Mirada prospectiva

Hoy anduvimos con Andrea y Vivi nuevamente en el Museo Nacional de Bellas Artes, por donde anduvimos hace un tiempo viendo los cuadros de Xul Solar; esta vez, para ver la muestra de Luis Felipe Noé. A este artista que actualmente tiene 84 años, lo conocimos personalmente en ArteBA. Su obra allí me impresionó de sobremanera, así que cuando vi que estaba esta muestra (ya próxima a su final) me animé a decirle a las chicas de ir.

Luis Felipe Noé es un activo artista y docente, que fundó e integró entre 1961 y 1965 el grupo Otra Figuración o Nueva Figuración, que marcó un hito en la vida cultural de los años 60 al tratar de romper la división entre arte abstracto y figurativo. La ruptura de la unidad del espacio y la teorí­a del caos como orden distinto fueron en ese momento sus planteos más fuertes.

Hasta el siglo XX, y desde que los mitos trataban de explicar aquello que era incomprensible para la razón, el caos siempre había ocupado el lugar del enigma. A mediados del siglo pasado, diferentes estudios científicos incluyeron como parte del pensamiento racional aquello que no puede preverse. En adelante, la inestabilidad y la indeterminación pasaron a ser factores claves fuera de condiciones de equilibrio. Dentro de este marco, en 1965, Noé expresó la necesidad de asumir el caos, no en oposición al orden, sino como una nueva dinámica de funcionamiento de un mundo en permanente cambio.

Las crisis y las tensiones, tanto de la escena nacional como internacional, constituyen con frecuencia la temática de su obra. Es por ello que en general aparecen rostros. Son los rostros anónimos de las multitudes, las personas que van, que vienen, y que son los protagonistas desconocidos de los grandes procesos sociales: los que los viven, los que los padecen.

En sus obras resultan llamativos tres aspectos: sus colores, sus tamaños y sus detalles. Uno aprecia desde lejos una obra gigante que cautiva por los colores. Pero al acercarse, empezamos a descubrir que hay pequeñas pinturas dentro de la gran obra. Después de la primera mirada, cuando los ojos empiezan a acostumbrarse, empiezan a aparecer las figuras, los detalles, los rostros. Y es entonces cuando uno empieza a caminar despacito, como escudriñando cada centímetro cuadrado de lienzo en busca de develar sus secretos escondidos. Me quedaría horas mirando y aún así seguiría encontrándose detalles.

Lo primero que encontramos al entrar a la sala es una enorme instalación, llamada “Entreveros”. El uso de los espejos, reproduciendo la obra hasta el infinito, permitiendo variar según el ángulo de observación; el modelado de materiales sobre los cuales ha pintado, destacando caras y figuras. Es fascinante el conjunto y sus dimensiones, pero también el detalle.

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La mayoría de las obras exhibidas en la muestra fueron concebidas como murales, y por ello, son de dimensiones enormes. La que más me impresionó fue “La estática velocidad”, que mide once metros de largo por tres de alto. Se trata de una obra donde el artista trabajó sobre papeles recortados y arrancados, aplicados sobre el lienzo gigantesco formando un rompecabezas trabajado hasta el detalle, en todos sus fragmentos, utilizando distintas técnicas. Es por ello que se observa desde lejos, pero después vale la pena acercarse a contemplar cada detalle, cada trazo, cada pincelada, porque en ellas aparece un rostro, una expresión, una mirada.

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Linda tarde de arte, que se completó con el pasaje obligado por el salón impresionista del museo (me encanta y no puedo dejar de visitarlo), y unos mates mirando la feria artesanal de Recoleta. Especial para despedir el invierno en su último sábado, que resultó ser más bien primaveral.

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Spilimbergo dibujante

Una de las cosas de las que estoy convencida es que viajar abre los horizontes. Nos conecta con nuevas ideas y perspectivas que nos permiten no sólo ampliar nuestro punto de vista incorporando nuevos elementos, sino también repensarnos. Algo que veo en general es que los grandes artistas han viajado mucho, han intercambiado, han aprendido, y eso los ha formado creativamente y los ha distinguido de los demás.

Esta tarde fui a ver la muestra de Lino Enea Spilimbergo al Centro Cultural Borges. Para mí, sólo un nombre que resonaba de alguna otra muestra. Spilimbergo para mí era un artista argentino, nada más. Capaz, si me forzaban un poco, terminaba elucubrando una relación con Berni. Tal vez la muestra en sí no me sorprendió tanto como otras, pero debo decir que aprendí un poco más del arte moderno de mi país y de los movimientos internacionales con los cuales se entreteje. La muestra tiene más de 60 dibujos y grabados; muchos de ellos nunca fueron exhibidos y pertenecen a la colección privada de la familia del artista. Los dibujos en lápiz, tinta, carbonilla, pastel, y los grabados y monocopias están acompañados por documentos y fotos del artista. La muestra tiene un orden cronológico: nos va contando la vida del artista entrelazada con su obra. Permite descubrir cómo fue creciendo a medida que sumaba experiencias.

Nacido en Buenos Aires a fines del siglo XIX, fue uno de los grandes maestros del arte argentino, pintor, muralista, grabador y litógrafo, formador de generaciones de artistas. Inició sus estudios de arte en 1915 en la Academia Nacional de Bellas Artes; la carrera de seis años para él se redujo a tres: fue un alumno prodigio que rindió cuatro años en su primer año de estudio, y luego completó el quinto y el sexto en los otros dos años. Entre sus profesores estuvieron Pío Collivadino y Ernesto de la Cárcova y En 1917 ya era profesor nacional de dibujo. Como era asmático, en 1921 se instaló en San Juan, ya que la sequedad del clima favorecía su estado de salud. En ese período logró ganar algunos premios de Bellas Artes y vender algunos cuadros, con los cuales se costeó un viaje a Europa.

Así, tras una recorrida por Italia, se asentó en París en 1926, donde junto a otros artistas argentinos como Antonio Berni integró el que después fue conocido como “el grupo de París”. Se trataba de una serie de pintores que recorrían los museos, asistían a las academias libres y también pasaban por renombrados talleres de la época. Entre estos, fue fundamental para Spilimbergo el curso del pintor modernista André Lothe, donde ensayó dibujo con modelos vivos junto a sus compañeros argentinos. Muchas veces eran ellos mismos que posaban desnudos para evitar el pago de los modelos. Así, tras su estadía europea, logró una muy personal síntesis de diversos estilos, en especial de lo clásico y lo moderno, y centró sus temáticas en la figura humana.

A su regreso al país, en la década de 1930, Spilimbergo y el grupo de París integraron al arte argentino influencias provenientes de las tendencias vigentes en Europa, contribuyendo a la renovación del ambiente artístico local, no sólo en cuanto al lenguaje plástico, sino también en lo concerniente a la enseñanza y a los mecanismos de exposición y difusión artística. En este contexto, Spilimbergo se conectó con el mexicano David Alfaro Siqueiros, y en 1933 participó con Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y el uruguayo Enrique Lázaro, del “ejercicio plástico” realizado en el sótano de la casa quinta de Natalio Botana, director del diario Crítica. Allí se fundó la escuela del muralismo argentino. El mural está expuesto en el Museo de la Casa Rosada y es verdaderamente asombroso.

Mientras tanto, Spilimbergo continuaba realizando exposiciones solo o con otros artistas, y ganando premios. Volvió a radicarse en San Juan, donde adquirió una lavadora vieja. Con el tambor de la máquina confeccionó el rodillo con el cual realizaría sus monocopias. El nombre se debe a que, a diferencia del grabado, cada trabajo permitía hacer sólo una impresión, ya que el papel tomaba toda la pintura dejando limpio el rodillo. El trabajo consistía en entintar el rodillo realizando el dibujo a imprimir; a veces en positivo, es decir, colocando la pintura donde se quiere imprimir y dejando vacíos los blancos; a veces en negativo: entintando toda la plancha y dibujando sobre ella sacando la pintura. Spilimbergo se convirtió en un maestro de ambas técnicas, que combinaba con maestría. Uno distingue rápidamente sus monocopias del resto de las obras.

En 1937 ilustró con pequeños aguafuertes (grabados sobre planchas de zinc) el libro “Interlunios”, de Oliverio Girondo. Siempre me asombró la capacidad de los grabadores de hacer dibujos tan precisos y tan vivos con sólo marcar una plancha de metal. El uso del monocromo y la única posibilidad de “pintar” superficies a partir de trazos lineales me resulta fascinante.

En 1946 compartió con otros muralistas argentinos, como Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro Guimarás y Demetrio Urruchúa la confección de los murales de la cúpula de las Galerías Pacífico, que son actualmente una de las manifestaciones más importantes del muralismo argentino.En la exposición se ven algunos bocetos, en los cuales el artista calcula las dimensiones reales. Así, a la retícula realizada para luego agrandar o en la pared, se le suman cálculos marginales de proporciones y medidas reales. Fue el primero de varios murales proyectados, por ejemplo, el de la Galería de San José de Flores. La concepción de este grupo de muralistas era que había que llevar el arte a cada techo y pared de la ciudad que pudiera contenerlo.

Luego de la muestra, bajé a la galería y me detuve un rato a contemplar los murales de la cúpula. Creo que nunca les había prestado tanta atención. Abajo, el rumor de la fuente y del público que tomaba café y hacía sus compras. Miré hacia arriba, a los mineros y agricultores que él pintó. Y me sentí enriquecida una vez más por la experiencia artística, y agradecida por haberle encontrado valor a un nuevo rincón de mi ciudad.

Más sobre Lino Enea Spilimbergo

Retrospectivas

Transferencias de zonas de sensibilidad pictórica imaterial

Yves Klein fue un artista francés que vivió solo 34 años. El folleto de la Fundación Proa dice que sus ideas sobre el arte inspiraron a muchos de los movimientos artísticos de la segunda mitad del siglo XX. No soy experta en arte, así que, como siempre, me limitaré a recuperar aquellas cosas que aprendí de él, que aprecié (o simplemente capté) de su obra, que me llamaron la atención y que impactaron sobre mí. Una de las cosas que más me gustó fue que la Fundación Proa ofrecía wi-fi abierto a sus visitantes para que pudieran acceder a una audioguía on line de la muestra. Sin ella, se me hubiera complicado encontrarle el sentido a la obra.

Lo primero que se observa en la muestra es la cronología de su vida: nació de padres artistas, vivió en Niza, visitó Alemania (donde hizo el servicio militar), Italia, y Japón, donde le dieron el 4° Dan de Judo. En relación a este deporte, se dedicó a enseñarlo y tomó de él la filosofía oriental que aparece en la concepción de sus obras.

Una sala completa presenta obras monocromáticas. A veces, un gran lienzo de un único color, a penas con grumos o texturas. Como las obras estaban cubiertas con un vidrio, uno se veía reflejado en ellas y se sentía dentro.

Monocromos

Klein intentó ingresar a un salón de pintura moderna en París con sus pinturas monocromática. Le dijeron que su obra estaba “incompleta”, que debía contener al menos una línea, o un punto. Pero para Klein, el monocromatismo era mucho más que color: el monocromatismo representaba para la vista lo que el silencio para el oído. Patentó su color azul IKB (International Klein Bleu), y con él cubrió desde un globo terráqueo hasta las formas de relieve de Grenoble.

Moocromáticos

En un rincón, se lo escuchaba dialogar consigo mismo: “la verdad no existe, sólo existe la honestidad: honestidad de saber que somos producto de impresiones, sensaciones, experiencias”. De estas respuestas a sus propias preguntas nace una explicitación de muchas de sus ideas sobre el arte y el proceso creativo.

Antropometrías: pinceles vivientes

En general no usaba pinceles, sino que aplicaba el color con esponjas, rodillos o soplete. Para la creación de sus “Antropometrías”, dispuso papeles en el piso y las paredes de la galería. Ante un pequeño público, se presentó vestido de traje con tres modelos desnudas que se embadurnaron el cuerpo con pintura azul IKB y lo plasmaron sobre los papeles, según sus instrucciones. Para Klein, las modelos se transformaban en “pinceles vivientes” y la impresión sobre el papel fue solo la “ceniza” de su arte: el arte estuvo en el momento de la creación; por eso se lo considera uno de los precursores del arte de la acción o happening.

Con las esponjas marinas naturales embebidas en pintura azul que usaba para pintar, armó esculturas, colocándolas sobre un soporte de piedra y simulando árboles. A veces, las colocó sobre un lienzo haciendo con ellas una pintura monocromática.

Monogolds

En sus últimos años, experimentó con diferentes técnicas y materiales. Sus Monogolds son representaciones hechas con láminas de oro; en la muestra había uno titulado “el tiempo es oro”, y otro donde las pequeñas hojuelas de oro se movían con las corrientes del aire ambiente.

También había las llamadas cosmogonías: se trata de impresiones de la naturaleza sobre el lienzo. Ya sean elementos naturales, como hojas o texturas del suelo, como el viento. En su obra titulada “el viento en Niza”, Klein pintó el lienzo, y recién pintado lo colocó en el techo de su Citroen. Manejó entonces varios kilómetros bordeando la playa hasta su casa, con la intención de que el viento y las partículas “deterioren” su obra. En realidad, quedaron plasmadas en ella tal como el artista quería.

Pero lo que más me impactó fueron sus pinturas de fuego. Usando cartones de alta densidad que traía de Suecia, Klein dibujaba quemando el material. A ello agregaba pinturas. Luego fue avanzando: rociaba con agua los cartones y al quemarlos, las zonas mojadas quedaban al descubierto frente a las zonas más oscuras. Así, empezó a hacer antropometrías, no ya con pintura sino empapando a las modelos, que lanzadas sobre el cartón,dejaban una huella de agua que aparecía como un negativo al someter al cartón al fuego. Y encima pintaba.

Retrospectivas – Yves Klein – Fundación Proa

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Raúl Soldi en Glew

Los músicos

La enorme ciudad tiene esas cosas: pequeñas joyas escondidas en sus lugares más recónditos. Este es el caso de la obra de Raul Soldi en Glew, que visitamos hoy por la tarde.

Glew es una localidad al sur de la ciudad; actualmente conserva la fisionomía de pequeño pueblo, con su limitada retícula de calles asfaltadas alrededor de la estación de tren, que a las pocas cuadras cede paso a los caminos de tierra entre las quintas. Debe su nombre a John Glew, irlandés que compró los campos por los cuales pasaría luego el ferrocarril sur.

Soldi se enamoró de Glew, de su ambiente bucólico, de sus arboledas, y la eligió como lugar para veranear. Compró una casa, y luego otra a la que destinaría como taller, y posteriormente, fundación y museo. Consiguió una volanta con la cual recorría las calles del “pueblo nuevo”, al este de la vía. Pero cuando se aventuró hacia el oeste, cruzando la vía, descubrió la capilla de Santa Ana en el “pueblo viejo”. Y así surgió la idea.

Pero vamos por partes. Soldi era hijo de artistas: su madre, pianista; su padre, violonchelista. Su tío era luthier, completando el cuadro que evidenciaba su amor por las artes. Con 18 años viajó a Europa, y él mismo dice que Venecia lo hizo pintor. De allí viene su estilo renacentista, con mucho de máscara del carnaval veneciano e instrumentos musicales antiguos.

Costuras

En Italia tuvo un maestro de largas barbas blancas que era estricto y le dijo que no sabía dibujar. A Soldi le costó superar esta opinión. En sus primeros tiempos como artista se dedicó a diseñar escenografías para teatro, de las cuales quedan bocetos. Luego se dedicaría de pleno al arte; sin embargo no abandonó la vinculación con su pasado teatral, que formó parte de la temática de sus obras y de su vida.

Fue encargado en la década de 1970 de pintar la cúpula del Teatro Colón. Para ello, pintó 300 metros cuadrados de lienzos en los talleres del Teatro San Martín, que colocó luego en el techo de la casa de ópera. Cuenta que mientras trabajaba, escuchaba los ensayos de la orquesta y se sentía en el paraíso.

En Glew, la fundación Raul Soldi guarda 60 obras que el artista seleccionó para exponer allí. Se trata de sus obras más queridas, aquellas de las cuales nunca quiso desprenderse. Algunas de ellas están valuadas en varios cientos de miles de dólares. Hay óleos, dibujos, bocetos… me impactó el uso del color, la mezcla de pinceladas de colores diversos superpuestos y el efecto que causa al observar a la distancia.

Capilla Santa Ana

Pero la joya desconocida es la capilla de Santa Ana. Cuando Soldi la descubrió, le impactó su interior blanco y se ofreció a decorarlo. En ello invirtió 23 veranos de su vida. La capilla tiene frescos (pinturas en la pared) y murales (pintura sobre tela y luego amurada) que intentan reflejar la vida de Santa Ana, madre de María, como si ella hubiera transcurrido en Glew. Para ello, introdujo elementos típicos del lugar: los molinos, las casas, las vacas, los cardos; pero también a las personas de Glew que él veía: la señora que se asomaba al balcón para verlo trabajar, el monaguillo, o sus propios hijos. La capilla es una joya colorida y delicada.

Capilla Santa Ana

Volvimos alegres, y de camino merendamos en una casa de te. La degustación de tortas fue exquisita, conversando con las otras personas con las que compartimos el paseo. Fue endulzar una tarde ya de por sí dulce.

Lo incomprensible (o lo sobrevaluado)

Hoy anduve por Arte BA. Dicen que es la feria de arte de las vanguardias, de “lo nuevo” y “lo más apreciado”. No soy quién para ponerlo en duda… pero ahora que estuve allí, reafirmo lo que pensaba antes de ir: si hubiera tenido que pagar la entrada, no iba. Pero como una amiga de Vivi consiguió tres entradas, fuimos cuatro y pagamos sólo la módica suma de una entrada entre las tres.

Arte BA es una exposición de arte, pero (no hay que ser ingenuo) como está organizada por las grandes galerías, tiene un fin comercial: busca vender las obras. Para mí fue una fábrica de preguntas, una experiencia filosófico-sociológica como suelo decir. Hay que caminar con la mente abierta a las sensaciones; con los ojos abiertos a los detalles… pero lo que me surge allí es la pregunta: ¿qué es el arte? ¿todo es arte? ¿El arte está en la técnica, en la idea, o en la expresividad? Y sobre todo, en ese contexto, ¿hay arte cuando hay pretensión de vender? ¿el arte que hay allí expresa la subjetividad del autor, o intenta cautivar al potencial comprador?

Caminando por allí, hemos visto una serie de “intervenciones” sobre objetos cotidianos que en el fondo siempre me llevan a preguntarme qué es el arte y si en realidad no me estarán tomando de tonta. Una serie de pallets sin siquiera lijar con unos puntos blancos pintados, una serie de cepillos de baño para limpiar el inodoro encajados en acrílico, un cuadro figurativo donde se ve una ducha eléctrica, y al pie, una serie de pelotas acuchilladas con elementos cortantes varios. El arte es la idea, la expresión… ¿pero cualquier idea es valorable? ¿Cualquier expresión es significativa?

Me sucedieron hechos graciosos, tales como ver una maraña de cables de colores unidos por enchufes triples y zapatillas, y a un costado, una especie de aparato con una lata de cerveza. Le pregunté a Vivi si ese aparato era una obra de arte o no, y me respondió “la verdad es que no sé”. Más adelante, veníamos caminando y de repente “¡no patees la obra!”: había un zapato en el piso, cortado en tres y articulado por bisagras.

Otro de los hechos que me llamaron la atención es que hay cuadros pequeños que repiten un mismo motivo, a veces extremadamente simple, cambiando detalles y colores. El sentido de la obra está, por tanto, en el conjunto. Un potencial comprador deberá entonces adquirir no uno, sino varios ejemplares para que el arte tenga sentido. El asunto me mueve a suspicacia cuando por cada ejemplar me piden valores tales como US$ 2800… sabiendo que si no llevo al menos cuatro no lucirán en mi pared.

También hubo obras que por su técnica, su originalidad, atrajeron mi atención. Y había en un rincón un par de litografías de Berni, que te permiten ver por qué hay artistas consagrados y otros que nunca pasarán de tremendos desconocidos que intentan vender algo en Arte BA. Finalmente, en un rincón, estaba la obra más fotografiada de la muestra: una enorme escultura de Botero. Para mi gusto, ubicada en un pésimo lugar; carente de perspectiva, estaba en un rincón oscuro, donde la poca luz encandilaba y donde la contemplación de la obra estaba mediada por la multitud de caminantes que iban de un stand a otro. Una pena, teniendo amplios espacios donde hubiera lucido más y se la hubiera podido apreciar mejor.

En todo caso, hay que ver de todo. Dejarse sorprender por las texturas y por lo insólito. Por lo creativo y por lo ridículo. Sorprenderse positivamente, negativamente. Abrirse a las propuestas, saber apreciar, saber reir. Y salir con la plena convicción de que todo suma, todo aporta, porque todo lo que te hace pensar (de alguna manera) te hace crecer. Y creo que eso me llevo de Arte BA… además del exquisito momento pasado entre amigas.

Sorprendentes revelaciones sobre el papel

Hoy me tocó ir al centro a hacer unos molestos estudios médicos (con todo el componente emocional que eso implica), así que cuando salí quise aprovechar el viaje al centro y hacer algo gratificante. Me tomé el subte, hice las dos combinaciones necesarias, caminé unas cuadras por San Telmo que está hermoso y me fui al MAMBA a ver la muestra de dibujos de Antonio Berni. Este pintor, que vivió entre 1905 y 1981, es uno de los mayores maestros de las artes visuales de América Latina, y representante ineludible de la vanguardia artística de Argentina.

No conocía el museo y me gustó mucho; y lo que me encantó fue la muestra. Son más de 200 dibujos, ilustraciones, bocetos para sus pinturas, grabados y murales; estudios de motivos hasta ahora desconocidos o notas que desarrolló luego en su taller. , cada uno más sorprendente que el otro. Abarcan toda su carrera, desde los paisajes tempranos realizados en las afueras de Rosario, alrededor de 1922, hasta los bocetos para sus murales de la capilla de San Luis Gonzaga en Las Heras, Provincia de Buenos Aires, fechados en 1981, año de su muerte. La mayoría pertenecen a colecciones privadas, por lo cual será difícil volverlos a ver. Será por eso que yo, que no suelo fotografiar obras en los museos (siempre se consigue una imagen por internet o en algún libro), me tomé la libertad de guardar algunos de los dibujos que más me sorprendieron.

El conjunto es sorprendente desde diferentes aspectos. Me impactó el uso de las diferentes técnicas y materiales, combinándolos de maneras inimaginables. En el museo se indica que Berni, desde muy pequeño, mantenía papeles, cuadernos, lápices y carbonillas al alcance de su mano, y practicó el dibujo en sus múltiples variantes y en todos los géneros. El manejo de la témpera, la mezcla de acuarelas y marcadores, lapiceras. De cómo hacer una cara con marcador amarillo y quede totalmente natural. Estudios preliminares sobre ojos, y esos cielos… las maravillosas formas de representar los cielos. Se ven las líneas de lápiz, las guías de perspectiva, las acotaciones y hasta la cinta de agujeros que unían a la hoja al anotador antes de ser arrancada. Pinturas sorprendentes, que tienen algún elemento detallado al máximo, como los ojos, la mirada, y a medida que uno se acerca al margen el diseño va quedando insinuado por líneas y trazos grotescos.

Un Berni también para mí desconocido en su temática. Después de ver a Juanito Laguna y a Ramona, o los grandes cuadros de la década de 1930 como Manifestación y Los desocupados, no queda duda de la sensibilidad social de Berni. Pero en estos dibujos aparecía un componente más político. Cuadros de las décadas del 60 y sobre todo del 70, en plena dictadura, retratando la represión, la tortura, a los militares… me pareció revelador. Y al margen de lo que uno sienta respecto a los sucesos de esos tiempos, algo que me asombra es encontrar gente que venció el miedo y se animó a retratar y denunciar de alguna manera lo que pasaba. Lo sentí con el partenón de libros de Marta Minujin, con la película “La historia oficial” y ahora con Berni. Una especie de admiración por el valor.

Me fui contenta, llena… llena de arte, llena de pensamientos. Llena de satisfacción, de preguntas, de reflexiones. Está bueno. Para eso sirve el arte. El arte llena en todo sentido, vale la pena vivir la experiencia.

Más sobre Antonio Berni

Xul Solar, panactivista

Hoy tocó el Museo Nacional de Bellas Artes. Ahi nos fuimos con Vivi y Andrea a disfrutar de la muestra sobre Xul Solar. Y vaya que la disfrutamos. En mi caso, me sorprendí mucho y aprendí muchas cosas. Es lo lindo de animarse a experimentar cosas, autores y lugares desconocidos.

Nacido como Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari, Xul Solar fue un importante artista plástico de las vanguardias porteñas de la primera mitad del siglo XX. Se interesó por la astrología, haciéndole la carta natal a grandes escritores con los que se vinculaba y a quienes ilustró sus libros. Entre ellos estaba Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, que le dedicó un personaje en su libro Adan Buenosayres.

Cultivó una importante amistad con Emilio Petorutti, y ambos estimularon mutuamente sus carreras. De sus viajes por Europa (especialmente a Italia) en la década de 1910 obtuvo la inspiración cubista y futurista de muchas de sus obras. Ambos, junto a otros artistas, publicaban y alentaban la formación de una vanguardia artística desde un periódico quincenal al que llamaron Martín Fierro.

Diseñó ciudades utópicas, y además, jugó también con el lenguaje. Impulsor de la hermandad latinoamericana, propuso la creación de un nuevo idioma, el neocriollo, mezcla de el español, el portugués y el inglés. Este idioma tenía una colorida grafía que aparecía en sus cuadros. En este sentido, se reconoce también la influencia del movimiento dada.

Por último, incursionó en el mundo de la música. A la adaptación de un piano para que pudieran aprender con facilidad las personas de manos pequeñas, se sumó una interpretación pictórica de una partitura de Chopin. Muy interesante.

Me resultó tremendamente interesante y revelador. Por momentos trataba de mirar las obras de canto, para ver si había pegado elementos o si era un esfumado muy bien logrado que generaba un efecto de relieve. Totalmente recomendado. Ahora a seguir investigando y aprendiendo!! Mientras tanto, quedan aquí algunas obras más para disfrutar.

Ver más de Xul Solar