El pañuelo

Aqui voy de nuevo, desde el proyecto de Uciel. Qué bochorno. Siento que tengo tanto para contar y tan poco tiempo… Esto de tener 14 cursos, casi 450 alumnos, cerrar trimestres, me está dejando sin tiempo. Quiero estudiar francés, quiero escribir, quiero tener un ratito libre… y nada. Así que voy por ahora con esta lectura que mi querido ex alumno seleccionó, y de la que me acuerdo y me río cada vez que revuelvo en mi cartera buscando las tizas, las llaves, el celular que suena o cosas así. Si bien no soy la típica mujer que lleva de todo en al cartera, estoy acostumbrada a que ellas sean un verdadero vórtice de entropía.

Dejo esta lectura… y hasta pronto!! (espero)…

El Pañuelo- Silvia Schujer.

Lo que pasa en la pantalla es terrible. Decir tristísimo es poco. El cine es un mar de sollozos ahogados.

Cuando siente que los ojos se le llenan de lágrimas, Márilin abre la cartera.

Primero extrae un manojo de llaves que apoya sobre su falda. Todas amarradas a un huevo dorado con piedras incrustadas en los polos: el llavero.

Enseguida saca un peine, un cepillo, uno de dientes y un espejito de mano. Después del espejo, sus dedos se estrellan contra un frasco de perfume metido en una bolsa de nailon de esas que usan en los supermercados para pesar verduras.

O las frutas.

Sin quitar un segundo los ojos de la pantalla, Márilin extrae de la cartera un par de anteojos de sol, el estuche, un rouge, una caja de chicles Adams, una billetera, el portadocumentos que le regalaron, el rollito de papel higiénico que siempre guarda por si le vienen las ganas de ir al baño en un bar. Cospeles y un sacapuntas.

Cuando su falda queda completamente ocupada aprovecha la butaca de la izquierda que está libre y acomoda la linterna, el encendedor, la agenda, las biromes y el pastillero que aparece en un recodo y días antes ella diera por perdido.

Entre tanto, lo que pasa en la pantalla sigue siendo muy triste.

Márilin siente que la cartera se moja con el agua de los ojos y acaso de su nariz. En una búsqueda a esta altura descorazonada saca una cajita con cuatro cartuchos de tinta lavable, una hebilla con moño, el costurero de bolsillo que le han vendido en el tren. Veinticuatro papeles sueltos con direcciones y teléfonos, tarjetas navideñas de UNICEF, la plantilla de un zapato que le queda grande, el carnet de la pileta, la receta del pedicuro, el monedero con el cierre roto, la agujereadota que equivocadamente se ha llevado de la oficina, las entradas de un concierto al que ya fue, un enchufe de tres patas, caramelos para la tos y dos autitos de carrera del sobrino de una amiga.

Cuando Márilin encuentra su pañuelo, la película ya ha terminado hace quince minutos.

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Máscaras

Hace unos días fuimos a la feria del libro. Mis alumnos se sacaron una foto junto a una enorme estatua de Ernesto Sábato de papel maché.

A los dos días, Ernesto Sábato falleció, y aquella foto de los chicos cobró valor, porque eligieron posar junto a su estatua en vida.

Días después, Uciel, mi ex alumno, en su proyecto literario de Facebook, le rindió homenaje al hombre que fue su vecino, al que vio pasear el perro. Me conmovió el relato lleno de sencillez y cotidianeidad. Y dejó este texto que me sorprendió, y que por eso quiero guardarlo acá.

Gracias Ernesto por hacernos pensar, y gracias Uciel por acercarnos estas palabras!

Persona quiere decir máscara,
y cada uno de nosotros tiene muchas.

¿Hay realmente una verdadera
que pueda expresar la compleja,
ambigua y contradictoria condición humana?

Siempre es terrible ver a un hombre que se
cree absoluta y seguramente solo,
pues hay en el algo trágico,
quizás hasta sagrado,
y a la vez horrendo y vergonzoso.

Siempre llevamos una máscara,
que nunca es la misma sino cambia
para cada uno de los lugares
que tenemos asignados en la vida:
la de profesor, la del amante,
la del intelectual, la del héroe,
la del hermano cariñoso.

Pero ¿qué máscara nos ponemos
o que máscara nos queda
cuando estamos en soledad,
cuando creemos que nadie nos observa,
nos controla, nos escucha, nos exige,
nos suplica, nos intima, nos ataca?.

Acaso el carácter sagrado de ese instante
se deba a que el hombre está,
entonces, frente a la Divinidad,
o por lo menos ante su propia
e implacable conciencia.

¡Cuántas lágrimas hay detrás de las máscaras!
¡Cuánto más podría el hombre llegar al encuentro
con el otro hombre si nos acercáramos los
unos a los otros como necesitados
que somos, en lugar de figurarnos fuertes!

Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes
y nos atreviéramos a reconocer
la gran necesidad del otro
que tenemos para seguir viviendo,
como muertos de sed que somos en verdad;
¡cuánto mal podría ser evitado!…

Cómo “mantenerse ahí”.

En un tubo de desagüe

Acabo de conocer una nueva versión del juego “¿Estás ahí?” (conocido entre nosotros como el escondite o la escondida.)

Sucedió a un ciclista aquí en Africa, que pedaleaba en bicicleta colina abajo a gran velocidad. El camino dio una súbita vuelta en la base y de pronto se encontró con un enorme elefante que estaba parado atravesado en el camino. El iba demasiado aprisa para detenerse, pero dirigió su vehículo para librar al elefante por detrás, pero apenas cabía, y apoyó su mano en las patas traseras del animal para pasar.

Se llevó un susto, pero suspiró aliviado cuando lo logró. Pero su alivio no duró mucho, fue como si alguien hubiera pellizcado a un Oficial de tránsito por detrás. En un momento el elefante se volteó Como diciendo “Oye tú, ¿a qué juegas? Ven acá. ¿Me oyes?”.

Pero el ciclista no se detuvo. Se puso a correr todo lo que podía.

Luego vio con horror que había una cuesta empinada, después del valle que recorría. Miró hacia atrás y vio al elefante que venía a toda carrera detrás de él, y no había posibilidad de que pudiera subir la cuesta antes de que el animal lo quitara del asiento y lo aplastara.

Pensó y actuó rápidamente, tenía que hacerlo. Era cuestión de segundos, el sobrevivir o morir aplastado.

Llevó su bicicleta a la cuneta y mientras lo hacía se tiró de ella y escondió en un tubo de desagüe debajo del camino. Esto hubiera estado perfecto si el elefante no lo hubiera visto hacerlo, pero eso fue lo que el elefante vio y empezó el juego de “Estás ahí”.

Nota: El tubo con su contenido está supuestamente bajo el camino.

El elefante se hincó en un extremo del tubo y metió la trompa para investigar esperando hallar la respuesta. Pero el ciclista se arrastró hasta el fondo tanto como pudo y se tendió hacia abajo sin hacer ruido.

De pronto la trompa fue sacada del tubo y el ciclista suspiró aliviado, cuando su suspiro se cortó porque vio que la trompa entraba del lado opuesto del tubo y apenas tuvo tiempo de irse al otro extremo. Y así siguió el juego hacia adelante y hacia atrás. “Estás ahí” repitiéndose de un extremo a otro.

El juego fue tan popular (con el elefante) que habría seguido hasta hoy de no ser porque era un trabajo pesado y el elefante se fue a tomar agua. Cuando regresó, siguió con el juego y pasó algún tiempo hasta que se dio cuenta que la bicicleta no estaba al lado del camino, ni el ciclista seguía jugando en el tubo.

-~- * -~-

Este cuento pertenece al libro Rema tu propia canoa de Sir Robert Baden Powell, fundador del movimiento scout y oficial al servicio de la reina de Inglaterra en Kenia a fines del s. XIX. Si bien este cuento es uno de mis preferidos, junto con el del Valor, recomiendo el libro entero.

Pueden acceder al libro completo vía Internet pinchando aquí.

Las miradas

Que te miro y que me miras,
desde el primer día,
desde el primer instante.
en que notaste mi presencia.
en que supe de tu existencia.
Desde la primer mirada
la pregunta a flor de piel:
¿Por qué me miras tan fijo?
¿Por qué nunca dejas de mirarme?
¿Por qué nunca puedo dejar de mirarte?
Que entras a la sala y me buscas con la mirada.
Que estoy buscándote con la mirada desde que entro a la sala.
Inconscientemente, instintivamente.
Y mi mirada te encuentra y te sonríes.
Y tu mirada me encuentra, me haces sonreir.
Tantas cosas nos decimos con la mirada…
Tan difícil descifrar esa mirada…
¿Qué me dice tu mirada?
Y me abrís los ojos, con mirada chispeante,
a través del salón y de la gente:
una mirada cómplice va,
una mirada con sonrojo viene.
De salón a salón
mi mirada curiosa va,
tu mirada risueña vuelve.
Del pasillo a mi sala
tu mirada llega espiando por la ventana,
y mi mirada se va tras de tu espalda.
Entre la multitud de chicos
me cruza tu mirada inesperada
te cruzo una mirada al pasar
y sigo mi camino y me doy vuelta,
y sigues tu camino y te das vuelta
y las miradas se cruzan una vez más.
Y sigues y te das vuelta otra vez,
y sigo y me doy vuelta otra vez,
y las miradas se vuelven a cruzar.
Y ahora que me miras hasta en sueños,
que despierto tras mirarte en mis sueños
intuyo que las miradas
son un lazo entre nosotros
destinado a perdurar…

Leer algo más magistral

Un cuento del fútbol

Un cuento de Fontanarrosa, uno de sus tantos cuentos del futbol, uno de los que más me gusta por la descripción…  si desde el título tiene forma de pintura… Este cuento es célebre por haber sido llevado a la tele por Canal 7 en un corto imperdible, actuado por Luis Brandoni.

Este es el cuento, siempre vale la pena leerlo…

VIEJO CON ÁRBOL

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.

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El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

– El mundo es eso – reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Extraído de El Libro de los Abrazos- Eduardo Galeano

Siempre me gustó esta lectura, y ahora que empecé a leer El libro de los abrazos, descubrí que es el texto que ocupa sus primeras líneas. Me resulta conmovedora la imagen de las personas-fueguito, y me da para pensar…

Creo que todos tratamos de contagiar la vida, de ser un fuego que enciende otros fuegos. Hemos recibido el fuego de gente que nos rodea, que nos ha contagiado su vida, y tenemos casi la misión de legársela a otros.

Pero a la vez, necesitamos alimentar ese fuego para que no se apague, para que no brille sin ganas… lo alimentamos con afectos, con proyectos, con ganas de arder cada día, compartiendo el fuego con los demás.

Yo doy gracias a la vida por los fueguitos que me acompañan y por la fuerza espiritual que tengo cada día para brillar e intentar seguir dando vida a mi alrededor.

Costumbres

Dos palomas, una blanca y una gris, emprendieron un largo viaje aéreo alrededor de las selvas y bosques del mundo. Cerca de un manantial, desde el cielo, vieron como tres rinocerontes jóvenes pisoteaban a un rinoceronte anciano.

Qué malvados – dijo la paloma gris.

¿Malvados? ¿Por qué? – preguntó la otra. – No conoces los motivos por los cuales lo están pisoteando. Cada sitio tiene sus costumbres, y lo que en el nuestro está mal, tal vez esté bien aquí.

Otro día sobrevolaron un jardín y descubrieron a cuatro gatos haciéndole daño a un canario.

Podrían comerlo sin dañarlo – dijo la paloma gris. – Qué malvados bravucones.

Qué injusta eres – dijo la paloma blanca. – Tal vez en este jardín las costumbres son distintas, y esta bien visto que los gatos jugueteen con los canarios antes de devorarlos. […]

La conversación no duró mucho más. Una fiera águila se abalanzó sobre ambas palomas, persiguiéndolas por el aire.

Si nos salvamos de ésta – dijo la paloma gris a la blanca – recuerda que en cualquier sitio, para saber si una costumbre es buena, siempre es conveniente pedirle opinión al más débil.

Birmajer, Marcelo. Fábulas Salvajes. Buenos Aires, Sudamericana, 2000

Cuando leía este texto para completar la actividad del curso de derechos humanos que estoy haciendo, me preguntaba qué nos pasó.

¿Cuándo quedamos anestesiados ante el dolor ajeno?

¿Cuándo decidimos adoptar posturas relativistas que nos conformen y nos permitan apoltronarnos en nuestra comodidad?

¿Cuándo empezamos a ver las noticias y a decir “qué barbaridad” sin mover ni un dedo por aportar algo más que una queja vacía?

Pero todavía hay esperanza, lo importante es darse cuenta y despertar. En estos días vi que mis alumnos despertaron (a juzgar por cómo abrieron los ojitos en clase, cómo sus miradas se llenaron de brillitos, cómo empezaron a participar…) y yo encontré personas que me sacudieron y me dieron ganas de ponerme en movimiento!!