Justo en lo mejor de mi vida

Hace varios años, mis padres fueron a ver esta obra. En ese momento, el elenco estaba encabezado por Luis Brandoni y Alejandro Awada. Mi mamá, como tantas veces, me quemó la historia: me contó las principales sorpresas, y las problemáticas que surgían. Sin embargo, siempre me quedé con las ganas de verla.

Hace un tiempo vi que volvió, esta vez con nuevo elenco. Me dieron ganas de verla, pese a los grandes anticipos de mi mamá y a que los nuevos actores no me transmitían mucha confianza. Ambos salidos de la televisión, pero no de la televisión más trabajada, o de más calidad… o por lo menos de la que más me gusta mirar. Me hubiera encantado verla con el elenco original.

Pero estuvo más que bien así. Ambos protagonistas realmente me sorprendieron por su calidad. Cómo creció Diego Perez desde “el insoportable” de Tinelli de los años 90! Y Miguel Ángel Rodríguez me sorprendió también gratamente. Al margen de la actuación, uno cuando ve a los actores en vivo, se da cuenta de cómo son en realidad físicamente: me pareció un tipo gigante, sumamente alto; y me apenó verlo tan avejentado. Ambos están en escena, literalmente, toda la obra: son los primeros en entrar a escena y desde ese momento, permanecen allí hasta que se cierra el telón. Interactuando más o menos, participando más o menos, los dos están siempre allí. El elenco se completa con Pepe Monje, Julia Calvo y Johanna Francella (hija de Guillermo), que están también muy bien.

No es la primera obra donde el conflicto familiar está en el centro de la escena, ni creo que será la última. Es más, pienso que casi todas las obras que he visto se centran en dilemas familiares. En estos tiempos por los que atravieso, me resulta extraño que la familia sea para todos una temática tan principal y central de la vida (está claro, aclaro, que la que va a contramano soy yo). En todo caso, siempre el arte interpela no sólo a cada uno de manera diferente, sino a uno mismo de diferentes formas en distintos momentos.

Trataré de contar de qué trata, anticipando lo menos posible… no me gusta hacer lo que no me gusta que me hagan. En fin. Un día Enzo llega a su casa y al entrar por la cocina, se encuentra con que allí está un amigo que hace diez años que no ve. El reencuentro es para él sumamente emotivo. Poco a poco se van poniendo al día. Sin embargo, en la casa ha pasado algo terrible, y toda la familia está convulsionada.

Nada que uno no conozca: hay momentos en que todo queda al descubierto, y que uno se entera de cosas que a lo mejor no quisiera saber. O que se replantea las decisiones (irremediablemente) tomadas, y desearía que el tiempo volviera atrás y construir la vida de otra manera. Como dice el dicho popular: pasa en las mejores familias. Nada más cierto.

El diálogo es muy rico, con un fuerte tinte emocional, intenso y fuerte por momentos, gracioso por otros, tragicómico en general. Tiene una buena alternancia de momentos serios con salida a risa para descomprimir. Pero en general, es una obra alegre.

Salimos contentas, compartimos una cenita liviana y una cerveza en un bolichón de Corrientes, un té especiado con budín en “el gato negro”, y una conversación donde la obra, inevitablemente, se entretejía con los sucesos de nuestras propias vidas y con nuestra propia puesta al día.

Hermosa noche de sábado en Buenos Aires, bajo las luces de Corrientes.

El centesimo mono

El centésimo mono

Anoche fuimos a ver una obra mágica: es teatro y magia a la vez. Pero sobre todo, es poesía, reflexión, metáforas. Nos permitió disfrutar, reflexionar, y también reir. Escrita y dirigida por Oski Guzmán, es una pieza sumamente original, que ha ganado múltiples premios nacionales e internacionales.

Desde el inicio, se dice que el  hombre teme a la magia como teme a la muerte. Y a partir de allí, empieza la historia. ¿De qué se trata? Lo cuentan sus protagonistas en el programa:

Hay un mago que se está muriendo. Debe operarse de urgencia ¿Qué sucede en su cabeza una vez que le han aplicado la anestesia total? Los sueños más estúpidos, la intimidad de su oficio y la lucha por librarse de los trucos que le negaron la posibilidad de creer en la magia. Sin embargo tiene ahora una oportunidad: su propia muerte puede ser el único momento mágico de su existencia. Veamos qué decide.

El Centésimo Mono es mezcla. Es teatro que nos deja flotando en una alfombra mágica, y es magia que nos demuestra el patético círculo de la propia existencia.

Tres magos que son actores, tres actores que son magos. Es una mezcla sorprendente la de la magia y el teatro, ya que al asombro propio de la magia, se suman las sorpresas de un texto que interpela. El despliegue de elementos mágicos es muy variado, y la ironía con que está planteado el tema permite reir, aunque con esa especie de amargura propia del humor negro.

La especie de “eter” en la que están metidos los personajes está muy bien lograda. El tiempo y el espacio, la percepción y el sueño, la realidad y la imaginación, conviven y nos ponen todo el tiempo ante la duda. Pero las metáforas son claras, y nos conectan a todos en algún momento con lo que sucede.

Es inevitable pensar qué haría yo si tuviera esa consciencia… o esa sensación… o esa certeza. Y la magia, planteada como ilusión que desafía a la capacidad de comprensión lógica, acompaña esas dudas y reflexiones. Refuerza la pregunta, y nos enfrenta al vértigo de lo desconocido y lo ineludible.

Debo agregar que a la salida nos quedamos a comer algo y conversar de lo visto en el propio teatro La Carpintería. En la parte de adelante tiene un barcito muy acogedor donde comimos comida casera muy rica y compartimos una cerveza artesanal por un precio módico. La atención es muy buena y tiene un ambiente super tranquilo que favorece la conversación.

Hermosa noche entre amigas, muy buena la obra y muy bueno el lugar. Totalmente recomendado!!

La rebelión de las mujeres

Hacer teatro antiguo es todo un desafío; adaptar una obra para que tenga sentido actual, para que sea entretenida, divertida, no es algo sencillo. Anoche fuimos a ver una versión de Lisístrata, de Aristófanes, por recomendación del vicerrector de la escuela, y salimos muy contentas. Tiene una puesta que combina lo antiguo y lo contemporáneo sin que la obra pierda su sentido en el contexto en el que fue escrita, proponiendo reflexiones para los tiempos que corren. Nos reimos mucho, y nos mantuvo atrapadas todo el rato. Es una obra con casi 30 personas en escena, la mayoría muy jóvenes, lo cual le da mucha frescura. La puesta te envuelve, y tiene notas artísticas sorprendentes y de gran calidad. Muy recomendable.

¿De qué trata? Durante las guerras ente las polis griegas, las mujeres, cansadas de que sus hombres vayan al frente de batalla, se unen para llevar a cabo una estrategia que permita terminar con la guerra. Unidas sin importar su origen, en su sóla condición de mujeres aquejadas por igual por la ausencia de sus maridos, se sostienen unas a otras para mantener el juramento que han hecho, por medio del cual esperan lograr al objetivo de forzar la paz.

Interesante reflexión sobre el rol de la mujer, en estos, en aquellos, y en todos los tiempos. De los prejuicios y opiniones que pesan sobre las mujeres. Y como siempre, tal vez lo más interesante del tema es el rol y las miradas que tienen de sí mismas las propias mujeres.

Entre semana, ¿por qué no?

Mi papá llamó una noche. Me dijo que se iba a poner en escena “La corte del faraón”, una obra de la lírica española, que no era ni zarzuela ni opereta sino más bien una obra discutida en su tiempo por su contenido, pero con melodías hermosas. Lo que más le entusiasmaba era que esta obra la iban a poner en escena en el Teatro Coliseo Podestá de La Plata. La puesta corresponde al Teatro Argentino de La Plata, donde ya hemos visto más de una ópera y ballet de gran calidad. Todas las idas hacia allá terminan, indefectiblemente, en la cervecería Modelo, con lo cual uno llega a Buenos Aires de regreso bien pasada la medianoche.

Luego de averiguar, me dijo que se daba miércoles o jueves a la noche. Ahí empezaron mis reparos, porque el jueves entro a las 7.45 a trabajar, y a la noche tengo mi clase de alemán. Mi papá entonces desistió… momentáneamente. Pocos días después volvió a la carga; se ve que de verdad quería verla y quería conocer el teatro, así que accedí. Vamos por partes.

Primero, el teatro. El Coliseo Podestá fue comprado por la compañía de la familia Podestá a fines del siglo XIX. Se trataba de una familia italiana (genovesa) llegada al Río de la Plata;  empezaron en Montevideo con su historia artística y luego pasaron a La Plata. El teatro es bastante pequeño, antiguo, pero muy bello. Sus palcos, el fresco del techo, las decoraciones, el hall… es un gran teatrito muy bello, con mucha historia, que vale la pena ver.

Segundo: la obra. Ya desde la lectura del argumento uno se da cuenta por qué esta obra no está catalogada en ningún género, y generó revuelo y críticas morales en su época. Se trata de una revista demodé. Sin un gran argumento (no es ni siquiera demasiado coherente), se trata de una sucesión de cuadros de contenido picante, mezclando danza, canto y humor. La obra se encuentra claramente aggiornada, con alusiones a la realidad política actual, hecho que refuerza que se trata de una revista.

La puesta del Teatro Argentino es buena. Los cuerpos de baile se destacan, así como las grandes escenografías y los vestuarios. Algo que resulta interesante es que este teatro conserva puestas de tipo tradicional, donde los egipcios visten como egipcios y están en un templo de rocas y columnas. Para los que somos espectadores ocasionales, cumple con lo que esperamos ver… nos gusta más que una puesta innovadora. Lamento que semejante esfuerzo artístico, de ensayo, trabajo y preparación dure sólo dos funciones.

El teatro les queda un poco chico, con partes de la orquesta en los palcos y poco espacio para circular en el escenario, lo cual no quita que sea una linda puesta. Me gustó haber ido.

Y la tercera parte… la mástica. Si bien la obra terminó una hora más tarde de lo que habíamos pensado, fuimos a comer la la cervecería Modelo. El lugar es ineludible. Fundado en 1894, adornado con carteles publicitarios de todos los tiempos y llena de tentadores jamones cogando, tiene una atmósfera mágica. Es tradicional que la cerveza venga acompañada de una canasta con maní para pelar, y en la casa está mal visto dejar las cáscaras sobre la mesa o juntarlas en el cesto de maníes una vez vaciado. Todo el mundo las tira al piso, con lo cual, entrar a la Modelo es caminar sobre el craqueteo de las cáscaras bajo los pies. La cocina es muy buena, y se disfruta mucho la atención y el ambiente.

Como era cantado, llegué a casa pasadas las 2am, y me costó levantarme y sobrellevar el día de hoy. Pero me gustó haber ido. Si no volví exhultante fue por las cuestiones familiares que siempre opacan y tensionan estos eventos. Pero eso es harina de otro costal.

-*- DATOS INDISPENSABLES -*-

Teatro Municipal Coliseo Podestá
Calle 10 733, entre 46 y 47 – La Plata
http://www.coliseopodesta.laplata.gov.ar/

 

 

Cervecería Modelo
Calle 5 496, esquina 54 – La Plata
Abierto todo el año
Domingo a Jueves de 8 a 1hs
Viernes y Sábados de 8 a 3hs
http://www.cerveceriamodelo.com.ar/

Hay que ver de todo

Mi papá me sorprende. Además de ser como Highlander y sobrevivir a una caída con dos puntos en la nuca la semana pasada saliendo del hospital recién cosido y con ánimo de irse a cenar afuera, está mostrando un arte de la adaptación terrible. La verdad, nos está pasando el trapo a todos.

Anoche lo acompañé al teatro. Cuando en Enero estuvo solo dos semanas mientras anduvimos todos de viaje, buscó montones de cosas para hacer y le quedaron cosas afuera. Una de ellas fue una obra de teatro sobre Lacan, que prometía ser comedia, que prometía hacer reir. Estaba muy entusiasmado y ante falta de propuestas alternativas de mi parte, dije si.

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La obra, interesante, requiere ciertos saberes previos lacanianos que quienes no somos del palo no tenemos. Pero como entre google y wikipedia todo lo resuelven, aunque sea a posteriori uno puede ponerse en tema y entender un poco más la obra. ¿De qué trata? La página del teatro lo resume mejor que nadie:

El doctor Lacan, el gran psicoanalista francés, llega -un poco después de mayo del 68- a dar su famoso y “taquillero” Seminario, pero por primera y única vez se encuentra con la sala vacía.
Durante 50 minutos y a puertas cerradas con la señora Gloria, su secretaria española, hablan de todo su expulsión de la Internacional Psicoanalítica, su relación con Freud, su guerra sin tregua con su analista polaco y con la estrafalaria princesa Bonaparte, el futuro del psicoanálisis y de la humanidad.
Pero no solo hablan espectáculo de vertiginosa teatralidad, en “El doctor Lacan” pasa de todo entre estos dos personajes que se necesitan tanto el uno al otro y que funcionan casi como un mago y su asistente, con baúl y todo… Conocido por su gran don histriónico como orador (escribía muy mal y su enseñanza transcurrrió básicamente de manera oral en el Seminario), Lacan es un personaje servido para el teatro, lo mismo que la señora Gloria, a quien el autor desempolvó como gran antagonista del maestro francés.

Da ternura ver que es una obra hecha a pulmón, por dos aficionados que la pensaron para 4 funciones y hace 5 años que vienen, como ellos dicen, agregando siempre 4 funciones más. Y a uno le da ternura en ese final, que no es el final de la obra, sino el momento en que todos se levantan y se retiran de la sala, y ellos están allí para sacarse una foto con los espectadores que así lo requieran. Uno sopesa el esfuerzo, sonrie y agradece pese a todo.

A mi la obra no me terminó de cerrar, y a mi papá tampoco. Así que salimos del teatro, y antes de llegar a la esquina, mi papá me dice “y bueno, hay que ver de todo, pero ahora me quiero reivindicar con la comida”… Digamos que me echó una cuota de presión encima sobre qué lugar elegir para comer….

Desde el momento del plan de la salida, con la plena ilusión sobre la obra de teatro, le había dicho que allí sobre Rodríguez Peña, apenas cruzando Santa Fe, a metros del teatro, había unos locales muy lindos de comida criolla (humitas, pasteles y afines) donde había pasado un grato momento tiempo atrás con Vero y Rita (a precios módicos), y que podía ser lindo. Según mi recuerdo, al lado había una opción del mismo estilo pero de comida mexicana, que desde un principio desestimé para mi papá. Cuando, tras la obra, consideró mi sugerencia para “reivindicarse”, empecé a temblar…

Caminamos hasta allí, pero antes le pregunté si prefería ir a un lugar probado. Me dijo que no, que tenía esperanzas en mi recomendación. El local criollo le pareció desde afuera muy oscuro, con sus velitas y sus mesas forradas en papel; con el canasto de crayones para dibujar distraídamente el mantel mientras transcurre la conversación y se espera la comida. Al lado, una parrillita (mismo estilo) tenía lista de espera por una mesa. Tercera opción, restaurant mexicano…

el-salto-de-las-ranasDesde afuera se veía animado… con sus banderillas de colores y toda la iconografía de México. Adentro, las sillas de paja y mesas de madera se veían cálidas, así que quiso probar. Su lema parecía ser esa noche “hay que probar de todo”. Cuando vio la carta y me dijo que eligiera yo, me pregunté si no era un error. Se puso tan nervioso… opté por pedir consejo a la moza que nos aconsejó super bien. Así, tras experimentar con los nachos que vinieron de cortesía, comimos cada uno un taco de carne y queso, un taco de vegetales, y compartimos una porción de torta 3 leches. Quedamos hechos.

Lo lindo fue que en cuanto llegó el plato, se puso contento, lo comió con ganas, y dijo que le gustó. Y me dió una cátedra de flexibilidad y tolerancia. Yo se que a lo largo de los años ha ido aprendiendo a ser flexible. Mis temores no eran infundados, sino que nacen de una historia de inflexibilidades vividas, de críticas lapidarias y mal humor presenciado. Con lo cual, verlo disfrutar de una obra que no llegó al nivel de su expectativa, y animarsele a un taco mexicano con alegría me resultó muy tierno.

En fin, lo importante es salir. Vestirse lindo, peinarse, y salir a probar cosas nuevas. De todo se rescata algo, aunque sea la buena onda que le pone uno para reirse, la de la moza que te aconseja un menú adecuado, o la del psicoanalista que con todo empeño oficia de actor. Ellos cerraron la obra diciendo que si te gustó, se la recomendás a los amigos, y si no te gustó, a los enemigos. Yo no la recomiendo de manera específica, pero si a alguien le dio curiosidad, les dejo los datos por si quieren ir, así como los del restaurant mexicano que, ese sí, recomiendo con todas ganas.

dr_-lacanEl Dr Lacan, de Pablo Zunino.
Con Pablo Zunino y Silvia Armoza
Teatro La Comedia
Rodriguez Peña 1062
Teléfonos: 4815-5665 / 4812-4228
Web: http://www.lacomedia.com.ar
Entradas desde: $ 250,00 – Sábado – 21:30 hs

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elsaltodelasranasrecoleta El Salto de las Ranas – Comida mexicana
Rodriguez Peña 1164, Recoleta.
Teléfono: 4811-2635
Web: http://www.elsaltodelasranas.com.ar/
Horario: de 12 a 16 y de 20 a 24.

La omisión de la familia Coleman

Voy a empezar por el final. Salimos en shok. Mudas las tres, caminamos por Corrientes hasta Callao, donde buscamos un taxi para compartir. Cada cual en su burbuja, cavilaba lo que habíamos visto, procesaba la información y hacía inventario de los daños. Pero había algo que ninguna de las tres podía negar: la obra está buenísima, aún cuando nos había pegado directamente, a cada una de una manera diferente. Hoy amanecí y los whatsapp seguían llegando: aún seguíamos pensando. Considero que eso hacen las grandes obras: nos llegan, nos interpelan, nos enfrentan a aspectos de nosotros mismos.

“La omisión de la familia Coleman” es una obra totalmente recomendable. Tal vez la única salvedad que valga hacer es recomendarle al espectador que vaya un día que esté de humor, ya que nadie sale indemne. A todos se nos disparan cosas, y es curioso ver lo que se le juega a cada uno ante la historia. De hecho, ahora que la conozco, tal vez la volvería a ver por el simple placer de disfrutarle más detalles artísticos.

La familia Coleman es totalmente disfuncional. Cuesta un buen rato entender quién es quién y que parentezco tienen entre ellos. En un momento las piezas se van acomodando para el espectador, y entonces uno puede empezar a entender las dinámicas que esta familia ha logrado construir para poder seguir funcionando. Sin embargo, es allí cuando aparece el conflicto. Ese conflicto que devela cuál es la pieza que los mantenía unidos y funcionando… cuando esa pieza desaparece…

En lo personal la obra que me movilizó mucho y me dejó pensando. Puedo decir que reflejé en esa familia muchas cosas de la mía propia, y se me plantearon muchos interrogantes sobre cómo vamos a reaccionar ante una situación límite o quién es la pieza fundamental en nuestro caso. Creo que a todos nos hace repensar los vínculos familiares que tenemos y las situaciones que atravesamos con ellos.

La obra viene de muchos años de escena, primero en teatros chicos del circuito under y ahora pegaron el salto a la calle Corrientes. Los actores son todos desconocidos, lo que no quiere decir que no sean brillantes. De hecho, hay actuaciones que son verdaderamente geniales, como la de Marito. Cómo una persona se puede transformar tanto…

Y la gran pregunta final es la que nos hacemos todos cuando sacamos las entradas, y que, en parte, nos la seguimos haciendo cuando salimos: cuál es la omisión de la familia Coleman?? Pueden ser muchas cosas… de hecho, a cada persona que la vio, se le ocurrió una teoría al respecto atravesada indudablemente por su experiencia personal. Así, para mí la gran omisión de esta familia es el diálogo y el registro del otro. Llegado el momento, cada uno dice “hago mi vida total los otros se van a encargar”… de manera que nadie termina encargándose de aquello que podría haber hecho cualquiera, o, mejor dicho, que podrían haber hecho entre todos. Así, cuando ha desaparecido aquella razón que la mantenía unida, cuando todos desde la incomunicación han asumido, confiado y delegado que el otro se haría cargo, nadie hace y la familia se disgrega.

Tal vez no los une el amor, sino el espanto, o la costumbre… tal vez cuando vieron la posibilidad de salir de ese entorno enfermo la tomaron… tal vez fue un “salvese quien pueda” colectivo, donde cada uno se enontró a la vez por fin desatado y con una oportunidad por delante. Lo cierto es que resuena para mí el hecho de que ser familia muchas veces no implica quererse… sino, simplemente, ocuparse cuando es indispensable y soportarse hasta que aparece la oportunidad de huir. Y en medio de la soledad, de la oscuridad total… de la sala, y aún ahora de mi cabeza, atrona Violeta Rivas cantando con ironía: “que suerte, que suerte, que suerte que esta noche voy a verte”…

Claveles rojos

Cinco años pasando por la puerta del teatro al menos una vez por semana sin registrar su existencia. Pero estaba allí, el teatro El Ojo, con su oferta de obras en cartel. Ironías que suceden en la vida, me recomendaron “Claveles rojos” por otro lado, sin que yo supiera dónde era, hasta que llegó el momento de ir.

Un teatro modesto, pequeño, de estos que refaccionan una casa para convertirla en una sala para un puñado de espectadores, aloja una obra de una calidad imponente, que por algo lleva tantos años en cartel, siempre en este pequeño espacio. Los actores no son conocidos, pero tienen un desempeño impecable.

La más sorprendente es Liliana, de quien en un momento uno empieza a dudar si la actriz no tiene de verdad un problema, o si su cara no tiene en realidad esa gestualidad tan especial de manera natural. Es la forma de hablar, de sostener la mirada perdida, la mueca permanente… impecable su concentración y la capacidad de sostener su rol.

La historia es difícil, en parte porque está basada en un hecho real. Al alumbrarse por primera vez la escena, aparece una madre hablando ante el tribunal, pidiendo que se declare a su hija Liliana como incapaz. Situación terrible si las hay… y ante el horror, la pregunta: ¿qué lleva a una madre a eso? A partir de allí, la incansable batalla de Liliana, (casi) sola, con sus limitaciones, para que tal petición no llegue a aplicársele. Y con la lucha, como suele suceder, aparecen de a poco los motivos que terminaron por hacer que la familia tomara semejante decisión.

Una obra que despierta la ternura, que permite ver que no siempre la familia es la que más nos cuida, nos protege, nos valora y nos defiende. Que muchas veces es el mundo de allá afuera el que se solidariza con nuestras batallas, al punto de hacerlas prácticamente suyas.

Puedo decir que a mí me dejó contenta, por la historia y la calidad de la obra, pero que es inevitable que me deje pensando. Igual, una buena charla con las chicas y una pizza de Güerrin completaron la noche de una manera especial.

Toc toc

Hace años que veo la obra en cartel y quiero ir. Hace años que me la recomiendan enormemente. Anoche fue el día, y hoy puedo decir que hace años que no me reía como ayer, lo cual es mucho decir, ya que en general pocas cosas consiguen de mí algo más que una sonrisa.

TOC es la abreviatura correspondiente a “Trastorno obsesivo-compulsivo”: todos tenemos nuestras pequeñas manías, pero cuando estas se convierten en una obsesión, en un pensamiento recurrente que nos atormenta; cuando nos provocan angustia, de manera tal que no podemos estar serenos si no cumplimos determinados procedimientos, estamos frente a un TOC. Como toda enfermedad mental, es difícil de dimensionar, y sobre todo, de aceptar.

Existen diferentes tipos de TOC; la obra toma seis de ellos, la mayoría son los más comunes, y los encarna en seis personas que por diversos motivos deciden encarar el tratamiento con un reconocido psiquiatra especialista en el tema. Como el psiquiatra demora en llegar, y por tanto, en comenzar a atender, los seis pa(de)cientes comienzan a interactuar en la sala de espera.

La obra no es más que eso: no tiene una gran historia ni un gran conflicto. Son simplemente seis personas que tienen diferentes TOC interactuando en la sala de espera; con la ansiedad que supone para ellos la demora del doctor. Cada uno va presentando su TOC, y los motivos por los que están ahí. Cada uno devela su grado de autoreconocimiento y aceptación de la enfermedad: así, al que va movido por su propia esperanza de curarse, se le suma el que va porque la mujer lo mandó o la que afirma incansablemente que está guardando el lugar hasta que llegue la amiga que es en realidad la paciente a tratar.

El diálogo toma una velocidad impresionante, de tal manera que despierta carcajadas en continuado, ya que a la intervención de uno le sigue una respuesta aún más insólita y desopilante, tal vez no por la respuesta en sí sino por la forma en que se encadena a la frase anterior y posterior. Así toda la interacción es un verdadero diálogo de locos. Cuesta mucho retener lo que se dice y los motivos que a uno lo hacen reir; en parte porque son tan simples y a la vez tan abundantes que hay pocos momentos de silencio como para dejar decantar lo dicho. Lo genial es la acción, cómo van pintando la situación, la personalidad de cada uno y el trastorno que lo aqueja.

El comun denominador es que todos, absolutamente todos, salimos de la sala riendo, y cuando nos llega la calma, que para nosotras fue delante de una empanada en La Americana, empieza el sinceramiento sobre con quién nos identificamos, léase: qué TOC reconocemos en nosotros mismos. Queramos o no, todos tenemos nuestras manías, los hábitos y conductas sin los cuales pareciera que no podemos seguir funcionando. La obra, desde la risa, nos invita a hacer una autoevaluación y a reirnos también un poco de nosotros mismos.

Tal vez la única frase que puedo reproducir de la obra, la única que pude recordar, sea la más significativa. Después de una secuencia hilarante, y justo antes de que los demás retomen la vorágine del diálogo, la sala estalla de risa con el remate de Camilo, el taxista, quien en complicidad con el público, sacude las manos y dice: “cuando cuente esto en casa, no me lo van a creer!!”

El burgués gentilhombre

El otro día fui a ver una de esas obras de teatro inolvidables. Una puesta en escena con todos los encantos de una obra de época con las posibilidades que brinda la tecnología actual. Una obra cómica de por sí, con todos los giros y guiños para adaptarla a la realidad y hacerla aún más graciosa.

Una de las virtudes de Molière ha sido la de escribir obras con temáticas universales que siguen teniendo actualidad. Ya me pasó con “Las mujeres sabias” hace unos años.

Hay quienes afirman que para delinear a su inmortal Monsieur Jourdan, Molière se inspiró en un tal Gandorin, sombrerero que vivía en París y que había enloquecido a causa de sus delirios de grandeza. Parece que el hombre, un comerciante adinerado, terminó malvendiendo su negocio y empobreciendo a su familia con el único fin de conseguir un título de nobleza. Otras fuentes, aunque de manera un tanto imprudente, arriesgan que era nada menos que Colbert, el poderoso ministro del Rey Sol, quien se escondía detrás del personaje. Suponen que su origen humilde lo avergonzaba de tal modo que, a pesar de ser el gran reformador del estado francés, no hallaba consuelo a su condición plebeya y por ello fantaseaba con antepasados aristocráticos inexistentes.

De cualquier manera poco importa, pues Jourdain representaa un tipo humano que ha seguido reencarnándose hasta nuestros días: el que prefiere aparentar antes que ser. Ese que, dominado por la pasión de ascender socialmente a cualquier costo, resigna todas las demás pasiones y es capaz de caer en las formas más ridículas de la impostura. Y hasta de provocar el pesar de sus afectos más cercanos y verdaderos. El tema, como se ve, es de todas las épocas y no es, por cierto, ajeno a la nuestra.

Lo cierto es que cuando me entregaron la netbook para trabajar en el colegio, uno de los libros que venían cargados para trabajar era precisamente esta obra de teatro, algo que celebro porque me parece un texto que puede hacer reflexionar y divertir a la vez, estimulando el gusto por el teatro y la lectura.

Dicen que Enrique Pinti había dicho que quería trabajar en el San Martín, que cuando le preguntaron qué autor haría dijo Molière y que entonces lo pusieron como Monsieur Jourdain. Nunca elección más acertada, porque por sus características, este actor se luce enormemente en el papel de ese “Jorgito” de barrio que quiere ser “Monsieur Jourdain” a toda costa. El hombre simple que hace el grotesco (y deja asi en evidencia su simpleza) intentando tomar modos de pensar, actuar y vestir de la nobleza encuentran en Pinti un excelente cuerpo, cara y voz que despiertan la carcajada. De los otros actores me sorprendió Nicolasa y la esposa de Jourdain.

Pero lo que más me impresionó fue la escenografía, mejor dicho, la ausencia de ella y su reemplazo por la tecnología puesta al servicio del teatro. Me explico. La obra transcurría en un escenario enteramente azul, lo único que había de decorado eran tres enormes cuadros con un marco rococó colocados al fondo. Desde mi butaca en las alturas, podía ver que de un extraño palo puesto en medio del frente del escenario, partían hacia el fondo, de manera radial, cuatro líneas blancas que delimitaban tres sectores definidos.

En un momento, los maestros de danza y música empiezan a preguntarse qué era ese palo, y empiezan a meterle la nariz. Automáticamente, sus narices en primer plano aparecieron en los cuadros gigantes del fondo. A partir de allí, toda la escenografía estaba construída reemplazando el fondo azul. Esto incluyó varias escenas estilo Matrix (ping pong o la pelea de entrenamiento entre Neo y Morpheus en versión Molière), así como la recreación de casas, jardines, interiores y demás. Todo trabajado con paneles azules y asistentes vestidos de azul, de manera tal que si la puerta estaba al medio del salón, un asistente acompañaba al actor tapándolo con el panel azul para que entrara correctamente por la puerta.

Lo interesante es que uno a veces miraba a los actores, y otras veces miraba la pantalla, o pegaba pantallazos a ambos de manera que construía en su mente el escenario a la perfección.

Sinceramente, celebro que el teatro público, accesible a todo el mundo, tenga obras puestas con tamaña creatividad y calidad.

Acuérdate de vivir

Vengo del Gran Rex. Bueno, fui anoche con Adriana. Vengo de la casa de Ismael Serrano, porque él te hace sentir de esa forma. Comenzando por el hecho de que nos llama “familiares y amigos”, como siempre, y nos da la bienvenida desde un escenario que está ambientado como la sala de una casa de tal manera que te hace sentir en su casa. Nos señala el baño, al fondo a la izquierda, y un poco más adelante, la cocina donde tenemos libertad de servirnos el cocido madrileño que ha hecho su madre y algunas cosas que han traído desde Peumayén

Acto seguido, nos propone un recorrido: reflexionar sobre la rutina, sobre lo que hacemos sin pensar, sin acordarnos de vivir; porque muchas veces, la vida pasa por otro lado… sólo hay que saber mirar y animarse a saltar.

Y siempre el diálogo contínuo con el público, que a los gritos le expresa su admiración y cariño.

“Gracias Ismael, no te mueras nunca!” “No te preocupes amigo, no está en mis planes”.

“Casate conmigo!!” dice una chica. “Gracias”

“No, casate conmigo, que ahora tenemos la ley” gritó un hombre. Risas. Aplausos. Pausa. “Hablando en serio, me pone muy feliz que si tu y yo quisiéramos casarnos, ahora podemos. Igual, tampoco está en mis planes.”

Javier Bergia le alcanza una carta: “Es la mía!!” Grita una chica. “Pues no, fíjate que seguro llega para el recital de mañana, porque esta es del banco”

Y así sigue…

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