Conciencias

sweater verde

Terminé la espalda, terminé la delantera de mi sweater verde. Me toca empezar los cálculos para hacer la manga. Decidí hacerla Ranglan, así que tengo que llegar a la sisa con una cantidad de puntos igual a la espalda menos el escote. Me mido la muñeca, el largo del brazo. Regla de tres simple: tengo que aumentar cada 7cm, que vendrían a ser unas 15 vueltas. Todo eso me lo enseñó ni madre.

Entonces allí, con la lana verde, las agujas y el centímetro en la mano, me llega la conciencia de una realidad: cuántos saberes y cuántas historias desaparecen con una persona que se va.

Imagino que de eso se trata la conciencia del tiempo. Es como el momento en el que te das cuenta en que ya no sos el más chico que puede vivir livianamente, porque hay una nueva generación que da sus primeros pasos tambaleante de la cual sos responsable.

Solo que lo que descubrís esta vez es que cada vez te quedás más solo. Que quienes te daban un consejo ante una duda ya no están, y que te tenés que arreglar solo con tu experiencia. Que poco a poco vas siendo vos la experiencia que se transmite y asesora a los demás.

Francamente no sé por cuánto tiempo voy a poder consultarle a mi madre si me surge una duda frente al cálculo de una manga ranglan. Supongo, con la poca información con la que cuento, que no mucho tiempo más. Y más allá de los conflictos familiares, de las distancias y silencios, es un hecho que conmueve. Mas allá de lo relacional, es la conciencia de la vida que pasa y de nuestra propia finitud.

Como si fuera metáfora de la vida, mi sweater verde es, hoy por hoy, en cada punto, una reflexión existencial. Con cada punto, cada vuelta, cada vez que destejemos para enmendar errores, vamos construyendo algo hermoso y a la vez acercándonos al final de la tarea.

Tal vez abandone el tejido… al menos por un tiempo. No sé si estoy preparada para la conciencia a la que él me enfrenta. O tal vez haga de tripas corazón y siga tejiendo hasta el final ahora mismo, cabezona como soy, para que las angustias e incertidumbres queden enredadas ahí y, transformándolas en algo bueno, llegue la paz… al menos por ahora.

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