El desierto de la soberbia

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Infierno, canto 14. En “un arenal que rechaza la vida de cualquier tipo de planta” (Inf 14), donde “llovían lentamente grandes copos de fuego” (Inf 14), están las almas desnudas de los que pecaron contra Dios. Leía eso y me preguntaba, ¿qué es pecar contra Dios? La respuesta la encontré más adelante, cuando Virgilio le dice a una de las almas: “Si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.” (Inf 14)

¿Qué es Dios? Creamos o no, Dios es una idea que da cuenta de algo perfecto; algo que nos supera, que tiene capacidades y poderes que no tenemos ni comprendemos. Es el todo: todo lo abarca, todo lo conoce, todo lo puede, todo lo penetra. No conoce límites y nada hay fuera de él. Es la idea abstracta del absoluto total. Pecar contra este Dios es, entonces, negar nuestra finitud: negar que no tenemos el control de todo, negar que cometemos errores, negar que tenemos mucho por aprender y pulir. Pecar contra Dios es creerse perfecto e infalible, en definitiva, creerse Dios.

El castigo es metafórico entonces: quedar con la simple humanidad al descubierto, sin ningún tipo de protección, como si alguien dijera: “¿así que podés con todo? Liberate de esto.” Pero una vez más, el peor castigo está en el interior del corazón: la propia frustración de reconocerse falible, débil e imperfecto. Cuanto más nos resistamos a la idea de que tenemos aspectos a pulir, que lo que hacemos “puede fallar”, más nos cuesta tolerar los fracasos.

Seamos, pues, humildes. Reconozcamos las limitaciones. Reconozcamos que aún con nuestra mejor voluntad puede fallar, y así cuando las cosas no salgan como esperamos, nos daremos cuenta de que aprendimos y crecimos. No hay fracaso si hay aprendizaje.

Por último, Dante plantea una hermosa metáfora de la humanidad, que se degenera (la cabeza de oro, el torso de plata, la pelvis de bronce, las piernas de hierro y los pies de barro) y llora, formando los arroyos que recorren el infierno, y al cruzar el desierto abrasador, permiten a nuestros viajeros atravesarlo. Estos arroyos son una vía de esperanza, la capacidad de arrepentirse, de reflexionar y de cambiar. Dejémonos llevar por ellos!

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