En Pampa y la vía

Cada ciudad tiene sus dichos, de esos que al pensarlos parecen no tener sentido. Si hurgamos en el lenguaje cotidiano, estamos llenos de esas frases incomprensibles para un visitante, pero cuyo significado captan al instante los locales.

En esta ciudad, cuando uno no tiene plata solemos decir que “está en Pampa y la vía”. Esta frase tiene toda una historia que le da sentido y que muchas veces no conocemos. Es una historia que nace de las vivencias de la ciudad, vivencias que hoy solo son recuerdos, pero que quedaron grabadas en nuestro ser popular, y tienen vigencia a través del habla local.

Resulta ser que el Hipódromo Argentino de Palermo, tal como lo conocemos, fue inaugurado en 1876 en su actual emplazamiento sobre la avenida del Libertador, que inicialmente se llamaba Vértiz. Por esa época, también fue inaugurado el Parque Tres de Febrero, que fue construido sobre la estancia que era propiedad de Juan Manuel de Rosas. El hipódromo ocupaba el vasto terreno de alfalfares de la estancia.

Sin embargo, la historia de la frase se remonta a los tiempos del Hipódromo Nacional, anterior al actual, que se situaba donde hoy se alza el estado de River Plate. De hecho, quedan restos de la pista en el actual barrio River, en la calle que lo circunvala y que es curva.

Esa localización era alejada del casco de la ciudad, por lo que los apostadores debían tomar el transporte público para llegar allí. El problema se presentaba cuando los apostadores perdían hasta el último centavo y no podían comprar el pasaje para volver…

La empresa de transporte tomó una determinación: tras llevarlos gratis de regreso a la terminal, decidieron vender los boletos de ida y vuelta a los pasajeros que iban al hipódromo, de modo que todos tuvieran comprado el suyo aún cuando lo perdieran todo. Como el recorrido de la empresa de transporte tenía su cabecera en el cruce de la calle Pampa con la vía del ferrocarril, los burreros quebrados quedaban varados allí (en un lugar que era bastante inhóspito en esa época), y tenían que ingeniárselas para continuar viaje sin un centavo.

Por ello, cuando uno queda sin dinero, se dice que queda “en Pampa y la vía”, arruinado como aquellos viejos burreros de antaño, aguzando el ingenio para salir adelante.

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Por mi barrio

“Si pudiera volver allí, ay! si pudiera,
si ya no reconozco ni el barrio,
lo devoró la hormigonera”

Así reza “Allí”, la canción de Ismael Serrano, y siempre me acuerdo de ella cuando paso a diario por una de las esquinas próximas a mi casa. Estaba lindo hoy para andar en bicicleta… mucho sol, nada de frío…

Ya perdí la cuenta cuándo fue. Donde estaba la calesita donde pasé tantas tardes de verano, hoy está la antena de Movistar despidiendo radiación desde todos sus cacharros.

El viejo mercado, al que conocí con sus vendedores de verduras, los carniceros, polleros, achureros, pescaderos, el florista, el almacenero… hoy no existe, son edificios. Y su vieja estructura es una glorieta que nadie usa, perdida en una de las plazas contra el paredón de la comisaría.

La vieja fábrica de Teubal cayó bajo el peso del liberalismo de los 90, y hoy es Carrefour. Recuerdo vagamente la chimenea, y el pozo en la demolición, para hacer el estacionamiento del super…

Y donde estaba la escuela de pilotos de Aerolíneas Argentinas hoy hay un complejo de viviendas con dos torres mirando a la plaza. Otra víctima de los 90…

La panadería de Don Pascual, que nos daba el vigilante cuando mi hermano decía “Adía!!” son duplex hace ya varios años…

Si hasta las casas de enfrente se han transformado, y la de Tita, la viejita maestra que falleció, fue tirada abajo para hacer una más moderna…

Y yo no vivía ni era proyecto cuando levantaron el ramal de trencito, aunque caminando se ven sus huellas en las extrañas plazoletas finas y curvas…

Historias de mi barrio, que tiene muchas cosas que contar!!

Viejo y querido Subte A

El subte AEl subterráneo para mí tiene un significado especial, era una de esas cosas que me fascinaba de chica. Cada vez que iba al centro con mi mamá, esperaba que necesitáramos tomarlo.

En 1904, la lína A fue la primer línea de subterráneos de Sudamérica, y sus pasajeros hablaban del “pueblo de San José de Flores” sin imaginar que algo más de un siglo después esa misma línea tendría su cabecera en ese pueblo, ya integrado al tejido urbano. Hoy sus vagones de madera centenarios aún crujen al andar, y son pedazos de historia rodando por las vías, y encierran las historias particulares de cada uno.

Mis recuerdos infantiles están muy unidos al traqueteo del subte A. El día que a mi tía se le quedó el auto en Diagonal Norte y Florida, mi prima Ana nos pasó a buscar y nos trajo a casa con el subte A. Arrodillados en el asiento de madera, fuimos con mi hermano Martín con la nariz contra el vidrio mirando las vías más adelante. Aún hoy, al pasar por José María Moreno, recuerdo la parada donde nos tomamos el colectivo una vez que nos bajamos del subte, refunfuñando porque queríamos seguir.

Ni que decir las vivencias cotidianas de 10 años de profesorado… comenzando por el espanto que me dio la primera vez que al bajar me di cuenta que tenía que abrir yo la puerta de un tirón, porque no eran automáticas… Aún titilan sus lamparitas en ciertos puntos del túnel, y cruje aún detenido, esperando la luz. En esos momentos el silencio es tenso, y el rugir del subte que viene en el sentido contrario intensifica el nerviosismo al resonar en el túnel.

El otro día viví una situación así y me sentía dentro de “Moebius”, esperando que ocurriera el pasaje a otra dimensión de la cual no es posible regresar, porque de eso trata la película: las consecuencias de extensión de la red es que los trenes pasan a otra dimensión y desaparecen de la nuestra. Si no la vieron se las recomiendo.

De todas las líneas sigue siendo mi preferida. Y la miro con ojos de turista: fascinada, sacándole fotos, esperando que no le llegue el progreso y que los viejos vagones sigan circulando. Porque mientras subsista uno de ellos, nuestros recuerdos están a salvo, y muchas historias de la ciudad también.

La extraña condición física del subterráneo

El subte en Buenos Aires tiene ese no se que. Es un cúmulo de experiencias que a los que somos pasajeros habituales ya no nos sorprenden, pero que al tomar algo de distancia y pensarlas resultan verdaderamente extrañas.

Comencemos por el hecho de que meterse bajo tierra tiene mucho de misterioso; el calor, la penumbra, ese olor tan particular que sube por las escaleras y que no se percibe en ningún otro lado. Excepto los nuevos tramos, el subterráneo en Buenos Aires tiene mucho de catacumba estrecha.

La películoa argentina “Moebius” explotó estas sensaciones, creando una historia de ciencia ficción que recorre las redes enterradas. Plantea la posibilidad de que ciertos fenómenos físicos cuasi imposibles sean factibles en nuestro subterráneo. El otro día encontré uno de ellos: la gente de carne y hueso se vuelve fluído al subir al subterráneo, para luego volatilizarse y volverse a materializar en el andén de descenso.

A veces la normalidad del servicio hace que nos pasen desapercibidos ciertos detalles, pero de vez en cuando nos conectamos con la realidad que vivimos y nos damos cuenta que las más de las veces veces la negamos sólo para no desesperar. Ejemplo: desde que la línea D conectó el “pueblo de Belgrano” como se decía en la época del arribo de este medio de transporte a la ciudad, hacer un trayecto de 4 estaciones puede ser motivo para filosofar.

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Noviembre Jacarandá

Jacarandás en Congreso

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Al este y al oeste,

llueve, lloverá

una flor y otra flor

celeste del Jacarandá…


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Para el caminante que recorre la ciudad en esta época no pueden pasar desapercibidos, entre el follaje verde de la primavera que avanza, la bola florida de la copa de un jacarandá que explota en cada punto de la ciudad.

Es por eso, que este mes es uno de los que más me gusta en la ciudad. Llego cansada, a veces con estrés y angustia. Pero el milagro que florece en cada árbol me levanta el ánimo.

Jacarandás en Congreso

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Se ríen las ardillas

ja jaja ja ja

porque el viento le hace cosquillas

al Jacarandá.

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El año pasado, el único motivo por el que deseaba tener un celular con cámara de fotos era poder guardar los maravillosos colores para el resto del año. Este año ha sido posible, de manera que ando por la ciudad fotografiando los árboles. Esta es una pequeña muestra…

Pero no soy la única, el gran Aldo Sessa tiene libros completos sobre esta época en Buenos Aires…

Jacarandás en Buenos Aires

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El cielo en la vereda

dibujado está

con espuma y papel de seda

del Jacarandá

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Asoman por doquier, como un milagro, como una bendición. De mañana, de tarde, cuando ando en bicicleta, cuando camino. La plaza Miserere se transforma en un de los sitios más lindos de la ciudad. La Plaza San Martín vive su momento de máximo esplendor. Las plazas de Chacarita se cubren de un techo violáceo.

Y mi corazón se alegra, por triste que esté, como ahora. Llegaron en el momento justo, cuando me estaba quebrando. Y se muestran como milagro a cada paso que uno da por la ciudad. Esta ciudad que cambia de color con los meses, con las estaciones, y que tiene en estos árboles tropicales uno de sus más importantes artífices de ese cambio.

Jacarandás en Buenos Aires

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El viento como un brujo

vino por aquí

con la cola borró el dibujo

del Jacarandá

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Lo que Cristian y Giselle extrañan de Buenos Aires, son sus Jacarandás, tanto que están tratando de hacer crecer uno en su jardín de Montpellier.

Y cuando en casa tuvimos que reemplazar el árbol de la calle, elegimos un Jacarandá para que aporte su color… Está en proceso de arraigo, tal vez el próximo noviembre nos regale sus flores.

Si pasas por la escuela, los chicos, quizás,

te pondrán una escarapela del Jacarandá

Jacarandás en Congreso

Hay mucho para contar, hay mucho para decir. Pero esta es una buena noticia. Es una de las simples cosas que te alegran el día y que no quiero dejar pasar!! Espero que no se les pase el Jacarandá mientras dura en la ciudad!! Aunque pronto vendrán los ceibos… que ya vienen aprontando…

Los versos pertenecen a la “Canción del Jacarandá” de María Elena Walsh

Los jóvenes de hoy en día

Y si, es un título alusivo al viejo y querido número de Les Luthiers. Porque, cada tanto aparece la voz de algún viejo diciendo que la juventud está perdida. Debo decir que, gracias a Dios, cada vez son menos estas voces retrógradas; y vale también aclarar que no siempre son personas de edad, porque como decía una vez un cuento que me mandaron en un correo cadena, envejecer es obligatorio, madurar es opcional.

Hace unos días me tomé el colectivo en Acoyte y Rivadavia, un nudo de transporte importante de esta ciudad. Salía del profesorado, y pese a ser las 10 de la noche, el colectivo iba lleno. No me asombré, porque claro, muchas veces con Florencia lo tomamos lleno. Claro que entusiasmadas contándonos las novedades nunca lo notamos. Tampoco notamos que las otras líneas también van llenas.

Este viaje lo hice sola… Entonces me puse a mirar distraída la gente. Será que justo ese día tenía los ojos bien abiertos, porque me di cuenta que la gran mayoría de las personas que viajaban conmigo eran jóvenes. Tenían mi edad, año más, año menos. Vi mucho mp3, muchos anteojos, mucha mochila. Mucha cara de cansado, mucho apunte leído con sueño y subrayado pese al vaivén del colectivo.

Me di cuenta que no estoy sola. A veces cuesta darse cuenta, pero es así. Somos miles los que cada día, con el cansancio del día de trabajo a cuestas, nos sentamos en un aula a escuchar una clase. Tal vez algún compañero amigo nos pasa un mate para que no cabeciemos en plena explicación. Somos muchos los que buscamos los ratos libres con desesperación y resignamos salidas más divertidas por estudiar esa materia que queremos rendir.

Entonces pensé en las voces poco sabias que recitan los estereotipos de que “la juventud está perdida”, “todos los jóvenes se drogan”, “los jóvenes no saben lo que es el esfuerzo”, “los jóvenes no tienen futuro, no tienen valores”, etc. Y me di cuenta que ninguno de los que estaban en ese colectivo entraba dentro de ese concepto, y sin embargo, éramos todos jóvenes.

Tal vez quien cree en los estereotipos no viaja en los colectivos a las 10 de la noche. O se contenta con la explicación simplista para sentirse superado, con derecho a estar por encima del resto. ¿Será que la porción visible es justamente aquella mínima parte que “está perdida”, “que se droga”, “que no tiene valores”? A veces pienso que todos nosotros somos una legión, que justamente a causa de sus actividades, permanece oculta. O será que siempre solo es noticia lo negativo. Tal vez es todo junto…

Pero algo hay… somos 7000 en el profesorado, pero los que salen en la tele cortando las calles y protestando por el bombardeo a Irak son siempre los mismos 20, los que se pasan el día pintando carteles, los que viven para tomar el rectorado e insultar profesores. Los que están hace el mismo tiempo que yo pero no pueden tomar cargos porque no tienen el mínimo de materias aprobadas que se requiere. Y somos 6980 almas que en silencio aguantamos sus groserías, su discurso chicloso. Que pasamos mientras ellos quedan…

Cuando veo a mis alumnos (esos sí que están perdidos todavía!!) que aprenden a comprender el mundo de a poco, que son pavos en los primeros años pero que luego, hacia el final del secundario, van mostrando signos (a veces leves…) de conciencia y responsabilidad, me doy cuenta que no todo está perdido. Que podemos esperar nuevos jóvenes viajando a las 10 de la noche de regreso a casa por mucho tiempo. Y que tenemos un buen futuro por delante, digan lo que digan las viejas voces. Claro que me siento responsable de ir creando esa conciencia… En fin, en eso ando, no por nada elegí ser docente.

Lo cierto es que se viene el día del estudiante, y yo quiero saludar a todos los estudiantes que viajan conmigo cada día, los que salen de casa a las 6  de la mañana y regresan a medianoche luego de un día de trabajo y estudio. Los que siempre llegan tarde a las clases, corriendo, aflojándose la corbata porque recién salen de la oficina. Los que cabecean sobre un texto en el colectivo porque mañana tienen parcial. Los miles y miles que nos garantizan que los jóvenes  de hoy en día están bien orientados, que tienen valores, que saben de verdad qué es el esfuerzo. Los miles y miles que no se ven… a menos que quieras abrir los ojos para mirarlos.

Simplemente, a todos, ¡FELIZ DÍA DEL ESTUDIANTE!

Explotó Septiembre!!

No me puedo contener. Desde que ando por el mundo con un celular con cámara de fotos, vivo registrando el día a día del mundo que me rodea, esas pequeñas cosas ante las que abro los ojos y me sorprendo, ante las que me maravillo.

Quiero compartir esta foto que viene uno días atrasada, es del lunes. Me tomó por sorpresa el hecho de que justo el primer día de septiembre aparecieron los primeros brotes de los árboles. Es como si los árboles se hubieran enterado de que entramos en el mes de la primavera y hayan sacado a relucir sus nuevas hojitas, saludando al nuevo mes y celebrando que el invierno va quedando atrás. Mirando bien atentamente es como una explosión!! Por todos lados hay verdes ténues, aunque aún no se advierten en una panorámica general.

Todo esto me pone de buen humor, como cuando suena el despertador y no es noche cerrada, sino que me voy levantando y hay luz de sol en mi ventana mientras me preparo para la escuela; y tardes en las que no oscurece tan pronto, más largas y apacibles. Un nuevo invierno gris está quedando atrás, todo empieza a renacer…

Mmmmm… y yo?? ¿En qué me tocará explotar y renacer nueva, como un milagro primaveral? No lo sé… pero siento que el cambio es inminente…