La selva triste

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

 

Infierno, canto 13. Dante recorre una selva espesa donde “el follaje no era verde, sino de un color oscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no había frutas, sino espinas venenosas” (Inf 13). A la vista está deshabitada; sin embargo, alguien suspira: son los suicidas, que han atentado contra sí. Atrapados en vida en una desesperación extrema que los llevó a intentar liberarse del sufrimiento, están atrapados en el infierno en esas estructuras estáticas y tortuosas. Debo decir que me provocó una angustia infernal leerlo.

Pese a los avances de las ciencias, muchas veces hoy, como en tiempos de Dante, nos cuesta reconocer la gravedad de las enfermedades mentales. Un dolor de panza uno lo detecta, y va al médico; se interna, se opera, se da medicina. Un dolor del alma no es tan simple… el cuerpo se ve bien, la persona hace su vida normal… pero dentro de sí hay algo enfermo, algo que se retuerce y duele. Las enfermedades mentales son difíciles de detectar, de dimensionar y de aceptar, sobre todo para los que rodean al enfermo, pero también para el enfermo mismo. La sensación de angustia (entendida como la sensación de muerte inminente) que puede poseer a una persona es estremecedora. Tratar de mirar al futuro y ver un solo camino: que todo será como hasta ahora. La imposibilidad de ver todas las otras alternativas posibles y sentir que no hay salida… todo alimenta el deseo de que la vida se acabe pronto. Y un día llega la desesperación, y la angustia abraza de tal manera que surge el coraje de saltar…

Si, las enfermedades mentales son un alma retorcida que sufre. Decirle a alguien “ya va a pasar, hacé el esfuerzo y ponete bien”, equivale a Virgilio que le sugiere a Dante que corte una rama… es enfrentar al otro a su imposibilidad y generarle aún más dolor: no puede, no es que no quiere. A veces es más constructivo acompañar en el dolor, aceptar que son cosas que hay que pasarlas, pero sobre todo hay que ser conscientes de que esa persona está enferma y necesita ayuda para ser curada: y no hablamos de sopita de pollo, mimos y compañía; hablamos de “médicos para el alma”, profesionales que sabrán atacar el problema y poner las cosas en su lugar. Aprovechemos que estamos en el siglo XXI y que contamos con esas alternativas.

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