Conciencias

sweater verde

Terminé la espalda, terminé la delantera de mi sweater verde. Me toca empezar los cálculos para hacer la manga. Decidí hacerla Ranglan, así que tengo que llegar a la sisa con una cantidad de puntos igual a la espalda menos el escote. Me mido la muñeca, el largo del brazo. Regla de tres simple: tengo que aumentar cada 7cm, que vendrían a ser unas 15 vueltas. Todo eso me lo enseñó ni madre.

Entonces allí, con la lana verde, las agujas y el centímetro en la mano, me llega la conciencia de una realidad: cuántos saberes y cuántas historias desaparecen con una persona que se va.

Imagino que de eso se trata la conciencia del tiempo. Es como el momento en el que te das cuenta en que ya no sos el más chico que puede vivir livianamente, porque hay una nueva generación que da sus primeros pasos tambaleante de la cual sos responsable.

Solo que lo que descubrís esta vez es que cada vez te quedás más solo. Que quienes te daban un consejo ante una duda ya no están, y que te tenés que arreglar solo con tu experiencia. Que poco a poco vas siendo vos la experiencia que se transmite y asesora a los demás.

Francamente no sé por cuánto tiempo voy a poder consultarle a mi madre si me surge una duda frente al cálculo de una manga ranglan. Supongo, con la poca información con la que cuento, que no mucho tiempo más. Y más allá de los conflictos familiares, de las distancias y silencios, es un hecho que conmueve. Mas allá de lo relacional, es la conciencia de la vida que pasa y de nuestra propia finitud.

Como si fuera metáfora de la vida, mi sweater verde es, hoy por hoy, en cada punto, una reflexión existencial. Con cada punto, cada vuelta, cada vez que destejemos para enmendar errores, vamos construyendo algo hermoso y a la vez acercándonos al final de la tarea.

Tal vez abandone el tejido… al menos por un tiempo. No sé si estoy preparada para la conciencia a la que él me enfrenta. O tal vez haga de tripas corazón y siga tejiendo hasta el final ahora mismo, cabezona como soy, para que las angustias e incertidumbres queden enredadas ahí y, transformándolas en algo bueno, llegue la paz… al menos por ahora.

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La nieta de Félix

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Árbol de la vida – Paul Klee

¿Qué quién soy? Muchas cosas. Claramente, no nací de un repollo.

Cuando era chica, me gustaba imaginar que la historia había comenzado cuando yo aparecí en el mundo. Mi mamá era la principal encargada de contarme todo lo que había sucedido mientras yo no estuve. De vez en cuando, también mi papá soltaba alguna historia. Mis tías aportaban algo si se lo preguntaban, y mi abuela recordaba siempre lo mismo. Pero a mí, todo lo que me contaban del pasado, de las personas que en teoría habían vivido y ya habían muerto antes de que yo llegara, de las personas que vivían y que supuestamente habían sido más jóvenes alguna vez, se me antojaba una historia creada para dar marco a mi existencia. Mi imaginación infantil me decía que todos habían sido puestos en el mundo a mi alrededor, y me gustaba pensarme de esa manera.

Tal vez algo de eso perduró, e incluso, quizás en el fondo, me lo creí. Si no, no se explica tamaña sorpresa aquella mañana de verano.

El teléfono sonó interrumpiendo los mates tranquilos del desayuno de las vacaciones. Al otro lado, una voz desconocida preguntó por mi madre, y al enterarse que no estaba en casa en ese momento, preguntó por la tía de mi mamá. “Falleció en noviembre”, le dije.

A juzgar por su voz, era una mujer mayor, que al enterarse de la noticia comenzó a lamentarse. Ya nos habíamos habituado a recibir llamados de personas que no conocíamos preguntando por la tía Irene. Como de costumbre, le di mi pésame, y le pregunté quién era, para que mi madre la llamara. Su respuesta fue una pregunta: “¿y vos quién sos?”. “Yo soy la hija de Ana”, respondí. Y la señora me retrucó con emoción: “ay, entonces vos sos la nieta de Félix!”.

Desde mi infancia fui muchas cosas: “la hija de”, “la hermana de”, “la sobrina de” y “la prima de”. Incluso tuve la gracia de tener aquella única abuela que, aunque anciana y especial, me convirtió en “la nieta de” y me permitió vivir la experiencia de ese vínculo. Hoy sigo siendo muchas de esas cosas, a veces con menos frecuencia que antes. A ellas sumé otras que he sabido construir, y así, hoy soy también “la colega de” y “la profesora de”. También tengo el honor de que haya personas que me reconozcan como “la amiga de”, y espero, en el futuro, seguir cosechando denominaciones que enriquezcan la definición de mi existencia. Pero nunca nadie antes, hasta ese momento, me había llamado “la nieta de Félix”.

Siempre supe que ese hombre había sido mi abuelo, pero Félix en la historia familiar era poco más que un puñado de anécdotas dudosas, y sus rasgos, una serie de conjeturas más que de certezas. Ni mi madre tenía un recuerdo cierto de él, ya que su vida se extinguió antes de que ella pudiera llamarlo papá. Pero sin embargo, ese hombre era mi abuelo, y yo lo sabía. Siempre lo había dicho livianamente, pero nunca había asumido verdaderamente como propia la identidad que me daba la filiación con él… hasta entonces.

Lo que hizo esta señora fue arrojarme encima un fardo de historia que me pertenecía a mí tanto como a ella. Lentamente, me apoyé en la pared y me dejé deslizar hasta sentarme en el piso. En el camino debo haber susurrado un “sí” al teléfono que desencadenó de parte de la señora no sólo su presentación, sino una parva de historias de gente y tiempos que yo no conocía. Se trataba de una prima de mi abuelo, hermano de la tía Irene que había muerto meses atrás. La señora me contaba cómo pasaban los veranos en una quinta de “la familia que vivía en Temperley”, en la que Félix se trepaba a los árboles. “Y todo eso pasó cuando ya sus padres se habían separado”, me decía dando por sentado que yo conocía los hechos tanto como ella que los había vivido. Muda, absorta, la escuchaba hablar de un mundo desconocido para mí, y aunque me costara creerlo, ese mundo de su juventud que ella, hoy anciana, describía emocionada porque era parte de su historia más íntima, también era mío. Y yo hundía mis raíces en él tanto como ella.

Entonces me di cuenta de que esas historias transmitidas de generación en generación igual que la sangre de mis venas y los rasgos de mi cara, me daban identidad como un segundo ADN y marcaban lo que soy, aún sin que yo lo reconociera. Nunca me había dado cuenta cómo esas historias que yo no viví eran tan mías, y a qué punto estaban incorporadas a lo que soy.

Cada día soy alguien más en esta identidad multifacética. La mayor parte de las veces, no recuerdo en qué momento me convertí en quien soy. Pero si hay algo que quedó grabado a fuego, fue el día que comprendí que era la nieta de Félix. Y cuando uno da esos pasos en la vida, ya nada vuelve a ser igual.

Ser hijos

El voto y la familia

Humor Petiso, Diego Parés

Cuando vi esta viñeta no pude evitar sonreir. Fue una sonrisa tierna, una sonrisa amarga… me sentí tan reflejada!!

La verdad que este domingo, cuando mi padre en la cocina, mientras hacíamos waffles y tomábamos mate, me preguntó por quién iba a votar el domingo próximo en las PASO, se me anudó el estómago. Me sentí chiquitita chiquitita otra vez. Porque, además de que mi “no sé” fue sincero, sabía cuál era la única respuesta correcta a la pregunta, respuesta que por otra parte, no es ni por las tapas la opción que yo tomaría. Y sabía que atrás vendría el sermón, como cuando éramos chicos, tratando de aleccionar y convencer.

Me pregunté por qué me siguen pasando estas cosas a los 33 años, cuando uno debería tener una relación más de igual a igual con los padres, cuando todos somos adultos… Hubo un tiempo en que me enojaba: “¿por qué si el Estado me considera capaz de votar y de elegir por mi cuenta, vos no?”. Pero un día me di cuenta que nunca vamos a dejar de ser hijos… que ellos nos van a ver siempre como niños que necesitan de su consejo, de su enseñanza, de su cuidado. Y esto no quiere decir que no nos reconozcan como adultos libres, creo que está en la esencia de ser padre no perder nunca esa mirada de que somos aún sus niños. Y eso me produce una profunda ternura y me dota de una infinita paciencia.

Se estarán preguntando si efectivamente recibí el sermón, y sí, lo recibí… y seguro me espera otro el próximo domingo, cuando me pregunten sobre el hecho consumado: por quién voté. Ahí no podré escaparme y decir que no sé, no sonaría creíble. Pero como siempre, algo voy a inventar para que el sermón sea más leve… o para escapar de él!! De hecho, esa habilidad para el escapismo también es una de las condiciones de ser hijo que uno ha desarrollado.

Algo más sobre las elecciones (y sobre por qué no voto como mi padre):

En la voz de Paulo Freire

Un poco de teorías económicas de la política

Media vida después

Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad !

El Principito – Capítulo 21

Media vida hace que nos encontramos, éramos sólo unos adolescentes.

Nunca lo voy a olvidar. Aquella noche Dios me dio una familia que me acogió con amor y tres muchachos que me ayudaron con mis bolsos. Y son cosas de Dios, porque yo no quería que nadie me ayudara y rechacé a varios en mi omnipotencia, pero allí estabas vos, que te quedaste firme y mantuviste tu ayuda. Caminábamos en la noche por las calles de Peñaflor, Paulo hablaba hasta por los codos y vos y Francisco cargaban mi bolso entre ambos.

Nunca lo olvidaré, cada vez que cruzábamos las miradas, que nos saludábamos, que nos volvíamos a encontrar. No recuerdo cuánto hablamos, fueron totalmente intensos aquellos días. Sólo recuerdo que nos tomamos aquellas fotos donde juntos, durante años, sonreimos desde la biblioteca de mi cuarto, y que nos firmamos el Manual del Peregrino cambiando direcciones. Nunca olvidaré que me arrancabas una sonrisa con cada mirada que cruzábamos.

Nunca olvidaré que lloré en la despedida como lloro siempre. Y luego, llegó la primer carta que atesoré, y las noticias fueron y vinieron, hasta que por algún motivo nos perdimos en el tiempo.

Y llegó la edad del Facebook y te busqué sin éxito. Nunca olvidaré que una tarde gris alguien me llamó y me pasó tus datos porque me estabas buscando, y nos volvimos a ver a los ojos a través de la web cam. Nunca olvidaré la emoción de aquel reencuentro. Verte en fotos y descubrirte ya un hombre, y celebrar que aún conservas las chispas en los ojos que tenía aquel adolescente que me recibió en Peñaflor.

Y pasaron los años, Ismael, nos pasó media vida sin darnos cuenta, más juntos, más lejos, pero siempre en el corazón. Y empezó la cuenta regresiva para darnos ese abrazo que nos debemos, que tanto soñamos, que nos emociona.

Como todo lo que se vincula con el Encuentro aquel que nos cambió la vida a todos, no tengo palabras para decir lo que siento. Sólo quisiera acelerar el tiempo para que llegue el día del reencuentro. Quiero gritar y que todos se enteren mi emoción. Hemos compartido media vida juntos pese a la distancia, y ahora nos toca volvernos a encontrar.

Como el zorro del Principito, sabiendo que vas a venir ya empiezo a ser feliz. Como el zorro del Principito, sé que en su momento voy a llorar. Pero como él voy a ganar, en las estrellas que son las luces de tus ojos, y en los recuerdos que los nuevos días juntos me permitirán atesorar.

Recuerdo de mi abuela

Gustav Klimt – Árbol de la vida

Cuando comencé la secundaria, mi abuela vivía de camino entre la escuela y mi casa. De vez en cuando, terminado el día de clases, caminaba las cuadras que me separaban de su casa y me iba a merendar con ella. Con sus 90 y tantos a cuestas, lo que menos le faltaba era lucidez, pero se sentía sola y como todo abuelo, apreciaba que fuera a verla.

Cuando yo llegaba, mi abuela ponía sobre la mesa todo lo que tenía en la heladera, me hacía un mate cocido y me renegaba porque nunca tomaba leche. Entonces mirábamos juntas televisión, algún programa del canal de España a todo volumen porque cada día escuchaba un poquito menos. Y me contaba las viejas historias de su tierra una vez más, y yo la escuchaba mientras ella era feliz viéndome comer. De vez en cuando, me hacía una extraña confesión, tal como que ella no hubiera querido casarse, pero que en esa época era la única forma de tener hijos y por eso lo había tenido que hacer. Luego retomaba el hilo de su historia con la misma naturalidad con que yo recibía todo lo que me decía sin meditar demasiado.

Aquella vez que debe haber sido la última. Mi tía debía salir toda la tarde y yo me fui a acompañar a mi abuela. Era diciembre y ya había terminado la escuela, pero tenía que cortar un montón de tarjetas de cartulina para una actividad parroquial. Llevé mis materiales  y entre anécdotas de las rías gallegas, pan con queso fresco y mate cocido fui haciendo mi trabajo mientras ella miraba de reojo la televisión.

Sentadita allí, a mi lado, me vio marcar y cortar mis tarjetas, y cuando se dio cuenta que mi tarea llegaba a su fin se puso triste: “ahora que terminaste seguro te vas a querer ir.” Me dijo. Me enterneció tanto percibir la soledad en sus ojos y en su voz que con soltura le contesté: “pero no, si aún me falta un montón de trabajo, tengo que remarcar el borde de cada una”. La respuesta pareció tranquilizarla, así que tomé el marcador y tracé con parsimonia una línea negra en cada tarjeta mientras escuchaba una vez más las historias de su vida.

Pero inevitablemente llegó el contorno de la última tarjeta y ella lo percibió. Entonces me volvió a mirar y a decir: “ahora sí que terminaste y seguro te vas a ir, porque no tenés más nada más para hacer”. Y de nuevo me conmovió, y de nuevo me inventé un trabajo sobre las tarjetas para quedarme con ella. Cuando ya estaba llegando al final, llegó mi tía y nos invitó a comer. Al día siguiente en la parroquia vieron mis tarjetas y se sorprendieron por los detalles; no esperaban tanto glamour en una simple cartulina cortada.

La última vez que la vi tal como quiero recordarla fue justo después de cumplir 15 años. Ella no pudo venir a mi pequeña celebración, así que fui yo a festejar a su casa un ratito. Estaba viejita pero vital, aunque se notaba que poco a poco se iba apagando. Me dio un pequeño cofre con un dije de corazón en oro, y me dijo: “acá tenés el corazón de la abuela”.

Sus palabras me emocionaron mucho, aún sin saber que fueron las de nuestra despedida. Al volver la siguiente vez ya no encontré a mi abuela. La tuve un tiempo más, sí, pero había dejado de ser ella. Un mediodía de invierno, 20 años después que su marido y cuando le faltaban menos de cien días para cumplir los 99 años, partió, habiéndome dejado su corazón.

De mi proyecto “Árbol genealógico (nadie nace de un repollo)”

Para mi tía

Gustav Klimt – Árbol de la vida

Para pesar de mi padre, lo que más nos gustaba hacer los sábados por la mañana cuando nos llevaba a visitar a mi abuela era salir corriendo hacia abajo, a la casa de mis tíos. La rutina era casi siempre la misma: llegar, darle un beso a la abuela, cumplir un ratito y encontrar el momento de escurrirse hacia la casa de abajo.

Al bajar la escalera y salir del garage, lo primero que aparecía era la puerta de la cocina, donde mi tía estaba cocinando y mi tío estaba con la máquina de escribir trabajando en sus seguros. Nos recibían con grandes exclamaciones, abrazos y besos, y nosotros, en torbellino, seguíamos camino por el estrecho pasillo que llevaba a los cuartos en busca de mi prima. Muchas veces estaba sentada en su escritorio dibujando “tuercas”, algo que con el tiempo aprendí que eran moléculas. Nosotros veníamos a ser para ella la interrupción de sus horas de estudio de bioquímica, pero nunca se quejó y siempre nos recibió con alegría, riendo de nuestras ocurrencias y tratando de explicarnos que esas tuercas eran, en realidad, estreptococos.

Cumplidos los rituales, venía el entretenimiento del día. A veces mi tío nos dejaba escribir con su máquina, o salíamos a correr por el patio. Lo que nunca faltaba era el momento en que mi tía nos hacía un sandwichito con un vaso de Coca Cola. Debo decir, para justicia para con mis padres, que nunca en la mesa la gaseosa de los fines de semana, y que mi madre era una maestra en hacer variedad de sándwiches para nuestras meriendas. Pero los sandwichitos la tía eran únicos, siempre eran iguales y tenían ese toque de las cosas especiales que quedan para el recuerdo. Eran un pan francés pequeño, con manteca y jamón cocido. Lo degustábamos como el manjar más grande sobre la Tierra, y ella disfrutaba viéndonos comer con avidez.

Era entonces cuando mi padre se asomaba por la puerta, nos decía que era hora de irnos, que debíamos saludar a la abuela. Y al ver nuestras meriendas de media mañana, retaba a su hermana por tomarse la molestia.

Lo cierto es que a fuerza de repetición o de disfrute, cuando me hago un sándwich de jamón cocido con manteca siento que me transporto a la cocina de la tía, bañada por el sol, con el tic tac de la máquina del tío y las exclamaciones de ambos al verme comer.

De mi proyecto “Árbol genealógico (nadie nace de un repollo)”

Para el 2013 que se va

A veces me pregunto cómo funciona nuestra cabeza, qué nos lleva a valorarnos y qué nos lleva a estar disconformes con nosotros mismos. Y todo esto me lo pregunto porque pese a los logros que vengo cosechando en este tiempo, terminé en tratamiento psiquiátrico por depresión.

Sí, lo confieso. Creo que mi locura es, justamente, deprimirme por lo que me pasa, cuando cualquiera debería sentirse profundamente realizado.

Por eso me encomiendo a Dios y me pongo en sus manos para mi sanación. Y le agradezco por mi año, porque aunque haya algo en mí que me lleva a negar lo que estoy viviendo, mi año fue feliz y digno de agradecimiento. Tal vez enumerar una vez más las cosas que me pasaron me ayude a reafirmar mi agradecimiento y mi crecimiento.

– Me recibí de profesora de Geografía, finalmente, tras 3 años de colgar la última materia, con el último aliento. Ahora se viene el desafío de enseñar en el profesorado: empiezo la adscripción el año que viene.

– Trabajé todo el año con muy lindos logros; cada día reafirmo más que elegí el trabajo que más me gusta y satisface. No me voy a adjudicar logros de los chicos, pero vale decir que disfruté mucho de compartirlos con ellos: las carreras del Eco Auto, las monografías de nanotecnología (asesorando a quienes no ganaron y felicitando al que sí lo logró), el viaje a Alemania de Guille y todas las noticias que llegan. Así dan ganas de seguir cada día trabajando.

– Rendí con gran placer dos niveles más de francés. Van 10, y no puedo creer que ya lleve 4 años de estudio. Se viene el 5° y último..

– Empecé a ir asiduamente al gimnasio con Natalia, con quien compartimos este año hermosos momentos. Mi amiga es una alegría en mi vida y una fuente de coraje y energía impresionante.

– Fortalecimos con Nati la relación con Jesica, a quien hoy, un año después de haberla encontrado por casualidad, puedo llamar mi amiga!

– Me llamaron para dictar cursos de formación docente.

– Viajamos con Mariano por todo el país: pese al viaje fallido a Perú, pudimos recorrer a gusto el Noroeste. Nos fuimos a Esquel para disfrutar del verano y encontramos un sitio hermoso y digno de ser recorrido, al igual que Talampaya e Ischigualasto, que conocimos en invierno. Pegamos una escapada fotográfica a Colón y acompañamos a los chicos a San Luis, aprovechando de pasear un poco.

– Pude ayudar a sacar adelante el consorcio con dos mujeres excelentes, con quienes en dos meses revolucionamos el edificio y lo pusimos en camino de solución de problemas y buenas relaciones entre vecinos.

Creo que por todo esto vale la pena agradecer… y poner en manos de Dios este año de crecimiento, esperando que el camino continúe en el 2014, con menos dolores y menos angustias.