La espuma de los días

Nenúfares de Monet

Estábamos con Florean en una librería en el Quartier Saint-Michel. Habíamos caminado por el Quartier Latin y conversado al borde del Sena. Mitad en francés, mitad en castellano, mitad mezcla. Entramos en la librería y ella encontró un pequeño libro azul y me dijo “llevate este, te va a encantar y no vas a poder evitar llorar al final”. Se veía muy amarillo por los años, y en las primeras hojas la dedicatoria “À mon nénuphar préféré. Marie. Pierre.” No sé por qué, cuando un libro tiene dedicatoria, me conmueve. Pienso en las historias que habrá detrás de cada página de papel, como si se transmitieran un poco a mi.

Pasaron un año y meses de aquel domingo en Saint-Michel; y terminé finalmente de leer “L’écume des jours”, de Boris Vian. No lloré… repetí la historia de la lectura de “Historia de dos ciudades” de Dickens, que me habían recomendado leer con abundantes pañuelos hacia el final. De hecho, al igual que aquella vez, terminé un poco hastiada la lectura, para ver hacia dónde conducía, aunque debo reconocer que en el caso de “La espuma de los días” los giros del final son muy interesantes, mientras que en el caso del libro de Dickens el final se me hizo más previsible.

De todos los libros uno saca algo. Aquí, además de ejercitar mi francés, de averiguar un poco más sobre el surrealismo en el cual se inscribe la novela, me quedé pensando una vez más en las vueltas que puede tomar la vida, y cómo cuando creamos, nuestra propia vida se entrecruza en nuestra obra.

Colin es un joven superficial que tiene suficiente dinero como para vivir sin trabajar. Tiene un amigo, Chick, que no disfruta de la misma suerte, y un cocinero, NIcolás, que aporta realismo a las situaciones. Chick se enamora de Alice, y pareciera que Colin también, por lo que siente celos y decide también buscar una novia. Así conoce y se casa con Chloé, con quien viven un alocado amor despreocupado. Mientras tanto, el gusto de Chick por Jean Sol Patre (parodia a Sartre, que era amigo de Vian), lo lleva a la obsesión y a dejar todo el poco dinero que tiene por adquirir sus libros y pertenencias. Es entonces cuando la espuma se desvanece: Chloé enferma, comienza a crecer un nenúfar en su pulmón, que poco a poco la va consumiendo. La casa de Colin se va comprimiendo y transformando en un pantano a medida que la flor va tomando a su amada. Por salvarla, Colin se ve obligado a salir a trabajar, aunque sus esfuerzos son vanos. Mientras tanto, Chick termina con su relación con Alice, dado que le quita tiempo para su culto a Partre, y Alice lamenta que no ha sido Colin quien la conoció primero. Entre librerías ardiendo, una casa convertida en pantano, todos los personajes van encontrando su final.

Boris Vian nació en 1920 en el seno de una familia acomodada; sin embargo, en 1929 con la crisis mundial, cayó en la bancarrota, por lo que su padre, a los 36 años de edad, debió salir por primera vez a trabajar para procurar el sustento de su familia. Evidentemente, para el pequeño Boris la situación familiar lo marcó, al punto de que aparece presente en su obra.

Al leer los pequeños capítulos, abundantes pero todos muy breves, me fui encontrando con situaciones muy extrañas intercaladas con una historia verosímil (como Nicolás, que cocina la anguila que vive en las tuberías de la casa, o la ceremonia de casamiento, que continúa sobre el cadáver del músico que cayó desde el balcón). Estas situaciones, que rayan lo crudo, desagradable, y son tomadas con total naturalidad, me llevaron a preguntarme si no serían rasgos surrealistas. Así que lo busqué, porque uno algo sabe, uno algo escuchó, uno asocia surrealismo con las pinturas de Dalí, pero ¿qué es en realidad?

El surrealismo fue una corriente artística de principios del siglo XX cuyo nombre en francés hace referencia a lo que está por sobre la realidad. Está influenciada, como las demás corrientes de la época, por el auge de las ciencias sociales de la época, sobre todo las teorías de Freud sobre el subconsciente y la lingüística, que a través del dadaismo influyó también a la corriente. Según el manifiesto de 1924, el surrealismo es:

Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral. Se basa en la creencia de una realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a sustituirlos por la resolución de los principales problemas de la vida.

Muchas de las situaciones crudas y descarnadas de la novela de Vian parecieran transcripciones de sus sueños. Por otra parte, el autor formó parte de la la patafísica, una escuela dedicada a los estudios de las soluciones imaginarias, siendo la ciencia trabaja con las leyes que regulan las excepciones. En este sentido, patafísica hace alusión a lo que está más allá de la física, y de allí su conexión con el surrealismo, que es todo lo que está por sobre la realidad.

Así, un libro me lleva del recuerdo de una tarde soleada en París, al estudio de los movimientos artísticos, y a la reflexión sobre las espumas de los días… aquellos momentos de felicidad efímera, que luego se desvanecen. Y por qué no, a los aspectos cuasi ridículos, “bizarres”, de la vida y la existencia. Por ejemplo, una vez que terminé el libro, me pregunté por qué la dedicatoria inicial… ¿acaso no fueron los nenúfares y los libros la causa de la desgracia?

Anuncios

La City desierta

La Iglesia de la Merced y los bancos

Domingo de sol. Se escapa el invierno, los plátanos ya brotaron y la ciudad reverdece con ese verde tenue de las hojas frágiles. En la Avenida de Mayo resuenan los tambores de las batucadas, comparsas y escolas de la fiesta con la que Buenos Aires celebra a Brasil. Venimos cruzando la Plaza de Mayo, atraídos por el sonido de la percusión, cuando se me ocurre hacer un alto para sacar unas fotos. De todos los edificios que rodean la plaza, siempre hay dos que captan todas las miradas: el Cabildo y la Casa Rosada. Pero arquitectónicamente, el Banco Nación y el Banco Francés resultan sin duda atractivos. El primero, en la esquina Noreste de la plaza, es de estilo francés monumental, austero, típico del período de entreguerras. El segundo, claramente italiano, albergó originalmente un banco que no es el que hoy lo ocupa.

Entonces, ocurrió algo: al acercarme para sacar detalle de un pórtico, descubrí que más allá asomaba una cúpula verde. Así, nos adentramos en las callejuelas desiertas, donde entre semana camina al trote un ejército de bancarios entre los paredones que parecen estrechar las calles. Así, empiezan a aparecer los tesoros de la City, que no son los que guardan los bancos en sus corazones, sino los edificios protegidos que les dan albergue. La mayoría de ellos data de principios del siglo XX, cuando Argentina era el “granero del mundo” para una Europa industrial ávida e alimentos. Las placas en el suelo recuerdan que se trata de edificios protegidos, patrimoniales, donde constan sus antiguos nombres. Así, uno descubre (o confirma) quién tenía el control en aquella división internacional del trabajo.

Nuestra primer parada era una esquina con tres edificios protegidos. Los dos primeros datan de la década del centenario; mientras que el tercero es moderno, de la década de 1960. Este último fue fruto de un concurso realizado por el Banco de Londres y América del Sur; y el edificio está hoy ocupado por el Banco Hipotecario. Resalta por sus formas extrañas de hormigón monumental calado, sobre todo frente a lo clásico de los otros dos edificios. Tanto el Deutsche Bank como el Banco Anglo Sudamericano son imponentes por los detalles de sus pórticos, ventanas y cúpulas.

Más allá, un edificio con un reloj (que fue lo que nos atrajo), y que resultó ser el MInisterio del Interior. Aún sobreviven buzones, y de entre los bancos provinciales, nos atrajo la puerta trabajada del banco de Córdoba. Cerquita de allí está también el edificio del Centro Cultural dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde funciona, entre otras, cosas el laboratorio de idiomas.

Caminamos y caminamos, por momentos medios perdidos en ese laberinto de paredones y calles estrechas, mirando para arriba los detalles, y al asomarnos en cada esquina, algo nuevo nos llamaba la atención y desviaba nuestro camino. Fueron las cariátides del contrafrente del Banco Central, o una cúpula, o un frontis. Encontramos así también la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, encerrada entre los colosos financieros.

De a poco volvimos a la plaza, al ruido de la fiesta brasilera. Justo antes de llegar, pasamos por el monumental Banco Provincia, que ostenta la placa de haber sido, entre otras cosas, la sede de las academias fundadas por Belgrano, así como la sede de la Asamblea del año XIII. Finalmente llegamos a la diagonal Norte, que invitaba a seguir paseando, no sólo para alcanzar el obelisco que se erguía al atardecer, sino porque empezaban a encenderse las cúpulas y llevaban nuestra mirada hacia arriba, donde descubrimos un montón de detalles para admirar.

Pero otra vez será. Mejor de a poco, disfrutando, saboreando. Hoy fue la Buenos Aires londinense de los bancos la que apareció ante nosotros.

Mirada prospectiva

Hoy anduvimos con Andrea y Vivi nuevamente en el Museo Nacional de Bellas Artes, por donde anduvimos hace un tiempo viendo los cuadros de Xul Solar; esta vez, para ver la muestra de Luis Felipe Noé. A este artista que actualmente tiene 84 años, lo conocimos personalmente en ArteBA. Su obra allí me impresionó de sobremanera, así que cuando vi que estaba esta muestra (ya próxima a su final) me animé a decirle a las chicas de ir.

Luis Felipe Noé es un activo artista y docente, que fundó e integró entre 1961 y 1965 el grupo Otra Figuración o Nueva Figuración, que marcó un hito en la vida cultural de los años 60 al tratar de romper la división entre arte abstracto y figurativo. La ruptura de la unidad del espacio y la teorí­a del caos como orden distinto fueron en ese momento sus planteos más fuertes.

Hasta el siglo XX, y desde que los mitos trataban de explicar aquello que era incomprensible para la razón, el caos siempre había ocupado el lugar del enigma. A mediados del siglo pasado, diferentes estudios científicos incluyeron como parte del pensamiento racional aquello que no puede preverse. En adelante, la inestabilidad y la indeterminación pasaron a ser factores claves fuera de condiciones de equilibrio. Dentro de este marco, en 1965, Noé expresó la necesidad de asumir el caos, no en oposición al orden, sino como una nueva dinámica de funcionamiento de un mundo en permanente cambio.

Las crisis y las tensiones, tanto de la escena nacional como internacional, constituyen con frecuencia la temática de su obra. Es por ello que en general aparecen rostros. Son los rostros anónimos de las multitudes, las personas que van, que vienen, y que son los protagonistas desconocidos de los grandes procesos sociales: los que los viven, los que los padecen.

En sus obras resultan llamativos tres aspectos: sus colores, sus tamaños y sus detalles. Uno aprecia desde lejos una obra gigante que cautiva por los colores. Pero al acercarse, empezamos a descubrir que hay pequeñas pinturas dentro de la gran obra. Después de la primera mirada, cuando los ojos empiezan a acostumbrarse, empiezan a aparecer las figuras, los detalles, los rostros. Y es entonces cuando uno empieza a caminar despacito, como escudriñando cada centímetro cuadrado de lienzo en busca de develar sus secretos escondidos. Me quedaría horas mirando y aún así seguiría encontrándose detalles.

Lo primero que encontramos al entrar a la sala es una enorme instalación, llamada “Entreveros”. El uso de los espejos, reproduciendo la obra hasta el infinito, permitiendo variar según el ángulo de observación; el modelado de materiales sobre los cuales ha pintado, destacando caras y figuras. Es fascinante el conjunto y sus dimensiones, pero también el detalle.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

La mayoría de las obras exhibidas en la muestra fueron concebidas como murales, y por ello, son de dimensiones enormes. La que más me impresionó fue “La estática velocidad”, que mide once metros de largo por tres de alto. Se trata de una obra donde el artista trabajó sobre papeles recortados y arrancados, aplicados sobre el lienzo gigantesco formando un rompecabezas trabajado hasta el detalle, en todos sus fragmentos, utilizando distintas técnicas. Es por ello que se observa desde lejos, pero después vale la pena acercarse a contemplar cada detalle, cada trazo, cada pincelada, porque en ellas aparece un rostro, una expresión, una mirada.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Linda tarde de arte, que se completó con el pasaje obligado por el salón impresionista del museo (me encanta y no puedo dejar de visitarlo), y unos mates mirando la feria artesanal de Recoleta. Especial para despedir el invierno en su último sábado, que resultó ser más bien primaveral.

Ser becario Fulbright

Mi delegación

Todo empezó hace unos meses, con una convocatoria por internet. Ofrecían a profesores tres semanas de capacitación e intercambio en escuelas de Estados Unidos. El link comunicaba a un formulario; allí había que hacer un detalle de la historia académica y laboral, y en 500 palabras explicar por qué considerábamos importante la beca.
Según supe, más de 5000 docentes contestaron el cuestionario. Luego, cada provincia evaluó a sus propios postulantes, y eligieron 25 cada una, que se los elevaron de nuevo al Ministerio de Nación. Los seleccionados tuvieron una entrevista que terminó definiendo los finalistas para cada jurisdicción.

Y si, primero encontré mi nombre en una lista del acta de selección. Quedé paralizada, y lo primero que pensé fue: “voy a poder contar en el aula cómo es Estados Unidos”. Luego vino la euforia. En los días sucesivos todo era virtualidad: documentación para la visa, los pasajes… pero no nos veíamos aún las caras.

Hoy nos reunimos en el Ministerio de Educación. Eramos 200 docentes de todo el país (el viernes se habían juntado los otros 200), felices porque habíamos sido elegidos para una beca en Estados Unidos. Nos mirábamos, sonreíamos, y luego venían las preguntas de rutina: “¿de dónde sos? ¿en qué nivel trabajás? ¿a dónde vas?”. Porque somos entre 15 y 20 de cada jurisdicción; de inicial, primaria, secundaria, educación técnica y formación docente; docentes, directivos, supervisores; y nos toca en grupos que van a Los Ángeles, San Francisco, Ohio, Michigan, Virginia, Carolina del Norte, Texas o Arizona.

Nos encontrábamos por primera vez, y pese a que todo el mundo nos felicitaba, nos costaba creer que era cierto. Todos parecíamos preguntarnos dónde estaba el truco, que nos iban a pedir a cambio. Pero no, nos dijeron que nos eligieron porque saben que lo que aprendamos lo vamos a capitalizar. Ahí sonó una frase que me quedó resonando:

“Les damos esta beca por lo que ya son, por lo que ya hacen”.

Creo que terminamos de entender y de dimensionar la importancia de ser becarios y el privilegio que significa cuando nos contaron sobre el origen del Programa de Becas Fulbright. Resulta que no es una comisión más, una fundación más. Se trata de uno de los programas de becas de mayor prestigio internacional. Nació en Estados Unidos, en 1946, por propuesta de un senador de Arkansas llamado William Fulbright. En ese contexto de posguerra, la iniciativa buscaba fortalecer los lazos de amistad entre las naciones, generando intercambios educativos a nivel mundial.

La idea al inicio pareció descabellada: ¿¡cómo un gobierno iba a pagar por mandar estudiantes al extranjero, y sobre todo, por traer estudiantes a estudiar en su pais!? Sin embargo, se llevó a cabo. Hoy son alrededor de 250.000 los becarios que han sido favorecidos a lo largo de la historia del programa, del cual participan 140 países en el mundo. Ser becario Fulbright es una distinción muy importante a nivel mundial, ya que se sabe que las elecciones de becarios no responden a amiguismos o acomodos sino a un estricto mérito personal, que se vincula a un desempeño académico y profesional de excelencia.

Así que llegué a casa contenta, a empezar a hacer las valijas, con mi celular que no para de sonar, porque los otros miembros de mi delegación están regresando a sus provincias tan felices como yo. Ahora a enfrentar el vértigo antes de viajar, y a disfrutar de nuestro curso de 40 horas en la universidad, las 60 horas de práctica e intercambio docente allá, y las salidas culturales que tienen preparadas para nosotros.

Estados Unidos, vamos para allá!!

Salimos en los diarios!! En La Nación y también en Infobae

Meine vier Wände… 6 años después.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Eine Wand für mein Klavier.
Eine Wand für ein Bild von dir.
Eine Wand für eine Tür.
Sonst kommst du ja nicht zu mir.

Eine Wand für ein Bett nicht zu klein.
Eine Wand für den Tisch mit dem Wein.
Eine Wand für den Sonnenschein.
Denn bei mir soll’s nicht dunkel sein.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Río Reiser

Hace 6 años terminaba un proceso y empezaba otro.

Terminaba el ahorro, la búsqueda, los trámites. Terminaba el tiempo de la ilusión. Empezaba el tiempo de concretar, de elegir, de decorar, de decidir.

Finalmente el departamento era mío. Entramos a la mejor hora, la hora en la cual en este tiempo los rayos del sol entran por la ventana y lo pintan todo de naranja. Salí por primera vez al balcón de mi departamento, mi balcón, y contemplé el barrio a mi alrededor.

De a poco se fue llenando de mis cosas, de las pocas que traje y de las muchas que elegí para mi metro cuadrado. Llegaron de a poco las plantas, los muebles, los libros. Llegaron las fotos de los viajes. Llegó Flor, ese terremoto gatuno que me acompaña.

Llegaron los amigos, con sus asados, sus vinos, sus mates, sus locros, sus conversaciones y sus sueños. Llegaron los detalles que cada una de las personas que me quieren quisieron aportar a mi nuevo proyecto, felices por mi logro. Llegaron mis vecinos, sobre todo Laura, compañera de aventuras para arriba y para abajo.

De a poco me fui amigando con este lugar, lo fui poblando de recuerdos, de historias. Me fui apropiando de él. Lo etiqueté por todos lados en alemán, y fue el lugar donde pergenié las primeras aventuras en francés.

El año pasado terminó finalmente y de manera oficial la mudanza. Al cumplirse el 5to aniversario, decidí que los últimos libros salieran de sus cajas, que era hora de cambiar la cama, la tele y otros detalles. Pero sobre todo, que era hora de desprenderme de todo aquel resto de pasado que seguía conmigo y que ya no tenía razón de ser. Una revolución final.

Hoy mis cuatro paredes son ya, totalmente, mis cuatro paredes; y me siento feliz en ellas.

Sigue leyendo

Justo en lo mejor de mi vida

Hace varios años, mis padres fueron a ver esta obra. En ese momento, el elenco estaba encabezado por Luis Brandoni y Alejandro Awada. Mi mamá, como tantas veces, me quemó la historia: me contó las principales sorpresas, y las problemáticas que surgían. Sin embargo, siempre me quedé con las ganas de verla.

Hace un tiempo vi que volvió, esta vez con nuevo elenco. Me dieron ganas de verla, pese a los grandes anticipos de mi mamá y a que los nuevos actores no me transmitían mucha confianza. Ambos salidos de la televisión, pero no de la televisión más trabajada, o de más calidad… o por lo menos de la que más me gusta mirar. Me hubiera encantado verla con el elenco original.

Pero estuvo más que bien así. Ambos protagonistas realmente me sorprendieron por su calidad. Cómo creció Diego Perez desde “el insoportable” de Tinelli de los años 90! Y Miguel Ángel Rodríguez me sorprendió también gratamente. Al margen de la actuación, uno cuando ve a los actores en vivo, se da cuenta de cómo son en realidad físicamente: me pareció un tipo gigante, sumamente alto; y me apenó verlo tan avejentado. Ambos están en escena, literalmente, toda la obra: son los primeros en entrar a escena y desde ese momento, permanecen allí hasta que se cierra el telón. Interactuando más o menos, participando más o menos, los dos están siempre allí. El elenco se completa con Pepe Monje, Julia Calvo y Johanna Francella (hija de Guillermo), que están también muy bien.

No es la primera obra donde el conflicto familiar está en el centro de la escena, ni creo que será la última. Es más, pienso que casi todas las obras que he visto se centran en dilemas familiares. En estos tiempos por los que atravieso, me resulta extraño que la familia sea para todos una temática tan principal y central de la vida (está claro, aclaro, que la que va a contramano soy yo). En todo caso, siempre el arte interpela no sólo a cada uno de manera diferente, sino a uno mismo de diferentes formas en distintos momentos.

Trataré de contar de qué trata, anticipando lo menos posible… no me gusta hacer lo que no me gusta que me hagan. En fin. Un día Enzo llega a su casa y al entrar por la cocina, se encuentra con que allí está un amigo que hace diez años que no ve. El reencuentro es para él sumamente emotivo. Poco a poco se van poniendo al día. Sin embargo, en la casa ha pasado algo terrible, y toda la familia está convulsionada.

Nada que uno no conozca: hay momentos en que todo queda al descubierto, y que uno se entera de cosas que a lo mejor no quisiera saber. O que se replantea las decisiones (irremediablemente) tomadas, y desearía que el tiempo volviera atrás y construir la vida de otra manera. Como dice el dicho popular: pasa en las mejores familias. Nada más cierto.

El diálogo es muy rico, con un fuerte tinte emocional, intenso y fuerte por momentos, gracioso por otros, tragicómico en general. Tiene una buena alternancia de momentos serios con salida a risa para descomprimir. Pero en general, es una obra alegre.

Salimos contentas, compartimos una cenita liviana y una cerveza en un bolichón de Corrientes, un té especiado con budín en “el gato negro”, y una conversación donde la obra, inevitablemente, se entretejía con los sucesos de nuestras propias vidas y con nuestra propia puesta al día.

Hermosa noche de sábado en Buenos Aires, bajo las luces de Corrientes.

Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

Arranqué en el antiguo Correo Central, hoy centro cultural. De allí, me largué a caminar por la Avenida Leandro N. Alem, de Corrientes hasta Córdoba. Nunca paso por allí, así que fue caminar dejándose sorprender. Y de hecho, lo hice. Además de las tallas en la pared del edificio de Corrientes y Alem, me encontré con otra joya arquitectónica en la esquina siguiente, la de la calle Lavalle.

La ciudad tiene en esta avenida una línea divisoria que seguro fue inconsciente, pero que marca dos terrenos históricos notables: la vereda de Alem hacia arriba está sembrada de edificios antiguos, con sus tallas y detalles; mientras que la que está hacia el río, concentra los edificios más modernos, de hormigón y vidrio, espejados y monumentales… a su manera. Esta diferencia se incrementa al llegar a la Avenida Córdoba, donde comienza el sector de Catalinas, resaltando la torre de IBM, las “gemelas” de Buenos Aires con sus vidrios negros, y frente a ellos, el racionalista edificio Alas, que en la década de 1940 cuando fue construído supo ser el rascacielos más alto de la ciudad.

Pero de la mano de enfrente, sobre el pasaje Tres Sargentos, asoma la antigua usina de la Compañía Ítalo-Argentina de electricidad, con su arquitectura de ladrillos rojos, estilo bien industrial. El contraste del ayer y hoy es evidente, cuando vemos reflejado su torreón en los espejos del edificio vecino. El pasaje es, además, digno de ser recorrido. Tendremos que sumarlo a la lista de pasajes que empezamos a recorrer con Laura hace unos días.

Me fui acercando a las Galerías Pacífico, donde quería ver la muestra de Lino Spilimbergo. Pensaba almorzar allí, pero de paso fugaz por la iglesia de Santa Catalina me encontré con la entrada al monasterio. En el patio había un montón de gente almorzando al sol, y me dieron ganas de quedarme. Así, tomé mi bandeja elegí una ensalada de arroz yamaní, un flan de coco y una gaseosa y me sumé a los oficinistas. Comí allí, bajo los árboles, entre el aljibe, los arcos y la torre de la iglesia. Un placer inesperado, un lugar muy apacible.

Después de ver la muestra, me fui a ver los murales que el propio Spilimbergo pintó en la cúpula de las Galerías Pacífico. Nunca los había visto con detalle; tampoco sabía que eran de él.

De allí me fui caminando por Florida. Me detuve frente al imponente edificio del Círculo Naval, cuyo pórtico, aún abierto, es monumental.

Llegué a la Plaza San Martín, pero en lugar de subir las escaleras y cruzarla, como hago siempre (porque me encanta), me fui hacia el edificio Kavanagh. Apenas más allá del Hotel Plaza, encontré el pasaje Corina Kavanagh: otro para la lista que tenemos con Laura. Tiene escasos metros y forma curva, pero su espectacularidad radica en que ese es el único lugar desde donde se puede apreciar el frente de la Basílica del Santísimo Sacramento. Es impresionante que la tremenda iglesia se puede ver sólo enmarcada por los murallones que representa el edificio Kavanagh. Crucé y entré a la iglesia… no pude contener la exclamación. Es de una ornamentación tan monumental… las flores, las tallas, las pinturas… la recorrí despacio, contemplando en silencio, y pensando en el mito urbano.

Cuenta la historia que Corina Kavanagh tenía un romance con un joven Anchorena, pero la madre del muchacho se opuso terminantemente a la relación. Corina, ofuscada, mandó a construir el edificio Kavanagh con el fin de tapar la iglesia que señora Anchorena estaba construyendo. Dice también el mito popular que la familia Kavanagh quedó en la ruina económica tras la construcción del edificio. Lo que quedó claro, es que si la historia de Corina es cierta, logró su objetivo. Cuando crucé a la plaza San Martín, miré atrás, y me encontré frente a la mole racionalista del Kavanagh, que supo ser en algún momento el rascacielos más alto de la ciudad. A un lado en sus sombras, se distinguen las cúpulas verdes de la basílica, sólo visibles desde cierto ángulo. Siempre las había visto de lejos, nunca había ido al sitio preciso. La verdad, me dio un escalofrío tanto odio y tanta crueldad.

Edificio Kavanagh y Basílica del Santísimo Sacramento

Ya en la parte baja de la plaza, me acerqué a rendir homenaje un minuto a los caídos de Malvinas, y luego seguí viaje hacia la estación Retiro. Siempre me gustó la torre de los ingleses, así que la contemplé una vez más. Y caminé delante de las estaciones del ferrocarril Mitre (monumento histórico nacional por la estructura monumental sobre sus andenes, en reparación actualmente), la del ferrocarril Belgrano, y llegué al San Martín.

Desde el tren que salía de la estación, contemplé una cara de Buenos Aires que muchos niegan: la villa 31. Las casas de autoconstrucción que hoy se elevan hasta 5 pisos, con su escalera caracol de hierro por fuera y las cuerdas de la ropa en los balcones. La realidad social se presenta allí, vía de por medio con los edificios más exclusivos de la ciudad, refregándonos en la cara la polarización social sufrida en los últimos años.

20 minutos y estaba en mi estación de destino, ya en mi barrio-pueblo, mi zona de confort. Di una vuelta por allí, caminé unas cuadras para comprar lanas, unos minutos de colectivo y ya estaba en casita otra vez.