Bellas Artes

Joaquín Sorolla – La vuelta de la pesca (1898)

Hace aproximadamente un año, fui con Marcela al Museo Nacional de Bellas Artes. Por algún motivo hablamos que allí hay cuadros de los pintores impresionistas y ella quiso irlos a ver. La realidad es que en ese momento caí en la cuenta del valor que tiene la colección permanente del museo, que es riquísima.

A veces pensamos en ir a los museos de Europa para ver a los grandes maestros… tal vez sus grandes obras estén allí, las más icónicas; pero nuestro museo no se queda atrás: podemos encontrar allí obras de El Greco, Monet, Manet, Pizarro, Rembrandt, Rubens, Van Gogh, Degas, Gauguin, Corot, Cezanne, Sisley, Sorolla… Está representadas las distintas escuelas pictóricas, los diferentes períodos, los diferentes países. La colección no será descomunal como la del Louvre o el Prado, pero debo decir que es mejor así. La cantidad, en este caso, es enemiga de la calidad. La cantidad atociga: mejor ver unas pocas obras en profundidad que una cantidad que finalmente nos confunde. Una obra de arte requiere tiempo: como en un paisaje, al mirar, la vista se acostumbra y empiezan a aparecer los detalles, las sutilezas. Y en el Bellas Artes hay siempre alguna obra que nos acerca a algún gran maestro.

En los últimos meses, he ido varias veces al museo; en general, para las exposiciones temporarias: Noé, Xul Solar… ahora está la exposición de Miró venida del Museo Reina Sofía que ya me haré tiempo de ir a ver. Y cuando voy, me detengo de paso en algún cuadro de la colección permanente. En general elijo los impresionistas, no sólo porque me gustan sino porque son los que encuentro de paso en el camino a la sala temporaria, y me atraen a mirar.

Hoy fuimos con mi papá a una visita guiada por la colección permanente. En estas dos semanas de enero, el museo promociona dos visitas diarias, de una hora cada una, que pueden combinarse. La primera, a la colección de la planta baja, pintura europea del siglo XII al siglo XIX. La segunda, pintura del siglo XX. Con entusiasmo fuimos para allá. Dicen que estas “ganas de aprender” (avidez voraz, diría yo) que siento ante una posibilidad así y que ponen mis expectativas a tope son típicas de mí desde chica.

Tristemente la visita no fue lo que esperábamos, tanto que desistimos de su segunda parte y nos dedicamos a mirar por nuestra cuenta parte de la colección. A mí, en parte, me sirvió para darme cuenta cuánto sé de arte; mucho más de lo que yo creía o registraba. A mi papá le aportó algunas cositas más, sobre todo la inquietud de que puede venir y disfrutar de este tipo de cosas que a veces no tiene en cuenta.

¿Por qué no resultó? En parte porque el guía era raro. Sí, raro. No encuentro otra palabra mejor para definirlo. Intuyo que era un hombre culto, no parecía un total improvisado, pero o tenía mucho pánico escénico, o no tenía dificultades para transmitir sus ideas, o le faltaba solidez en lo que sabía. Creo que sería un poco de todo eso y de otras cosas más. Perdía su mirada en cualquier lado sin mirarnos jamás a la cara, ni siquiera cuando nos llamó en el hall. Y tenía como un tic de pegar pequeños saltitos y acomodarse el saco tirando de las solapas. Tal vez estaba un poco acomplejado, o quería mostrar más saberes de los que tenía; lo delataba un poco la pronunciación de los nombres de los artistas; trataba de ser tan “correcta” en lengua original que al final por exagerada no se le entendía nada. Esperaba de la visita algo más o menos estándar: período y sus características, técnicas pictóricas, contenido del tema… lo que recibimos fue errático, divagante, con muchos huecos y muchas cosas traídas de los pelos que no sabíamos cómo encajar.

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Una merienda en la London

Confitería London City

Domingo por la tarde, sin demasiado calor para la estación. El mensaje era sintético: “¿vamos a merendar?”

Tentado por mis andanzas recientes en los 36 billares y la foto de la suculenta merienda que le envié por whatsapp; entusiasmado por recorrer los bares notables y también el circuito de los bodegones de la ciudad; preguntándose por qué uno busca conocer tierras remotas cuando no conoce el patrimonio del lugar donde vive, la invitación era a arrancar el periplo de descubrir Buenos Aires en este primer mes del año. Y empezábamos por el estómago.

Salimos del subte en la estación Piedras de Avenida de Mayo. Ya desde abajo, desde la histórica arquitectura de la estación, se respira la tradición porteña, y peldaño a peldaño de la escalera va asomando la marquesina del café Tortoni. Pero no, el chocolate con churros en el bar más notable de Buenos Aires quedará para otra oportunidad, porque había cola y preferimos experimentar otra opción.

Caminando bajo los plátanos llegamos a la Plaza de Mayo, y de allí, a la calle Alsina. Buscamos la confitería Puerto Rico, que también se nos negó, porque está de vacaciones. Pero husmeamos entre la cortina metálica el interior oscuro del lugar, y nos entusiasmó para volver pronto. En la esquina, los Altos de Elorriaga y la Basílica de San Francisco, en restauración, testimonian el pasado colonial de la ciudad.

Cruzando a pie la plaza recordamos que el reloj de la legislatura estuvo años detenido a las 8:25, hora de la muerte de Eva Perón en 1952, ya que por ese entonces el edificio albergaba a la Fundación Eva Perón; y que recuperó su marcha y fue puesto en horario en tiempos recientes. También pensábamos en las grandes cúpulas desde donde se ve la ciudad; la experiencia del teatro en la cúpula Bencich, y la posibilidad de subir al mirador de la galería Güemes o del Palacio Barolo.

Todo eso lo pensábamos y conversábamos volviendo sobre nuestros pasos hacia la confitería London. En la esquina de Perú y Avenida de Mayo, la London extiende sus mesitas de mármol sobre la vereda al mejor estilo parisino, permitiendo a quienes toman un café dar la espalda a la vidriera mirando el transitar por la avenida. Adentro, el salón antiguo, magistralmente restaurado, nos recibió para merendar.

Citada por Cortázar, que la frecuentaba y la tomó como espacio para escribir en la década del 70 su novela Los Premios; y a una cuadra de la Plaza de Mayo, la London ha visto por sus ventanales el transcurrir de la historia por la Avenida de Mayo en la segunda mitad del siglo XX. Ocupa la planta baja de un edificio construido para la familia Ortíz Basualdo, que luego de 1910 se convirtió en una tienda Gath y Chávez; el café abrió sus puertas recién en 1954.

Confitería London City

Siempre tuvo una dinámica muy activa en su interior, ya que se trata de un café céntrico donde se detienen los funcionarios públicos de las adyacencias: legisladores, diputados, secretarios. Mucho antes, fue lugar de cita para los periodistas del Diario La Prensa, cuyo edificio lindaba con el de la confitería. Hoy nos recibió a nosotros en esta tarde de domingo. Té, cheese cake, tostado, medialunas, masas finas, y una conversación que nos fue llevando de un lado a otro, de la vida a los saberes, de las confidencias a las experiencias, de los sentires a los proyectos.

Entre las múltiples historias que guarda la London, ahora tiene el inicio de nuestra recorrida por los bares patrimoniales de Buenos Aires, así como los primeros esbozos de ciertos planes que comenzamos a pergeniar cuchareando al unísono una porción de cheese cake.

Elementos (para pensar)

No me gusta atribuir de modo determinista que tal persona “es” o “deja de ser” en virtud de su combinación astrológica: creo que somos hijos de nuestras experiencias, de lo que hemos sabido construir. Sin embargo, el el asunto siempre me intrigó, por lo que hice lo que sé hacer mejor: leer mucho al respecto. Los años me han mostrado que la astrología es mucho más que los “buscadores de coincidencias” de la Tana Ferro (memorable la escena de “hay algún Sagitario más en esta sala”), o de la simplificación que lleva a todos a huir cuando una persona dice que es de Leo o de Escorpio, como si fueran los intratables en el género humano. Siempre detesté el etiquetado automático de las personas en función de su fecha de nacimiento, y lo confirmé cuando descubrí la riqueza de esa relación ancestral entre el estudio del cielo y el intento de explicar la psicología de las personas que nos rodean. Vamos, responder al por qué el otro es como es y hace lo que hace nos gustaría a todos. Finalmente aprendí a interpretar rudimentariamente un mapa astral, y me di cuenta de que en muchos sentidos, la estadística puede más y se llega al momento del “creer o reventar”.

El taller de hoy se promocionaba como una introducción básica a la astrología desde los cuatro elementos. Pensamos que iba a ser una charla de sábado por la tarde, pero la charla fue solo parte del taller. La propuesta inicial fue vivir los cuatro elementos, para luego entender su teoría. Así, nos encontramos personificando, haciendo cuerpo, lo que es ser tierra, lo que es ser aire, lo que es ser agua, lo que es ser fuego. Un caminar estructurado, la sensación de poder fluir libremente entre todo, la flexibilidad y adaptación… La actividad nos permitió repensarnos, repensar nuestro entorno una vez más.

Básicamente, la astrología plantea que las doce constelaciones del zodíaco son un anillo que rodea a la Tierra, ya que están ubicadas en el plano de la eclíptica, que no es otro que el de la traslación terrestre alrededor del Sol. Cuando uno mira desde la Tierra y ve el Sol, la Luna y los planetas del sistema solar, estas constelaciones sirven de telón de fondo para cada uno de estos astros. La carta natal es el mapa del cielo en el momento que nacimos: así, tal vez el Sol tenía como fondo a Aries, la Luna a Libra y Mercurio a Sagitario; y así cada uno. Cuando alguien dice “yo soy de Tauro”, quiere decir que el Sol, el astro mayor, el que más peso tiene en la personalidad astrológica, estaba ubicado delante de la constelación de Tauro. Pero el Sol no es el único, los otros astros también juegan, y cada uno está “cargado” de la energía de las constelaciones que los respaldan y tiene influencia sobre nosotros.

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Los 36 billares

36 billares

Tarde fresca en la ciudad; el calor amainó un poco, y nos fuimos a merendar. Siguiendo con una sana costumbre, nos fuimos a un lugar lindo; a veces elegimos confiterías actuales, otras, como hoy, algún bar notable de Buenos Aires, de esos donde se respira historia y tradición en sus maderas, luces y mármoles.

Una merienda surtida

Hoy fuimos a los 36 Billares, y nos pedimos una super merienda para compartir con dos cafés con leche, jugo, postre Balcarce, pan dulce, cinco variedades de torta (de ricota, de manzana, brownie, pasta frola y lemon pie), tostado de jamón y queso, sandwich de miga y tostadas con queso y mermelada. Un lujo para empezar merendando y terminar cenando entre charla sobre viajes y catársis de la vida.

Este bar notable, fundado en 1894, está ubicado en Avenida de Mayo al 1200, ese sector de la Avenida donde se concentran los grandes íconos de la historia de la colectividad española de Buenos Aires: el Teatro Avenida, el Hotel Castelar, restaurants tradicionales de la gastronomía española, como El Imparcial, El Globo y Plaza Asturias; y los bares donde monárquicos y republicanos se reunían, calle por medio, para luego trenzarse en plena avenida durante la Guerra Civil española.

El bar abrió sus puertas cuando recién se había terminado la apertura de la Avenida de Mayo; y se convirtió en uno de los cafés donde los personajes de la política y la cultura se sentaban a tomar café al estilo parisino y a conversar de la actualidad durante las primeras décadas del siglo XX.

Ocupa la planta baja y el subsuelo de un edificio que en sus inicios fue de departamentos,  construido para la Compañía de Seguros “La Franco Argentina”, donde actualmente funciona un hotel. El local atraviesa la manzana y tiene salida también por Rivadavia. Inicialmente se había fundado sobre la entonces calle Corrientes, en 1882, instaurando la moda del juego del billar, hasta el punto que a la fecha de su mudanza a la flamante avenida, había en Buenos Aires un centenar de locales con mesas de billar. Actualmente, las mesas de billar funcionan en el subsuelo, combinadas con mesas de pool. También se puede jugar cartas, dominó y ajedrez, y algunas noches suelen presentarse distintos músicos populares especialmente del tango.

El frente guarda sus características originales de granito rojo con tres faroles que iluminan la entrada. Su interior se caracateriza por las típicas mesas de antiguo café porteño, el piso de granito rojo y una boiserie decorada con imporantes racimos de uvas tallados en madera. Las lámparas arañas que iluminan el salón son muy delicadas.

La entrada al subsuelo indica en su cartel “3 bandas, libre, cuadro, casí, sooker” el paso al otro sector de mesas de billar. Se puede decir decir que todo el lugar está organizado a fin de resgardar la privacidad de los jugadores: los sectores del bar y el juego están claramente separados por mamparas de vidrio.

Podemos encontrar que pasaron por allí un sinfín de personajes que constituyen la historia viva de Buenos Aires, entre en ruido de las bolas chocando entre sí y el aroma del café humeante. Los clientes más fieles del café, amigos que siguen viniendo desde hace más de 50 años, dicen que “el billar sirve de terapia”. Al mediodía podremos ver a los que se escaparon de la oficina mezclarse con jubilados jugando alguna partida. Pero entre las 17 y las 21 horas no quedará mesa libre. Hoy incluye también una pizzería, que no desplaza a las tradicionales picadas del copetín porteño, especialmente en la época de verano, acompañadas de una buena cerveza.

Solo para entendidos

Bueno, Borges no es para mi. Y tampoco me gustó Rayuela. Ufffff!!! Qué peso me saqué de encima con esta confesión!

Definitivamente, ninguno de los dos es lo que busco en un libro. Y esto no tiene que ver o no con sus valores literarios o no, sino con una lisa, llana y brutal subjetividad. En Mendoza me dijeron que el mejor vino es el que más te gusta, y creo que con los libros sucede igual.

Sin embargo, me complace decir que no son para mi con conocimiento de causa. Tras leer Rayuela, pocas ganas me quedaron de volver a incursionar en Cortazar; hoy que cierro la tapa de Ficciones, puedo decir lo mismo de Borges. Al tomarme el tiempo de leer, puedo cimentar mi por qué en mucho más que el “me gusta”.

Llegué a Borges tarde, pese a mi natural avidez lectora, con recelo tras el horror que me provocó la lectura reiterada de Ema Zunz en la escuela secundaria. No sé qué valores habrán querido mostrarme, pero lograron que saliera corriendo de la literatura. La continuidad de los parques de Cortazar, en cambio, dejó la puerta más abierta.

Soy de las que cree que a cada libro le llega su momento. Aquella tarde de verano en Plaza Italia, revolviendo las cajas y charlando con los libreros, Borges llegó a mi casa. Se me despertó la curiosidad por las clases de filosofía, donde en reiteradas oportunidades se nombraban los cuentos de Borges como reflejos de los conceptos filosóficos que trabajábamos, y si voy más allá, como elucubraciones filosóficas disimuladas en una historia de ficción. Tal vez ahora que estaba apenas más ducha en el asunto, podría valorar la lectura.

En parte, así fue. Los cuentos me sacaron una sonrisa de sarcasmo al leerlos a la luz de la filosofía; si los hubiera leído sin ese bagaje los habría odiado por encontrarlos absurdos. Y eso es lo que no me gusta, lo que le cuestiono: que sean para entendidos. Prefiero la franqueza de un libro que cualquiera puede leer, entender sin saberes previos, disfrutar, enriquecerse y transformarse con él. Fue lo que me gustó de El nombre de la rosa, o de Un mundo feliz. Cuando se escribe solo para un lector erudito, siento que hay cierto desprecio por todos los demás.

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Lectura colectiva de la Divina Comedia

El afiche me llegó por whatsapp, y tras un rato de meditación, decidí plegarme. Empecé pensando en vivir la experiencia y ver si puede ser replicable en la escuela: proponer por ejemplo la lectura de un capítulo por semana de 1984 de Orwell y que se comente con el hashtag “la35lee”. Algo veníamos hablando sobre esto… pero siempre conviene probarlo uno antes de llevarlo a la práctica.

Primero empecé a googlear de qué trataba la Divina Comedia. Sí, había oído nombrar de ella muchas veces y sabía que trataba del viaje por el infierno, el purgatorio y el cielo. Había visto esquemas de la organización de estos territorios de ultratumba, pero ahí terminaba mi conocimiento. Nunca se me dio por leerlo… tal vez el momento sea ahora. Lo que leí me motivó a plegarme a la comunidad lectora: es un libro que fomenta la reflexión sobre uno y los valores de su tiempo. Por ejemplo, el papa Francisco la tiene como un libro de cabecera al que vuelve a buscar respuestas. Incluye elementos de mitología, de religión, de la política de su tiempo.

Así fue como me descargué la aplicación de Twitter y empecé a incursionar en esta red social que tampoco me atraía. Del intercambio que ya se venía dando, porque empezaron ayer, descargué un pdf compartido con una de las traducciones recomendadas del libro, y empecé a leer. Me puse al día en seguida porque los cantos son cortitos.

Infierno, cantos 1 y 2. Dante se encuentra ante una colina a la que debe subir, pero tres fieras le cierran el paso. Entonces, aparece Virgilio, y dice que lo envían tres damas para que lo guíe por otro lado. Esto implica atravesar el infierno, y por supuesto, Dante tiene miedo.

Dicen que este es un libro que nos refleja y a partir del cual repensarse. Empecemos. Interesante el miedo de Dante al emprender el camino, todas sus dudas: todos cuando tenemos una tarea que sabemos ardua por delante dudamos. Lo importante es el valor de encarar de todos modos. Aquí, se entrega a la confianza de Virgilio. Yo, me entrego a la red social, a aportar mis humildes comentarios y a aprender de los demás. He visto que postean datos de mitología, aclaraciones históricas y filosóficas, imágenes… veremos que sale.

Racconto de un 2017 sorprendente

“No he obtenido nada de lo que había pedido, pero he recibido todo cuanto había esperado. Mis plegarias informuladas han sido escuchadas, y hoy soy, entre los hombres, el más ricamente colmado”

La cita la recordaba de un texto de la parroquia. Hace días daba vueltas en mi cabeza, en ese ejercicio inevitable de hacer un cuasi-balance de fin de año. Es que para mí, al menos en apariencia, sucedió en el 2017 lo mismo que al autor de la cita. Yo había propuesto un montón de cosas para el año, había hecho planes, y esperaba que las cosas salieran de determinada manera. Y resultó que en muchos casos, las cosas salieron al revés, o no salieron. Esto no quiere decir que sea malo, al contrario. Las cosas salieron tal y como yo las necesitaba, y por ello, este fue un año realmente sorprendente. ¿En concreto? Aquí vamos.

Capítulo 1: mi verano perdido (o de cómo cortar y soltar)

Empecemos por el principio, y vamos avanzando… Yo había propuesto un verano relajado, divertido y entre amigas; 45 días juntas, aquí y allá recorriendo lugares. Necesitaba francamente un descanso después de un año duro en lo emocional que había repercutido fuertemente en mi salud. Por eso, la frustración de que saliera todo al revés fue tremenda: de los lugares, vimos menos de la cuarta parte de lo que pensábamos, y que decir de lo relajado y divertido. Terminé con dolores que parecía que me acuchillaban el pecho, y llorando por el verano perdido: mi verano, mi descanso, mi tiempo, mi dinero, mis ganas de conocer cosas nuevas, mi todo. Sentía que no había derecho a que eso pasara… todo salió al revés. Cuando llegué a casa y me di cuenta que lo mejor que había traído era una valija repleta de cosas, y unas cuantas postales mentales de lugares bonitos, me sentí fatal.

Pero cuando sequé las lágrimas que me nublaban la vista, lo vi claro. Fue todo lo que necesitaba para cortar de raiz situaciones que ya no tenían vuelta atrás. Si las cosas hubieran salido “bien”, este año hubiera arrastrado un fardo de problemas que de esta manera dejé rápidamente atrás. Sí, me dolió. Todo cambio duele. Soltar duele. Pero me siento en paz. Empezar “mal” implicó rápidamente corregir el rumbo. Tal vez estuve más sola, tal vez me distancié de muchas personas, pero ciertamente fue saludable: no sólo no las extrañé sino que me se sentí menos conflictuada. De todo uno aprende.

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