Memorias del tren

Tren Sarmiento, año 2001

Recién recibí un audio de whatsapp que decía más o menos así:

“Yo me considero naif, pero vos sos más naif que yo… nunca te subas al furgón de un tren en hora pico.”

Cuando pregunté si le pasó algo, me dice que no. Pero que el viaje había transcurrido entre humo de faso, cervezas, música, caras buena onda y caras que te miran buscando por donde entrarte. Celular a la mochila, y mochila adelante, paradito al lado de la bici. Reflexionando que aquello parecía un boliche, y que para esa gente que sale de trabajar, que encara un largo viaje a su casa, el momento de relax empieza en el tren. Claro, quién sabe en qué trabajan, y seguro es llegar, bañarse, comer, tele y a dormir. Y mañana otra vez.

Escuchar los audios uno a uno me hizo recordar un montón de experiencias de los años en que yo andaba, naif como soy, arriba de los trenes. Peor, más naif que ahora porque tenía bastantes años menos. Se me dispararon las anécdotas… y se las conté por audio, agradeciendo el consejo y su deseo de protección. Aquí van.

Capítulo 1

Año 2001, la previa de la crisis. Año 2002, crisis atroz. La gente viajaba en el tren y lo iba desarmando por el camino para llevarse las cosas y venderlas como material. Los vagones ya no tenían vidrios, ni burletes, ni traba persianas. Todo lo que era material reciclable ya no estaba disponible. Yo tenía 19 años, empecé a cursar en el profesorado a la noche, y viajaba en el tren Sarmiento, al menos para ir. Tomaba el rápido de 18.05 que hacía Liniers, Flores, Once. En invierno, cruzaba la Plaza Miserere en noche cerrada.

Capítulo 2

Una tarde perdí el rápido y viajé en el común, que venía llenito. Me acomodé en un vagón más bien adelante, para pasar rápido en los molinetes de Once. Del furgón venía olor al humo de la marihuana y el sonido de las los hombres que vociferaban. De repente, gritos fuera de lo común: “pará flaco, pará, calmate flaco”.

El tren entra a estación Caballito. Se escuchan forcejeos y gritos en el furgón. El tren no arranca. Cuando por fin sale, miro por la ventanilla: un tipo magro, con campera de cuero y expresión de guapo, pecheaba a uno que con las manos arriba le decía “no te calentés”. Bastó un microsegundo para notarle el pánico en la cara, así como para ver que el flaquito patotero tenía los brazos colgando a los lados del cuerpo, y en la mano que daba al tren sostenía un revolver.

Y el tren se alejó lentamente, y no vi más. Luego tomó velocidad y la vida tomó otro rumbo.

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