La tierra del sol y del buen vino

El Tupungato sobre los viñedos

Por la mañana me tomé mi tiempo… tomé unos mates, y salí. Llegué caminando al centro, crucé la Galería San Martín y admiré sus cúpulas vidriadas de colores. En la peatonal había un grupo de hinchas de futbol cantando, yo no sabía pero había un partido importante en el estadio del parque. Me resultó un poco decepcionante que todas las plazas estaban en reparación, incluso la plaza Independencia.

Era el mediodía, compré unos duraznos en la plaza mientras hablaba con un puestero que vendía títeres artesanales. No sé como iniciamos la conversación, que nos fue llevando por senderos tal vez extraños para dos desconocidos. Me contaba que estuvo en Mar del Plata y que lo abrumó la cantidad de gente, yo le decía de la hermosura de Mar del Plata todo el año menos en temporada estival. Me contaba de la cordillera y sus secretos, hablábamos de vida saludable…

Finalmente me despedí y decidí que algo debía hacer a la tarde, me convenía salir de la ciudad porque se me iban a agotar rápidamente las atracciones. Una agencia de viajes ofrecía paseos a los viñedos y degustación de vino en las bodegas de Maipú, y allá fui. En una combi chiquita, nos embarcamos a recorrer bodegas.

Viñedos

En la primera, nos contaron del proceso de elaboración del vino, su estacionamiento, la diferencia entre vinos de reserva y gran reserva. Una vez triturada la uva, se la deja fermentar con el ollejo, que es el que tiene las levaduras que convierten el azucar en alcohol. Por eso, el grado de maduración de la uva es fundamental. Luego de unas semanas, se cuela el vino y se lo deja estacionar en piletas aproximadamente un año. De allí sale un vino que puede consumirse directamente. Luego, hay vinos que pasan un período en barricas de madera, de las que toman sabores que se sienten al degustar. EStas barricas en su mayoría son importadas de Europa y tienen una vida util de cuatro años. Finalmente, hay vinos que se los estaciona en botella, a veces por años.

Terminado el recorrido vino la degustación, probamos vino Malbec, el emblema de Argentina. Aprendimos que al descorchar la botella hay que dejar que el vino se oree una media hora antes de servirlo. Al degustarlo, debemos menear la copa para que el alcohol se evapore. Luego, meter la nariz y dejar sentir los aromas: es interesante jugar casi a adivinar a qué corresponden esos aromas. Luego, tomar un sorbo pequeño, paladearlo y revolearlo por la boca para limpiar cualquier otro sabor. Así, de a sorbos, se va degustando el resto de la copa. Un chico mexicano quedó fascinado por el vino torrontés, nunca había probado un vino así tan frutado.

La segunda bodega era de vinos licorosos, de origen italiano. Muchos inmigrantes italianos llegaron a Mendoza en el siglo XIX. Esa bodega elaboraba un tinto espumante que se tomaba mucho en esos tiempos en que el champagne no era conocido: el Gamba di Pernice. El nombre, “pata de perdiz”, se vinculaba con el hecho de que en Italia, para saber cuándo la uva tenía el punto justo de maduración, la comparaban con el color de las patas de la perdiz. Mi papá contaba que mi abuelo en el almacén lo vendía para las fiestas.

Nos indicaron también cómo elaboran el oporto, el moscato y el mistela. Son vinos peligrosos por su alta graduación alcohólica, y por su dulzura que enmascara dicha cualidad. Al vino que está decantando, se le agrega mosto, ya sea fresco, ya sea cocido. Cuando el mosto es cocido, tiene el color y el sabor del caramelo. Ese mosto le da el dulzor típico de estos vinos. Al degustarlos, los encontramos espesos y empalagosos, y en seguida llegaron a la cabeza y empezamos a decir pavadas. Diré que a mi se me trabó no solo la lengua sino las ideas: ante la mención de la tradición porteña de comer pizza con fainá tomando moscato, empezamos a hablar de las pizzerías de la calle Corrientes. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para armar la frase: “en Buenos Aires te sirven pizza no importa a qué hora vayas, los 365 días de la semana”. Si, se me mezclaron mal las ideas. Ante la bifurcación del pensamiento entre los 7 días de la semana o los 365 del año, ganó el alcohol y mezclé ambos caminos.

El tercer establecimiento no fue una bodega, sino una fábrica de aceite de oliva y aceto balsámico. También era un establecimiento tradicional, antiguo, donde conservaban en una suerte de museo las herramientas con las que antiguamente se elaboraba el aceite. Muy interesante también el proceso para el aceto. En la degustación comprobamos que el buen aceite de oliva puede ser bastante picante.

Como última parada visitamos otra bodega, la que publicitaban como la mejor, pero en realidad fue un poco más de lo mismo. Nos contaron de la reconversión de la actividad vitivinícola en los años 80, y que ellos cosechan la uva sobremadura, para que tenga más azúcar, y de noche,para que el calor no acelere la fermentación. Interesante las ideas acerca del vino… el vino es ideal para acompaña una charla de amigos, y se estira en el tiempo más que cualquier otra bebida. Además, dijeron algo que me encantó: el mejor vino es el que más te gusta. Interesante idea de la subjetividad.

Al volver me dejaron en los portones del Parque San Martín, imponentes rejas de hierro doradas con dibujos. Los atravesé y empecé a adentrarme en el parque, entre la arboleda. Empezaba a bajar lentamente el sol y se estaba poblando de paseantes y gimnastas. Mucha gente tomaba mate y disfrutaba la tarde. Tras pasar la imponente fuente de los cinco continentes, llegué al lago.

Toda gran ciudad histórica de Argentina tiene un parque diseñado por Carlos Thays. Así, el parque Tres de Febrero de Buenos Aires, el 9 de Julio de San MIguel de Tucumán, el San Martín de Salta o su homónimo de Mendoza conservan rasgos similares. El lago, con sus botes a remo y sus pérgolas, a veces un rosedal, son elementos infaltables. Caminé lentamente alrededor, observé puentes de hierro cruzando a las islas… recordé los parques de Londres, y reflexioné. Se vinieron a mi cabeza demasiadas preguntas sobre mi vida, mis elecciones… Empecé a sentirme un poco angustiada, también tal vez por el hecho de que los duraznos no fueron el mejor almuerzo para resistir la dosis de vino posterior, y a las risas de la contención grupal siguió esa soledad que a veces pesa cuando la panza está vacía. Así que llegué a la punta del lago, y en un barcito con una hermosa terraza, comí algo mirando el atardecer y sus colores reflejarse en el agua. Fue un momento de inmensa paz, antes de regresar a dormir.

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