Mucho para pensar

Una tarde de sol invernal que parece ya primaveral bastó para que leyera “Rebelión en la granja”.

Es muy fácil leer rebelión en la granja y ver aquello que Orwell quiso mostrar: una crítica al comunismo soviético del período estalinista. Vamos leyendo y vamos encontrando la analogía entre cada personaje y la realidad: el granjero es el Zar, la yegua de tiro es la nobleza zarista, el cuervo es la Iglesia, los cerdos son la nomenklatura, y entre ellos, Snowball es Trotski y Napoleón (curioso nombre, dado que el conocido francés trocó la revolución francesa en un imperio personalista) es Stalin. Luego aparece la división entre los caballos, que algo piensan, cuyo trabajo es más valorado, y las ovejas y gallinas, que no pueden siquiera recordar las letras. Hay una valoración intrínseca al proletariado por sobre el campesinado.

La división entre el trabajo intelectual, justificado por la propaganda y que amerita ciertos privilegios, y el trabajo manual productivo, está muy clara desde el principio: “Los cerdos en verdad no trabajaban, pero dirigían y supervisaban. A causa de sus conocimientos superiores, era natural que ellos asumieran el mando.” Unos pocos renglones más atrás, acababa de decir que el caballo entendía el trabajo de segar mejor que el granjero… y llegado a ese punto surge la pregunta de por qué ese conocimiento no le da poder de mando al caballo. La respuesta es que se naturaliza algo, a elección de un beneficiario y sus intereses, y se desnaturaliza el resto… Si no, no se entiende cuándo el conocimiento de los cerdos comenzó a valer más que el del caballo, si el caballo permite segar y alimentarse. ¿No es que todos los animales son iguales?

Y la obra recién empieza a interpelarnos, y luego va más en profundidad, sobre todo en su primera parte. Lo leía y no podía dejar de pensar en la escuela, o en la reunión de consorcio. Cómo la vida está atravesada por el poder, y cómo ese poder convierte en falacia el hecho de que todos los hombres son iguales y de su es posible sostener una organización horizontal. Claramente, unos son más iguales que otros. El poder existe, circula y recae, aunque no nos guste verlo. No podemos suprimirlo y sería grave error negarlo. Solo podemos aceptarlo y reflexionar qué hacemos con ello. Queda claro, no existen las organizaciones horizontales. Siempre alguno termina de líder, quiera o no. Y los líderes son los más astutos, y los que tienen el saber: ese saber que es, sobre todo, el saber de los enemigos que se quiere combatir.

El camino al infierno está tapizado de buenas intenciones. ¿Y como se vuelve?? Con humildad.

Tenemos que tener en cuenta que aún en las situaciones que consideremos más democráticas y horizontales, siempre alguien se erige en líder, quiera o no, por elección personal o porque los demás depositan su confianza (y con ella su poder) en él y se encolumnan tras él. Es inevitable, siempre emerge algún líder porque tiene condiciones para ser convocante. “Los cerdos eran los que siempre proponían las resoluciones. Los otros animales entendían cómo debían votar pero nunca se les ocurrían ideas propias”. Sabiendo ésto, un líder responsable debería asumir que, ante los aspectos a tratar, las tareas a organizar, tiene una postura que es la suya, pero no la única. A partir de esto, debería aceptar incorporar las ideas aunque sean discordantes con la propia. Hasta el líder debe reconocer que todos todos tenemos que hacer sacrificios, y que uno de ellos es tomar en consideración opiniones discordantes.

Pero volvamos a la granja. Todo marcha bien, hasta que se encuentran con el fin de la autosuficiencia; y esto los lleva a ceder en lo que habían establecido: no negociar con el hombre. Lo interesante es que los animales tienen alimento, tienen todo lo que precisan, pero aún así, se ven empujados a buscar más. ¿Por qué ? Tal vez porque lo conocen: porque saben que existe y surge el deseo. Dedican su vida a buscar más, sin darse cuenta que podrían vivir mejor con menos.

Finalmente uno de los cerdos se impone, y comienza el proceso de convencer a los demás animales de una realidad tergiversada que se opone a la experiencia que los animales tienen de los sucesos. La realidad vivida se opone al discurso hegemónico, y aparece la duda… Si yo sé que algo pasó aunque me digan que no, como puedo ir en contra de lo que recuerdo? Aparecen las armas de la manipulación. “Una vez más algunos animales escucharon esto con cierta perplejidad, pero Squealer logró convencerlos de que sus recuerdos estaban equivocados.”

El discurso se reformula y se reafirma con el fantasma de la vuelta del granjero, que es el elemento más eficaz para frenar toda discrepancia. Aún así, cuando esto no alcanza, se crea un enemigo exterior o un traidor interior que aúne opiniones mediante el odio común. Me recordó mucho a lo que aparece en 1984, escrito posteriormente, y que allí tomará la forma del ministerio de la verdad.

En algún momento, los animales empiezan a sentir el desencanto, a recordar sus anhelos y a cuestionar su situación nuevamente. Deciden reivindicar el canto de rebelión de aquellos primeros tiempos, ya que es mantener viva esa ilusión del futuro mejor que se quiere. Entonces surge la pregunta: ¿qué hacer cuando te dicen que el futuro llegó, que las metas fueron alcanzadas y que todos deberán vivir así? ¿Qué hacer cuando hasta te prohíben cantar ese canto de rebelión?¿Quién decide que la revolución está terminada, y sobre todo, por qué lo decide?

Orwell publicó el libro en 1945, tras la invasión alemana y la entrada de la Unión Soviética como parte de los aliados. No abarca el comunismo chino, que surgiría en 1947, ni vivió para ver cómo la granja de los animales fue recuperada por los hombres en los albores de la década de 1990.

Curiosamente, los rusos actuales se empeñan en olvidar esta etapa. Añoran volver al esplendor de la época de los zares, sin darse cuenta que fue lo que los llevó al horror que pretenden evitar. Siguen diciendo que si se esfuerzan más, llegarán al objetivo.

Lo interesante, además de todas las reflexiones sobre el poder que me provocó, fue que el libro me llevó a aclarar algunas dudas que siempre tuve y que nunca me había resuelto a buscar sobre el marxismo y el comunismo. Fue el disparador para profundizar en la historia de la Unión Soviética, así como entender las diferencias entre Lenin, Stalin y Trotski, y por asociación al libro, no creo que las olvide más.

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