De maestros y discípulos

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Ilustra: Diego Cano

Infierno, canto 15. Violencia contra la naturaleza: sodomía. Apenas se enuncia en algunas traducciones, y no se habla más del tema en todo el canto; esto me resulta curioso: se puede hablar de todo, pero de sexualidad no se habla. Me pregunto si este silencio histórico se corresponde con la idea de que lo privado no incumbe a los demás. Aunque tal vez tiene más que ver con el hecho de que no es algo que sea definidamente “malo” como matar… y entonces mueve a la pregunta y a la curiosidad. Si de otros pecados, hablar previene, de este quizás el hablar multiplica. Siempre me impactó el silencio histórico alrededor de los temas sexuales, y cuando se hablan, (creo) queda claro el prejuicio que mueve al silencio.

Lo cierto es que el silencio sobre el pecado habilita a hablar de otras cosas, en este caso, la relación alumno-maestro. Porque hete aquí que a Dante alguien le tira del manto y éste se encuentra con que es su maestro. Me resulta maravilloso que a través del diálogo se ve que el vínculo es eterno, y que tiene una analogía clara con el vínculo padre-hijo. Por un lado, el maestro lo llama “hijo mío” y muestra su vocación aún después de la muerte, ya que sigue aleccionando a Dante, lo previene para que tome buenas decisiones y no caiga, entre otras cosas, en sus propios errores. Por otro, Dante parece olvidar que su maestro está allí condenado: “tengo siempre fija en mi mente, y ahora me contrista verla así, vuestra querida, buena y paternal imagen, cuando me enseñabais en el mundo cómo el hombre se inmortaliza. Me creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar con mis palabras el agradecimiento que os profeso”. (Inf 15)

Es aquí donde vuelvo al principio… las cuestiones del ámbito privado de una persona, ¿incumben a las demás? Pareciera que no; al menos aquí Dante muestra una actitud ante el maestro que parece ignorar el pecado cometido y que lo llevó a su condena. Tal vez quiera conservar su recuerdo intacto; tal vez prefiera que lo privado quede en lo privado y no inmiscuirse.

Creo que aquí, en este silencio sobre un pecado tan íntimo, queda claro que toda falta pesa, primero y antes que nada, sobre el corazón y la conciencia de cada uno. Pareciera, finalmente, que Dante está entendiendo la lección de su paseo por el infierno: “estoy dispuesto a correr todos los azares de la Fortuna con tal de que mi conciencia no me remuerda nada”. (Inf 15)

Así, en este diálogo entre maestro y discípulo, queda clara la complejidad del ser humano: lleva dentro de sí lo bueno y lo loable, aquello que genera el agradecimiento y la admiración eterna, y a la vez, las faltas y errores que lo condenan.