Esparcir sabiduría

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Paraíso, canto 12. Como en el canto anterior, esta vez un franciscano nos cuenta la vida de Santo Domingo y hace autocrítica de su propia orden, una especie de “devolución de gentilezas” celestial.

Los dominicos son conocidos por su labor educativa. Se los asocia a los estudios y la sabiduría. Así como Francisco adoptó la pobreza como su bandera, y predicó contra el atarse a las cosas; Domingo adoptó el estudio como forma de combatir la herejía y dispersar el mensaje cristiano.

Tal vez hoy podamos cuestionar que cada cual es libre de pensar y que no existe “la verdad” sino que la verdad se construye. Pero vamos a ponernos en el lugar del pensamiento de la época; que en parte es el de muchas personas hoy en día. Muchas veces veo a los evangélicos que van casa por casa tocando timbre, o se paran con un megáfono en una plaza a gritar “Gloria a Dios! Dios te ama!”. La gente pasa y se ríe, o simplemente los ignora. Yo muchas veces pienso que es un enorme acto de amor, y me dan ternura: si yo creyera como ellos que el que no cree se va al infierno sufrir eternamente, también saldría desesperada a convencer a medio mundo.

En aquella época, Domingo emprendió aquel camino. Estudiar, reflexionar y divulgar, para salvar. Sacándole el tema de la Salvación, y ampliando el panorama, podemos pensar que el conocimiento no sirve si me lo quedo: es como las cosas. Todo lo que pude pensar y que me quedé para mí se irá conmigo. El conocimiento también se comparte, para que enriquezca a otro. Eso es también un acto de amor compartir lo que uno sabe, quizás tanto o más valioso que compartir lo material. El conocimiento es poder: y tiene el poder de cambiar nuestra vida.

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