad por las clases de filosofía, donde en reiteradas oportunidades se nombraban los cuentos de Borges como reflejos de los conceptos filosóficos que trabajábamos, y si voy más allá, como elucubraciones filosóficas disimuladas en una historia de ficción. Tal vez ahora que estaba apenas más ducha en el asunto, podría valorar la lectura.

En parte, así fue. Los cuentos me sacaron una sonrisa de sarcasmo al leerlos a la luz de la filosofía; si los hubiera leído sin ese bagaje los habría odiado por encontrarlos absurdos. Y eso es lo que no me gusta, lo que le cuestiono: que sean para entendidos. Prefiero la franqueza de un libro que cualquiera puede leer, entender sin saberes previos, disfrutar, enriquecerse y transformarse con él. Fue lo que me gustó de El nombre de la rosa, o de Un mundo feliz. Cuando se escribe solo para un lector erudito, siento que hay cierto desprecio por todos los demás.

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Lectura colectiva de la Divina Comedia

El afiche me llegó por whatsapp, y tras un rato de meditación, decidí plegarme. Empecé pensando en vivir la experiencia y ver si puede ser replicable en la escuela: proponer por ejemplo la lectura de un capítulo por semana de 1984 de Orwell y que se comente con el hashtag “la35lee”. Algo veníamos hablando sobre esto… pero siempre conviene probarlo uno antes de llevarlo a la práctica.

Primero empecé a googlear de qué trataba la Divina Comedia. Sí, había oído nombrar de ella muchas veces y sabía que trataba del viaje por el infierno, el purgatorio y el cielo. Había visto esquemas de la organización de estos territorios de ultratumba, pero ahí terminaba mi conocimiento. Nunca se me dio por leerlo… tal vez el momento sea ahora. Lo que leí me motivó a plegarme a la comunidad lectora: es un libro que fomenta la reflexión sobre uno y los valores de su tiempo. Por ejemplo, el papa Francisco la tiene como un libro de cabecera al que vuelve a buscar respuestas. Incluye elementos de mitología, de religión, de la política de su tiempo.

Así fue como me descargué la aplicación de Twitter y empecé a incursionar en esta red social que tampoco me atraía. Del intercambio que ya se venía dando, porque empezaron ayer, descargué un pdf compartido con una de las traducciones recomendadas del libro, y empecé a leer. Me puse al día en seguida porque los cantos son cortitos.

Infierno, cantos 1 y 2. Dante se encuentra ante una colina a la que debe subir, pero tres fieras le cierran el paso. Entonces, aparece Virgilio, y dice que lo envían tres damas para que lo guíe por otro lado. Esto implica atravesar el infierno, y por supuesto, Dante tiene miedo.

Dicen que este es un libro que nos refleja y a partir del cual repensarse. Empecemos. Interesante el miedo de Dante al emprender el camino, todas sus dudas: todos cuando tenemos una tarea que sabemos ardua por delante dudamos. Lo importante es el valor de encarar de todos modos. Aquí, se entrega a la confianza de Virgilio. Yo, me entrego a la red social, a aportar mis humildes comentarios y a aprender de los demás. He visto que postean datos de mitología, aclaraciones históricas y filosóficas, imágenes… veremos que sale.

La espuma de los días

Nenúfares de Monet

Estábamos con Florean en una librería en el Quartier Saint-Michel. Habíamos caminado por el Quartier Latin y conversado al borde del Sena. Mitad en francés, mitad en castellano, mitad mezcla. Entramos en la librería y ella encontró un pequeño libro azul y me dijo “llevate este, te va a encantar y no vas a poder evitar llorar al final”. Se veía muy amarillo por los años, y en las primeras hojas la dedicatoria “À mon nénuphar préféré. Marie. Pierre.” No sé por qué, cuando un libro tiene dedicatoria, me conmueve. Pienso en las historias que habrá detrás de cada página de papel, como si se transmitieran un poco a mi.

Pasaron un año y meses de aquel domingo en Saint-Michel; y terminé finalmente de leer “L’écume des jours”, de Boris Vian. No lloré… repetí la historia de la lectura de “Historia de dos ciudades” de Dickens, que me habían recomendado leer con abundantes pañuelos hacia el final. De hecho, al igual que aquella vez, terminé un poco hastiada la lectura, para ver hacia dónde conducía, aunque debo reconocer que en el caso de “La espuma de los días” los giros del final son muy interesantes, mientras que en el caso del libro de Dickens el final se me hizo más previsible.

De todos los libros uno saca algo. Aquí, además de ejercitar mi francés, de averiguar un poco más sobre el surrealismo en el cual se inscribe la novela, me quedé pensando una vez más en las vueltas que puede tomar la vida, y cómo cuando creamos, nuestra propia vida se entrecruza en nuestra obra.

Colin es un joven superficial que tiene suficiente dinero como para vivir sin trabajar. Tiene un amigo, Chick, que no disfruta de la misma suerte, y un cocinero, NIcolás, que aporta realismo a las situaciones. Chick se enamora de Alice, y pareciera que Colin también, por lo que siente celos y decide también buscar una novia. Así conoce y se casa con Chloé, con quien viven un alocado amor despreocupado. Mientras tanto, el gusto de Chick por Jean Sol Patre (parodia a Sartre, que era amigo de Vian), lo lleva a la obsesión y a dejar todo el poco dinero que tiene por adquirir sus libros y pertenencias. Es entonces cuando la espuma se desvanece: Chloé enferma, comienza a crecer un nenúfar en su pulmón, que poco a poco la va consumiendo. La casa de Colin se va comprimiendo y transformando en un pantano a medida que la flor va tomando a su amada. Por salvarla, Colin se ve obligado a salir a trabajar, aunque sus esfuerzos son vanos. Mientras tanto, Chick termina con su relación con Alice, dado que le quita tiempo para su culto a Partre, y Alice lamenta que no ha sido Colin quien la conoció primero. Entre librerías ardiendo, una casa convertida en pantano, todos los personajes van encontrando su final.

Boris Vian nació en 1920 en el seno de una familia acomodada; sin embargo, en 1929 con la crisis mundial, cayó en la bancarrota, por lo que su padre, a los 36 años de edad, debió salir por primera vez a trabajar para procurar el sustento de su familia. Evidentemente, para el pequeño Boris la situación familiar lo marcó, al punto de que aparece presente en su obra.

Al leer los pequeños capítulos, abundantes pero todos muy breves, me fui encontrando con situaciones muy extrañas intercaladas con una historia verosímil (como Nicolás, que cocina la anguila que vive en las tuberías de la casa, o la ceremonia de casamiento, que continúa sobre el cadáver del músico que cayó desde el balcón). Estas situaciones, que rayan lo crudo, desagradable, y son tomadas con total naturalidad, me llevaron a preguntarme si no serían rasgos surrealistas. Así que lo busqué, porque uno algo sabe, uno algo escuchó, uno asocia surrealismo con las pinturas de Dalí, pero ¿qué es en realidad?

El surrealismo fue una corriente artística de principios del siglo XX cuyo nombre en francés hace referencia a lo que está por sobre la realidad. Está influenciada, como las demás corrientes de la época, por el auge de las ciencias sociales de la época, sobre todo las teorías de Freud sobre el subconsciente y la lingüística, que a través del dadaismo influyó también a la corriente. Según el manifiesto de 1924, el surrealismo es:

Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral. Se basa en la creencia de una realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a sustituirlos por la resolución de los principales problemas de la vida.

Muchas de las situaciones crudas y descarnadas de la novela de Vian parecieran transcripciones de sus sueños. Por otra parte, el autor formó parte de la la patafísica, una escuela dedicada a los estudios de las soluciones imaginarias, siendo la ciencia trabaja con las leyes que regulan las excepciones. En este sentido, patafísica hace alusión a lo que está más allá de la física, y de allí su conexión con el surrealismo, que es todo lo que está por sobre la realidad.

Así, un libro me lleva del recuerdo de una tarde soleada en París, al estudio de los movimientos artísticos, y a la reflexión sobre las espumas de los días… aquellos momentos de felicidad efímera, que luego se desvanecen. Y por qué no, a los aspectos cuasi ridículos, “bizarres”, de la vida y la existencia. Por ejemplo, una vez que terminé el libro, me pregunté por qué la dedicatoria inicial… ¿acaso no fueron los nenúfares y los libros la causa de la desgracia?

Literatura filosófica

Cuando estaba en 6to o 7mo grado de la escuela, mis maestros nos reunieron a todos en la biblioteca para ver una película que ilustrara la vida medieval (supongo que quisieron mostrar eso)… Esa película fue “El nombre de la rosa”, basada en la novela de Umberto Eco. Aún recuerdo cosas que me impactaron de la historia, que por respeto a quienes no conocen la historia, no develaré aquí, ya que eran, justamente, aquellas que permiten nada menos que la resolución del misterio.

Pasaron los años, había dejado atrás el odio por la literatura que gané en la escuela, y mi hermano me recomendó leer el libro. Un poco ofuscada (“yo trabajo y no tengo tiempo libre como vos para leer tremendo libro enorme”), lo escuché y enfaticé que no era de mi interés la historia y que nunca la iba a leer. Yo creo que fue para hacerle la contra.

En todo caso, nunca digas nunca. Una tarde de verano paseábamos con Marcela entre los libreros de Plaza Italia, revolviendo y consultando porque esos hombres de verdad saben de libros, lo cual hace de cualquier consulta una charla interesante. Y ahi lo vi… y me atrajo… y me lo llevé. Lo puse en la biblioteca con los otros que esperan su turno de ser leidos. Curiosamente fue en medio de la fiebre de una virosis fuerte que lo agarré. Y el libro me abdujo.

No es la historia cuasi policial (o no lo fue porque ya la conocía en sus detalles esenciales). Fueron sus reflexiones filosóficas sobre tantos temas tan diversos. La política, la pobreza, la risa, los libros, la ciencia, el lenguaje, la sociedad, la vida de fe. Una novela sobre la historia politica de la iglesia, sobre las pujas de poder en esa institución tan diversa donde franciscanos pobres y benedictinos doctos y opulentos conviven entre tantos más.

Destaco estos fragmentos que me hicieron ruido y que decidí conservar.

Diversos son los nombres que los hombres imponen para designar los conceptos, y solo los conceptos, signos de las cosas, son iguales para todos.

Lo que importa no es si Cristo fue o no pobre, sino si la Iglesia debe o no ser pobre. Y la pobreza no se refiere tanto a la posesión o no de un palacio como a la conservación o la pérdida del derecho de legislar sobre las cosas terrenales.

Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando tomamos un libro no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras

Un imperdible. De esos que en algún momento hay que leer… y repensar.

El amor en tiempos del cólera

Hace tiempo volvía de vacaciones, satisfecha pero melancólica como siempre después de cada viaje, y en el micro nos pasaron la película “El amor en tiempos del cólera”. Yo había escuchado que existía el libro, escrito por Gabriel García Márquez. Venía de leer, fascinada, “Cien años de soledad”, tantas veces recomendado. Entonces imaginé que aquella historia de amor de la película sería igual de fascinante para leer. Y no importaba perder la sorpresa de la historia, que ya había visto en aquel viaje de 24 horas, importaba el placer de leer.

Una vez más, la película no llega al nivel del libro, es muy buena, pero le falta esa riqueza propia del texto. El libro me lo compré meses después de aquel viaje, y durmió en mi biblioteca. Muchas veces en estos años lo vi en la biblioteca, y sentía como que me llamaba. Siempre tuve deseos de concretar finalmente la lectura. Y el momento se dio este primer verano en que, viviendo sola, tuve algo más de tiempo para disfrutarlo.

En la contratapa del libro anunciaban la historia de amor de Fermina Daza y Florentino Ariza. Creo que es una historia de amor y punto. No me sorprendió encontrar un amor enfermo; si me sorprendió la determinación de Fermina, su inteligencia emocional para saber quién era su verdadero amor y construir relaciones cuasi saludables, y digo cuasi porque en la época en que se situa la novela, no era fácil pedir un amor saludable como lo podemos concebir hoy en día, donde la mujer tiene un rol paralelo al del hombre en la toma de decisiones.

La historia va llevando por los rincones de esta ciudad del Caribe. El relato sigue a uno de sus personajes hasta que se cruza con alguno de los otros, al que sigue hasta el próximo cruce. Así, como quien no quiere la cosa, va enlazando las historias individuales contándolas con lujo de detalles, tanto que parece que uno está allí, viviéndolas, sintiéndose presente.

Es raro que suceda que en el cine, y en la literatura también, que uno sienta empatía con todos los personajes; que sienta que todos son buenos: siempre hay un malo en las historias! Bueno, en esta historia los personajes generan empatías porque son, ante todo, muy humanos. Tienen virtudes, defectos, aciertos, vicios, pero son humanos. Con sus miserias y maldades, dolores y amores, ilusiones, sueños , logros, frustraciones. Es sobre todo la historia de un puñado de vidas como las nuestras, donde cada uno va haciendo su camino, sus elecciones, con la mejor ilusión, para luego promediar la vida con reflexiones, con autocríticas, volcando la sabiduría del tiempo vivido.

Es un libro que me encantó, como me encantó “Cien años de soledad”; que volvería a leer, como volvería a leer “Cien años de soledad”, por la riqueza de los detalles, de la descripción, lo puntilloso del relato. Y vuelve a reivindicar a Gabriel García Márquez, a quien dude en volver a leer luego de una mala experiencia en la secundaria (cómo puede ser que en vez de inculcar el gusto por leer, te lo quiten con tan malas elecciones?). Eso sí, me pareció mejor cerrada la historia que la de “Cien años…”, aunque igual de abrupta, no sé,  tan poético el libro, le daría unos párrafos más…

Esta novela romántica, sin golpes bajos, me entretuvo, me enriqueció durante unos cuantos días. Me la devoré pese a conocer el devenir de la historia de antemano, y quedé satisfecha en búsqueda de mi próxima novela.