Solo para entendidos

Bueno, Borges no es para mi. Y tampoco me gustó Rayuela. Ufffff!!! Qué peso me saqué de encima con esta confesión!

Definitivamente, ninguno de los dos es lo que busco en un libro. Y esto no tiene que ver o no con sus valores literarios o no, sino con una lisa, llana y brutal subjetividad. En Mendoza me dijeron que el mejor vino es el que más te gusta, y creo que con los libros sucede igual.

Sin embargo, me complace decir que no son para mi con conocimiento de causa. Tras leer Rayuela, pocas ganas me quedaron de volver a incursionar en Cortazar; hoy que cierro la tapa de Ficciones, puedo decir lo mismo de Borges. Al tomarme el tiempo de leer, puedo cimentar mi por qué en mucho más que el “me gusta”.

Llegué a Borges tarde, pese a mi natural avidez lectora, con recelo tras el horror que me provocó la lectura reiterada de Ema Zunz en la escuela secundaria. No sé qué valores habrán querido mostrarme, pero lograron que saliera corriendo de la literatura. La continuidad de los parques de Cortazar, en cambio, dejó la puerta más abierta.

Soy de las que cree que a cada libro le llega su momento. Aquella tarde de verano en Plaza Italia, revolviendo las cajas y charlando con los libreros, Borges llegó a mi casa. Se me despertó la curiosidad por las clases de filosofía, donde en reiteradas oportunidades se nombraban los cuentos de Borges como reflejos de los conceptos filosóficos que trabajábamos, y si voy más allá, como elucubraciones filosóficas disimuladas en una historia de ficción. Tal vez ahora que estaba apenas más ducha en el asunto, podría valorar la lectura.

En parte, así fue. Los cuentos me sacaron una sonrisa de sarcasmo al leerlos a la luz de la filosofía; si los hubiera leído sin ese bagaje los habría odiado por encontrarlos absurdos. Y eso es lo que no me gusta, lo que le cuestiono: que sean para entendidos. Prefiero la franqueza de un libro que cualquiera puede leer, entender sin saberes previos, disfrutar, enriquecerse y transformarse con él. Fue lo que me gustó de El nombre de la rosa, o de Un mundo feliz. Cuando se escribe solo para un lector erudito, siento que hay cierto desprecio por todos los demás.

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Lectura colectiva de la Divina Comedia

El afiche me llegó por whatsapp, y tras un rato de meditación, decidí plegarme. Empecé pensando en vivir la experiencia y ver si puede ser replicable en la escuela: proponer por ejemplo la lectura de un capítulo por semana de 1984 de Orwell y que se comente con el hashtag “la35lee”. Algo veníamos hablando sobre esto… pero siempre conviene probarlo uno antes de llevarlo a la práctica.

Primero empecé a googlear de qué trataba la Divina Comedia. Sí, había oído nombrar de ella muchas veces y sabía que trataba del viaje por el infierno, el purgatorio y el cielo. Había visto esquemas de la organización de estos territorios de ultratumba, pero ahí terminaba mi conocimiento. Nunca se me dio por leerlo… tal vez el momento sea ahora. Lo que leí me motivó a plegarme a la comunidad lectora: es un libro que fomenta la reflexión sobre uno y los valores de su tiempo. Por ejemplo, el papa Francisco la tiene como un libro de cabecera al que vuelve a buscar respuestas. Incluye elementos de mitología, de religión, de la política de su tiempo.

Así fue como me descargué la aplicación de Twitter y empecé a incursionar en esta red social que tampoco me atraía. Del intercambio que ya se venía dando, porque empezaron ayer, descargué un pdf compartido con una de las traducciones recomendadas del libro, y empecé a leer. Me puse al día en seguida porque los cantos son cortitos.

Infierno, cantos 1 y 2. Dante se encuentra ante una colina a la que debe subir, pero tres fieras le cierran el paso. Entonces, aparece Virgilio, y dice que lo envían tres damas para que lo guíe por otro lado. Esto implica atravesar el infierno, y por supuesto, Dante tiene miedo.

Dicen que este es un libro que nos refleja y a partir del cual repensarse. Empecemos. Interesante el miedo de Dante al emprender el camino, todas sus dudas: todos cuando tenemos una tarea que sabemos ardua por delante dudamos. Lo importante es el valor de encarar de todos modos. Aquí, se entrega a la confianza de Virgilio. Yo, me entrego a la red social, a aportar mis humildes comentarios y a aprender de los demás. He visto que postean datos de mitología, aclaraciones históricas y filosóficas, imágenes… veremos que sale.

La espuma de los días

Nenúfares de Monet

Estábamos con Florean en una librería en el Quartier Saint-Michel. Habíamos caminado por el Quartier Latin y conversado al borde del Sena. Mitad en francés, mitad en castellano, mitad mezcla. Entramos en la librería y ella encontró un pequeño libro azul y me dijo “llevate este, te va a encantar y no vas a poder evitar llorar al final”. Se veía muy amarillo por los años, y en las primeras hojas la dedicatoria “À mon nénuphar préféré. Marie. Pierre.” No sé por qué, cuando un libro tiene dedicatoria, me conmueve. Pienso en las historias que habrá detrás de cada página de papel, como si se transmitieran un poco a mi.

Pasaron un año y meses de aquel domingo en Saint-Michel; y terminé finalmente de leer “L’écume des jours”, de Boris Vian. No lloré… repetí la historia de la lectura de “Historia de dos ciudades” de Dickens, que me habían recomendado leer con abundantes pañuelos hacia el final. De hecho, al igual que aquella vez, terminé un poco hastiada la lectura, para ver hacia dónde conducía, aunque debo reconocer que en el caso de “La espuma de los días” los giros del final son muy interesantes, mientras que en el caso del libro de Dickens el final se me hizo más previsible.

De todos los libros uno saca algo. Aquí, además de ejercitar mi francés, de averiguar un poco más sobre el surrealismo en el cual se inscribe la novela, me quedé pensando una vez más en las vueltas que puede tomar la vida, y cómo cuando creamos, nuestra propia vida se entrecruza en nuestra obra.

Colin es un joven superficial que tiene suficiente dinero como para vivir sin trabajar. Tiene un amigo, Chick, que no disfruta de la misma suerte, y un cocinero, NIcolás, que aporta realismo a las situaciones. Chick se enamora de Alice, y pareciera que Colin también, por lo que siente celos y decide también buscar una novia. Así conoce y se casa con Chloé, con quien viven un alocado amor despreocupado. Mientras tanto, el gusto de Chick por Jean Sol Patre (parodia a Sartre, que era amigo de Vian), lo lleva a la obsesión y a dejar todo el poco dinero que tiene por adquirir sus libros y pertenencias. Es entonces cuando la espuma se desvanece: Chloé enferma, comienza a crecer un nenúfar en su pulmón, que poco a poco la va consumiendo. La casa de Colin se va comprimiendo y transformando en un pantano a medida que la flor va tomando a su amada. Por salvarla, Colin se ve obligado a salir a trabajar, aunque sus esfuerzos son vanos. Mientras tanto, Chick termina con su relación con Alice, dado que le quita tiempo para su culto a Partre, y Alice lamenta que no ha sido Colin quien la conoció primero. Entre librerías ardiendo, una casa convertida en pantano, todos los personajes van encontrando su final.

Boris Vian nació en 1920 en el seno de una familia acomodada; sin embargo, en 1929 con la crisis mundial, cayó en la bancarrota, por lo que su padre, a los 36 años de edad, debió salir por primera vez a trabajar para procurar el sustento de su familia. Evidentemente, para el pequeño Boris la situación familiar lo marcó, al punto de que aparece presente en su obra.

Al leer los pequeños capítulos, abundantes pero todos muy breves, me fui encontrando con situaciones muy extrañas intercaladas con una historia verosímil (como Nicolás, que cocina la anguila que vive en las tuberías de la casa, o la ceremonia de casamiento, que continúa sobre el cadáver del músico que cayó desde el balcón). Estas situaciones, que rayan lo crudo, desagradable, y son tomadas con total naturalidad, me llevaron a preguntarme si no serían rasgos surrealistas. Así que lo busqué, porque uno algo sabe, uno algo escuchó, uno asocia surrealismo con las pinturas de Dalí, pero ¿qué es en realidad?

El surrealismo fue una corriente artística de principios del siglo XX cuyo nombre en francés hace referencia a lo que está por sobre la realidad. Está influenciada, como las demás corrientes de la época, por el auge de las ciencias sociales de la época, sobre todo las teorías de Freud sobre el subconsciente y la lingüística, que a través del dadaismo influyó también a la corriente. Según el manifiesto de 1924, el surrealismo es:

Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral. Se basa en la creencia de una realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a sustituirlos por la resolución de los principales problemas de la vida.

Muchas de las situaciones crudas y descarnadas de la novela de Vian parecieran transcripciones de sus sueños. Por otra parte, el autor formó parte de la la patafísica, una escuela dedicada a los estudios de las soluciones imaginarias, siendo la ciencia trabaja con las leyes que regulan las excepciones. En este sentido, patafísica hace alusión a lo que está más allá de la física, y de allí su conexión con el surrealismo, que es todo lo que está por sobre la realidad.

Así, un libro me lleva del recuerdo de una tarde soleada en París, al estudio de los movimientos artísticos, y a la reflexión sobre las espumas de los días… aquellos momentos de felicidad efímera, que luego se desvanecen. Y por qué no, a los aspectos cuasi ridículos, “bizarres”, de la vida y la existencia. Por ejemplo, una vez que terminé el libro, me pregunté por qué la dedicatoria inicial… ¿acaso no fueron los nenúfares y los libros la causa de la desgracia?

Literatura filosófica

Cuando estaba en 6to o 7mo grado de la escuela, mis maestros nos reunieron a todos en la biblioteca para ver una película que ilustrara la vida medieval (supongo que quisieron mostrar eso)… Esa película fue “El nombre de la rosa”, basada en la novela de Umberto Eco. Aún recuerdo cosas que me impactaron de la historia, que por respeto a quienes no conocen la historia, no develaré aquí, ya que eran, justamente, aquellas que permiten nada menos que la resolución del misterio.

Pasaron los años, había dejado atrás el odio por la literatura que gané en la escuela, y mi hermano me recomendó leer el libro. Un poco ofuscada (“yo trabajo y no tengo tiempo libre como vos para leer tremendo libro enorme”), lo escuché y enfaticé que no era de mi interés la historia y que nunca la iba a leer. Yo creo que fue para hacerle la contra.

En todo caso, nunca digas nunca. Una tarde de verano paseábamos con Marcela entre los libreros de Plaza Italia, revolviendo y consultando porque esos hombres de verdad saben de libros, lo cual hace de cualquier consulta una charla interesante. Y ahi lo vi… y me atrajo… y me lo llevé. Lo puse en la biblioteca con los otros que esperan su turno de ser leidos. Curiosamente fue en medio de la fiebre de una virosis fuerte que lo agarré. Y el libro me abdujo.

No es la historia cuasi policial (o no lo fue porque ya la conocía en sus detalles esenciales). Fueron sus reflexiones filosóficas sobre tantos temas tan diversos. La política, la pobreza, la risa, los libros, la ciencia, el lenguaje, la sociedad, la vida de fe. Una novela sobre la historia politica de la iglesia, sobre las pujas de poder en esa institución tan diversa donde franciscanos pobres y benedictinos doctos y opulentos conviven entre tantos más.

Destaco estos fragmentos que me hicieron ruido y que decidí conservar.

Diversos son los nombres que los hombres imponen para designar los conceptos, y solo los conceptos, signos de las cosas, son iguales para todos.

Lo que importa no es si Cristo fue o no pobre, sino si la Iglesia debe o no ser pobre. Y la pobreza no se refiere tanto a la posesión o no de un palacio como a la conservación o la pérdida del derecho de legislar sobre las cosas terrenales.

Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando tomamos un libro no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras

Un imperdible. De esos que en algún momento hay que leer… y repensar.

El amor en tiempos del cólera

Hace tiempo volvía de vacaciones, satisfecha pero melancólica como siempre después de cada viaje, y en el micro nos pasaron la película “El amor en tiempos del cólera”. Yo había escuchado que existía el libro, escrito por Gabriel García Márquez. Venía de leer, fascinada, “Cien años de soledad”, tantas veces recomendado. Entonces imaginé que aquella historia de amor de la película sería igual de fascinante para leer. Y no importaba perder la sorpresa de la historia, que ya había visto en aquel viaje de 24 horas, importaba el placer de leer.

Una vez más, la película no llega al nivel del libro, es muy buena, pero le falta esa riqueza propia del texto. El libro me lo compré meses después de aquel viaje, y durmió en mi biblioteca. Muchas veces en estos años lo vi en la biblioteca, y sentía como que me llamaba. Siempre tuve deseos de concretar finalmente la lectura. Y el momento se dio este primer verano en que, viviendo sola, tuve algo más de tiempo para disfrutarlo.

En la contratapa del libro anunciaban la historia de amor de Fermina Daza y Florentino Ariza. Creo que es una historia de amor y punto. No me sorprendió encontrar un amor enfermo; si me sorprendió la determinación de Fermina, su inteligencia emocional para saber quién era su verdadero amor y construir relaciones cuasi saludables, y digo cuasi porque en la época en que se situa la novela, no era fácil pedir un amor saludable como lo podemos concebir hoy en día, donde la mujer tiene un rol paralelo al del hombre en la toma de decisiones.

La historia va llevando por los rincones de esta ciudad del Caribe. El relato sigue a uno de sus personajes hasta que se cruza con alguno de los otros, al que sigue hasta el próximo cruce. Así, como quien no quiere la cosa, va enlazando las historias individuales contándolas con lujo de detalles, tanto que parece que uno está allí, viviéndolas, sintiéndose presente.

Es raro que suceda que en el cine, y en la literatura también, que uno sienta empatía con todos los personajes; que sienta que todos son buenos: siempre hay un malo en las historias! Bueno, en esta historia los personajes generan empatías porque son, ante todo, muy humanos. Tienen virtudes, defectos, aciertos, vicios, pero son humanos. Con sus miserias y maldades, dolores y amores, ilusiones, sueños , logros, frustraciones. Es sobre todo la historia de un puñado de vidas como las nuestras, donde cada uno va haciendo su camino, sus elecciones, con la mejor ilusión, para luego promediar la vida con reflexiones, con autocríticas, volcando la sabiduría del tiempo vivido.

Es un libro que me encantó, como me encantó “Cien años de soledad”; que volvería a leer, como volvería a leer “Cien años de soledad”, por la riqueza de los detalles, de la descripción, lo puntilloso del relato. Y vuelve a reivindicar a Gabriel García Márquez, a quien dude en volver a leer luego de una mala experiencia en la secundaria (cómo puede ser que en vez de inculcar el gusto por leer, te lo quiten con tan malas elecciones?). Eso sí, me pareció mejor cerrada la historia que la de “Cien años…”, aunque igual de abrupta, no sé,  tan poético el libro, le daría unos párrafos más…

Esta novela romántica, sin golpes bajos, me entretuvo, me enriqueció durante unos cuantos días. Me la devoré pese a conocer el devenir de la historia de antemano, y quedé satisfecha en búsqueda de mi próxima novela.

Un mundo feliz

Te invito a hacer un ejercicio: imaginá por un instante cómo sería para vos mundo feliz. Qué tendría y que no. Qué le faltaría, que sería desconocido…

El título del libro de Aldous Huxley en la biblioteca de mi hermano se veía tentador. Ya he dicho que mis alumnos me cargan porque me dicen que soy una soñadora cuando digo que creo que un mundo mejor es posible. El título de la novela era sugerente al respecto, y yo me imaginaba un lugar igualitario, sin necesidades insatisfechas, donde cada uno era capaz de realizarse…

Confieso que lo empecé a leer varias veces sin poder avanzar más que unas pocas páginas. Mi fobia a todo lo que tenga que ver con la medicina me impedía ir más allá. Esa imaginación tan vívida que tengo me hacía sentir tan nítidos los procedimientos que no lograba terminar el capítulo sin náuseas, bajadas de presión, dolores incomprensibles y una sensación de horror recurrente.

Pero la curiosidad me pudo… así que arremetí contra el primer capítulo y salteando párrafos y páginas enteras, llegué a la página que iniciaba con el número 2. Y a partir de allí, no hubo más problemas.

En una edición de bolsillo con letra chiquita y apretada, el libro me atrapó. Creo que lo leí en un fin de semana. Y cuando llegué a la última palabra, me quedé atónita, dura… una sensación que cada tanto me acompaña cuando en el quehacer cotidiano me cruzo con alguna situación que me lleva a decir “esto me hace acordar a un mundo feliz”.

Al observador actual, el mundo feliz de Huxley resulta totalmente posible porque es feliz, pero no es perfecto, tiene sus errores, sus privaciones, “el precio que hay que pagar”, según los personajes que defienden el modelo imperante en ese mundo futurista. El observador del presente, sin embargo, siente que es un mundo escalofriante. Y creo que da escalofríos porque nos permite pensar hacia donde vamos si seguimos con nuestros hábitos actuales.

No sé si este libro sea verdaderamente una novela… empecé a leerlo como un libro de ciencia ficción y terminé pensando que era un libro de filosofía.

¿Cómo nos miramos a nosotros mismos como cultura? ¿Cómo miramos a los demás en sus culturas? ¿Qué respeto tenemos por ellos? ¿Cuánto enunciamos el respeto a las diferencias con los labios y cuánto lo sostenemos con nuestras acciones? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por ser felices? ¿Es feliz el mundo de Huxley? ¡Cuánto nos cuesta ponernos en el lugar del otro!

Si eliminamos todo lo que nos da dolor, todo lo que nos preocupa, ¿podemos ser felices de verdad? ¿podemos ser felices sin tener un desafío para afrontar? ¿Podemos disfrutar de las cosas de la vida si todo está servido y listo para ser disfrutado? ¿Podemos disfrutar de la vida si no tenemos más objetivo en ella que seguir una rutina “feliz”?

El libro me encantó. Hay que estar de humor para leerlo, hay que dejarse sorprender; hay que poner las barbas en remojo, hay que pensarlo… y hay que evitar que nuestra sociedad llegue a construir ese mundo feliz; tal vez reflexionando encontremos la vuelta para que aparezca un verdadero mundo feliz!

La logia de Cádiz

En la escuela me enseñaron que los próceres son seres de pura virtud. Su lenguaje es pulcro y pulido, no tienen malas intenciones, tienen una conducta intachable, son heroicos y tienen un amor a la patria tal que solo piensan en dar la vida por ella. Todo lo que hicieron estuvo bien, y debemos imitarlos ciegamente, así como venerarlos.

Los próceres de mi escolaridad estaban puestos sobre un pedestal inalcanzable: no eran hombres: eran semidioses. Se nos mandaba a imitarlos, pero resultaba una tarea imposible. Tan lejanos y tan fríos eran, que finalmente perdieron su significado. Hoy hay feriados en su honor, pero los vemos como un día libre más y no recordamos por qué tenemos ese día.

Para mi cumpleaños del año pasado, mi papá me regaló un libro. Un libro con fundamento, y que con una investigación minuciosa como base, novela partes de la vida de José de San Martín, el “padre de la patria”, el “libertador”, “el santo de la espada”, como ha dado en llamarlo la historia oficial. Sobre todo, gira sobre el histórico combate de San Lorenzo, del que se cumplió esta semana un nuevo aniversario.

Se nota que el libro está bien documentado, y por ello resulta emocionante. Muestra a un San Martín humano, con sus flaquezas, virtudes y defectos; y esa mirada humana lo hace más héroe que el pedestal de bronce donde estuvo colocado tantos años.

Por primera vez, alguien me dice los porqués de tantas cosas. Conocer las vacilaciones de pensamiento de este hombre, las cosas que dejó atrás con dolor, su forma común de hablar, que la historia supo traducir en frases más decorosas pero tan ribombantes como frías.

Un San Martín que vocifera es un San Martín pasional, humano, y pese a que se lo describe como una persona callada, observadora y fría, no es el frío del mármol. El relato de las batallas, los muertos, el verdadero coraje de exponer el pellejo en la lucha cuerpo a cuerpo… La renuncia a su vida personal por servir a la patria y la tristeza y remordimiento que ésto le causó; todo esto hacen de este hombre un verdadero ejemplo imitable: nos demuestra que nosotros, siendo personas corrientes como él, también podemos ejercitar nuestras virtudes y llegar a tener un espíritu grande. Vemos que no es un temple inalcanzable, sino que puede construirse con esfuerzo y voluntad.

Me impactó mucho el relato de la formación y entrenamiento del regimiento de Granaderos a Caballo, y confirmé aquello de que, hasta principios del siglo XX, fue considerado traidor en estas provincias pese a haber sido el libertador. También mostraban el viejo sensible ante la vida, que privilegiaba el juego de sus nietas antes que un objeto material como una medalla, por más gloria que pudiera representar. Un hombre que sabía dónde estaban las cosas importantes de la vida.

En un tiempo en que faltan tantos héroes, tantos ejemplos de rectitud y corrección, donde hay que formar personas que recuperen el patriotismo y nos permitan salir adelante, el libro me hizo sentir muy satisfecha: sin duda lo aplicaré en mis clases.

Y tuvo otra cosa buena: me dejó con inquietudes para seguir leyendo y buscando. Hace tiempo que no me pasaba eso. La presencia de John Parish como testigo del combate de San Lorenzo me llevó a mi biblioteca, a desempolvar un libro usado que compré allá por el 2003 al dicho de “cuando tenga tiempo lo leeré”. Le llegó el tiempo a las “Cartas de Sudamérica, primera entrega”, como para descubrir un poco más la historia cotidiana de este país, vista desde la óptica de un comerciante inglés.

Así que agradezco a mi padre el regalo y recomiendo este libro que, en cierta forma, me reconcilió un poco con la lectura de historia nacional.