La cumbre de América

Aconcagua

Pecado es ir a Mendoza y no adentrarse aunque sea unos kilómetros en la cordillera. Humildemente puedo decir que no encontrarán en el mundo cordillera que se le equipare, a no ser que esta fuera el Himalaya. Decidí tomar una excursión que me llevó hasta Las Cuevas, en el límite internacional. De entrada, en el grupo venía una mexicana y dos brasileros que habían hecho el tour a las bodegas; subió también una pareja que venía tomando mate, y si bien era un jarabe infame almibarado, lavado y frío, vino bien para reconfortar el espíritu y abrir la charla.

Apenas salidos de Mendoza, el Tupungato. Ayer lo observé entre los viñedos, recordé a mi papá que contaba que cuando trabajaba en Malargüe y viajaba a Mendoza a tomar el avión, por un largo trecho de la ruta 40 lo tenían al frente guiando el camino. A medida que avanzábamos hacia la cordillera, parecía agigantarse. La primer parada fue Potrerillos, donde hoy hay un embalse. Recordaba un primer paso por Cacheuta, pero claro, la construcción del embalse en el 2001 hizo que la ruta cambiara su recorrido. Cacheuta me lo recomendaron por sus termas, así que ahí iré próximamente.

Una segunda parada fue en Uspallata, para tomar un café y comprar algunos productos regionales. Metros más adelante estaba la estación de servicio donde quedamos varados en el viaje al Encuentro Continental. Me di cuenta que muchos rincones de la ruta los recordaba como si fuera ayer que los hubiera transitado. Recordaba los paredones de sedimentos que bordeaban al río Mendoza que los había excavado; el valle que desde Penitentes permite ver al Tupungato, y más adelante, el valle que hace visible al Aconcagua. Podía decir “aquí es” antes de que el guía tomara aire para señalarlo.

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La tierra del sol y del buen vino

El Tupungato sobre los viñedos

Por la mañana me tomé mi tiempo… tomé unos mates, y salí. Llegué caminando al centro, crucé la Galería San Martín y admiré sus cúpulas vidriadas de colores. En la peatonal había un grupo de hinchas de futbol cantando, yo no sabía pero había un partido importante en el estadio del parque. Me resultó un poco decepcionante que todas las plazas estaban en reparación, incluso la plaza Independencia.

Era el mediodía, compré unos duraznos en la plaza mientras hablaba con un puestero que vendía títeres artesanales. No sé como iniciamos la conversación, que nos fue llevando por senderos tal vez extraños para dos desconocidos. Me contaba que estuvo en Mar del Plata y que lo abrumó la cantidad de gente, yo le decía de la hermosura de Mar del Plata todo el año menos en temporada estival. Me contaba de la cordillera y sus secretos, hablábamos de vida saludable…

Finalmente me despedí y decidí que algo debía hacer a la tarde, me convenía salir de la ciudad porque se me iban a agotar rápidamente las atracciones. Una agencia de viajes ofrecía paseos a los viñedos y degustación de vino en las bodegas de Maipú, y allá fui. En una combi chiquita, nos embarcamos a recorrer bodegas.

Viñedos

En la primera, nos contaron del proceso de elaboración del vino, su estacionamiento, la diferencia entre vinos de reserva y gran reserva. Una vez triturada la uva, se la deja fermentar con el ollejo, que es el que tiene las levaduras que convierten el azucar en alcohol. Por eso, el grado de maduración de la uva es fundamental. Luego de unas semanas, se cuela el vino y se lo deja estacionar en piletas aproximadamente un año. De allí sale un vino que puede consumirse directamente. Luego, hay vinos que pasan un período en barricas de madera, de las que toman sabores que se sienten al degustar. EStas barricas en su mayoría son importadas de Europa y tienen una vida util de cuatro años. Finalmente, hay vinos que se los estaciona en botella, a veces por años.

Terminado el recorrido vino la degustación, probamos vino Malbec, el emblema de Argentina. Aprendimos que al descorchar la botella hay que dejar que el vino se oree una media hora antes de servirlo. Al degustarlo, debemos menear la copa para que el alcohol se evapore. Luego, meter la nariz y dejar sentir los aromas: es interesante jugar casi a adivinar a qué corresponden esos aromas. Luego, tomar un sorbo pequeño, paladearlo y revolearlo por la boca para limpiar cualquier otro sabor. Así, de a sorbos, se va degustando el resto de la copa. Un chico mexicano quedó fascinado por el vino torrontés, nunca había probado un vino así tan frutado.

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Escaparse

Tal vez fue un error viajar en micro; tal vez la diferencia de precio valía mi cansancio, mi tiempo, mi congelamiento y mi hambre. Un viaje que yo recordaba de 12 horas, que en el boleto anunciaban de 14, duró 16. Hay un desvío en la ruta 7, la laguna La Picasa sigue desbordada, y el tránsito desvía hacia el norte para esquivarla. Llevan ya demasiados años con este problema sin solución.

El micro tuvo un servicio inesperadamente malo. No hubo película que entretuviera, ni parada para comprar comida o agua. A mí me agarró desprevenida y cansada, después del día de trabajo y de mi examen de alemán, sólo con una manzanita que no sirvió ni para engañar el estómago saliendo de Buenos Aires y algo de agua que pronto se acabó.

Mi compañera de al lado no me hablaba, y en cuanto pudo, se fue a otro asiento. La batería del teléfono empezó a descargarse vertiginosamente, así que quedé incomunicada de los afectos que me alentaban en mis dudas. Necesitaba comunicarme con el alojamiento a la mañana. Y dormí, con frío, a los saltos, como en cualquier viaje en micro.

Cuando despuntó la mañana, empecé a leer. Había llevado el libro de Boris Vian que quería terminar de leer. El francés me entretiene, me mueve a releer. Una historia banal se fue poniendo oscura, alimentando la angustia que ya me invadía (yo creo que por el frío y la falta de comida). Mi otro libro era Ficciones, tal vez no la mejor elección debido a su complejidad: en general, leía un cuento y me dejaba pensando largo rato, desconcentrándome para leer el siguiente de inmediato.

Llegamos al Desaguadero al mediodía, al arco que da la bienvenida a “la tierra del sol y del buen vino”. Me quedé mirando por la ventana cómo aparecía la cordillera en el horizonte, al principio confundiéndose entre nubes, y luego más nítida. Resaltaba el Tupungato, tan alto, tan aislado y tan blanco. Imponente y omnipresente en la vista. Empezaron a aparecer los viñedos, las acequias y los álamos. Y finalmente entramos a la ciudad.

Tuve un mal entendido con el dueño de casa así que llegué y lo tuve que esperar una hora en la vereda hasta que llegara. Hacía calor, y me senté a proseguir la lectura con paciencia. En eso pasó un vecino y me vio allí, sentada, me preguntó qué pasaba y le dije que estaba allí esperando y sin batería. Así que me prestó un enchufe para cargar el teléfono en su casa. Al ratito ya me ponía de acuerdo con el dueño del departamento, nos encontramos y me instalé.

Me tomé un rato para bañarme, tomar unos mates y descansar. Miré algo de tele fresquita, y luego salí a caminar. Venía con el dato de que esa noche había concierto en un parque, y que ese parque quedaba cerca, así que salí a buscarlo. Al pasar por una verdulería compré cerezas que estaban exquisitas.

Resultó ser que el Parque Central es un espacio que aprovecha el antiguo playón del ferrocarril, convirtiéndolo en un parque, pero también en un centro cultural que ocupa talleres y galpones en desuso. Siempre aprecié esos proyectos de gentryficación, de aprovechar los espacios y ganarlos para la gente. Encontrarlo me costó un poco, lo cual no me afectó, porque caminé lento y pausado por la ciudad, bajo sus árboles.

Una vez ubicado el lugar del concierto, me orienté hacia el otro lado. Fui hacia el este, crucé la Avenida San Martín (la alameda, con su boulevard arbolado en el medio, una belleza) y me adentré en la Mendoza fundacional. Por su condición sísmica, esta ciudad ha perdido todo su casco histórico colonial. Sobreviven las ruinas apuntaladas de la iglesia de San Francisco, frente a la plaza histórica. Allí está el museo histórico de la fundación, pero llegué tarde como para visitarlo, y quedó para el día siguiente. Las plazas mendocinas son hermosas, emana el frescor de la vegetación, y son prueba concreta del milagro del manejo del agua.

Volví despacio, aún faltaba para el concierto, así que decidí comer algo, pasar por el departamento… y ese fue tal vez el error, porque nunca salí de él. Me quedé conversando con la gente de Buenos Aires que quería saber cómo iban mis peripecias, y en cierta forma me terminó venciendo el cansancio. Desde la casa, se escuchaba la orquesta tocar la Marcha del Príncipe Igor. Si, debe haber estado lindo.

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De las altas cumbres a la pampa

El viaje no tenía fecha de cierre. Podría haberse prolongado, pero decidimos que terminara allí. Esa mañana nos levantamos, hicimos las valijas, arreglamos cuentas en el hotel, y partimos tras el desayuno. Partimos con calma, dispuestos a disfrutar el regreso. Atravesamos los pueblos, de Villa Dolores a Nono, llenándonos los ojos del verde del valle de Traslasierra, y percibiendo algo que habíamos visto el día anterior: la forma en que la sierra atrapaba las nubes al Este, permitiéndonos un día de sol al oeste. A partir de los bordes y jirones de nubes que asomaban sobre la sierra, adivinábamos que al otro lado las cosas serían diferentes.

En la entrada al camino de las Altas Cumbres, nos aprovisionamos de aceite de oliva, aceitunas y pan casero. La señora del puesto nos aconsejó bien: “podrán ver ofertas de dos litros al precio de uno, pero es aceite mezcla”. Conseguimos uno rico a buen precio, y con garantía de calidad.

Trepamos la cuesta despacio, contemplando el paisaje, que por momentos tenía miradores o quebradas de los ríos que bajaban hacia MIna Clavero. De repente, llegamos a la pampa de Achala. Los bloques de granito formaban una planicie entrecortada salpicada de matas de pastos duros. El paisaje que habíamos visto días atrás nos parecía nuevo, lo veíamos con otros ojos. Es la magia de los viajes, que te transforman a cada momento, de tal manera que las cosas ya no te parecen las mismas.

Efectivamente, la bajada era más suave. Se notaba una mayor humedad en el aire, se notaba más verde la vegetación. Y al llegar a la encrucijada, decidimos cortar camino por Alta Gracia. Para ello, cruzamos las sierras chicas por al lado del Observatorio. El camino, de nuevo abrupto al oeste y más suave al este, recorría un hermoso paisaje, cada vez más verde. Seguíamos viendo que el manto de nubes estaba retenido por las sierras: esta vez, eran las sierras chicas las que retenían la humedad que venía de la Pampa. Así, ese cordón más bajo tiene un primer efecto disecante, que completará luego el cordón de sierras grandes. Así, las localidades occidentales tienen un mayor índice de heliofanía, es decir, de días con sol pleno como habíamos disfrutado.

Cuando llegamos a la Pampa, la planicie infinita se correspondía con un manto de nubes infinito. Así, el viaje se volvió gris y monótono. Nos habíamos acostumbrado al andar zigzagueante, a que cada curva mostrara una nueva postal. Los minutos se hacían eternos, pese a la música o la conversación. Aquel centro de servicios entre Bell Ville y Leones parecía no llegar nunca.

Estaban levantando la cosecha de maíz. Se veían operar las maquinarias, y salir camiones cargados. Circunvalando Rosario, los vimos hacer la cola de espera para entrar al puerto. Kilómetros y kilómetros de vehículos detenidos en la banquina.

Tal vez, si se nos hubiera ocurrido, hubiéramos entrado a Rosario y hubiéramos hecho un alto ahí. La habríamos recorrido, disfrutado, y habríamos seguido viaje al día siguiente. Nadie nos corría, y estábamos cansados. Hubiera sido la mejor decisión, porque además de un atasco de proporciones interesantes provocado por obras de repavimentación de la autopista, tuvimos que convivir con un intensísimo tránsito de camiones que alargó el acceso a Buenos Aires. Definitivamente, hubiera convenido esperar.

Pero estuvo bien igual. Antes de la medianoche, estaba ya bañada y en mi cama. Me sentía relajada, contenta. Con una serenidad que hace tiempo deseaba y que no había podido encontrar. Misión cumplida, una semana de relax para reponerse. Ahora tocaba disfrutar la casa en los últimos días de descanso antes de retomar las tareas de la segunda mitad del año.

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Alrededor de Merlo

Último día; decidimos dedicarlo nuevamente al relax. Por ello, dormimos otra vez un ratito más, desayunamos con calma y nos quedamos a deambular por Merlo y sus alrededores. Varias personas nos habían hablado del Bajo de Veliz como un lugar bonito, donde se encontró el fósil de la araña más grande del mundo. Nos interesó más el primer dato que el segundo, y allá fuimos. La reserva se visita con guía; lo que hicimos fue quedarnos a tomar mate en un arroyito que cruzaba el lugar, mirando la sierra y los pajaritos que iban y venían. Había también una parrilla, con las mesas bajo los árboles y la carne ya haciéndose a fuego lento al asador. No fue de nuestro interés, pero claramente era tentadora la idea de disfrutar de una comida en ese entorno.

Retomamos la ruta y nos volcamos hacia Córdoba, que no es más que una continuación de los poblados recostados en la bajada de la sierra, apenas más allá de Merlo. Cruzamos algunos hasta llegar a La Paz, donde encontramos la plaza, la iglesia y la oficina de turismo. Nos sentamos en la plaza a comer queso y salame regional, para luego explorar la zona.

Así llegamos a la localidad de Loma Bola, llamada así por un pequeño cerrito que se destaca y que parece una pequeña bola aislada de los demás cerros. Atrás, el paredón imponente de la Sierra de los Comechingones hace que parezca más pequeño de lo que es. Un caminito escala hasta la cima, donde hay una gran cruz. La subida es tremendamente empinada, y tiene paradas en las diferentes estaciones del via crucis. Desde arriba, las localidades vecinas y el valle de Traslasierra se ven en toda su perspectiva. La bajada resultó más suave, ya que como toda elevación de las Sierras Pampeanas, el Loma Bola es un bloque ascendido, con su ladera abrupta mirando al occidente, por donde trepa el via crucis, y una bajada más suave hacia el oriente, donde pude detenerme a recojer vainas rojizas y flores secas. Encontramos también un museo de la maquinaria agrícola.

Fue entonces tiempo de mates y de volver despacito para tener tiempo de recorrer una vez más la zona comercial, comprar algunos recuerdos y alfajores cordobeses, y cenar por última vez en el que ya era nuestro restaurant. Las chicas nos traían la empanada de entrada casi sin preguntar, y comenzaron a ofrecernos variedad de postres, y no ya sólo el postre del día. Y de allí, a descansar.

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La Carolina vale oro

Pueblo de La Carolina

El día que estábamos en viaje, nos recomendaron como imperdible visitar un pequeño pueblo minero donde se podía entrar en una mina de socavón. El proyecto nos entusiasmó desde el principio, así que habiendo descansado un día de nuestra incursión a la Sierra de las Quijadas, nos dispusimos a visitar La Carolina.

Tomamos contentos la autopista, y pasando el peaje, levantamos a un cordobés que venía haciendo dedo. Había ido de visita a ver a su familia, y regresaba a su lugar de trabajo. Por la gentileza de llevarlo, nos ofreció hierbas serranas que aceptamos con gusto. Cuando abrió el paquete… nunca sentí un perfume así!! Era la sierra que nos envolvía. Lo lindo de levantar gente que hace dedo es que uno se conecta con las realidades del lugar. Nos contaba del funcionamiento de la provincia y de los artilugios de gobierno de los Rodríguez Saa. Pero sobre todo, que la gente está contenta.

Seguimos viaje… en la localidad de La Toma el GPS nos hizo doblar por una ruta que era de ripio. Las alternativas asfaltadas alargaban el camino en tiempo y kilometraje. El GPS prometía 16 kilómetros hasta el empalme, ¿qué podía ser tan terrible? Así que ahí fuimos. Pero resultó que el empalme era una encrucijada donde se abrían tres caminos de ripio aún más rurales que el anterior, y el nuevo empalme estaba a 18 kilómetros. Ya estábamos en el baile. Abandonamos el mate, porque el auto se sacudía bastante, y disfrutamos del paisaje, que en rigor de verdad era bellísimo. Las sierras eran macizos de formas caprichosas aflorando en una planicie ondulada, llena de colores y cruzada por pircas de piedra. Pero el ripio seguía. Entonces, en un rancho, nos detuvimos a preguntar, y fue grandioso oir al paisano decir: “ahi adelante en 200 metros está el asfalto”.

 

El paisaje siguió igual, en zigzag entre los cerros, subiendo de a poco, hasta que llegamos a al pequeño pueblo de La Carolina. Ubicado al pie del cerro Tomolasta, que con 2018 metros es la altura máxima de la provincia, este pueblo tiene hoy 300 habitantes. Debe su nombre al Marques de Sobremonte, que bautizó al poblado en honor del rey Carlos III. Es un pequeño núcleo urbano muy pintoresco, donde se pueden recorrer sus calles y visitar un museo de minerales. Allí me zambullí de cabeza, había muestras muy interesantes que sacaron a flote todos mis conocimientos geológicos dormidos. Pero creo que sería importante que alguien explicara qué es lo que se está viendo, porque para el visitante común no son más que piedras más o menos lindas.

 

La joya del lugar es la visita a la mina, que resulta muy movilizante. Después de ponernos botas y casco con linterna, y de contarnos la historia del yacimiento, algunos datos sobre el oro y su forma de explotación, nos introdujeron en los túneles.

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Los ríos de Merlo

Río Pasos Malos

La caminata por la sierra de las quijadas nos hizo dormir un rato más. Un buen desayuno, una vuelta por el centro para comprar frutas, y empezamos a recorrer los alrededores de Merlo. Apuntamos primero para Carpintería, un pequeño pueblo al sur de Merlo, justo bajo el mirador de las águilas. No encontramos nada de nuestro gusto para hacer… si bien en la oficina de turismo nos habían hablado de un parque temático sobre la vida de los comechingones, un planetario, una cervecería artesanal… la realidad es que buscamos sierras, ríos, algún lugar donde tomar mate… eso de la “entretención permanente” no va con nosotros.

Nos fuimos para el camino de Pasos Malos, que lleva a una serie de miradores, a un río con cascadas y a la “ruta del chivito”. Este sendero lleva al ángulo noreste de la provincia, encajándose en la provincia de Córdoba. Pero lo curioso es que, ni bien se empieza a subir, se empiezan a encontrar parrillas que se promocionan con el apellido Godoy. La cantidad de parrillas aumenta al subir: la nieta de Godoy, el hijo de Godoy, los sobrinos de Godoy, Mirtha Godoy, Juan Godoy… no se cuántos más vivían de un mismo apellido y de un mismo rubro de servicios: la parrilla con especialidad en chivito. Algunas ofrecían comer en rocas y troncos bajo los árboles; otras, en una especie de quinchos y salones. En una de ellas, un parlante a todo volumen “musicalizaba” el almuerzo. Soy enemiga del ruido de fondo, más cuando estoy en medio de las sierras, bajo los árboles, donde puedo disfrutar del viento y los pájaros. Me siento invadida. La percepción que tuve es que todos esos emprendimientos eran muy precarios y que todos tironeaban de uno para llevarlo a su molino; que quizás si se unieran podrían hacer un servicio más agradable y más ordenado.

Al final del camino había una bajada al río, y empezamos a remontarlo hacia la sierra, trepando por las piedras. Finalmente nos sentamos a tomar unos mates al lado de una cascadita donde el perfume de la peperina era impresionante. Hacia un lado, se veía la cumbre de la sierra cubierta de vegetación, desde donde bajaba el río a los saltos. Hacia el otro, la villa de Merlo se distinguía desde lo alto, y más allá, el valle de Conlara que se extendía hasta el horizonte.

Río Pasos malos

Comimos unas empanadas para seguir camino hacia otro río, esta vez, el que atraviesa la reserva natural y que lleva al Salto del Tabaquillo. Nos habían dicho en la oficina de turismo que no es necesario ir con guía como nos dijeron, sino que basta con curso del río para no perderse. Así, caminamos entre las piedras trepando por el río, al principios con mucho ánimo y energía pero el camino era ya angustiante, fruto del cansancio por la subida, que hacía que las piernas empezaran a no responder, y de que las piedras eran cada vez más grandes.

Dos horas y aún no aparecía la cascada. Estaba por empezar a bajar el sol, y quedaba la bajada por el río. Llegamos a una cascada hermosa, que bajaba de una olla a la que llegaba un pequeño salto. La cosa parecía más promisoria. Allí encontramos a unas chicas con unos nenes chiquitos que nos dijeron que la cascada estaba una hora más arriba. Fue muy desmoralizante. Lo más frustrante era que todo a lo largo del camino, cruzaban tirolesas desde los cerros. La gente que se estaba tirando en ellas llegaba por algún sendero que seguro era más fácil que subir por el río. De hecho los guías debían hacer subir a la gente por algún lugar menos arriesgado.

Así que desistimos, y nos sentamos a tomar mate allí, y a disfrutar de ese salto tan bonito. Queríamos también asegurarnos el tiempo de bajar con luz de día, y no tenía sentido seguir subiendo para sacar una foto y bajar a las corridas. En un momento bajó un grupito, que habían seguido subiendo una hora sin éxito. Cruzaron a una guía que venía bajando y los miró de mala gana, diciéndoles que les quedaba aún media hora para arriba. Lo cierto es que a esa altura era difícil calcular cuánto se tardaba en llegar al salto subiendo por el río.

Camino al salto del tabaquillo

Empezamos el descenso… y de repente, encontramos un sendero que se apartaba un poco del río. Estaba marcado con nitidez por el pisoteo continuo de mucha gente, no tenía piedras y bajaba suavemente paralelo al río, pero campo adentro. Así, llegamos muy rápido abajo, y concluimos que habría sido mucho más rápido y descansado subir por ahí. Son esas vivezas criollas que espantan al turista; de tratar de sacar un mango más terminan matando a la fuente de sustento para todos, porque ninguno quedó con ganas de pagar un guía para volver a intentarlo.

Regresamos temprano. La idea era bañarse y aprovechar de recorrer el centro; en la Avenida del Sol hay varias galerías estilo shopping, pero también un paseo artesanal y muchos negocios interesantes. Un segundo centro es el que rodea a la plaza central, presidida por la iglesita colonial, y que también tiene muchos negocios interesantes. Finalmente, cenamos nuestro menú en el que ya era nuestro comedor, y nos fuimos a descansar.

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