El retrato de Dorian Gray

Quizá te imaginas que estás a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual de color en una habitación o en el color del cielo matutino, un determinado perfume que te gustó en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles, un verso de un poema olvidado con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia de una composición musical que has dejado de tocar, pueden cambiarte.

El retrato de Dorian Gray es la única novela que escribió Oscar Wilde. En ella, presenta una mordaz caricatura de la sociedad de su tiempo y de los valores que ésta manejaba.

El protagonista de la historia, como el título lo anuncia, es Dorian Gray. Un joven al que encontramos en sus 18 años, y que súbitamente descubre que su belleza no es imperecedera, entrando en la desesperación. Acaba de ser inmortalizado en un retrato, con el que entabla una relación de amor-odio, ya que él permanecerá con su belleza inalterada mientras que Dorian envejecerá afeandose inevitablemente, no solo por el deterioro corporal sino por las huellas que las actitudes y acciones dejan en el cuerpo.

Sin embargo, Dorian no hace este descubrimiento solo: es Lord Henry el que lo despierta a la cruda realidad. Lord Henry es la voz de la sociedad de su tiempo: una voz seductora, dulce, persuasiva, encantadora… y fuertemente corruptora. Desde mi óptica, es él el verdadero protagonista, despreciable y vil encarnación de su tiempo.

Las buenas influencias no existen. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él.

¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles eran! ¡Qué claras, y qué agudas y crueles! No era posible escapar. Y, sin embargo, ¡qué magia tan sutil había en ellas! Parecían tener la virtud de dar una forma plástica a cosas informes y poseer una música propia tan dulce como la de una viola o de un laúd.

Publicado en 1890, la novela refleja el desencanto imperante frente a los efectos sociales de la revolución industrial: habiéndose puesto la esperanza en el valor transformador de la ciencia y la técnica, el fin del siglo XIX se encuentra con sociedades polarizadas, donde las grandes masas viven en condiciones paupérrimas. Frente a esta realidad pesimista nacida de los valores del utilitarismo y el materialismo, la burguesía y los sectores altos de la sociedad intentan evadirse y así desligar también responsabilidades. De este modo, el culto por la belleza en sí misma ha parecido una salida para muchos, originando el movimiento esteticista, que se basa en la doctrina de que el arte existe para beneficio de la exaltación de la belleza, la que debe ser elevada y priorizada por encima de la moral y de las temáticas sociales. Consiste en una reacción a la “fealdad” general creada por la época industrial.

La obra transmite fuertemente todo ese desencanto. Sus personajes muestran total desdén por las miserias ajenas, buscando constantemente el placer, la belleza y la satisfacción de sus deseos, incluso cuando éstos pueden enviar a la ruina a los demás. Es una oda al materialismo y el egoísmo extremo. En cierto sentido, muchos de sus pasajes me han remitido a la sociedad actual y sus valores.

Vivimos en una época en la que se trata el arte como si fuese una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

Por momentos leía y pensaba en nuestra realidad actual… En la publicación de la vida en las redes sociales, en lo que mostramos y preservamos, en la forma en que miramos la vida de los otros. Cuando entro a las redes, me chocan las fotos sin encuadre, sin foco, sin estética, un disparar alocado para comunicar lo que estamos haciendo.

Basta esconder la cosa más corriente para hacerla deliciosa. Cuando ahora me marcho de Londres, nunca le digo a mi gente adónde voy. Si lo hiciera, dejaría de resultarme placentero. Es una costumbre tonta, lo reconozco, pero por alguna razón parece dotar de romanticismo a la vida.

A la vez, ¿a quién le interesa lo que publicamos, si las historias de Instagram pasan a vuelo de pájaro ante nuestro dedo que se desliza espasmódicamente por la pantalla? ¿Qué apreciación podemos tener de aquello que no ha estado ni un segundo frente a nuestros ojos? De hecho, nadie va gritando por la calle las cosas que le gustan. El valor de guardar las acciones y pensamientos en la intimidad es, muchas veces, el disfrute de esos mates con un amigo donde podés contarle aquello que has hecho, aquello que te ha sucedido, y el amigo escucha con interés. La hiperpublicación tal vez quita trascendencia a los hechos de nuestra vida.

Es triste pensarlo, pero sin duda el genio dura más que la belleza. Eso explica que nos esforcemos tanto por cultivarnos. En la lucha feroz por la existencia queremos tener algo que dure, y nos llenamos la cabeza de basura y de datos, con la tonta esperanza de conservar nuestro puesto. La persona que lo sabe todo: ése es el ideal moderno. Y la mente de esa persona que todo lo sabe es una cosa terrible, un almacén de baratillo, todo monstruos y polvo, y siempre con precios por encima de su valor verdadero.

Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para ser hermosa.

Otro elemento llamativo: la información. Tenemos cada vez más fuentes de información, cada vez más datos, pero menos confiables y más inútiles. Nos falta capacidad de reflexión, calma para la mirada de conjunto, para construir nuestra reflexión sin repetir los discursos ajenos.

La historia es atrapante, mordaz, de una actualidad interesante, ya que habla de los sentimientos y miserias humanas, además de retratar el desencanto de una época. Muchos de sus pasajes podrían ser leídos sin saber que fueron escritos más de cien años atrás, y los juzgaríamos de total actualidad.

Dejo, para terminar, algunos de esos pasajes, para que cada cual reflexione a su gusto…

La sociedad, la sociedad civilizada al menos, nunca está muy dispuesta a creer nada en detrimento de quienes son, al mismo tiempo, ricos y fascinantes. Siente, de manera instintiva, que los modales tienen más importancia que la moral y, en su opinión, la respetabilidad más acrisolada vale muchísimo menos que la posesión de un buen chef. Y, a decir verdad, consuela muy poco saber que la persona que te invita a una cena execrable o que te sirve un vino de mala calidad es irreprochable en su vida privada.

Créeme, ningún hombre civilizado se arrepiente nunca de un placer, y los no civilizados nunca llegan a saber qué es un placer.

Las clases medias airean sus prejuicios morales en sus vulgares comedores, y murmuran sobre lo que ellos llaman la depravación de las clases superiores con el objeto de hacer creer que pertenecen a la buena sociedad y son íntimos de las personas a las que calumnian.

Todos los comensales habrían destacado la importancia de las virtudes que su situación en la vida les dispensaba de ejercitar. Los ricos hablarían del valor del ahorro, y los ociosos se extenderían elocuentemente sobre la dignidad del trabajo.

La razón de que nos guste pensar bien de los demás es que tenemos miedo a lo que pueda sucedernos. La base del optimismo es el terror. Pensamos que somos generosos porque atribuimos a nuestro vecino las virtudes que más pueden beneficiarnos. Alabamos al banquero para que no nos penalice por estar en números rojos y encontramos buenas cualidades en el salteador de caminos con la esperanza de que respete nuestra bolsa.

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