El silencio grita

El lugar era pequeño. Para mí, era la casa de una extraña, o al menos eso creí sentir. Reconocí sus cosas, la ropa colgada en el placard, alguna que alguna vez fue mía, hecha por ella, y que al desprenderme hace años ella se quedó. Aun seguía usando las camisas a cuadros que me hizo hace 20 años, y ese sweater multicolor que a ambas nos quedaba con las mangas cortas.

Tal vez me estremeció reencontrar el costurero, así como ver sobre la pequeña cama de una plaza el bolso de ropa que volvió de la clínica hace cuatro meses y así quedó. El pijama, las medias viejitas pero suaves que le presté para que estuviera cómoda, el desabille de polar que le regalé cuando las cosas andaban bien entre nosotras, todo tenía el olor de la ropa a medio usar que aún admite otra postura. La cartera estaba deformada de tantas cosas que había tenido adentro tantos días; allí estaban mis auriculares naranja de la Alhambra y el paquete de Maná de limón qué compré en el Carrefour a última hora porque no pasaba la comida. Todo estaba allí.

Rescatamos los potus limon moribundos de sed, y de milagro los malvones abandonados del balcón estaban llenos de flores, gracias a la regadera de la lluvia.

Entonces me detuve en la sala, y vi mi foto de 5 años con cara de sueño quitándome la plasticola seca de los dedos. Según ella, esa foto fue tarde una noche y me reflejaba. Había otras fotos conocidas y una de nosotros tres con ella, ella volcada hacia nosotros tres, que yo no recordaba. Un brazo apenas asomaba sobre su hombro… Y me di cuenta que era una de esas fotos de familia que ofrecen tomarte cuando subis al catamarán del Tigre, y que a veces por compromiso uno compra. Ese hombro era mi papá, ella lo había recortado. Su actitud en la foto era dejarlo fuera, alejarlo de nosotros, y finalmente, tijera en mano, lo había conseguido.

Aguce la vista y reconocí la mesita de caña y vidrio que ella tenía en mente hace más de 20 años, cuando planificaba conmigo la separación. Los sillones de mimbre hacían juego, pero la mesita… “Voy a poner una mesita de caña con vidrio cuando nos mudemos al departamento y lo dejemos solo. Se va a desesperar y le van a desvalijar la casa. Le voy a hacer vender el auto porque se que lo adora y le va a doler”. Y mi voz de niña preadolescente se le enfrentaba: “vos no tenes dignidad, salir de abajo de un techo de el para meterte en otro de el, conseguite un trabajo y que sea en un lugar chiquito pero tuyo”; “Ja!” (despectiva como siempre, contestó así), “no le va a sacar el techo a sus hijos”. Ahi estaba la mesita. Se la compró nomás.

Ella nunca supo que tanto planeaba conmigo que yo tenía mis propios planes: con ningúno de los dos. De alguna manera lo lograría, alguien me recibiría. “Me da miedo que Martín se quiera quedar con él” decía. Nunca pensó que podía ser yo la que la abandonara a ella.

Sin embargo eso no sucedió. Ella no tuvo agallas y quedó en plan durante 20 años. Se ve que tenía la idea fija clavada en la cabeza, la mesita era la prueba. Pero un día se fue, y yo determiné que hasta allí llegaba: era ella o yo. Me saturó con sus egoísmos y su capacidad destructiva. Pero aunque ella se encargó de decirle a todo el mundo que yo la había abandonado, Dios sabe que no fue así: a mi me dijo entre angustia y con susto “me voy a morir”. No recuerdo si me dijo algo más. Hicimos el último viaje juntas, pase a verla y luego se durmió como atinó a pedir Santiago.

Dicen que perro que ladra no muerde y que un gesto vale más que mil palabras. Aprendí a callar. Yo era profesora de historia y mayor de edad, pero ella (y en eso mi papa es igual) sabía más historia que yo, y debia aleccionarme para votar correctamente. Tambien mi gusto en la cocina y en tejidos eran una porquería. Aprendí a ocultarle mis logros para que no los demoliera con su envidia ni se vengara. Aprendí a esperar en silencio la conjunción entre día de sol, lavarropas libre y ella fuera de casa para lavar mi ropa sucia acumulada en el placard, con tal de que no tuviera nada que echarme en cara. Aprendí demasiadas cosas, a ser invisible. Igual fracasé cuando en la clínica le dijo a todos por teléfono que tanto cuidó de nosotros que ahora merecía que la cuiden. Recordé cuando me echó en cara que me había cambiado los pañales cagados. Esa noche llegue a casa y lloré.

Un día tras tanto ladrar, tiro el tarasconcito: se mudó, compro su mesita largo tiempo soñada y lo recortó a mi papá de la foto. Pero no logró que sus dichos se realizaran: todos se sorprendían cuando me veían allí, “no era que no se ocupaba de la madre?” Y yo estaba ahí en silencio, no tenía por qué explicar nada ni desdecir nada. Mis hechos hablan por mi… Ya aprendí que así es, que nada de lo que diga tendrá valor. Esta bien, como siempre yo me callo, pero el silencio grita.

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