Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

Arranqué en el antiguo Correo Central, hoy centro cultural. De allí, me largué a caminar por la Avenida Leandro N. Alem, de Corrientes hasta Córdoba. Nunca paso por allí, así que fue caminar dejándose sorprender. Y de hecho, lo hice. Además de las tallas en la pared del edificio de Corrientes y Alem, me encontré con otra joya arquitectónica en la esquina siguiente, la de la calle Lavalle.

La ciudad tiene en esta avenida una línea divisoria que seguro fue inconsciente, pero que marca dos terrenos históricos notables: la vereda de Alem hacia arriba está sembrada de edificios antiguos, con sus tallas y detalles; mientras que la que está hacia el río, concentra los edificios más modernos, de hormigón y vidrio, espejados y monumentales… a su manera. Esta diferencia se incrementa al llegar a la Avenida Córdoba, donde comienza el sector de Catalinas, resaltando la torre de IBM, las “gemelas” de Buenos Aires con sus vidrios negros, y frente a ellos, el racionalista edificio Alas, que en la década de 1940 cuando fue construído supo ser el rascacielos más alto de la ciudad.

Pero de la mano de enfrente, sobre el pasaje Tres Sargentos, asoma la antigua usina de la Compañía Ítalo-Argentina de electricidad, con su arquitectura de ladrillos rojos, estilo bien industrial. El contraste del ayer y hoy es evidente, cuando vemos reflejado su torreón en los espejos del edificio vecino. El pasaje es, además, digno de ser recorrido. Tendremos que sumarlo a la lista de pasajes que empezamos a recorrer con Laura hace unos días.

Me fui acercando a las Galerías Pacífico, donde quería ver la muestra de Lino Spilimbergo. Pensaba almorzar allí, pero de paso fugaz por la iglesia de Santa Catalina me encontré con la entrada al monasterio. En el patio había un montón de gente almorzando al sol, y me dieron ganas de quedarme. Así, tomé mi bandeja elegí una ensalada de arroz yamaní, un flan de coco y una gaseosa y me sumé a los oficinistas. Comí allí, bajo los árboles, entre el aljibe, los arcos y la torre de la iglesia. Un placer inesperado, un lugar muy apacible.

Después de ver la muestra, me fui a ver los murales que el propio Spilimbergo pintó en la cúpula de las Galerías Pacífico. Nunca los había visto con detalle; tampoco sabía que eran de él.

De allí me fui caminando por Florida. Me detuve frente al imponente edificio del Círculo Naval, cuyo pórtico, aún abierto, es monumental.

Llegué a la Plaza San Martín, pero en lugar de subir las escaleras y cruzarla, como hago siempre (porque me encanta), me fui hacia el edificio Kavanagh. Apenas más allá del Hotel Plaza, encontré el pasaje Corina Kavanagh: otro para la lista que tenemos con Laura. Tiene escasos metros y forma curva, pero su espectacularidad radica en que ese es el único lugar desde donde se puede apreciar el frente de la Basílica del Santísimo Sacramento. Es impresionante que la tremenda iglesia se puede ver sólo enmarcada por los murallones que representa el edificio Kavanagh. Crucé y entré a la iglesia… no pude contener la exclamación. Es de una ornamentación tan monumental… las flores, las tallas, las pinturas… la recorrí despacio, contemplando en silencio, y pensando en el mito urbano.

Cuenta la historia que Corina Kavanagh tenía un romance con un joven Anchorena, pero la madre del muchacho se opuso terminantemente a la relación. Corina, ofuscada, mandó a construir el edificio Kavanagh con el fin de tapar la iglesia que señora Anchorena estaba construyendo. Dice también el mito popular que la familia Kavanagh quedó en la ruina económica tras la construcción del edificio. Lo que quedó claro, es que si la historia de Corina es cierta, logró su objetivo. Cuando crucé a la plaza San Martín, miré atrás, y me encontré frente a la mole racionalista del Kavanagh, que supo ser en algún momento el rascacielos más alto de la ciudad. A un lado en sus sombras, se distinguen las cúpulas verdes de la basílica, sólo visibles desde cierto ángulo. Siempre las había visto de lejos, nunca había ido al sitio preciso. La verdad, me dio un escalofrío tanto odio y tanta crueldad.

Edificio Kavanagh y Basílica del Santísimo Sacramento

Ya en la parte baja de la plaza, me acerqué a rendir homenaje un minuto a los caídos de Malvinas, y luego seguí viaje hacia la estación Retiro. Siempre me gustó la torre de los ingleses, así que la contemplé una vez más. Y caminé delante de las estaciones del ferrocarril Mitre (monumento histórico nacional por la estructura monumental sobre sus andenes, en reparación actualmente), la del ferrocarril Belgrano, y llegué al San Martín.

Desde el tren que salía de la estación, contemplé una cara de Buenos Aires que muchos niegan: la villa 31. Las casas de autoconstrucción que hoy se elevan hasta 5 pisos, con su escalera caracol de hierro por fuera y las cuerdas de la ropa en los balcones. La realidad social se presenta allí, vía de por medio con los edificios más exclusivos de la ciudad, refregándonos en la cara la polarización social sufrida en los últimos años.

20 minutos y estaba en mi estación de destino, ya en mi barrio-pueblo, mi zona de confort. Di una vuelta por allí, caminé unas cuadras para comprar lanas, unos minutos de colectivo y ya estaba en casita otra vez.

Spilimbergo dibujante

Una de las cosas de las que estoy convencida es que viajar abre los horizontes. Nos conecta con nuevas ideas y perspectivas que nos permiten no sólo ampliar nuestro punto de vista incorporando nuevos elementos, sino también repensarnos. Algo que veo en general es que los grandes artistas han viajado mucho, han intercambiado, han aprendido, y eso los ha formado creativamente y los ha distinguido de los demás.

Esta tarde fui a ver la muestra de Lino Enea Spilimbergo al Centro Cultural Borges. Para mí, sólo un nombre que resonaba de alguna otra muestra. Spilimbergo para mí era un artista argentino, nada más. Capaz, si me forzaban un poco, terminaba elucubrando una relación con Berni. Tal vez la muestra en sí no me sorprendió tanto como otras, pero debo decir que aprendí un poco más del arte moderno de mi país y de los movimientos internacionales con los cuales se entreteje. La muestra tiene más de 60 dibujos y grabados; muchos de ellos nunca fueron exhibidos y pertenecen a la colección privada de la familia del artista. Los dibujos en lápiz, tinta, carbonilla, pastel, y los grabados y monocopias están acompañados por documentos y fotos del artista. La muestra tiene un orden cronológico: nos va contando la vida del artista entrelazada con su obra. Permite descubrir cómo fue creciendo a medida que sumaba experiencias.

Nacido en Buenos Aires a fines del siglo XIX, fue uno de los grandes maestros del arte argentino, pintor, muralista, grabador y litógrafo, formador de generaciones de artistas. Inició sus estudios de arte en 1915 en la Academia Nacional de Bellas Artes; la carrera de seis años para él se redujo a tres: fue un alumno prodigio que rindió cuatro años en su primer año de estudio, y luego completó el quinto y el sexto en los otros dos años. Entre sus profesores estuvieron Pío Collivadino y Ernesto de la Cárcova y En 1917 ya era profesor nacional de dibujo. Como era asmático, en 1921 se instaló en San Juan, ya que la sequedad del clima favorecía su estado de salud. En ese período logró ganar algunos premios de Bellas Artes y vender algunos cuadros, con los cuales se costeó un viaje a Europa.

Así, tras una recorrida por Italia, se asentó en París en 1926, donde junto a otros artistas argentinos como Antonio Berni integró el que después fue conocido como “el grupo de París”. Se trataba de una serie de pintores que recorrían los museos, asistían a las academias libres y también pasaban por renombrados talleres de la época. Entre estos, fue fundamental para Spilimbergo el curso del pintor modernista André Lothe, donde ensayó dibujo con modelos vivos junto a sus compañeros argentinos. Muchas veces eran ellos mismos que posaban desnudos para evitar el pago de los modelos. Así, tras su estadía europea, logró una muy personal síntesis de diversos estilos, en especial de lo clásico y lo moderno, y centró sus temáticas en la figura humana.

A su regreso al país, en la década de 1930, Spilimbergo y el grupo de París integraron al arte argentino influencias provenientes de las tendencias vigentes en Europa, contribuyendo a la renovación del ambiente artístico local, no sólo en cuanto al lenguaje plástico, sino también en lo concerniente a la enseñanza y a los mecanismos de exposición y difusión artística. En este contexto, Spilimbergo se conectó con el mexicano David Alfaro Siqueiros, y en 1933 participó con Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y el uruguayo Enrique Lázaro, del “ejercicio plástico” realizado en el sótano de la casa quinta de Natalio Botana, director del diario Crítica. Allí se fundó la escuela del muralismo argentino. El mural está expuesto en el Museo de la Casa Rosada y es verdaderamente asombroso.

Mientras tanto, Spilimbergo continuaba realizando exposiciones solo o con otros artistas, y ganando premios. Volvió a radicarse en San Juan, donde adquirió una lavadora vieja. Con el tambor de la máquina confeccionó el rodillo con el cual realizaría sus monocopias. El nombre se debe a que, a diferencia del grabado, cada trabajo permitía hacer sólo una impresión, ya que el papel tomaba toda la pintura dejando limpio el rodillo. El trabajo consistía en entintar el rodillo realizando el dibujo a imprimir; a veces en positivo, es decir, colocando la pintura donde se quiere imprimir y dejando vacíos los blancos; a veces en negativo: entintando toda la plancha y dibujando sobre ella sacando la pintura. Spilimbergo se convirtió en un maestro de ambas técnicas, que combinaba con maestría. Uno distingue rápidamente sus monocopias del resto de las obras.

En 1937 ilustró con pequeños aguafuertes (grabados sobre planchas de zinc) el libro “Interlunios”, de Oliverio Girondo. Siempre me asombró la capacidad de los grabadores de hacer dibujos tan precisos y tan vivos con sólo marcar una plancha de metal. El uso del monocromo y la única posibilidad de “pintar” superficies a partir de trazos lineales me resulta fascinante.

En 1946 compartió con otros muralistas argentinos, como Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro Guimarás y Demetrio Urruchúa la confección de los murales de la cúpula de las Galerías Pacífico, que son actualmente una de las manifestaciones más importantes del muralismo argentino.En la exposición se ven algunos bocetos, en los cuales el artista calcula las dimensiones reales. Así, a la retícula realizada para luego agrandar o en la pared, se le suman cálculos marginales de proporciones y medidas reales. Fue el primero de varios murales proyectados, por ejemplo, el de la Galería de San José de Flores. La concepción de este grupo de muralistas era que había que llevar el arte a cada techo y pared de la ciudad que pudiera contenerlo.

Luego de la muestra, bajé a la galería y me detuve un rato a contemplar los murales de la cúpula. Creo que nunca les había prestado tanta atención. Abajo, el rumor de la fuente y del público que tomaba café y hacía sus compras. Miré hacia arriba, a los mineros y agricultores que él pintó. Y me sentí enriquecida una vez más por la experiencia artística, y agradecida por haberle encontrado valor a un nuevo rincón de mi ciudad.

 

¿Por qué dudaste?

Evangelio según San Mateo 14,22-33.
En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”.
Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.
“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”.
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Cada mañana, al despertar, manoteo el celular. Miro la hora, y luego, tras desperezarme, abro el Evangelio del día que recibo por mail. Hoy tocó una de las lecturas que siempre me ha guiado, que me ha inspirado; es de esas que me llegan más hondo y que he meditado muchas eces a lo largo de mi vida. El Padre Juan en misa a la tarde decía que es tal vez uno de los textos más sorprendentes del Evangelio por lo espectacular de la escena. Sin embargo, lo espectacular es el mensaje. Coincido con él en todo. Quiero recuperar aquí algunas de las palabras del Padre Juan respecto a este texto; algunas son las mismas que yo vengo meditando hace años, y otras, son nuevas para mí y echan luz sobre aspectos del texto que había pasado por alto hasta hoy.

Lo primero que tiene de rico este texto es que nos permite, una vez más, ponernos en el lugar de los apóstoles. En el camino de seguir a Cristo, nuestro mayor ejemplo son ellos: quienes compartieron la vida con él, sus amigos, personas de carne y hueso con virtudes y debilidades como todos nosotros. Ponerse en el lugar de los apóstoles es comprender que aún para ellos, que estaban al lado de Jesús, muchas veces fue difícil el camino de la fe. Que sintieron miedo, pero que aprendieron a sobreponerse y confiar ante todo.

Los apóstoles estaban en la barca, agitada por el mar; ya eso de por sí los asustaba. ¿Cuántas veces, en la vida, tenemos miedo? ¿Cuántas veces nos paraliza la angustia, la incertidumbre, el sentirnos a la deriva en medio de la tempestad? ¿Cuántas veces tememos ahogarnos en los problemas que nos envuelven y nos sacuden?

Y entonces lo vieron a Jesús caminar sobre las aguas. Cualquiera de nosotros hubiera quedado paralizado por el miedo, o hubiera gritado como ellos. Entonces Jesús les dice algo en lo cual yo nunca había reparado: “Tranquilícense, soy yo; no teman“. Esto remarcaba el Padre Juan hoy: Jesús nos dice ante cada dificultad: “estoy acá, no tengas miedo”. Jesús está acompañándonos, orientándonos. Pase lo que pase, no estamos solos.

Y entonces, aparece Pedro en el texto; tan atolondrado, pero a la vez tan transparente y sincero como siempre. Ha sido mi preferido, con el que más me identifico, el que siento más humano de todos. Pedro lo prueba a Jesús, y así termina también caminando sobre el agua. Y aquí hay algo fundamental: Pedro empieza a hundirse en el momento en que ve el viento y las olas. Cuando quita la vista de Jesús, comienza a hundirse. Tal vez de eso se trata, de sostener la fe, con la mirada puesta en Jesús, no importa que tan brava sea la tormenta. Concentrarse en Jesús, y la tormenta la atravesaremos sin problemas ni riesgos.

Nadie dijo que es fácil, por eso Jesús, al rescatarlo, le dice: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?“. Muchas veces a lo largo de mi vida, cuando en medio de la tormenta, del miedo, de la angustia, pegué el grito para que Jesús me salvara; y cuando vi automáticamente todo más claro, más sereno, algo dentro de mí me decía: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Y me sentía tonta de haberme hundido. Claro que no es fácil. Pero vale la pena perseverar.

El padre Juan hoy decía que tal vez la metáfora más hermosa de Jesús es que Jesús es paz. Es la paz que necesitamos en el corazón, la paz que nos permite afrontar cualquier situación con entereza y con serenidad. Es la paz que nace de tener consciencia de que para Dios todo es posible.

En el pequeño peregrinar que es caminar hacia la parroquia para ir a misa, pensaba lo que llevaba en las manos para ofrecer a Dios: las intenciones, los agradecimientos. Llevaba mucho (y grande) para agradecer, y una intención también importante, una gran tormenta. Y en ese meditar del pequeño peregrinar, lo que pedía era paz para todos los que tengan que lidiar con esa tempestad; como si hubiera sabido hacia donde iba a orientar el sermón hoy el padre.

Volví con el corazón en paz. Volví poniéndome en manos de Dios una vez más, para que me haga instrumento de su paz, obrando a través de mí. Volví con menos angustia, resuelta a dejar de mirar al agua y fijar la vista en Jesús que me dice que no dude. Volví con esas palabras resonando en mi cabeza: “no temas, soy yo”. Ahora viene el momento de sostener la fe, de seguir mirando a Jesús, de seguir creyendo que para él todo será posible.

El centesimo mono

El centésimo mono

Anoche fuimos a ver una obra mágica: es teatro y magia a la vez. Pero sobre todo, es poesía, reflexión, metáforas. Nos permitió disfrutar, reflexionar, y también reir. Escrita y dirigida por Oski Guzmán, es una pieza sumamente original, que ha ganado múltiples premios nacionales e internacionales.

Desde el inicio, se dice que el  hombre teme a la magia como teme a la muerte. Y a partir de allí, empieza la historia. ¿De qué se trata? Lo cuentan sus protagonistas en el programa:

Hay un mago que se está muriendo. Debe operarse de urgencia ¿Qué sucede en su cabeza una vez que le han aplicado la anestesia total? Los sueños más estúpidos, la intimidad de su oficio y la lucha por librarse de los trucos que le negaron la posibilidad de creer en la magia. Sin embargo tiene ahora una oportunidad: su propia muerte puede ser el único momento mágico de su existencia. Veamos qué decide.

El Centésimo Mono es mezcla. Es teatro que nos deja flotando en una alfombra mágica, y es magia que nos demuestra el patético círculo de la propia existencia.

Tres magos que son actores, tres actores que son magos. Es una mezcla sorprendente la de la magia y el teatro, ya que al asombro propio de la magia, se suman las sorpresas de un texto que interpela. El despliegue de elementos mágicos es muy variado, y la ironía con que está planteado el tema permite reir, aunque con esa especie de amargura propia del humor negro.

La especie de “eter” en la que están metidos los personajes está muy bien lograda. El tiempo y el espacio, la percepción y el sueño, la realidad y la imaginación, conviven y nos ponen todo el tiempo ante la duda. Pero las metáforas son claras, y nos conectan a todos en algún momento con lo que sucede.

Es inevitable pensar qué haría yo si tuviera esa consciencia… o esa sensación… o esa certeza. Y la magia, planteada como ilusión que desafía a la capacidad de comprensión lógica, acompaña esas dudas y reflexiones. Refuerza la pregunta, y nos enfrenta al vértigo de lo desconocido y lo ineludible.

Debo agregar que a la salida nos quedamos a comer algo y conversar de lo visto en el propio teatro La Carpintería. En la parte de adelante tiene un barcito muy acogedor donde comimos comida casera muy rica y compartimos una cerveza artesanal por un precio módico. La atención es muy buena y tiene un ambiente super tranquilo que favorece la conversación.

Hermosa noche entre amigas, muy buena la obra y muy bueno el lugar. Totalmente recomendado!!

Pasajes y algo más

Hace un tiempo, encontramos con Laura este artículo y nos propusimos visitar alguna vez los pasajes que propone. El día fue hoy: una linda tarde de invierno, con sol y calor. Sallimos a recorrer San Telmo en busca de estos rincones escondidos de la ciudad, y luego compartimos una merienda y anécdotas de viaje. Interesante tarde para disfrutar el último fin de semana de las vacaciones.

Debo decir que los pasajes fueron la excusa para salir a caminar y encontrarnos con una serie de otras curiosidades que vale la pena mencionar. Arrancamos en la Plaza de Mayo y caminamos por Defensa. A una cuadra, en la esquina de Adolfo Alsina, encontramos en tres de las cuatro esquinas edificios remarcables. Por un lado, la Iglesia de San Francisco, que está en reparación. Mirando hacia arriba vimos que efectivamente su estado es deplorable. En diagonal a ella están los Altos de Elorriaga, una de las pocas esquinas sin ochava que quedan en la ciudad, y una de las primeras casas de altos de la ciudad. Finalmente, tenemos la hermosa farmacia la Estrella. Dos cuadras más adelante está la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, donde descansan los restos de Manuel Belgrano y que tiene en su torre este los balazos de las invasiones inglesas de 1807.

Fue el convento de Santo Domingo el que perdió su sector de huertas y que luego se convertirían en el primer pasaje visitado: el Pasaje 5 de Julio. Lo encontramos caminando por  avenida Belgrano o por Venezuela, entre Defensa y Balcarce. En 1822, el Gobierno les confisca los bienes a los Dominicos y al año siguiente abre el Pasaje 5 de Julio, destruyendo parte del convento. Cuenta la historia que en el subsuelo fueron enterrados los soldados ingleses fallecidos durante las invasiones inglesas.

Pasaje 5 de Julio

En la esquina de Balcarce y Venezuela encontramos el edificio de los antiguos talleres gráficos del diario La Prensa, hoy pertenecientes a un sindicato, y más adelante, llegando a la calle Chile, una escuela que ocupa el edificio que era el anexo de la casa de la moneda.

Uniendo Defensa y Balcarce se extiende el pasaje San Lorenzo, entre Chile e Independencia. La mayoría de las construcciones que flanquean esta cortada de dos cuadras de extensión datan de la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. Entre ellas, está la casa mínima, de la que la leyenda del barrio dice que un esclavo, al ser liberado recibió esta pequeña casa en 1813. Sin embargo, al parecer esta casa data de la década 1850, cuando se subdividieron las propiedades aledañas. No llegamos a verla (supimos tarde que era en ese pasaje).

Caminamos a la esquina de Balcarce e Independencia, donde se ubica la tanguería “El viejo Almacén”, tradicional punto turistico de Buenos Aires, del tango for export. Más adelante, también uniendo Defensa con Balcarce, aparece entre las calles Independencia y Estados Unidos el pasaje Giuffra. Allí hay un montón de sedes de la Universidad Nacional del Cine.

Algo interesante es que en la esquina de Estados Unidos y Balcarce, hay una placa que señala que allí estaba el ángulo sudeste del éjido urbano de la ciudad de Buenos Aires según la fundación de Juan de Garay en 1580.

Llegando a la plaza Dorrego, corazón del San Telmo tradicional, está sobre la calle Defensa el Solar de French. Este pasaje es, en realidad, el interior de una casa colonial, con su aljibe y todo, donde vivió el patriota Domingo French. Hoy es una galería comercial, pero entre los negocios y vidrieras se distinguen aún los rasgos de la casa antigua. Todas estas casas, hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX funcionaron como conventillos.

Solar de French

La plaza Dorrego tiene su tradicional feria y mercado. Sobre la calle Humberto !° está la iglesia de San Pedro Telmo. Fue como encontrar la iglesia del Santo Patrono del pueblo, porque estaba adornada con banderas de Italia, Argentina y papales que le daban un estilo muy alegre. Adentro estaba llena de flores. Una grata sorpresa ver al templo de fiesta.

Un poco más allá, de nuevo sobre Defensa y ya llegando a San Juan, hay dos antiguos caserones casi enfrentados. Ambos tienen un origen similar: fueron caserones y posteriormente conventillos. El patio de La Candelaria se originó como casa de una congregación religiosa. Hoy es feria de anticuarios pero aún está bastante deteriorado.

Galería La Candelaria

Enfrente está el Pasaje Defensa, que es una joya que me sorprendió mucho. Se trata de la antigua casa de la familia Ezeiza, que fue luego conventillo y hoy es galería comercial. Entrar allí fue conectarme con la arquitectura del conventillo del estereotipo. Algo flota en el aire, me parecía ver la ropa colgada a través del patio, la frazada oréandose en la baranda del primer piso (es verdad que ayudaba el hecho de que los locales comerciales apelaban a estas formas para promocionar su mercadería). El aljibe, las canillas con lavabos en pleno patio, las escaleras, las finas columnas que sostienen las galerías. Me resultó fascinante.

En la calle San Juan vimos el Museo de Arte Moderno, que ocupa el antiguo edificio de depósito de tabaco de la firma Nobleza Piccardo. Y en Defensa al 1300 sobrevive un último pasaje, cerrado a la circulación, como patio central de una vivienda colectiva muy bien mantenida.

El paseo fue muy lindo y sorprendente, ser turista en la propia ciudad es algo mágico. Compartimos una merienda y una linda charla, y nos quedó para la próxima la otra mitad del recorrido. Es bueno que siempre quede algo más para volver!!

Retrospectivas

Transferencias de zonas de sensibilidad pictórica imaterial

Yves Klein fue un artista francés que vivió solo 34 años. El folleto de la Fundación Proa dice que sus ideas sobre el arte inspiraron a muchos de los movimientos artísticos de la segunda mitad del siglo XX. No soy experta en arte, así que, como siempre, me limitaré a recuperar aquellas cosas que aprendí de él, que aprecié (o simplemente capté) de su obra, que me llamaron la atención y que impactaron sobre mí. Una de las cosas que más me gustó fue que la Fundación Proa ofrecía wi-fi abierto a sus visitantes para que pudieran acceder a una audioguía on line de la muestra. Sin ella, se me hubiera complicado encontrarle el sentido a la obra.

Lo primero que se observa en la muestra es la cronología de su vida: nació de padres artistas, vivió en Niza, visitó Alemania (donde hizo el servicio militar), Italia, y Japón, donde le dieron el 4° Dan de Judo. En relación a este deporte, se dedicó a enseñarlo y tomó de él la filosofía oriental que aparece en la concepción de sus obras.

Una sala completa presenta obras monocromáticas. A veces, un gran lienzo de un único color, a penas con grumos o texturas. Como las obras estaban cubiertas con un vidrio, uno se veía reflejado en ellas y se sentía dentro.

Monocromos

Klein intentó ingresar a un salón de pintura moderna en París con sus pinturas monocromática. Le dijeron que su obra estaba “incompleta”, que debía contener al menos una línea, o un punto. Pero para Klein, el monocromatismo era mucho más que color: el monocromatismo representaba para la vista lo que el silencio para el oído. Patentó su color azul IKB (International Klein Bleu), y con él cubrió desde un globo terráqueo hasta las formas de relieve de Grenoble.

Moocromáticos

En un rincón, se lo escuchaba dialogar consigo mismo: “la verdad no existe, sólo existe la honestidad: honestidad de saber que somos producto de impresiones, sensaciones, experiencias”. De estas respuestas a sus propias preguntas nace una explicitación de muchas de sus ideas sobre el arte y el proceso creativo.

Antropometrías: pinceles vivientes

En general no usaba pinceles, sino que aplicaba el color con esponjas, rodillos o soplete. Para la creación de sus “Antropometrías”, dispuso papeles en el piso y las paredes de la galería. Ante un pequeño público, se presentó vestido de traje con tres modelos desnudas que se embadurnaron el cuerpo con pintura azul IKB y lo plasmaron sobre los papeles, según sus instrucciones. Para Klein, las modelos se transformaban en “pinceles vivientes” y la impresión sobre el papel fue solo la “ceniza” de su arte: el arte estuvo en el momento de la creación; por eso se lo considera uno de los precursores del arte de la acción o happening.

Con las esponjas marinas naturales embebidas en pintura azul que usaba para pintar, armó esculturas, colocándolas sobre un soporte de piedra y simulando árboles. A veces, las colocó sobre un lienzo haciendo con ellas una pintura monocromática.

Monogolds

En sus últimos años, experimentó con diferentes técnicas y materiales. Sus Monogolds son representaciones hechas con láminas de oro; en la muestra había uno titulado “el tiempo es oro”, y otro donde las pequeñas hojuelas de oro se movían con las corrientes del aire ambiente.

También había las llamadas cosmogonías: se trata de impresiones de la naturaleza sobre el lienzo. Ya sean elementos naturales, como hojas o texturas del suelo, como el viento. En su obra titulada “el viento en Niza”, Klein pintó el lienzo, y recién pintado lo colocó en el techo de su Citroen. Manejó entonces varios kilómetros bordeando la playa hasta su casa, con la intención de que el viento y las partículas “deterioren” su obra. En realidad, quedaron plasmadas en ella tal como el artista quería.

Pero lo que más me impactó fueron sus pinturas de fuego. Usando cartones de alta densidad que traía de Suecia, Klein dibujaba quemando el material. A ello agregaba pinturas. Luego fue avanzando: rociaba con agua los cartones y al quemarlos, las zonas mojadas quedaban al descubierto frente a las zonas más oscuras. Así, empezó a hacer antropometrías, no ya con pintura sino empapando a las modelos, que lanzadas sobre el cartón,dejaban una huella de agua que aparecía como un negativo al someter al cartón al fuego. Y encima pintaba.

Retrospectivas – Yves Klein – Fundación Proa

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La rebelión de las mujeres

Hacer teatro antiguo es todo un desafío; adaptar una obra para que tenga sentido actual, para que sea entretenida, divertida, no es algo sencillo. Anoche fuimos a ver una versión de Lisístrata, de Aristófanes, por recomendación del vicerrector de la escuela, y salimos muy contentas. Tiene una puesta que combina lo antiguo y lo contemporáneo sin que la obra pierda su sentido en el contexto en el que fue escrita, proponiendo reflexiones para los tiempos que corren. Nos reimos mucho, y nos mantuvo atrapadas todo el rato. Es una obra con casi 30 personas en escena, la mayoría muy jóvenes, lo cual le da mucha frescura. La puesta te envuelve, y tiene notas artísticas sorprendentes y de gran calidad. Muy recomendable.

¿De qué trata? Durante las guerras ente las polis griegas, las mujeres, cansadas de que sus hombres vayan al frente de batalla, se unen para llevar a cabo una estrategia que permita terminar con la guerra. Unidas sin importar su origen, en su sóla condición de mujeres aquejadas por igual por la ausencia de sus maridos, se sostienen unas a otras para mantener el juramento que han hecho, por medio del cual esperan lograr al objetivo de forzar la paz.

Interesante reflexión sobre el rol de la mujer, en estos, en aquellos, y en todos los tiempos. De los prejuicios y opiniones que pesan sobre las mujeres. Y como siempre, tal vez lo más interesante del tema es el rol y las miradas que tienen de sí mismas las propias mujeres.