Un día como hoy

20101028

Es domingo, hay sol. Mientras disfruto de poder despertarme tranquila sin presiones, manoteo el teléfono y el Facebook me propone la lista de recuerdos del día. Ciertamente me alegro de mi habitual costumbre de publicar sólo cosas lindas en Facebook… son las cosas que me gusta recordar.

La lista de recuerdos de hoy está especialmente nutrida, y para mí, suena a presagio. Este, como tantos otros 30 de Octubre, va a ser un buen día. En todo caso, es una tarea cotidiana el hecho de generar un buen recuerdo, y creo que puedo decir que en general al final del día siento que lo he logrado. Hoy empiezo emocionada por tantas cosas…

Hay una viñeta de Liniers que dice que quiero tener una vida llena de vida. La tengo impresa hace tiempo y pegada en el panel de corcho. Es todo un leiv motiv.

Hay un reconocimiento hacia mis vecinos, aquella semana del 2012 que estuvimos sin luz. Desde entonces, la boleta de electricidad viene en cero a modo de compensación. Gracias, pero lo esencial son aquellos vecinos que extraño… Quique y sus reuniones de amigos los jueves, donde parecía que estaban discutiendo de política adentro de mi casa, y a mí me gustaba que así fuera. Caro y su eterna sonrisa al fondo del palier, a donde corría Flor, en ese tiempo cachorra, a hacer sociales a través de la puerta olfateándose con el caniche que estaba del otro lado.

Hay un video de Miguel Bosé, donde me canta “No hay ni un corazón”, una canción que me llega especialmente y que siempre me identifica. Y no es un dato menor, un video donde él me encanta… será su sonrisa de lado, su mirada penetrante, su voz profunda, intensa… en fin, lindo tipo.

Hay un discurso de Alfonsín, el del cierre de campaña de 1983. Además de sus palabras siempre vigentes y emocionantes, me retrotrajo a aquella mañana en la que el ex presidente nos visitó en la escuela y nos habló como un padre. Debe hacer unos 20 años de eso. Nunca olvidaré aquel día y aquella experiencia.

Hay una foto que marca el final de mis prácticas de Geografía. Semanas atrás había cerrado la residencia, pero allí me firmaron la libreta y Roberto me hizo la devolución con un deseo: “Espero que tus aulas de geografía te generen experiencias gratificantes, que disfrutes siempre la magia del aula y mantengas siempre la pasión por enseñar.” La vida es dialéctica: nos lleva a los mismos puntos pero siempre un poco más arriba. A mi me llevó a cerrar el ciclo del profesorado diez años después de aquel comienzo en Historia, de nuevo en el mítico edificio del Moreno que me vio transitar tantos años. Si después quedaron materias por rendir, es anécdota. Fueron las prácticas en ese lugar las que cerraron esa etapa en mi cabeza. Hoy vino a mi cabeza aquella chica que se me acercó al final de la última clase, y con mucha emoción me dijo que iba a ser una excelente profesora. Son momentos que se atesoran.

Hay una foto de mi pizarrón el año pasado, llena de nubes y perfiles de las sierras pampeanas. Muestra que la pasión sigue intacta y que ellos se siguen enganchando conmigo, que preguntan y repreguntan con curiosidad y que salen cosas muy interesantes.

Y hay un recuerdo que el Facebook no trae, pero que está en mí. Hoy, más que nunca. Me levanto para hacerme el mate de cada mañana y veo mi casa, desordenada por las reformas, con la biblioteca a medio pintar en medio del comedor, tal como quedó después del trabajo que hicimos ayer con papá entre mate y mate. No es la mejor imagen de mi casa, o sí, porque es una casa viva… y una vez más pienso en él. Recuerdo que me recibían de chica cuando necesitaba “huir” de casa. Mientras ella me hacía un sandwichito de jamón con manteca y un matecito, él me escuchaba, me aconsejaba, me consolaba. Siempre me contuvo y me dió mucha paz. Pasada la catársis, hablábamos de todo un poco, y llegado un momento, me decía: “¿te quedás a comer?”. A mí me daba un poco de vergüenza… hasta que aprendí que para ellos era un placer que esperaban el hecho de que comiéramos juntos compartiendo las comidas que más les gustaba. Muchas veces se levantaba y hacía una tortilla de papas, cortando meticulosamente las papas con calma. Otras veces, pedíamos la pizza que más le gustaba. De vez en cuando, amasábamos chipa entre los tres. Sí, cómo le hubiera gustado ver mi casa. Cómo le hubiera gustado verme crecer un poco más. Se hubiera puesto feliz. Y a mí me hubiera gustado correr una vez más a su casa para contarle las buenas nuevas. Porque hay muchas, y ellos son una parte importante de ellas. Sé que de alguna forma el ve mi casita, y se pone feliz de que estemos pintando las bibliotecas entre mate y mate con papá.

Construir un rosario de recuerdos para cada día es tarea cotidiana. Me siento feliz con lo que he construído, y hoy me toca agregar una cuenta más. Aquí voy…

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