Abril color de rosa

Camino por Buenos Aires y una de las cosas que me gustan de esta enorme ciudad es el cambio que opera en ella con el paso de las estaciones. Identifico los meses con los colores, y así, siempre espero el Noviembre Jacarandá y Diciembre aroma de tilo.

Pero este año me di cuenta que entre marzo y abril explotan los palos borrachos y tiñen con manchas rosadas las calles y parques.

Ahora que tengo cámara encima todo el tiempo voy a poder captar los cambios de la ciudad que tanto disfruto en mis caminatas y paseos en bicicleta.

Esta foto es del predio de la Escuela nº 25 “Estados Unidos de América”, en cuyas aulas cursé mi escuela primaria. Todos los días paso por allí caminando de regreso de la escuela, y no resistí la tentación de usar  mi nuevo teléfono para guardarme esta postal de sus palos borrachos.

Estamos ya en medio del otoño, con sus días luminosos y cálidos, de temperaturas apasibles y chaparrones súbitos de vez en cuando. Los plátanos van tomando su color amarronado… pronto quedarán en los puros palos…

Ahi estaré para registrarlos!!

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Y un día, finalmente, nevó…

Desde pequeña, en los días más gélidos del invierno, ante la angustia que me provocaba el frío, me juraba no quejarme con tal de ver nevar en Buenos Aires.

Años pasaron con la esperanza abrigada, tan abrigada como yo para no sentir el invierno, recordando la escarcha de la plaza por la que corría yendo a la escuela, Ese “crak crak” del pasto helado bajo mis pies que se fue durante mi primaria y que nunca volvió… Algunos dicen que se lo llevó el calentamiento global, los mismos que sonreían cuando escuchaban mi deseo.

Crecí con él, y cada invierno, con el viento cortándome la cara, con la garua penetrando hasta los huesos, caminando al profesorado, al trabajo, soportaba con felicidad convencida de que valía la pena con tal de ver nevar.

Y un día, finalmente, nevó en Buenos Aires.

Cuando el frío nos sorprendió en mayo este año, lo pronostiqué. Tal vez fue más el anhelo, cada año más profundo, que la profundidad de mi ciencia… Lo cierto es que acerté, aunque fallé en el cálculo: se me adelantó un mes y no esperó hasta agosto…

Habíamos comido empanadas, y el festejo patrio programado para los profes resultó el de un grupito de amigos. Todo ocurre por algo, se hubiera diluido la magia de ser más personas, y los que estaban fueron tan especiales como el día. Y quedarán en los recuerdos, porque ese fue uno de esos días que no se olvidan… que se conservan como un álbum de postales en la mente y en el corazón. De esos que tras el paso del tiempo “parece que lo estoy viendo como si hubiera sido ayer”.

Al salir a hacer las compras Ludmila y yo tuvimos que agachar la cabeza para librarnos del aguanieve que se nos metía en los ojos. Con alegría vi que mi campera negra estaba iluminada por muchos microcristalitos brillantes que perduraron unos minutos.

En la cocina el horno despedía aroma de empanadas, y mientras Mariela y yo hacíamos repulgue, Ale con los chicos miraban por la ventana y relataban el panorama exterior.

Comimos sin poder dejar de ver la ventana, ¿cómo estar indiferente ante aquel espectáculo? Los puntos blancos se iban densificando y cayendo con suavidad… no cabía duda, estaba nevando.

En un momento la cortina blanca se hizo más densa. Los grandes nos miramos, los ojos chispeantes, creo que nos dijimos todo con esa mirada. Mariela corrió y buscó bufandas y gorros para su hijos, que Ale y yo colaboramos a arropar.

Martín y Ludmila corrían por la vereda desierta; Ale, Mariela y yo caminábamos disfrutando cada copo que recibíamos. Los autos se iban cubriendo, y todo era señalar con asombro: “mirá!! mirá!!”. Me sentía una niña, estar presenciando un fenómeno de cuento, algo que los adultos llamaban “imposible”. Ale repetía que era increíble, yo le decía que era real.

Llegamos así al centro de Caseros, la gente había salido como nosotros a vivir la nieve. Todo era alegría, tal como se pintaba en la cara de la señora que esperaba el colectivo. Nos mirábamos unos a otros y reíamos, teníamos la ropa y el pelo llenos de copos.

Por momentos me pareció que los chicos fueron perdiendo el entusiasmo, y que nosotros tres seguíamos en un estado de infantil asombro y alegría. Claro, ellos llevaban a lo sumo 5 inviernos sin ver nevar, y en cambio yo… 25… suficientes como para estar casi convencida de que nunca ocurriría… la esperanza jamás se pierde!! Nada es imposible, y los sueños tarde o temprano se realizan.

Los flashes de las fotos se multiplicaban, y los grandes corríamos como niños por la calle, de cara al cielo, con las palmas extendidas recibiendo los copos. En ese caminar me tropecé con un cantero de flores… Escribimos nuestros nombres en los parabrisas nevados.

Allí ocurrió: vi que la nieve se había acumulado, suficiente como para tirarle a Ale!! Ahi empezó la guerra, guerra que continuaron Ludmi y Martín, porque cuando un grande hace algo, los chicos siempre se prenden si lo encuentran divertido. Ale fue el principal blanco (por su tamaño, claro), y además porque gritaba “esta nieve es mía! yo la compré!”. Claro, estudia ciencias económicas y hasta los momentos como este los pasa al espíritu capitalista! (ja, chiste!)

Llegaron a arderme mucho las manos, pero estaba feliz, tanto como cada vez que lo recuerdo. Los mates nos reconfortaron, y por la ventana veíamos cubrirse de blanco los troncos y ramas del arbol de la vereda. Ya era de noche cuando volvimos, pero aún no había cesado el milagro. Con Ale vimos acumularse la nieve sobre los faldones de pasto de las veredas, y también corrimos por allí dejando nuestras huellas… luego me dolían tanto los pies!!

Pero la ciudad estaba feliz, nadie esperaba el colectivo en los cobertizos, todos de cara a la nieve. Muchos hacían muñecos de nieve sobre sus autos y circulaban por la calle con ellos.

Al día siguiente aún sobrevivían rastros de lo que había sido, como testigos que probaban que nada había sido un sueño. El predio de mi escuela estaba blanco, igual que muchas ramas de los árboles. Donde no dio el sol, duraron las señales hasta pasado el mediodía, como ciertos en aleros de mi cuadra.

Pero la mayor prueba de que esto fue real es que la ciudad sonreía, se respiraba el buen humor y la alegría.
Queda en mi corazón la alegría de ese sueño cumplido, estoy en paz. Cierro los ojos y siento la satisfacción de haber visto nevar en Buenos Aires. Y en ese instante, como en una postal, veo la esquina de Caseros, con sus glorietas de reja curva, bajo ellas Ludmila, Martín, Mariela y Ale… y la tibia sensación de alegría que me da tenerlos en este recuerdo tan especial!!

Historia de la mesa

Dedicado a Paula y Marie, artífices de esta anécdota…

Si Silvio Rodríguez escribió la historia de la silla, ¿por qué no voy a escribir yo la historia de la mesa?

Me ha pasado andando por el mundo en mis breves incursiones fuera de las fronteras que me dicen que los porteños tenemos ese “no se que”, pero en vez de la melancolía tanguera que nos autoachacamos, nos distinguen en el mundo por el fervor bullanguero y la disposición a divertirnos. ¿Será por eso, que entre nuestros mitos porteños, la ciudad nunca duerme y la bombonera late?

En el mundo actual abundan las facilidades para comunicarse pero se ha perdido la verdadera comunicación. Estamos en línea las 24 horas con todo el mundo pero, paradójicamente, seguimos sentados en la silla de nuestro escritorio, solos. Sin embargo, muchos extranjeros destacan de esta ciudad exactamente lo contrario: su calidez, la calidez de su gente, la amistad que reina. Quizás nosotros que lo vivimos cotidianamente no lo percibimos ni valoramos adecuadamente. Por eso vale esta anécdota, a modo de postal y recordatorio de nuestra calidez, y en honor a nuestro espíritu divertido.

El año pasado nos reencontramos con los chicos del secundario. Ocho años de distancia, en muchos casos, sin saber nada uno del otro. Y este era el caso de Paula, a quien todos queríamos localizar.

Recuerdo bien aquella tarde fría. Venía ensimismada en mi personaje de teatro, convertida en Martirio y tratando de canalizar mis angustias y desengaños a través de ella. Caminé las 15 cuadras sin sentirlas, quería descargar… no iba a tomar el subte lleno de gente. Quería esquivar a todo el mundo, así que corté por la galería. Al salir, cabeza gacha, topé a una chica… O algo parecido sucedió, no lo tengo claro, solo recuerdo que alguien gritó mi nombre, y aquel abrazo… había encontrado a Paula.

Claro, hubo que organizar una reunión para celebrar el reencuentro, un “té de chicas”. Seguro se encargó Julieta, que es la que siempre se encarga de la organización de eventos. Nos juntamos en lo de Paula, también vinieron las Marielas, y estuvimos poniéndonos al día largo rato las 5. Pero Juli recién aprendía a manejar, así que quería regresar con luz de día y Mariela la acompañó. Quedamos Paula, Marie y yo tomando cerveza y charlando.

Marie siempre tuvo ese don: hacerme reir y hacerme admirar su espontaneidad y su forma de tomarse la vida con una sonrisa. Creo que es con la que siempre más me identifiqué y con la que me sentí más libre de mostrarme como soy. Cosas de la vida, luego chocamos, pero siempre me quedó hacia ella ese cariño entrañable.

La hora corría, y entonces decidimos ir a buscar una pizza. Sábado a la noche, ya cerca de la medianoche, todos estaban saliendo con sus amigos. Caminamos varias cuadras, como 10, hasta que de repente, en Nazca después de cruzar Juan B. Justo, nos encontramos con una hermosa mesa de televisor para que se la lleve el basurero. La miramos… que “qué linda mesa”, que “me vendría bárbaro una así”, que “a quien se le ocurre tirar esta mesa que está nueva”… cuestión que decidimos llevarla para que Paula la pusiera en su casa.

Confieso que no debo tomar demasiada cerveza porque no estoy acostumbrada y soy débil a sus efectos, así que en esa situación, no me ayudó mucho haber tomado. Creo que a ninguna de las tres… porque acarrear la mesa se nos hizo bastante complicado a causa de la tentación de risa. Mientras Marie y yo veíamos como agarrar la adquisición, Paula llamaba a la pizzería para que nos llevaran la cena a domicilio. Empezamos a caminar, la cosa pesaba y se nos resbalaba, no había por donde agarrarla y estábamos tan tentadas!! Creo que el peor momento fue cuando tuvimos que cruzar Juan B. Justo; dependíamos del semáforo, era como una mini maratón las tres atadas por la mesa. Medio a las carreritas, medio a grito pelado y aguantando la risa llegamos al otro lado de la avenida.

Con el correr de las cuadras se nos hizo algo habitual la mesa, o sea, dejamos de reirnos. En parte también porque abandonamos Nazca y las miradas de la gente que transitaba por ahí o esperaba el colectivo. Tuvimos varios descansitos, ya no nos daban los brazos. El último fue cuando estábamos a una cuadra de lo de Paula.

Estábamos contentas cuando vimos una motito de reparto cerca de la casa de Paula. “¿Será la pizza?”. Era la pizza nomás… Marie y yo le decíamos a Paula que fuera a recibirla, que nosotras llevábamos la mesa el tramo que faltaba, a todo esto, Pau le hacía señas al repartidor para que no se fuera y nos dejara sin comida porque estábamos hambrientas. “Pizzería espere!! estamos acá!” gritaba, saltaba y agitaba los brazos en la oscuridad. Y nosotras nos moríamos de risa. Pero como no nos quiso dejar solas, llegamos a la puerta muertas de risa las 3 pero con la mesa al hombro. Hubiera pagado por sacarle una instantanea al pibe de la pizza, creo que en su vida va a volver a ver una cosa así.

En cuanto a nosotras, no podría decir lo mismo. Esa semana recibo un mensaje de Mariela, en el que nos agradecía el rato que pasamos juntas y nos decía que ya estaba entrenando por si la próxima vez encontrábamos un sillón.

Una semblanza otoñal

“En otoño van las hojas
amarillas, pardas, rojas.
Se menean con el viento
que las deja sin aliento.”

Cuando estaba en segundo grado, la señorita María Adela nos mandó copiar esa poesía, y, como era maestra a la antigua, la tuvimos que estudiar de memoria para el día siguiente… ahí quedaron esos versos y muchas veces los recuerdo cuando ando por las calles de mi ciudad en estas fechas.

Muchos dicen que Buenos Aires tiene algo mágico, que es que en ella las estaciones están bien definidas, cada una tiene su característica distintiva. Y como en aquella poesía infantil guardada en mi recuerdo, lo que distingue esta época en ella son los colores.

Anduve en bicicleta hoy… hace tiempo noté cómo los verdes se apagaban y daban paso a tonos más amarronados. Los plátanos de la calle de mi escuela tenían ese color más triste, señal del inevitable invierno que se avecina. Luego estallaron los fresnos de mi cuadra, amarillo oro, los mismos que he visto hoy mientras recorría las calles pedaleando.

Y se nota en el aire, en la tristeza de los días que se acortan y nos hacen recluirnos temprano. Hoy anduve acalorada al mediodía, y acelerada a la tarde porque el viento frío se colaba por cada agujerito de mi pullover. Sin embargo, conforme avanza el frío (¿serán ideas mías?) el cielo se pone cada vez más azul.

Es ese mismo frío el que me hace disfrutar y sentir como una bendición el rayo de sol que acaricia mi cara y la entibia tiernamente… eso cuando cesa el viento… Y el viento trae el sonido de las hojas secas que recorren la calle, viene cargado el olor del humo de la fogata del vecino que ha barrido la vereda. Pedaleo en medio de un concierto de crujidos, y una lluvia de ocre y oro…

El otoño me sigue hechizando pese a sumirme en la melancolía… “Se que a mis lozanías a de seguir el invierno, pero nadie ha prometido que mayo fuese eterno” dice el poeta. No será eterno, pero ha vuelto con sus signos de pleno otoño. Abro mis ojos a la maravilla, como cada año, como cada momento. Cavilo, ensimismada, en la vida que transcurre… cuántos otoños pasados desde aquella poesía!!

Atesoro en mi corazón el oro de los fresnos intentando que mayo sí sea eterno… los atesoro como aquellos versos infantiles que aún me conmueven cuando siento la vida pasar… los atesoro como reserva para el cercano invierno que, inevitable, a su tiempo llegará…

Piedras!!

El granizo que cayó el miércoles pasado fue un tema de “alto impacto” (jeje… que chiste tonto). Está en boca de todas las vecinas gordas que van a la verdulería, se escucha hablar del tema donde uno va, por lo curioso pero por sobre todo porque es un “tema importante” a juzgar por la respuesta que dieron los medios a él. Salió en la tapa de todos los diarios como titular principal, desplazando la guerra en Israel y las decisiones polémicas del gobierno. Ocupó largos espacios en los onerosos minutos de televisión, donde los noticieros mostraron el panorama de taxistas enojados con el mundo por no tener a quien culpar por la rotura de sus parabrisas, peatones conmocionados que salían de la guardia hospitalaria con los chichonazos cubiertos de gasa protestando porque pudieron haber muerto con el impacto, y periodistas que atribuían el fenómeno al calentamiento global y vaticinaban un futuro apocalíptico. En esos momentos siento que lo mejor que tiene la tele es el botón para apagar.

Pero cierto es que fue insólito que en Buenos Aires cayera granizo de semejante tamaño, en mi casi cuarto de siglo de vida nunca había visto una cosa así. Mis libros de meteorología dicen que el fenómeno no presagia un calentamiento global destructivo, sino que es un evento más en la loca e impredecible dinámica terrestre. Nuestra ciudad se halla en zona de dominio frontal, esto es, de choque de masas de aire cálido húmedo tropical con masas frías que vienen del Mar Antártico. Por este choque, en invierno tenemos una vez por semana la secuencia de calor húmedo, tormenta, frío despejado con sol. Hasta ahora no habíamos tenido tiempo invernal (esto es, frío característico para julio) y todos estaban sacando a relucir los argumentos más negros sobre cambio climático. Un viento norte nos dio temperaturas insólitas para esta época del año, pero vino a chocar con una masa de aire frío proveniente de la Antártida. Estas masas son escasas, pero la llegada de la primera de ellas marca el comienzo de nuestro invierno, y parece que este año el viento antártico había estado remolón y se nos había retrasado bastante el inicio del invierno.

La temperatura depende de la tierra y no del sol como podríamos creer, porque es la tierra la que se calienta con el sol para luego calentar la atmósfera devolviendo algo de la energía que recibe del astro rey. En invierno, la energía es menor porque el sol está más lejano y brilla menos horas sobre nuestras cabezas. En la Antártida, la noche es perpetua por 6 meses. Este año fue más cálido porque no sólo la masa de aire polar se retrasó, sino que también hemos tenido muchos días despejados en los que la tierra pudo almacenar bastante energía solar. Pero bastó la llegada de una masa de aire antártico para que la atmósfera quede fría y que la tierra no tenga la capacidad de calentarla adecuadamente.

Ahora bien, nos vino el aire de regiones polares en un momento en que recibíamos el efecto de una masa de aire tropical… entonces el choque fue violentísimo!! El aire muy frío y muy denso empujó violentamente hacia arriba el aire más cálido y más liviano en el que estaba transcurriendo nuestra vida. La humedad se condensó violentamente y Buenos Aires vivió una noche cerrada a las 3 de la tarde. La nube debió medir hasta 10.000 metros, con lo cual el ascenso violento de la humedad generó enormes cristales de hielo, más enormes de lo habitual, y eso fue lo que nos cayó encima.

Pero si me hice eco de este tema no fue solo por aclarar de dónde salió semejante granizo, sino también porque tengo alma de niña para muchas cosas, y en mi vida, cuando ocurren estas cosas, todo lo que las personas mayores (en términos del Principito) consideran importante se vuelve intrascendente, y mis ojos se abren a las maravillas de lo simple, de los realmente Divino. Al parecer mi hermano es igual, porque detuvimos nuestras vidas y nos pusimos con la nariz contra el vidrio a ver caer las piedras, y a los gritos expresábamos el asombro cuando las veíamos caer cada vez mayores. Oportunamente la cámara de fotos estaba sin pilas, así que no guardé registro de la visión de ese momento, aunque no me importó porque el mejor registro se queda siempre en el corazón. Mi hermano saliendo al patio, encogiendo su metro ochenta para guarecerse , bajo la mesa de jardín, caminando así con ella a cuestas con el solo fin de rescatar los trozos de hielo, que metíamos en un balde. Y yo, tras la puerta, guardaba las formas escurriendo el agua con el secador para que mi mamá no protestara tanto, pero en realidad era la excusa para permanecer allí viendo como los proyectiles caían sobre el pasto y rebotaban como si fueran pelotas de ping pong. Las personas mayores veían los daños materiales y evaluaban el dinero que les iba a costar repararlo. Yo veía el milagro del hielo cayendo del cielo y evaluaba la cantidad de veces en mi vida que vería una cosa así. Porque para mí, lo esencial a veces es visible a los ojos, aunque se esconde tras cosas que no son las esenciales.

En mi casa, al igual que en otras, hubo que hacer raconto de daños. Los toldos de las ventanas se nos agujerearon, al igual que un par de sillas de jardín que estaban resecas por el sol y no resistieron el impacto. Las plantas de mi mamá sufrieron los golpes, habrá que cambiar la manguera del acondicionador de aire y desabollar la chimenea de la estufa, pero la tele se ve bien igual sin el brazo de la antena que se le cayó. En fin, ya era hora de reparar los toldos: les cortaremos el pedazo dañado, usaremos parte de la lona que nunca le desenrollamos y tendremos toldos nuevos. Y respecto a las plantas… mi casa está aún hoy llena de floreros, es decir, el daño del exterior alegró el interior de la casa.

Oí luego contar a un colectivero que tuvo que detener el colectivo bajo un árbol porque si andaba era peor: claro, recibía más impactos y a mayor velocidad, con severo riesgo de romper el parabrisas, y mi hermano dice que la Plaza de Mayo quedó blanca, y que él se desesperaba por poder ver para afuera lo que estaba cayendo.

En fin, ahora estamos en el invierno, a merced de este frío polar (propiamente dicho!), pero quedan las anécdotas de la granizada. Esta es la mía, y me gustaría que construyamos una mirada mágica de este suceso frente a las historias pesimistas que nos da la tele… construyamos entre todos esa historia que podamos contar a los nietos diciendo: “La mayor granizada que cayó en Buenos Aires fue maravillosa porque…” Creo que es un aprendizaje, que ver lo esencial es un hábito que se puede adquirir de a poquito, desde el día a día, y creo también que si lo logramos ¡cómo va a cambiar el mundo! Imagino que entonces seríamos más felices…

Entonces… ¿cuál es la anécdota que vas a contar a tus nietos? La espero en la sección de comentarios!

Caminando por un puerto ajeno

Buenos Aires es muchas cosas, pero históricamente es puerto.

Buenos Aires fue puerto desde su fundación, allá en 1536, y desde entonces contrabandeó lindo (y si no basta leer el cuento “El libro” de Mujica Láinez). Cobró importancia con las reformas borbónicas del s. XVIII, que lo legalizó para el comercio con España y lo transformó en la puerta de entrada a la región. Todos nuestros desacuerdos con las provincias nacieron por la disputa por el puerto y sus derechos de aduana, fue el puerto el que hizo grande, poderosa y también despiadadamente ambiciosa y soberbia a esta ciudad.

El puerto fue capricho, porque ¿sabías que el puerto de La Plata es naturalmente mejor para el arribo de transatlánticos? También fue favoritismo: cuando en la década de 1860 se presentaron los proyectos de ingeniería para su construcción, ganó el de Eduardo Madero con los diques paralelos a la costa con entrada indirecta a través de la dársena norte y la dársena sur. Sin embargo, luego se comprobó que el segundo proyecto, de Luis Huergo, con dársenas independientes, transversales, todas con salida directa, era más funcional… pero no se ejecutó en su momento por cuestiones de favoritismo político. La historia nos dice que el puerto de Madero hoy es un barrio fashion porque resultó inadecuado para su fin original, y que hubo que construir luego uno tomó el nombre de “puerto nuevo”, que fue finalmente según el proyecto de Huergo…

Y aquí me detengo, porque el puerto era a la vez puerta de entrada del inmigrante y boca de salida de aquel famoso “granero del mundo”. Los barcos “ponían proa a la farola de la prensa” y entraban aquí, donde se recibía a “todo habitante del mundo que quiera habitar en suelo argentino”. Toda nuestra nación se organizó (para bien o para mal, no discutiré eso aquí) en torno a ese puerto: las vías de ferrocarril convergiendo radialmente, la producción orientada a los consumidores que de tras el Atlántico venían a negociar aqui… y los pobladores que llegaban a poblar estos suelos con su esperanza al hombro tomaban contacto con nuestra tierra en aquellos muelles y en el hotel de inmigrantes. ¡Qué emoción recorrer su sencilla arquitectura! La herencia inmigrante se me hace latido emocionado cada vez que ando por esos lados, porque todos mis antepasados entraron por allí.

Pero para mí el puerto es algo distinto que para el país: el puerto para mí es infancia. Son tardes invernales, grises y lluviosas viendo las gruas cargar y descargar barcos, recorriendo sus calles empedradas con mi familia, el olor a mate cocido y facturas con que merendábamos dentro del auto… El puerto es mi abuela embelesada con la fragata Sebastián Elcano y mi papá tratando de sacarnos fotos con ella cuando el viento extendía su bandera en una tarde abrasadora de enero. Una vez conseguida la foto, fuimos como tantas veces a una zona de la dársena norte donde se podía ver la fragata salir al canal, porque esa calle terminaba cerca de la escollera, y más allá estaba el río.

Corrí en mi infancia innumerables veces por aquel empedrado, agarrada de los pilotes y maravillada por lo grande de las cadenas que los unían, viendo a los remolcadores hacer maniobras para guiar los grandes barcos fuera del puerto… Y hoy regresé con la ansiedad propia de la nostalgia, con el corazón palpitante y lleno esa rara sensación de estar rebobinando en el tiempo y hacerse niño a la vez cometiendo un anacronismo porque ya no lo somos. Y llegué, pero me topé con una reja y un guardia de seguridad. Al fondo los remolcadores guiaban un crucero de placer, y yo agarrada al alambrado que me separaba de mi infancia, pero del mismo modo que lo hubiera hecho a mis 8 años, estirando bien los dedos y metiendo la nariz entre los alambres.

No lloré pero hubiera querido hacerlo… el neoliberalismo se llevó mis pilotes, mis super cadenotas, mi orilla empedrada, la vista las fragatas con sus marineros subidos en los palos listos para desplegar las velas… Me lo cambió por un alambrado y un guardia de seguridad que me dice que todo el puerto es propiedad privada, y por tanto inaccesible… Ese mismo neoliberalismo que hizo de los viejos doks cerealeros restaurantes fashion, de las gruas meros ornamentos, de los empedrados asfaltos y de los diques llenos de barcos espejos de agua con reflejos dorados (y lo digo no ajena a la nostalgia de aquellos tiempos) me dejó sin siquiera una pequeña vereda para bordear la dársena.

Esta tarde sentí que morían mis recuerdos… esa es también una forma de morir. Nos vamos enajenando, lentamente, de modo imperceptible e indoloro. Ya no somos un pueblo, somos entes desarraigados. Me sentí ajena… tal vez no tanto como cuando veo que Alan Faena transforma los viejos silos y el viejo molino en un lujoso hotel, o cuando veo levantar torres donde antes veía carpinchos cuando andaba en bicicleta. Pero esto así funciona, todo es parte de un mismo proceso. Me siento ajena no por la privatización sino porque nadie controla que a los porteños se nos permita acceder a aquellas cosas que son nuestras, que nos dejen 10 metros de orilla para sentarnos a contemplar nuestro propio río, el movimiento de nuestro propio puerto, y ¿por qué no? cerrar los ojos y vernos correr nuevamente por allí, pequeños…

Así nos enajenamos… nos perdemos… y siento que a medida que nuestros espacios se van alambrando y privatizando vamos desapareciendo… Y entonces suena en mi una queja de bandoneón que susurra burlón, casi irónico: “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver no habrá más pena ni olvido”…

Memorias de un corso triste

Como es de público conocimiento, estoy estudiando a full la mayor parte del tiempo para completar la tesis de graduación; sin embargo, para despejarme, a veces salgo un poco. Así aprovecho de ver a mi amigo Matías cuando tengo que inscribirme en la facultad, y entre consultas de horarios nos actualizamos tras 4 meses sin vernos, o voy a la biblioteca del profesorado y veo a Martín, otro amigo, mientras recorremos los corredores repletos de ingresantes que hacen el curso de nivelación. En este sentido, es una bendición tener a Ivanna que vive tan cerca, porque al menos en las noches podemos juntarnos sin problema a tomar un helado o un café y comentarnos las novedades del día de estudio.

Pero el domingo pintaba que iba a estar delante de la computadora escribiendo texto hasta quedarme dormida, hasta que en un descanso en el arreglé mi mate se me ocurrió llamar a mi amiga Mariela que cumplía años y charlar un rato para distraerme, hacia tanto que no nos hablábamos! Tal vez meses, o hasta un año. Pero claro, no recordé que es tiempo de carnaval, y mi amiga participa en la Asociación Murguera Los Quitapenas, nacida en el Centro Cultural Rojas, bajo el ámbito de la Universidad. Apenas si hablamos, bastó para que me dijera que actuaban a la noche en el corso a 15 cuadras de mi casa. Y allí me fui. Pensé llevar a Piero, el primo brasilero de Ivi que vino a estudiar a Buenos Aires, para que vea el carnaval rioplatense… en cierto modo, menos mal que no me animé a buscarlo.

Cuando llegué, Los Quitapenas ya estaban con todo desplegado como para dirigirse al escenario, sus bombos, estandartes, los trajes naranja y violeta de raso, bordados de lentejuelas, sus sombreros de copa y sus caras pintadas con filigrana, tan típicos del Buenos Aires de 1920… y con su alegría desfilaron por la avenida, con la gente amuchada en los cordones de la vereda viéndolos pasar. Tras dos cuadras de avanzar acompañados por el son de los bombos, demostrando sus destrezas de baile, subieron al escenario para comenzar sus canciones.

Mas el escenario tenía muy mal sonido, lo cual desmereció el espectáculo; por otro lado, el amontonamiento de gente junto a la calle impedía ver a los que estábamos detras el despliegue de baile que se hacía en el centro. Por atrás, junto a la pared, pasaban chicos y no tan chicos tirándose con espuma, y si bien había salpicaduras hacia el público producto de esa guerra, a muchos les divertía más tirarle a los presentes, eso sí, apuntando a la cara, la cola y el pecho de modo bien intencional.

Traté de subirme a un cantero para ver, pero fue en vano. Por entre la gente intenté ubicar, al menos, a mi amiga que bailaba en la calle, pero sin éxito. Entonces me contenté con observar y escuchar a quienes cantaban sobre el escenario, algo que se complicó por el mal sistema de audio y porque no sé quien tuvo la inteligencia de poner a ambos lados de la tarima las parrillas del choripán, que generaban la doble invasión del humo y los murmullos de los compradores.

Aún así, la murga fue fiel a su estilo, mezcla de porteña y uruguaya, con sus canciones de denuncia política y mediática compuestas colectivamente, cantadas a capella, con el solo acompañamiento de la percusión, pero de modo polifónico, por lo que pese a faltar instrumentos, sonaba como una verdadera melodía. El humor no está ausente de sus letras picantes, al mejor estilo de las más famosas murgas del otro lado del charco. Pero se le agrega el colorido de los trajes porteños, que realza el movimiento eléctrico de los bailarines.

Si, la murga fue fiel a su fama de ser la mejor de la ciudad por toda su gran preparación (la mayoría se remite a sacudirse al son de los bombos), me alegré mucho de poder darle un beso a mi amiga antes de que se fuera corriendo, porque venían de un corso y se iban a otro. Pero me quedó el sabor amargo del ambiente general.

Volvía así caminando en la noche, sumida en la triste nostalgia que me había producido el evento, y recordaba aquella canciòn compuesta por Alejandro Dolina, el “Coro del corso triste”, donde la comparsa actúa vestida de negro, con caretas de pesar, y los concurrentes te mojaban con pomos de llanto… Recordé también la lectura del mismo autor, donde la imaginación de Dolina relata los carnavales que dieron origen a este corso triste, en los cuales pese al esfuerzo de alegría, de fiesta, la gente quedaba invadida por una oscura nostalgia, por lo que pensaron que armando un corso triste recuperarían la alegía…

Ahora comprendo que tal visión tiene su asidero de realidad, y no llego a entender bien por qué… si es su verdadero significado de desenfreno antes del recato de la cuaresma, el que aflora en nuestro inconciente aunque el sentimiento religioso se haya perdido hace mucho para el alma de mucha gente… o si será la observación de ciertos rasgos de la sociedad de mi tierra que me apesadumbran… quizás sea un poco de cada cosa.

Paradojas del hombre, que inventa la alegría pensando que con ella puede doblegar a la tristeza. No me extraña que el Rey Momo sea payaso, símbolo del carnaval, con la risa pintada en la cara y su gran pena detrás…

Ahora estamos en cuaresma, todo volvió a la vida normal… tal vez más alegre incluso que el tiempo de carnaval… me pregunto si solo en mi tierra pasará esto, donde el alma tanguera es nostálgica de por sí, o si será algo igual en todos lados de esta fiesta en particular…