La City desierta

La Iglesia de la Merced y los bancos

Domingo de sol. Se escapa el invierno, los plátanos ya brotaron y la ciudad reverdece con ese verde tenue de las hojas frágiles. En la Avenida de Mayo resuenan los tambores de las batucadas, comparsas y escolas de la fiesta con la que Buenos Aires celebra a Brasil. Venimos cruzando la Plaza de Mayo, atraídos por el sonido de la percusión, cuando se me ocurre hacer un alto para sacar unas fotos. De todos los edificios que rodean la plaza, siempre hay dos que captan todas las miradas: el Cabildo y la Casa Rosada. Pero arquitectónicamente, el Banco Nación y el Banco Francés resultan sin duda atractivos. El primero, en la esquina Noreste de la plaza, es de estilo francés monumental, austero, típico del período de entreguerras. El segundo, claramente italiano, albergó originalmente un banco que no es el que hoy lo ocupa.

Entonces, ocurrió algo: al acercarme para sacar detalle de un pórtico, descubrí que más allá asomaba una cúpula verde. Así, nos adentramos en las callejuelas desiertas, donde entre semana camina al trote un ejército de bancarios entre los paredones que parecen estrechar las calles. Así, empiezan a aparecer los tesoros de la City, que no son los que guardan los bancos en sus corazones, sino los edificios protegidos que les dan albergue. La mayoría de ellos data de principios del siglo XX, cuando Argentina era el “granero del mundo” para una Europa industrial ávida e alimentos. Las placas en el suelo recuerdan que se trata de edificios protegidos, patrimoniales, donde constan sus antiguos nombres. Así, uno descubre (o confirma) quién tenía el control en aquella división internacional del trabajo.

Nuestra primer parada era una esquina con tres edificios protegidos. Los dos primeros datan de la década del centenario; mientras que el tercero es moderno, de la década de 1960. Este último fue fruto de un concurso realizado por el Banco de Londres y América del Sur; y el edificio está hoy ocupado por el Banco Hipotecario. Resalta por sus formas extrañas de hormigón monumental calado, sobre todo frente a lo clásico de los otros dos edificios. Tanto el Deutsche Bank como el Banco Anglo Sudamericano son imponentes por los detalles de sus pórticos, ventanas y cúpulas.

Más allá, un edificio con un reloj (que fue lo que nos atrajo), y que resultó ser el MInisterio del Interior. Aún sobreviven buzones, y de entre los bancos provinciales, nos atrajo la puerta trabajada del banco de Córdoba. Cerquita de allí está también el edificio del Centro Cultural dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde funciona, entre otras, cosas el laboratorio de idiomas.

Caminamos y caminamos, por momentos medios perdidos en ese laberinto de paredones y calles estrechas, mirando para arriba los detalles, y al asomarnos en cada esquina, algo nuevo nos llamaba la atención y desviaba nuestro camino. Fueron las cariátides del contrafrente del Banco Central, o una cúpula, o un frontis. Encontramos así también la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, encerrada entre los colosos financieros.

De a poco volvimos a la plaza, al ruido de la fiesta brasilera. Justo antes de llegar, pasamos por el monumental Banco Provincia, que ostenta la placa de haber sido, entre otras cosas, la sede de las academias fundadas por Belgrano, así como la sede de la Asamblea del año XIII. Finalmente llegamos a la diagonal Norte, que invitaba a seguir paseando, no sólo para alcanzar el obelisco que se erguía al atardecer, sino porque empezaban a encenderse las cúpulas y llevaban nuestra mirada hacia arriba, donde descubrimos un montón de detalles para admirar.

Pero otra vez será. Mejor de a poco, disfrutando, saboreando. Hoy fue la Buenos Aires londinense de los bancos la que apareció ante nosotros.

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Mirada prospectiva

Hoy anduvimos con Andrea y Vivi nuevamente en el Museo Nacional de Bellas Artes, por donde anduvimos hace un tiempo viendo los cuadros de Xul Solar; esta vez, para ver la muestra de Luis Felipe Noé. A este artista que actualmente tiene 84 años, lo conocimos personalmente en ArteBA. Su obra allí me impresionó de sobremanera, así que cuando vi que estaba esta muestra (ya próxima a su final) me animé a decirle a las chicas de ir.

Luis Felipe Noé es un activo artista y docente, que fundó e integró entre 1961 y 1965 el grupo Otra Figuración o Nueva Figuración, que marcó un hito en la vida cultural de los años 60 al tratar de romper la división entre arte abstracto y figurativo. La ruptura de la unidad del espacio y la teorí­a del caos como orden distinto fueron en ese momento sus planteos más fuertes.

Hasta el siglo XX, y desde que los mitos trataban de explicar aquello que era incomprensible para la razón, el caos siempre había ocupado el lugar del enigma. A mediados del siglo pasado, diferentes estudios científicos incluyeron como parte del pensamiento racional aquello que no puede preverse. En adelante, la inestabilidad y la indeterminación pasaron a ser factores claves fuera de condiciones de equilibrio. Dentro de este marco, en 1965, Noé expresó la necesidad de asumir el caos, no en oposición al orden, sino como una nueva dinámica de funcionamiento de un mundo en permanente cambio.

Las crisis y las tensiones, tanto de la escena nacional como internacional, constituyen con frecuencia la temática de su obra. Es por ello que en general aparecen rostros. Son los rostros anónimos de las multitudes, las personas que van, que vienen, y que son los protagonistas desconocidos de los grandes procesos sociales: los que los viven, los que los padecen.

En sus obras resultan llamativos tres aspectos: sus colores, sus tamaños y sus detalles. Uno aprecia desde lejos una obra gigante que cautiva por los colores. Pero al acercarse, empezamos a descubrir que hay pequeñas pinturas dentro de la gran obra. Después de la primera mirada, cuando los ojos empiezan a acostumbrarse, empiezan a aparecer las figuras, los detalles, los rostros. Y es entonces cuando uno empieza a caminar despacito, como escudriñando cada centímetro cuadrado de lienzo en busca de develar sus secretos escondidos. Me quedaría horas mirando y aún así seguiría encontrándose detalles.

Lo primero que encontramos al entrar a la sala es una enorme instalación, llamada “Entreveros”. El uso de los espejos, reproduciendo la obra hasta el infinito, permitiendo variar según el ángulo de observación; el modelado de materiales sobre los cuales ha pintado, destacando caras y figuras. Es fascinante el conjunto y sus dimensiones, pero también el detalle.

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La mayoría de las obras exhibidas en la muestra fueron concebidas como murales, y por ello, son de dimensiones enormes. La que más me impresionó fue “La estática velocidad”, que mide once metros de largo por tres de alto. Se trata de una obra donde el artista trabajó sobre papeles recortados y arrancados, aplicados sobre el lienzo gigantesco formando un rompecabezas trabajado hasta el detalle, en todos sus fragmentos, utilizando distintas técnicas. Es por ello que se observa desde lejos, pero después vale la pena acercarse a contemplar cada detalle, cada trazo, cada pincelada, porque en ellas aparece un rostro, una expresión, una mirada.

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Linda tarde de arte, que se completó con el pasaje obligado por el salón impresionista del museo (me encanta y no puedo dejar de visitarlo), y unos mates mirando la feria artesanal de Recoleta. Especial para despedir el invierno en su último sábado, que resultó ser más bien primaveral.

Ser becario Fulbright

Mi delegación

Todo empezó hace unos meses, con una convocatoria por internet. Ofrecían a profesores tres semanas de capacitación e intercambio en escuelas de Estados Unidos. El link comunicaba a un formulario; allí había que hacer un detalle de la historia académica y laboral, y en 500 palabras explicar por qué considerábamos importante la beca.
Según supe, más de 5000 docentes contestaron el cuestionario. Luego, cada provincia evaluó a sus propios postulantes, y eligieron 25 cada una, que se los elevaron de nuevo al Ministerio de Nación. Los seleccionados tuvieron una entrevista que terminó definiendo los finalistas para cada jurisdicción.

Y si, primero encontré mi nombre en una lista del acta de selección. Quedé paralizada, y lo primero que pensé fue: “voy a poder contar en el aula cómo es Estados Unidos”. Luego vino la euforia. En los días sucesivos todo era virtualidad: documentación para la visa, los pasajes… pero no nos veíamos aún las caras.

Hoy nos reunimos en el Ministerio de Educación. Eramos 200 docentes de todo el país (el viernes se habían juntado los otros 200), felices porque habíamos sido elegidos para una beca en Estados Unidos. Nos mirábamos, sonreíamos, y luego venían las preguntas de rutina: “¿de dónde sos? ¿en qué nivel trabajás? ¿a dónde vas?”. Porque somos entre 15 y 20 de cada jurisdicción; de inicial, primaria, secundaria, educación técnica y formación docente; docentes, directivos, supervisores; y nos toca en grupos que van a Los Ángeles, San Francisco, Ohio, Michigan, Virginia, Carolina del Norte, Texas o Arizona.

Nos encontrábamos por primera vez, y pese a que todo el mundo nos felicitaba, nos costaba creer que era cierto. Todos parecíamos preguntarnos dónde estaba el truco, que nos iban a pedir a cambio. Pero no, nos dijeron que nos eligieron porque saben que lo que aprendamos lo vamos a capitalizar. Ahí sonó una frase que me quedó resonando:

“Les damos esta beca por lo que ya son, por lo que ya hacen”.

Creo que terminamos de entender y de dimensionar la importancia de ser becarios y el privilegio que significa cuando nos contaron sobre el origen del Programa de Becas Fulbright. Resulta que no es una comisión más, una fundación más. Se trata de uno de los programas de becas de mayor prestigio internacional. Nació en Estados Unidos, en 1946, por propuesta de un senador de Arkansas llamado William Fulbright. En ese contexto de posguerra, la iniciativa buscaba fortalecer los lazos de amistad entre las naciones, generando intercambios educativos a nivel mundial.

La idea al inicio pareció descabellada: ¿¡cómo un gobierno iba a pagar por mandar estudiantes al extranjero, y sobre todo, por traer estudiantes a estudiar en su pais!? Sin embargo, se llevó a cabo. Hoy son alrededor de 250.000 los becarios que han sido favorecidos a lo largo de la historia del programa, del cual participan 140 países en el mundo. Ser becario Fulbright es una distinción muy importante a nivel mundial, ya que se sabe que las elecciones de becarios no responden a amiguismos o acomodos sino a un estricto mérito personal, que se vincula a un desempeño académico y profesional de excelencia.

Así que llegué a casa contenta, a empezar a hacer las valijas, con mi celular que no para de sonar, porque los otros miembros de mi delegación están regresando a sus provincias tan felices como yo. Ahora a enfrentar el vértigo antes de viajar, y a disfrutar de nuestro curso de 40 horas en la universidad, las 60 horas de práctica e intercambio docente allá, y las salidas culturales que tienen preparadas para nosotros.

Estados Unidos, vamos para allá!!

Salimos en los diarios!! En La Nación y también en Infobae

Meine vier Wände… 6 años después.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Eine Wand für mein Klavier.
Eine Wand für ein Bild von dir.
Eine Wand für eine Tür.
Sonst kommst du ja nicht zu mir.

Eine Wand für ein Bett nicht zu klein.
Eine Wand für den Tisch mit dem Wein.
Eine Wand für den Sonnenschein.
Denn bei mir soll’s nicht dunkel sein.

Vier Wände,
meine vier Wände,
ich brauch meine vier Wände für mich.

Die mich schützen vor Regen und Wind.
Wo ich nur sein muss wie ich wirklich bin.

Río Reiser

Hace 6 años terminaba un proceso y empezaba otro.

Terminaba el ahorro, la búsqueda, los trámites. Terminaba el tiempo de la ilusión. Empezaba el tiempo de concretar, de elegir, de decorar, de decidir.

Finalmente el departamento era mío. Entramos a la mejor hora, la hora en la cual en este tiempo los rayos del sol entran por la ventana y lo pintan todo de naranja. Salí por primera vez al balcón de mi departamento, mi balcón, y contemplé el barrio a mi alrededor.

De a poco se fue llenando de mis cosas, de las pocas que traje y de las muchas que elegí para mi metro cuadrado. Llegaron de a poco las plantas, los muebles, los libros. Llegaron las fotos de los viajes. Llegó Flor, ese terremoto gatuno que me acompaña.

Llegaron los amigos, con sus asados, sus vinos, sus mates, sus locros, sus conversaciones y sus sueños. Llegaron los detalles que cada una de las personas que me quieren quisieron aportar a mi nuevo proyecto, felices por mi logro. Llegaron mis vecinos, sobre todo Laura, compañera de aventuras para arriba y para abajo.

De a poco me fui amigando con este lugar, lo fui poblando de recuerdos, de historias. Me fui apropiando de él. Lo etiqueté por todos lados en alemán, y fue el lugar donde pergenié las primeras aventuras en francés.

El año pasado terminó finalmente y de manera oficial la mudanza. Al cumplirse el 5to aniversario, decidí que los últimos libros salieran de sus cajas, que era hora de cambiar la cama, la tele y otros detalles. Pero sobre todo, que era hora de desprenderme de todo aquel resto de pasado que seguía conmigo y que ya no tenía razón de ser. Una revolución final.

Hoy mis cuatro paredes son ya, totalmente, mis cuatro paredes; y me siento feliz en ellas.

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Justo en lo mejor de mi vida

Hace varios años, mis padres fueron a ver esta obra. En ese momento, el elenco estaba encabezado por Luis Brandoni y Alejandro Awada. Mi mamá, como tantas veces, me quemó la historia: me contó las principales sorpresas, y las problemáticas que surgían. Sin embargo, siempre me quedé con las ganas de verla.

Hace un tiempo vi que volvió, esta vez con nuevo elenco. Me dieron ganas de verla, pese a los grandes anticipos de mi mamá y a que los nuevos actores no me transmitían mucha confianza. Ambos salidos de la televisión, pero no de la televisión más trabajada, o de más calidad… o por lo menos de la que más me gusta mirar. Me hubiera encantado verla con el elenco original.

Pero estuvo más que bien así. Ambos protagonistas realmente me sorprendieron por su calidad. Cómo creció Diego Perez desde “el insoportable” de Tinelli de los años 90! Y Miguel Ángel Rodríguez me sorprendió también gratamente. Al margen de la actuación, uno cuando ve a los actores en vivo, se da cuenta de cómo son en realidad físicamente: me pareció un tipo gigante, sumamente alto; y me apenó verlo tan avejentado. Ambos están en escena, literalmente, toda la obra: son los primeros en entrar a escena y desde ese momento, permanecen allí hasta que se cierra el telón. Interactuando más o menos, participando más o menos, los dos están siempre allí. El elenco se completa con Pepe Monje, Julia Calvo y Johanna Francella (hija de Guillermo), que están también muy bien.

No es la primera obra donde el conflicto familiar está en el centro de la escena, ni creo que será la última. Es más, pienso que casi todas las obras que he visto se centran en dilemas familiares. En estos tiempos por los que atravieso, me resulta extraño que la familia sea para todos una temática tan principal y central de la vida (está claro, aclaro, que la que va a contramano soy yo). En todo caso, siempre el arte interpela no sólo a cada uno de manera diferente, sino a uno mismo de diferentes formas en distintos momentos.

Trataré de contar de qué trata, anticipando lo menos posible… no me gusta hacer lo que no me gusta que me hagan. En fin. Un día Enzo llega a su casa y al entrar por la cocina, se encuentra con que allí está un amigo que hace diez años que no ve. El reencuentro es para él sumamente emotivo. Poco a poco se van poniendo al día. Sin embargo, en la casa ha pasado algo terrible, y toda la familia está convulsionada.

Nada que uno no conozca: hay momentos en que todo queda al descubierto, y que uno se entera de cosas que a lo mejor no quisiera saber. O que se replantea las decisiones (irremediablemente) tomadas, y desearía que el tiempo volviera atrás y construir la vida de otra manera. Como dice el dicho popular: pasa en las mejores familias. Nada más cierto.

El diálogo es muy rico, con un fuerte tinte emocional, intenso y fuerte por momentos, gracioso por otros, tragicómico en general. Tiene una buena alternancia de momentos serios con salida a risa para descomprimir. Pero en general, es una obra alegre.

Salimos contentas, compartimos una cenita liviana y una cerveza en un bolichón de Corrientes, un té especiado con budín en “el gato negro”, y una conversación donde la obra, inevitablemente, se entretejía con los sucesos de nuestras propias vidas y con nuestra propia puesta al día.

Hermosa noche de sábado en Buenos Aires, bajo las luces de Corrientes.

Buenos Aires en random

 

Ayer salí a caminar. Tenía algunas cositas que hacer y un poco más de tiempo que el habitual, así que programé mi recorrida uniendo puntos obligados para ir cámara en mano con ojos de turista. Recorro la ciudad en random, es decir, sin planificar: es ese divagar aleatorio de la ciudad vivida, el transitar diario por sus barrios y calles, inconsciente del lugar que se camina, solo andando en pos del objetivo de llegar. Pero aunque no hago los recorridos de los turistas, aprendí a abrir los ojos en mis recorridos cotidianos y mirar mi ciudad como la miran ellos. Y allí, en el random de cada día, aparece el patrimonio, lo sorprendente, las historias, los monumentos, los detalles. Creemos que todo lo conocemos; sin embargo, a veces basta mirar hacia arriba para asombrarse con una cúpula o un balcón. Y en esa mirada de descubrimiento, aparece lo interesante en ese sitio que de tan cotidiano dejó de atrapar nuestra curiosidad, y uno se enamora de la ciudad.

Arranqué en el antiguo Correo Central, hoy centro cultural. De allí, me largué a caminar por la Avenida Leandro N. Alem, de Corrientes hasta Córdoba. Nunca paso por allí, así que fue caminar dejándose sorprender. Y de hecho, lo hice. Además de las tallas en la pared del edificio de Corrientes y Alem, me encontré con otra joya arquitectónica en la esquina siguiente, la de la calle Lavalle.

La ciudad tiene en esta avenida una línea divisoria que seguro fue inconsciente, pero que marca dos terrenos históricos notables: la vereda de Alem hacia arriba está sembrada de edificios antiguos, con sus tallas y detalles; mientras que la que está hacia el río, concentra los edificios más modernos, de hormigón y vidrio, espejados y monumentales… a su manera. Esta diferencia se incrementa al llegar a la Avenida Córdoba, donde comienza el sector de Catalinas, resaltando la torre de IBM, las “gemelas” de Buenos Aires con sus vidrios negros, y frente a ellos, el racionalista edificio Alas, que en la década de 1940 cuando fue construído supo ser el rascacielos más alto de la ciudad.

Pero de la mano de enfrente, sobre el pasaje Tres Sargentos, asoma la antigua usina de la Compañía Ítalo-Argentina de electricidad, con su arquitectura de ladrillos rojos, estilo bien industrial. El contraste del ayer y hoy es evidente, cuando vemos reflejado su torreón en los espejos del edificio vecino. El pasaje es, además, digno de ser recorrido. Tendremos que sumarlo a la lista de pasajes que empezamos a recorrer con Laura hace unos días.

Me fui acercando a las Galerías Pacífico, donde quería ver la muestra de Lino Spilimbergo. Pensaba almorzar allí, pero de paso fugaz por la iglesia de Santa Catalina me encontré con la entrada al monasterio. En el patio había un montón de gente almorzando al sol, y me dieron ganas de quedarme. Así, tomé mi bandeja elegí una ensalada de arroz yamaní, un flan de coco y una gaseosa y me sumé a los oficinistas. Comí allí, bajo los árboles, entre el aljibe, los arcos y la torre de la iglesia. Un placer inesperado, un lugar muy apacible.

Después de ver la muestra, me fui a ver los murales que el propio Spilimbergo pintó en la cúpula de las Galerías Pacífico. Nunca los había visto con detalle; tampoco sabía que eran de él.

De allí me fui caminando por Florida. Me detuve frente al imponente edificio del Círculo Naval, cuyo pórtico, aún abierto, es monumental.

Llegué a la Plaza San Martín, pero en lugar de subir las escaleras y cruzarla, como hago siempre (porque me encanta), me fui hacia el edificio Kavanagh. Apenas más allá del Hotel Plaza, encontré el pasaje Corina Kavanagh: otro para la lista que tenemos con Laura. Tiene escasos metros y forma curva, pero su espectacularidad radica en que ese es el único lugar desde donde se puede apreciar el frente de la Basílica del Santísimo Sacramento. Es impresionante que la tremenda iglesia se puede ver sólo enmarcada por los murallones que representa el edificio Kavanagh. Crucé y entré a la iglesia… no pude contener la exclamación. Es de una ornamentación tan monumental… las flores, las tallas, las pinturas… la recorrí despacio, contemplando en silencio, y pensando en el mito urbano.

Cuenta la historia que Corina Kavanagh tenía un romance con un joven Anchorena, pero la madre del muchacho se opuso terminantemente a la relación. Corina, ofuscada, mandó a construir el edificio Kavanagh con el fin de tapar la iglesia que señora Anchorena estaba construyendo. Dice también el mito popular que la familia Kavanagh quedó en la ruina económica tras la construcción del edificio. Lo que quedó claro, es que si la historia de Corina es cierta, logró su objetivo. Cuando crucé a la plaza San Martín, miré atrás, y me encontré frente a la mole racionalista del Kavanagh, que supo ser en algún momento el rascacielos más alto de la ciudad. A un lado en sus sombras, se distinguen las cúpulas verdes de la basílica, sólo visibles desde cierto ángulo. Siempre las había visto de lejos, nunca había ido al sitio preciso. La verdad, me dio un escalofrío tanto odio y tanta crueldad.

Edificio Kavanagh y Basílica del Santísimo Sacramento

Ya en la parte baja de la plaza, me acerqué a rendir homenaje un minuto a los caídos de Malvinas, y luego seguí viaje hacia la estación Retiro. Siempre me gustó la torre de los ingleses, así que la contemplé una vez más. Y caminé delante de las estaciones del ferrocarril Mitre (monumento histórico nacional por la estructura monumental sobre sus andenes, en reparación actualmente), la del ferrocarril Belgrano, y llegué al San Martín.

Desde el tren que salía de la estación, contemplé una cara de Buenos Aires que muchos niegan: la villa 31. Las casas de autoconstrucción que hoy se elevan hasta 5 pisos, con su escalera caracol de hierro por fuera y las cuerdas de la ropa en los balcones. La realidad social se presenta allí, vía de por medio con los edificios más exclusivos de la ciudad, refregándonos en la cara la polarización social sufrida en los últimos años.

20 minutos y estaba en mi estación de destino, ya en mi barrio-pueblo, mi zona de confort. Di una vuelta por allí, caminé unas cuadras para comprar lanas, unos minutos de colectivo y ya estaba en casita otra vez.

Spilimbergo dibujante

Una de las cosas de las que estoy convencida es que viajar abre los horizontes. Nos conecta con nuevas ideas y perspectivas que nos permiten no sólo ampliar nuestro punto de vista incorporando nuevos elementos, sino también repensarnos. Algo que veo en general es que los grandes artistas han viajado mucho, han intercambiado, han aprendido, y eso los ha formado creativamente y los ha distinguido de los demás.

Esta tarde fui a ver la muestra de Lino Enea Spilimbergo al Centro Cultural Borges. Para mí, sólo un nombre que resonaba de alguna otra muestra. Spilimbergo para mí era un artista argentino, nada más. Capaz, si me forzaban un poco, terminaba elucubrando una relación con Berni. Tal vez la muestra en sí no me sorprendió tanto como otras, pero debo decir que aprendí un poco más del arte moderno de mi país y de los movimientos internacionales con los cuales se entreteje. La muestra tiene más de 60 dibujos y grabados; muchos de ellos nunca fueron exhibidos y pertenecen a la colección privada de la familia del artista. Los dibujos en lápiz, tinta, carbonilla, pastel, y los grabados y monocopias están acompañados por documentos y fotos del artista. La muestra tiene un orden cronológico: nos va contando la vida del artista entrelazada con su obra. Permite descubrir cómo fue creciendo a medida que sumaba experiencias.

Nacido en Buenos Aires a fines del siglo XIX, fue uno de los grandes maestros del arte argentino, pintor, muralista, grabador y litógrafo, formador de generaciones de artistas. Inició sus estudios de arte en 1915 en la Academia Nacional de Bellas Artes; la carrera de seis años para él se redujo a tres: fue un alumno prodigio que rindió cuatro años en su primer año de estudio, y luego completó el quinto y el sexto en los otros dos años. Entre sus profesores estuvieron Pío Collivadino y Ernesto de la Cárcova y En 1917 ya era profesor nacional de dibujo. Como era asmático, en 1921 se instaló en San Juan, ya que la sequedad del clima favorecía su estado de salud. En ese período logró ganar algunos premios de Bellas Artes y vender algunos cuadros, con los cuales se costeó un viaje a Europa.

Así, tras una recorrida por Italia, se asentó en París en 1926, donde junto a otros artistas argentinos como Antonio Berni integró el que después fue conocido como “el grupo de París”. Se trataba de una serie de pintores que recorrían los museos, asistían a las academias libres y también pasaban por renombrados talleres de la época. Entre estos, fue fundamental para Spilimbergo el curso del pintor modernista André Lothe, donde ensayó dibujo con modelos vivos junto a sus compañeros argentinos. Muchas veces eran ellos mismos que posaban desnudos para evitar el pago de los modelos. Así, tras su estadía europea, logró una muy personal síntesis de diversos estilos, en especial de lo clásico y lo moderno, y centró sus temáticas en la figura humana.

A su regreso al país, en la década de 1930, Spilimbergo y el grupo de París integraron al arte argentino influencias provenientes de las tendencias vigentes en Europa, contribuyendo a la renovación del ambiente artístico local, no sólo en cuanto al lenguaje plástico, sino también en lo concerniente a la enseñanza y a los mecanismos de exposición y difusión artística. En este contexto, Spilimbergo se conectó con el mexicano David Alfaro Siqueiros, y en 1933 participó con Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y el uruguayo Enrique Lázaro, del “ejercicio plástico” realizado en el sótano de la casa quinta de Natalio Botana, director del diario Crítica. Allí se fundó la escuela del muralismo argentino. El mural está expuesto en el Museo de la Casa Rosada y es verdaderamente asombroso.

Mientras tanto, Spilimbergo continuaba realizando exposiciones solo o con otros artistas, y ganando premios. Volvió a radicarse en San Juan, donde adquirió una lavadora vieja. Con el tambor de la máquina confeccionó el rodillo con el cual realizaría sus monocopias. El nombre se debe a que, a diferencia del grabado, cada trabajo permitía hacer sólo una impresión, ya que el papel tomaba toda la pintura dejando limpio el rodillo. El trabajo consistía en entintar el rodillo realizando el dibujo a imprimir; a veces en positivo, es decir, colocando la pintura donde se quiere imprimir y dejando vacíos los blancos; a veces en negativo: entintando toda la plancha y dibujando sobre ella sacando la pintura. Spilimbergo se convirtió en un maestro de ambas técnicas, que combinaba con maestría. Uno distingue rápidamente sus monocopias del resto de las obras.

En 1937 ilustró con pequeños aguafuertes (grabados sobre planchas de zinc) el libro “Interlunios”, de Oliverio Girondo. Siempre me asombró la capacidad de los grabadores de hacer dibujos tan precisos y tan vivos con sólo marcar una plancha de metal. El uso del monocromo y la única posibilidad de “pintar” superficies a partir de trazos lineales me resulta fascinante.

En 1946 compartió con otros muralistas argentinos, como Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro Guimarás y Demetrio Urruchúa la confección de los murales de la cúpula de las Galerías Pacífico, que son actualmente una de las manifestaciones más importantes del muralismo argentino.En la exposición se ven algunos bocetos, en los cuales el artista calcula las dimensiones reales. Así, a la retícula realizada para luego agrandar o en la pared, se le suman cálculos marginales de proporciones y medidas reales. Fue el primero de varios murales proyectados, por ejemplo, el de la Galería de San José de Flores. La concepción de este grupo de muralistas era que había que llevar el arte a cada techo y pared de la ciudad que pudiera contenerlo.

Luego de la muestra, bajé a la galería y me detuve un rato a contemplar los murales de la cúpula. Creo que nunca les había prestado tanta atención. Abajo, el rumor de la fuente y del público que tomaba café y hacía sus compras. Miré hacia arriba, a los mineros y agricultores que él pintó. Y me sentí enriquecida una vez más por la experiencia artística, y agradecida por haberle encontrado valor a un nuevo rincón de mi ciudad.

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