Fe y obras

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Paraíso, canto 19. El águila formada por las almas habla como si fuera una sola. Ante la pregunta de Dante por la justicia divina, no tardan en responder y en explicar: “¿quién eres tú, que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas cuando no tienes más que un palmo de vista?”

Nuevamente aparece la idea de que el ser humano es imperfecto y hay muchas cosas de Dios que son para él un misterio incomprensible. De nuevo, el hombre no es quién para juzgar a sus congéneres.

“Muchos que exclaman «Cristo,
Cristo» estarán menos próximos de Él en el día del juicio que algunos de los que no
han conocido a Cristo.” Está claro que para escribir esto, Dante se apoya en el Evangelio de Mateo, donde en el capítulo 25 describe el juicio final. No basta con haber creído: Cristo fue también ejemplo de vida a seguir y predicó que el amor de Dios y a Dios se refleja en el obrar. “El que no ama no ha conocido a Dios, pues a Dios que es amor, en el amor se lo conoce” dice San Juan. Santiago también hablará de esto.

Somos espejo de Dios. Podemos cumplir todos los rituales, pero si no amamos, si no hacemos carne nuestra fe en la vida cotidiana, no reflejamos a Dios. “Si no tengo amor, nada soy”, dice Pablo en 1 Corintios 13.

Claramente Dante hace aquí uso de una larga cuestión presente en el Nuevo testamento. La confrontación entre el manifiesto de este águila jupiteriana luminosa con la realidad política de aquel tiempo dara lugar, tiempo después, a las polémicas entre la Iglesia, Lutero y los demás reformadores. Y está claro que esa polémica no se ha resuelto aún.

Lo que es claro es que al creyente no le basta creer: debe ser reflejo de su fe en el amor a los demás.

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