De las altas cumbres a la pampa

El viaje no tenía fecha de cierre. Podría haberse prolongado, pero decidimos que terminara allí. Esa mañana nos levantamos, hicimos las valijas, arreglamos cuentas en el hotel, y partimos tras el desayuno. Partimos con calma, dispuestos a disfrutar el regreso. Atravesamos los pueblos, de Villa Dolores a Nono, llenándonos los ojos del verde del valle de Traslasierra, y percibiendo algo que habíamos visto el día anterior: la forma en que la sierra atrapaba las nubes al Este, permitiéndonos un día de sol al oeste. A partir de los bordes y jirones de nubes que asomaban sobre la sierra, adivinábamos que al otro lado las cosas serían diferentes.

En la entrada al camino de las Altas Cumbres, nos aprovisionamos de aceite de oliva, aceitunas y pan casero. La señora del puesto nos aconsejó bien: “podrán ver ofertas de dos litros al precio de uno, pero es aceite mezcla”. Conseguimos uno rico a buen precio, y con garantía de calidad.

Trepamos la cuesta despacio, contemplando el paisaje, que por momentos tenía miradores o quebradas de los ríos que bajaban hacia MIna Clavero. De repente, llegamos a la pampa de Achala. Los bloques de granito formaban una planicie entrecortada salpicada de matas de pastos duros. El paisaje que habíamos visto días atrás nos parecía nuevo, lo veíamos con otros ojos. Es la magia de los viajes, que te transforman a cada momento, de tal manera que las cosas ya no te parecen las mismas.

Efectivamente, la bajada era más suave. Se notaba una mayor humedad en el aire, se notaba más verde la vegetación. Y al llegar a la encrucijada, decidimos cortar camino por Alta Gracia. Para ello, cruzamos las sierras chicas por al lado del Observatorio. El camino, de nuevo abrupto al oeste y más suave al este, recorría un hermoso paisaje, cada vez más verde. Seguíamos viendo que el manto de nubes estaba retenido por las sierras: esta vez, eran las sierras chicas las que retenían la humedad que venía de la Pampa. Así, ese cordón más bajo tiene un primer efecto disecante, que completará luego el cordón de sierras grandes. Así, las localidades occidentales tienen un mayor índice de heliofanía, es decir, de días con sol pleno como habíamos disfrutado.

Cuando llegamos a la Pampa, la planicie infinita se correspondía con un manto de nubes infinito. Así, el viaje se volvió gris y monótono. Nos habíamos acostumbrado al andar zigzagueante, a que cada curva mostrara una nueva postal. Los minutos se hacían eternos, pese a la música o la conversación. Aquel centro de servicios entre Bell Ville y Leones parecía no llegar nunca.

Estaban levantando la cosecha de maíz. Se veían operar las maquinarias, y salir camiones cargados. Circunvalando Rosario, los vimos hacer la cola de espera para entrar al puerto. Kilómetros y kilómetros de vehículos detenidos en la banquina.

Tal vez, si se nos hubiera ocurrido, hubiéramos entrado a Rosario y hubiéramos hecho un alto ahí. La habríamos recorrido, disfrutado, y habríamos seguido viaje al día siguiente. Nadie nos corría, y estábamos cansados. Hubiera sido la mejor decisión, porque además de un atasco de proporciones interesantes provocado por obras de repavimentación de la autopista, tuvimos que convivir con un intensísimo tránsito de camiones que alargó el acceso a Buenos Aires. Definitivamente, hubiera convenido esperar.

Pero estuvo bien igual. Antes de la medianoche, estaba ya bañada y en mi cama. Me sentía relajada, contenta. Con una serenidad que hace tiempo deseaba y que no había podido encontrar. Misión cumplida, una semana de relax para reponerse. Ahora tocaba disfrutar la casa en los últimos días de descanso antes de retomar las tareas de la segunda mitad del año.

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Alrededor de Merlo

Último día; decidimos dedicarlo nuevamente al relax. Por ello, dormimos otra vez un ratito más, desayunamos con calma y nos quedamos a deambular por Merlo y sus alrededores. Varias personas nos habían hablado del Bajo de Veliz como un lugar bonito, donde se encontró el fósil de la araña más grande del mundo. Nos interesó más el primer dato que el segundo, y allá fuimos. La reserva se visita con guía; lo que hicimos fue quedarnos a tomar mate en un arroyito que cruzaba el lugar, mirando la sierra y los pajaritos que iban y venían. Había también una parrilla, con las mesas bajo los árboles y la carne ya haciéndose a fuego lento al asador. No fue de nuestro interés, pero claramente era tentadora la idea de disfrutar de una comida en ese entorno.

Retomamos la ruta y nos volcamos hacia Córdoba, que no es más que una continuación de los poblados recostados en la bajada de la sierra, apenas más allá de Merlo. Cruzamos algunos hasta llegar a La Paz, donde encontramos la plaza, la iglesia y la oficina de turismo. Nos sentamos en la plaza a comer queso y salame regional, para luego explorar la zona.

Así llegamos a la localidad de Loma Bola, llamada así por un pequeño cerrito que se destaca y que parece una pequeña bola aislada de los demás cerros. Atrás, el paredón imponente de la Sierra de los Comechingones hace que parezca más pequeño de lo que es. Un caminito escala hasta la cima, donde hay una gran cruz. La subida es tremendamente empinada, y tiene paradas en las diferentes estaciones del via crucis. Desde arriba, las localidades vecinas y el valle de Traslasierra se ven en toda su perspectiva. La bajada resultó más suave, ya que como toda elevación de las Sierras Pampeanas, el Loma Bola es un bloque ascendido, con su ladera abrupta mirando al occidente, por donde trepa el via crucis, y una bajada más suave hacia el oriente, donde pude detenerme a recojer vainas rojizas y flores secas. Encontramos también un museo de la maquinaria agrícola.

Fue entonces tiempo de mates y de volver despacito para tener tiempo de recorrer una vez más la zona comercial, comprar algunos recuerdos y alfajores cordobeses, y cenar por última vez en el que ya era nuestro restaurant. Las chicas nos traían la empanada de entrada casi sin preguntar, y comenzaron a ofrecernos variedad de postres, y no ya sólo el postre del día. Y de allí, a descansar.

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La Carolina vale oro

Pueblo de La Carolina

El día que estábamos en viaje, nos recomendaron como imperdible visitar un pequeño pueblo minero donde se podía entrar en una mina de socavón. El proyecto nos entusiasmó desde el principio, así que habiendo descansado un día de nuestra incursión a la Sierra de las Quijadas, nos dispusimos a visitar La Carolina.

Tomamos contentos la autopista, y pasando el peaje, levantamos a un cordobés que venía haciendo dedo. Había ido de visita a ver a su familia, y regresaba a su lugar de trabajo. Por la gentileza de llevarlo, nos ofreció hierbas serranas que aceptamos con gusto. Cuando abrió el paquete… nunca sentí un perfume así!! Era la sierra que nos envolvía. Lo lindo de levantar gente que hace dedo es que uno se conecta con las realidades del lugar. Nos contaba del funcionamiento de la provincia y de los artilugios de gobierno de los Rodríguez Saa. Pero sobre todo, que la gente está contenta.

Seguimos viaje… en la localidad de La Toma el GPS nos hizo doblar por una ruta que era de ripio. Las alternativas asfaltadas alargaban el camino en tiempo y kilometraje. El GPS prometía 16 kilómetros hasta el empalme, ¿qué podía ser tan terrible? Así que ahí fuimos. Pero resultó que el empalme era una encrucijada donde se abrían tres caminos de ripio aún más rurales que el anterior, y el nuevo empalme estaba a 18 kilómetros. Ya estábamos en el baile. Abandonamos el mate, porque el auto se sacudía bastante, y disfrutamos del paisaje, que en rigor de verdad era bellísimo. Las sierras eran macizos de formas caprichosas aflorando en una planicie ondulada, llena de colores y cruzada por pircas de piedra. Pero el ripio seguía. Entonces, en un rancho, nos detuvimos a preguntar, y fue grandioso oir al paisano decir: “ahi adelante en 200 metros está el asfalto”.

El paisaje siguió igual, en zigzag entre los cerros, subiendo de a poco, hasta que llegamos a al pequeño pueblo de La Carolina. Ubicado al pie del cerro Tomolasta, que con 2018 metros es la altura máxima de la provincia, este pueblo tiene hoy 300 habitantes. Debe su nombre al Marques de Sobremonte, que bautizó al poblado en honor del rey Carlos III. Es un pequeño núcleo urbano muy pintoresco, donde se pueden recorrer sus calles y visitar un museo de minerales. Allí me zambullí de cabeza, había muestras muy interesantes que sacaron a flote todos mis conocimientos geológicos dormidos. Pero creo que sería importante que alguien explicara qué es lo que se está viendo, porque para el visitante común no son más que piedras más o menos lindas.

La joya del lugar es la visita a la mina, que resulta muy movilizante. Después de ponernos botas y casco con linterna, y de contarnos la historia del yacimiento, algunos datos sobre el oro y su forma de explotación, nos introdujeron en los túneles.

El oro se encontró en La Carolina a fines del siglo XVIII, río abajo, y los buscadores remontaron aguas hasta el cerro Tomolasta, identificando el yacimiento. La explotación inicialmente fue artesanal, removiendo las arenas del río y extrayendo las pepitas por decantación, como tantas veces hemos visto en las películas. Aún hoy hay unas pocas familias que realizan extracción de oro del río de esta manera. Sin embargo, cada vez es más difícil hacerlo, ya que para obtener un gramo de oro deben removerse aproximadamente un metro cúbico de arena. La dificultad radica en que una vez extraído el oro, la arena vuelve al río, donde se mezcla con la que aún no ha sido removida, reduciendo así la proporción de oro por unidad de volumen.

En cuanto a la explotación en forma de túneles, ésta se organizó en función de la conformación geológica del cerro Tomolasta. Se trata de una gigantesca estructura metamórfica (esquisto), cuyos planos están orientados con sentido norte-sur. La estructura fue intruída por coladas de lava andesítica, que contienen las vetas de oro. Los túneles, entonces, tienen la dirección este-oeste, atravesando los planos de roca. Cuando aparecía una veta de oro, se la seguía formando galerías secundarias extendidas hacia el norte y el sur. Cuando la veta se agotaba, continuaba la exploración de manera transversal. En total se hicieron unos 100 túneles, más arriba o más abajo del nivel de base. Todos se excavaron a mano, con pico y pala.

En la mina, la temperatura todo el año es de 18°C; y allí adentro se pierde noción del tiempo. Para los mineros, el trabajo era muy sacrificado. La mina filtra agua de manera constante, por lo que extraían el material en un ambiente húmedo que terminaba provocándoles afecciones pulmonares y de huesos, ya que al no contar con ropas adecuadas, estaban húmedos todo el día. También había accidentes como derrumbes, y la tecnología de la época hacía que se alumbraran con lámparas de aceite que aumentaban la toxicidad del aire.

Hacia la década de 1950, explotación de la mina terminó y fue abandonada, de manera que la dinámica natural hizo lo suyo con los túneles. Algunos se taparon por la deposición de sedimentos, mientras que otros comenzaron a comportarse como cavernas. De esta manera, la filtración de agua comenzó a dar forma a estalactitas y otras formas, que pueden verse claramente en el techo del túnel.

La experiencia de la mina fue muy enriquecedora desde todo punto de vista. Desde la dinámica natural, hasta la vivencia de lo que era el ambiente de trabajo de la mina. Cuando el guía nos pidió apagar las linternas y quedar en completa oscuridad, la sensación fue muy profunda. Nos contaba que hace un tiempo, un visitante pidió en ese momento sacar su quena y tocar “el condor pasa”. El guía quiso acercarnos esa sensación emocionante, reproduciendo una grabación en su celular. Realmente fue conmovedor.

Salir a la luz del día fue recuperar la noción del tiempo. Caminamos un poco más, compramos un pan casero y partimos. El camino de regreso fue tan hermoso y llamativo como el de ida, sólo que esta vez lo recorrimos por asfalto. Llegamos ya de noche, cuando el resplandor de Merlo alumbraba el horizonte; y nos metimos en él para cenar, y luego seguimos viaje las cuadras que nos faltaban para ir a dormir.

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Los ríos de Merlo

Río Pasos Malos

La caminata por la sierra de las quijadas nos hizo dormir un rato más. Un buen desayuno, una vuelta por el centro para comprar frutas, y empezamos a recorrer los alrededores de Merlo. Apuntamos primero para Carpintería, un pequeño pueblo al sur de Merlo, justo bajo el mirador de las águilas. No encontramos nada de nuestro gusto para hacer… si bien en la oficina de turismo nos habían hablado de un parque temático sobre la vida de los comechingones, un planetario, una cervecería artesanal… la realidad es que buscamos sierras, ríos, algún lugar donde tomar mate… eso de la “entretención permanente” no va con nosotros.

Nos fuimos para el camino de Pasos Malos, que lleva a una serie de miradores, a un río con cascadas y a la “ruta del chivito”. Este sendero lleva al ángulo noreste de la provincia, encajándose en la provincia de Córdoba. Pero lo curioso es que, ni bien se empieza a subir, se empiezan a encontrar parrillas que se promocionan con el apellido Godoy. La cantidad de parrillas aumenta al subir: la nieta de Godoy, el hijo de Godoy, los sobrinos de Godoy, Mirtha Godoy, Juan Godoy… no se cuántos más vivían de un mismo apellido y de un mismo rubro de servicios: la parrilla con especialidad en chivito. Algunas ofrecían comer en rocas y troncos bajo los árboles; otras, en una especie de quinchos y salones. En una de ellas, un parlante a todo volumen “musicalizaba” el almuerzo. Soy enemiga del ruido de fondo, más cuando estoy en medio de las sierras, bajo los árboles, donde puedo disfrutar del viento y los pájaros. Me siento invadida. La percepción que tuve es que todos esos emprendimientos eran muy precarios y que todos tironeaban de uno para llevarlo a su molino; que quizás si se unieran podrían hacer un servicio más agradable y más ordenado.

Al final del camino había una bajada al río, y empezamos a remontarlo hacia la sierra, trepando por las piedras. Finalmente nos sentamos a tomar unos mates al lado de una cascadita donde el perfume de la peperina era impresionante. Hacia un lado, se veía la cumbre de la sierra cubierta de vegetación, desde donde bajaba el río a los saltos. Hacia el otro, la villa de Merlo se distinguía desde lo alto, y más allá, el valle de Conlara que se extendía hasta el horizonte.

Río Pasos malos

Comimos unas empanadas para seguir camino hacia otro río, esta vez, el que atraviesa la reserva natural y que lleva al Salto del Tabaquillo. Nos habían dicho en la oficina de turismo que no es necesario ir con guía como nos dijeron, sino que basta con curso del río para no perderse. Así, caminamos entre las piedras trepando por el río, al principios con mucho ánimo y energía pero el camino era ya angustiante, fruto del cansancio por la subida, que hacía que las piernas empezaran a no responder, y de que las piedras eran cada vez más grandes.

Dos horas y aún no aparecía la cascada. Estaba por empezar a bajar el sol, y quedaba la bajada por el río. Llegamos a una cascada hermosa, que bajaba de una olla a la que llegaba un pequeño salto. La cosa parecía más promisoria. Allí encontramos a unas chicas con unos nenes chiquitos que nos dijeron que la cascada estaba una hora más arriba. Fue muy desmoralizante. Lo más frustrante era que todo a lo largo del camino, cruzaban tirolesas desde los cerros. La gente que se estaba tirando en ellas llegaba por algún sendero que seguro era más fácil que subir por el río. De hecho los guías debían hacer subir a la gente por algún lugar menos arriesgado.

Así que desistimos, y nos sentamos a tomar mate allí, y a disfrutar de ese salto tan bonito. Queríamos también asegurarnos el tiempo de bajar con luz de día, y no tenía sentido seguir subiendo para sacar una foto y bajar a las corridas. En un momento bajó un grupito, que habían seguido subiendo una hora sin éxito. Cruzaron a una guía que venía bajando y los miró de mala gana, diciéndoles que les quedaba aún media hora para arriba. Lo cierto es que a esa altura era difícil calcular cuánto se tardaba en llegar al salto subiendo por el río.

Camino al salto del tabaquillo

Empezamos el descenso… y de repente, encontramos un sendero que se apartaba un poco del río. Estaba marcado con nitidez por el pisoteo continuo de mucha gente, no tenía piedras y bajaba suavemente paralelo al río, pero campo adentro. Así, llegamos muy rápido abajo, y concluimos que habría sido mucho más rápido y descansado subir por ahí. Son esas vivezas criollas que espantan al turista; de tratar de sacar un mango más terminan matando a la fuente de sustento para todos, porque ninguno quedó con ganas de pagar un guía para volver a intentarlo.

Regresamos temprano. La idea era bañarse y aprovechar de recorrer el centro; en la Avenida del Sol hay varias galerías estilo shopping, pero también un paseo artesanal y muchos negocios interesantes. Un segundo centro es el que rodea a la plaza central, presidida por la iglesita colonial, y que también tiene muchos negocios interesantes. Finalmente, cenamos nuestro menú en el que ya era nuestro comedor, y nos fuimos a descansar.

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La Sierra de las Quijadas

Mirador de la sierra de las quijadas

La idea fue salir temprano, y así lo hicimos. Desayunamos, cargamos el termo para el mate y salimos a recorrer los 260 km que separan Merlo del Parque Nacional Sierra de las Quijadas. La ruta estaba muy tranquila, de hecho, vimos bastante fauna apostada en los alrededores. Ubicado en el ángulo noroeste de la provincia de San Luis, el parque está alejado de todo y sólo se llega en auto contratando una excursión. Sin embargo, es un lugar imponente que vale la pena conocer.

Lo primero es registrarse en el centro de visitantes. Hay dos senderos que se ofrecen gratis, que son el de los miradores, de 1800 metros y escasa dificultad, que es uno de los imperdibles. El otro es el de la flora del lugar. Luego están los senderos que van a las áreas de protección estricta, y que por tanto necesitan guía. Uno es el sendero de las huellas, de 4 km de largo y 1,5 hs de duración, y el otro es el de los farallones, que implica 4 hs de caminata para recorrer los 9km. Para cualquiera de los dos, también hay que inscribirse en el centro de visitantes.

De allí, 6 km más adelante, está el inicio de los senderos. Llegamos justo para hacer el sentdero de los miradores, que es realmente imponente. Se divisa desde allí arriba el valle del potrero de la aguada en toda su extensión, con los farallones al fondo. Es un lugar para sentarse a tomar unos mates y llenarse los ojos. Al mediodía salimos con la caminata guiada a los farallones, que nos permitió bajar al cauce seco del río y llegar a los paredones rojizos que son los farallones.

El parque recibe su nombre de los fósiles de dinosaurios que se encontraron en su territorio, tanto huesos de pterosaurios (dinosaurios alados) como huellas dejadas en el barro. La geografía tan particular del lugar se debe a su historia geológica. Hace millones de años, era una cuenca de sedimentación donde se depositaron los sedimentos producto del desgaste de dos cordones montañosos. El paleoclima era similar al de hoy en día: árido, con precipitaciones estacionales y torrenciales. Con el inicio de la orogenia andina, el valle ya colmado ascendió y quedó expuesto a la erosión; de hecho, el río temporario que lo atraviesa fue el primero que generó un surco de erosión. Actualmente las lluvias torrenciales en verano y el viento en las estaciones secas continúan los procesos de modelado, de manera que el paisaje del parque cambia continuamente. Su color rojizo se debe a la presencia de compuestos de hierro que se han ido oxidando. Es profundamente llamativo estar constantemente rodeado de estratos, capas sedimentarias, donde se ven los antiguos pavimentos formados por barro reseco y resquebrajado; ondulitas, producto de depósitos de arena en ámbitos acuosos, vetas de halita (mineral de yeso). Es un paraíso para el observador con conocimientos previos de geología y geomorfología.

La caminata nos llevó al corazón del valle, donde está el cauce seco del río, que lleva agua sólo durante las lluvias torrenciales del verano. Así, llegamos al pie de los farallones, que son paredones donde se contempla la serie sedimentaria y las formas que le ha impreso el agua y el viento. Parecen torres de castillos, levantadas para controlar el valle.

Observamos también la flora, vegetación de troncos retorcidos y copas espinosas, resistentes a la sequedad, cuyas raíces son las artífices de que el suelo en muchas partes se mantenga unido. Ese es el caso de la chica, un arbusto muy longevo. El guía nos decía que un vecino de la zona que falleció hace poco con más de 90 años, decía que las chicas del parque estaban cuando él bajaba de pibe a la aguada con su abuelo, y que no las había visto cambiar a lo largo de tantos años. Dicen que la madera de chica es muy dura, especial para hacer artesanías cuando la corriente arranca alguno de estos ejemplares del monte.

Hubiera sido interesante llevar protector solar y sombrero. Fue uno de los grandes faltantes en nuestro viaje, no sólo allí sino en todo el recorrido que hicimos.

Finalmente nos volvimos a Merlo tomando mate, conversando de lo vivido. Un lugar muy interesante, que se puede integrar tranquilamente a la ruta de patrimonio geológico natural que también integran el Valle de la Luna en San Juan y el cañón de Talampaya en La RIoja. Habiendo visto a los tres, puedo asegurar que, pese a sus similitudes, tienen aspectos identitarios que los hacen fascinantes y dignos de ser conocidos.

Pese a la tierra y los pelos duros de tanto polvo, nos zambullimos en el restaurancito que nos esperaba con el menú del día, y de allí, directo a dormir.

Aquí quedan algunas fotos más del día:

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La Villa de Merlo

Iglesia de Merlo

Amaneció soleado, sin frío, sin viento. Resultó que el hotel tenía un desayuno espectacular, así que llenamos bien el tanque de energías para el día, el termo de agua para el mate, y salimos. Había en el comedor una familia de General Pico, La Pampa, que nos contaban que para ellos están terminando las vacaciones.

Pasamos por la oficina de turismo, y el empleado parecía repetir de memoria el recorrido. Cualquiera diría que ponía un casette, apretaba play y reproducía a fondo. No obtuvimos demasiadas respuestas a nuestras inquietudes, que tenían más que ver con el Parque Nacional Sierra de las Quijadas. Pero conseguimos algunos mapas interesantes para movernos por Merlo y algunos datos para tener en cuenta.

Lo primero que hicimos fue subir al filo de la Sierra de los Comechingones, al mirador de los cóndores. Esta sierra es la continuación de las sierras grandes y forma el límite entre Córdoba y San Luis; de hecho, el camino está asfaltado hasta que entra en jurisdicción cordobesa. El tramo final hasta el mirador es de ripio. Arriba hay una confitería e instalaciones de turismo aventura tipo tirolesa y puente colgante. Curiosamente no había viento, así que los tres intrépidos que querían volar en parapente tuvieron que esperar un buen rato antes de levantar vuelo.

Lo mejor del lugar es, sin duda, la vista. Nos sentamos a tomar mate y a ver la inmensidad del valle de Conlara. Abajo se veía la villa de Merlo, mucho  más grande que las otras, y las localidades cercanas como Carpintería. Queda claro que la sierra es un bloque elevado, ya que desde arriba se ve clarito como más allá del piedemonte se extiende una planicie extensa hasta el próximo cordón, las sierras de San Luis. Ese cordón, ubicado más al oeste, se notaba desde allí casi como una nebulosa en el horizonte, aunque podía distinguirse claramente su carácter de bloque elevado también sobre la planicie.

Bajamos entonces a la Reserva Natural Provincial Mogote Bayo. Nos recibieron recomendando que volviéramos al día siguiente por la mañana, porque los guardaparques dan de comer cada día a las águilas y los zorros a las 10 de la mañana. Allí también se accede al río, y si bien en la oficina de turismo nos dijeron que remontando el río se puede llegar al Salto del Tabaquillo, en el lugar nos dijeron que solo se accede con guía. Caminamos un poco entre las piedras y saltos de agua, pero en ese recodo ya no llegaba el sol y empezaba a hacer fresco, así que seguimos camino.

Río Pasos Malos

Fuimos primero hacia la zona de Piedra Blanca, donde hay una pequeña capilla blanca de la época colonial. Luego fuimos a visitar el sitio donde se encuentra el “algarrobo abuelo”. Se estima que se trata de un árbol que tiene aproximadamente 1200 años de vida. Es un ejemplar realmente gigante, rodeado de un parque donde se puede apreciar la vegetación típica del monte serrano. El terreno correspondía a la casa de la familia Agüero, a la que pertenecía Antonio Esteban Agüero, poeta y principal personaje renombrado de la villa. Fue él el que escribió la cantata al algarrobo abuelo, que se podía leer en carteles colocados a la sombra del añejo ejemplar.

Aún era temprano cuando salimos de allí como para volver, así que aceptamos la sugerencia de un volantero y nos fuimos campo adentro, hacia el viñedo “El fraterno”. Resultó ser un pequeño emprendimiento donde hoy tienen unas 1200 plantas de 4 varietales de uva; están produciendo vinos agroecológicos, es decir, no utilizan productos químicos en el cultivo ni en la vinificación. Esto hace que obtengan vinos cuya personalidad varía de año a año según la maduración de la fruta. Se trata de una familia de la localidad de San Martín, en Buenos Aires, que decidieron mudarse allí y vivir más naturalmente. Llevan adelante el proyecto con mucho esfuerzo y con mucha fe (el hombre parecía un pastor). Fue él el que nos recomendó que no nos perdiéramos esos cinco minutos del atardecer, cuando la sierra se pinta de rojo.

Ya entonces empezaba a caer la tarde, así que visitamos la proveeduría, donde venden sus productos junto a los de otros productores regionales de la zona, y nos fuimos para la plaza de Merlo. Tomamos un té con tostadas mientras la sierra se ponía roja tras la pequeña iglesia blanca de la ciudad. Luego de un baño, salimos nuevamente a cenar al lugarcito que descubrimos la noche anterior.

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La quebrada del condorito

El valle de Calamuchita desde la Pampa de Achala

El viaje continuó después del desayuno; para llegar a la próxima parada, había que cruzar las Altas Cumbres. Se denomina así al camino que une el valle de Calamuchita con el valle de Traslasierra, cruzando transversalmente el cordón de las Sierras Grandes. Estas tienen una altura de alrededor de 2500 metros, siendo el Cerro Champaquí la altura máxima del cordón y de la provincia, con 2884 metros. Forman parte de las Sierras Pampeanas, que son montañas de bloque, formadas por el empuje tectónico desde el Oeste, producto de la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana. Se trata de sierras que primero fueron formadas por plegamiento, luego erosionadas hasta que se transformaron en una llanura, y finalmente fracturadas y elevadas durante la orogenia Andina. Como el empuje vino desde el Oeste, la superficie plana de la llanura quedó inclinada hacia el Este, mientras que al oeste quedó el plano de falla. Es por eso que estas sierras poseen las particularidades tan típicas de las Sierras Pampeanas: por un lado, parecen bloques enterrados en medio de la llanura que las abraza; y a la vez, se sube a ellas suavemente desde el Este, por la falda, y en forma abrupta y zigzagueante desde el Oeste, por la cuesta o costa (llamada así por los manantiales de agua que afloran del plano de falla).

En el caso de las Sierras Grandes, hubo también fenómenos magmáticos, es decir, intrusión de magma que no afloró a la superficie sino que quedó atrapado adentro, consolidando como rocas graníticas. Esto dio origen al lacolito granítico que forma el corazón del cordón, y que aflora en toda la zona.

Toda esta geología disfrutaba yo en el cruce, y en los altos del camino, recogía y admiraba las rocas graníticas con sus gigantes cristales de mica y cuarzo. La ruta desde Villa Carlos Paz sube zigzagueando pero con suavidad, y va ganando altura hasta llegar a la Pampa de Achala. Allí hicimos el primer alto del día, en el Parque Nacional Quebrada del Condorito. Desde la ruta, el ingreso al parque es casi imperceptible, sobre todo cuando se sube desde Córdoba como nosotros, y el acceso al mismo es muy peligroso, a la salida de una curva en pendiente.

Valle de Calamuchita y Embalse los Molinos

El Parque fue creado en el año 1996 en la parte más alta de las Sierras Grandes, y por ello se caracteriza por sus condiciones de “isla biogeográfica” elevada respecto de la gran llanura chacopampeana que la rodea. La zona había sido parte de estancias dedicadas a la ganadería extensiva de ovinos, que se había practicado desde tiempos coloniales. Tras registrarnos y recibir la información correspondiente, emprendimos la caminata de dos horas hacia el principal atractivo del parque: la quebrada del condorito. El camino tiene poca dificultad, ya que si bien es largo, tiene muy poca pendiente. Es muy agradable porque ofrece todo el tiempo la vista del valle de Calamuchita, del Dique los Molinos y de los pueblos que hay alli. Más allá de las Sierras Chicas, se ve la llanura como en una nebulosa.

La quebrada que da nombre al parque es un profundo cañadón de casi 800 metros de profundidad desde cuyos bordes superiores es posible observar, a casi el mismo nivel, el suave planeo de los cóndores andinos. Al fondo, ruge el río de los condoritos, llamado así por la presencia de numerosos ejemplares jóvenes. Al parecer, en este lugar los adultos enseñan a volar a sus crías; de hecho, vimos muy de cerca dos ejemplares pardos, que según indicaban los carteles, es el color de plumaje de los cóndores que no han llegado a la madurez. Un cóndor puede vivir hasta 60 años, y tienen hasta 3 metros de envergadura (distancia entre las puntas de las alas cuando están extendidas).

Un condorito de la quebrada

El lugar es imponente, y basta con sentarse a contemplar para que los ojos se acostumbren y empiecen a percibir el planear de las aves, así como los lugares en el paredón de enfrente donde tienen sus apostaderos y nidos. Era un día excepcional, de sol, sin frío ni viento. Disfrutamos largamente del vuelo de los cóndores hasta que emprendimos la caminata de retorno. Faltaba aún un trecho para llegar a Merlo.

La bajada hacia el valle de Traslasierra es imponente; mucho más abrupta que la subida, presenta unas vistas inigualables del valle. Una vez abajo, transitamos por la ruta que atraviesa los pueblos. Más grandes, más chicos, todos son pequeños, arbolados, pintorescos; todos tienen ese fantástico telón de fondo que son las sierras, elevándose como un paredón imponente.

Finalmente, llegamos a Merlo, a la hora que cae el sol, pintando a la sierra de rojo. Encontramos nuestro hotel, un lindo lugar, apartado del centro, tranquilo. Tras un baño reparador, que nos quitó la tierra de la caminata, salimos a recorrer. Merlo tuvo una explosión urbana ligada al turismo, y se nota. Muchos negocios con una estética actual, similar a la de  los espacios de alta categoría de las grandes ciudades. Más allá, el centro histórico, con su pequeña iglesia frente a la plaza. Allí encontramos un restaurancito que ofrecía un menú de entrada, plato del día y postre por una suma muy modesta. La comida resultó excelente, de manera que hicimos de ese lugar nuestro comedor para la cena de cada día.

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