Cuarentena y escuela

Cuarentena, día 15.

Hoy me llegó una encuesta para contestar, elaborada por la red de docentes innovadores de Argentina. Consultaban sobre las formas en las cuales estamos sosteniendo la educación virtual durante la cuarentena, de qué manera nos contactamos con los chicos, qué estrategias estábamos usando. Había dos espacios donde podíamos desarrollar, y los usé de catársis para todas las sensaciones que tengo en relación a este tema. Decidí guardarlas aquí… desde esta mezcla extraña de amargura, entusiasmo, impotencia, bronca, alegría… que me va generando pensar e interactuar (o no) con los distintos actores de la comunidad escolar.

¿Cómo se organizó tu institución para mantenerse en contacto con los alumnos?

Nuestra institución decidió que se subieran actividades genéricas por área a la página de la escuela. No hubo posibilidad de devolución por parte de los estudiantes ni de ningún contacto con ellos. Se nos dijo explícitamente que si nos contactábamos con los chicos fuera de los canales oficiales “no nos iban a defender si había problemas” y se nos pidió que esperemos a que la plataforma del Gobierno de la Ciudad esté operativa para encarar nuevos trabajos. A la fecha (30/3) seguimos esperando. La mayor parte de los chicos ni siquiera sabía en qué división estaba, porque tuvimos solo 2 días de clase antes de la cuarentena y por temas de la dinámica interna de la escuela, muchos aún se estaban inscribiendo. Los chicos de una división que me conocían del año pasado me contactaron por las redes sociales y me empezaron a pedir más trabajos, que ellos querían que armáramos un aula virtual. Lo primero que hice fue explicarles las directivas que recibí de la conducción, y comunicarme con ellos por el mail oficial que tengo en la escuela. Ante sus inquietudes (y las mías), armamos un aula virtual en contravención con las disposiciones de la conducción de la escuela. Estamos todos trabajando contentos; los chicos me ayudan en esta tarea de aprender a enseñar en contextos virtuales, tenemos un feedback permanente. Con ellos estoy probando muchas ideas que tengo para aplicar en los demás cursos cuando tenga posibilidad de contactarme con ellos. Me resulta triste que con la excelente experiencia que tengo con este grupo, la cantidad de ideas y materiales que tengo para trabajar con los demás, y la necesidad que veo en los chicos de vincularse con la escuela como institución (y la mía como docente también), tenga aún 8 divisiones (250 chicos aproximadamente) con las que no puedo establecer contacto aún. Me duele no poder ejercer mi derecho a enseñar y brindarles su derecho a aprender (cuando me expresan que quieren hacerlo). Como docente, quiero estar llevando este período con mis chicos, acompañándolos en el proceso, interactuando y conteniéndolos, aportando actividades para sobrellevar mejor el encierro; yo también lo necesito. Estoy dispuesta a enfrentarme con quien sea que cercene estos derechos por arbitrariedades que tienen más que ver con desidia y comodidad política que con un problema real.

 

¿Hay algo que quiera agregar?

Creo que en este tiempo especial que atraviesa la sociedad, la escuela tiene que seguir en su rol de contención, rol que tiene en tiempos normales y que se acentúa ahora. Contención para chicos pero también para docentes, mantener el sentimiento de comunidad. La situación de cuarentena nos atraviesa emocionalmente a todos, y por tanto, es un desafío sostener el rol educativo en estos momentos. Para los docentes que nunca trabajamos en entornos virtuales, esto nos llena de incertidumbre e inseguridad. Creo que la clave está en darse cuenta que no podemos trabajar de la misma manera que en el aula, y reconocer el impacto emocional que el contexto actual tiene para todos. Por ello, creo que el planteo de actividades debe apuntar a ser una herramienta para aportar a la convivencia familiar, y no una carga o presión que tense aún más las situaciones. Plantear actividades con un componente lúdico, que fomente el diálogo y la investigación libre: recopilar experiencias familiares en relación a distintos procesos, investigar libremente sobre temas que puedan ser edificantes, compartir una película y debatirla… Del otro costado estamos los docentes, también atravesados emocionalmente y con temas de convivencia familiar propios. Debemos reconocer que no somos los mismos, y que necesitamos que el control de las actividades sea también para nosotros liviano, sencillo y agradable. En cuanto al componente de socializar lo trabajado, es fundamental y va más allá de las actividades del aula. Cuando abrí el aula virtual, incluí un foro donde compartir experiencias de la cuarentena. Me sorprendió la cantidad y extensión de las intervenciones, una catarata de experiencias donde todos comparten sus vivencias y se contestan y contienen unos a otros. Allí pude ver la necesidad de comunidad que tenemos en este contexto de aislamiento. La gratitud que me expresan y el reconocimiento del esfuerzo que hago por llevar adelante la clase en un entorno que no me es familiar me emocionan profundamente. Es por eso que frente al entorno adverso que atravieso como institución (que contaba en el punto anterior), me sublevo ante la negativa a establecer contacto con los estudiantes. Necesitamos ese contacto, necesitamos más que nunca estar todos juntos y construir el sentido de comunidad que será la clave para salir de esta situación; no sólo del encierro de la cuarentena, sino de la enfermedad cuando empiece a aparecer entre nosotros, y de los profundos problemas económicos que están enfrentando la mayor parte de las familias.

El cambio en nosotros mismos

Cuarentena, día 12.

Hoy hablé con Laura, preceptora de la escuela, psicóloga. En este hábito que se va generando en mi rutina cotidiana de la cuarentena de contactar un par de personas que aprecio por día para ver como están, hoy le tocó a ella.

La charla fue super rica y profunda, y me dejó pensando en un montón de cosas, porque creo que nos damos cuenta fácilmente que esto va a cambiar la economía de alguna forma, o al menos va a generar una crisis que estimule un cambio en ese aspecto; creemos el parate representa un respiro para los problemas ambientales (esto no me animaría a afirmarlo categóricamente); pero no nos damos cuenta cuánto estamos cambiando nosotros mismos con todo esto.

Una de las cosas que surgen en el encierro de la cuarentena es aquello que extrañamos del salir, y que se convierte en algo valorado ahora que no está. Las personas que extrañamos, el intercambio cotidiano con los colegas y chicos en la escuela, la travesía cotidiana en bicicleta por el barrio… todo eso hace falta. También reconocemos todo aquello que hacíamos y que no extrañamos…

En el encierro de la cuarentena nos encontramos con nuestras propias miserias, nuestras dificultades y limitaciones; y hay que estar muy atento para detectarlas y trabajarlas. Es más fácil ver el problema en el otro que el propio, entonces este tiempo en el cual tenemos mucho tiempo libre, es momento para focalizar en la reflexión de aquello que nos pasa. Ansiedad tenemos todos, ¿dónde la estoy poniendo? ¿Cómo la estoy sacando? Tenerse paciencia, aceptarse.

La cuarentena pone a prueba nuestra capacidad de organizarnos. Para los que vemos aquí una oportunidad de hacer todo lo que nunca tenemos tiempo de hacer, esto representa un gran desafío: organizar las tareas de tal manera que el tiempo no se nos escurra entre las manos sin concretar nada. Plantearse horarios, respetar comidas, balancear entre lo lúdico, lo laboral y lo que deba ser hecho en la casa. Armar rutinas en relación al ejercicio físico y la movilidad del cuerpo, ya que perdemos el natural ejercicio de desplazarnos por la calle en la movilidad cotidiana. Y enfrentar también el desafío de que todos los días sean iguales planteando una rutina semanal donde cada día tenga alguna variación frente al anterior.

La cuarentena también pone bajo la lupa las convivencias; reconocer la relación que tenemos con los demás, encontrarnos con ellos. En la era de las redes, vivimos juntos pero desconectados, cada uno enchufado a su propio dispositivo electrónico. Y aunque las redes tienen un rol fundamental en este momento, conectando a quienes quedaron distantes, ya no nos resuelven la convivencia con los que están junto a nosotros. El contacto permanente, el no poder tomar distancia física hace que estemos obligados a reconstruir las formas de relacionarnos, a reconocernos mejor y aceptarnos tal como somos.

Algunos no pueden con su propia ansiedad o con las convivencias y salen compulsivamente, ponen la excusa de que necesitan el pan, que se acabaron los tomates, que tienen que sacar la basura, con tal de tomar aire, tomar distancia. Espero que, además de tomar conciencia de que tienen que quedarse en casa, puedan ir puliendo el manejo de sus dificultades, los va a ayudar a tener una vida mejor en el después.

No hay cambio sin dolor; un cambio implica salir de la estructura y transitar un umbral de conflicto, pero el resultado siempre es superador y positivo. Me gusta pensar en el cambio como un nacimiento: abandonar la comodidad para salir a lo desconocido, con toda la incertidumbre y el miedo que esto genera. Quisiera que al terminar la cuarentena podamos disfrutar de una forma más sana de relacionarnos, que hayamos recuperado los vínculos personales y su valor, que podamos trabajar de manera solidaria y comprometida. Me gustaría, al salir de la cuarentena, ver en las mesas de los bares y pizzerías que las familias, las parejas, los amigos, hablan en vez de estar metido cada uno en la pantalla de su celular.

Confío que vamos a lograrlo, y que cuando todo este dolor, esta incertidumbre, esta ansiedad pasen, vamos a sentirnos todos más fortalecidos, más contenidos, y vamos a poder rescatar los aspectos positivos de este tiempo tan complejo que nos toca atravesar.