El castigo del chusma

A partir de la lectura colectiva de la Divina Comedia

Infierno, canto 30. Mutilados, aquellos que han ejercido la impostura, que se han hecho pasar por otros, llevan aquí su pena. De nada basta cuánto se hayan enriquecido con ese engaño, hoy les faltan las cosas más simples: “Yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé, y ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua.” (Inf 30)

Aparece aquí Sinón, el griego que dejó entrar el caballo de Troya; cuando cantos atrás nos preguntábamos, ante Ulises, dónde están los gobernantes cipayos que dejan que nos engañen para satisfacer su propio beneficio y beneficiar así a los poderosos, bueno, aquí están.

Pero algo me llama la atención: los condenados empiezan a discutir entre ellos, y Dante se los queda mirando, escuchando su conversación. Y Virgilio lo reta por perder el tiempo. Cuántas veces nos quedamos mirando aquello que no nos importa, regodeándonos en las miserias de las vidas ajenas.

Pienso en el Gran Hermano, en los programas de farándula, en los papparazzis… ¿Qué nos importa? Tal vez verlos nos hace olvidar nuestras propias miserias; pero alguien me dijo por ahí que uno tiene que mirar a aquellos de los cuales aprender, no a aquellos que estando peor que nosotros nos hacen sentir satisfechos de nuestra mediocridad.

Y poco a poco esos hábitos, esa violencia nos consumen, nos mutilan: vamos adoptando como forma de relacionarnos aquella que vemos en la pantalla. Nos va transfigurando, como a los condenados del foso. Y un día, Virgilio también se reirá de nosotros…

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