La envidia que creamos

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Purgatorio, canto 14. “Deciros quién soy yo sería hablar en vano, porque mi nombre aún no es muy conocido.” Dante reconoce que su pecado no es la envidia, sino la soberbia. Tiene razón.

Canto aburrido el de hoy. Siguen hablando de familias italianas, luchas intestinas… para el contemporáneo de Dante resultará divertido, como leer la revista de cholulada de su tiempo. Pero para mí nada aporta. Sigo, sin embargo, pensando en la envidia, a la luz de nuestro tiempo.

Si envidiar es centrarse en la carencia propia y en lo que tienen los otros, algo me hace ruido del mundo contemporáneo. Ante la polarización social creciente, ¿cómo manejar la envidia en los sectores sociales que trabajen lo que trabajen nunca tendrán lo que tienen los sectores más favorecidos?

Hoy la publicidad estimula el deseo, crea la necesidad: te hace sentir que no vales si no tenes ciertos productos. Tu pelo se verá horrible, no tendrás la pareja de tus sueños, tu casa estará sucia, te sentirás desnudo… Pero a esos publicitarios, y a las empresas que los contratan, sólo les interesa que un pequeño sector consuma, que es el que les garantiza sus ganancias. El resto, no les importamos; pero nos irradian igual con publicidad aunque no compremos. Nos inoculan el deseo para que nos esforcemos por alcanzarlo: para que trabajemos más, para que aceptemos ganar menos, porque algo es siempre mejor que nada. Pero el sistema es perverso porque jamás llegaremos, pero a la vez veremos a los que sí. Veremos que las cosas son inalcanzables sólo para nosotros. La injusticia es notable: a igual esfuerzo, distinto resultado.

La envidia nace de la impotencia, de la violencia de un sistema que más se beneficia cuantos más excluídos hay. Cuando un patrón gana en dos minutos lo que un obrero gana en un año, cuando ese obrero no podrá comprar jamás lo que produce, y aún así su patrón dice que es caro y se deslocaliza a un país con menores sueldos.
¿A quién debemos coserle los ojos? Tal vez sea hora de mantenérselos cosidos abiertos, y enfrentarlos a la miseria que provocan. O tal vez los encontremos purgando la codicia.

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