Alrededor de Merlo

Último día; decidimos dedicarlo nuevamente al relax. Por ello, dormimos otra vez un ratito más, desayunamos con calma y nos quedamos a deambular por Merlo y sus alrededores. Varias personas nos habían hablado del Bajo de Veliz como un lugar bonito, donde se encontró el fósil de la araña más grande del mundo. Nos interesó más el primer dato que el segundo, y allá fuimos. La reserva se visita con guía; lo que hicimos fue quedarnos a tomar mate en un arroyito que cruzaba el lugar, mirando la sierra y los pajaritos que iban y venían. Había también una parrilla, con las mesas bajo los árboles y la carne ya haciéndose a fuego lento al asador. No fue de nuestro interés, pero claramente era tentadora la idea de disfrutar de una comida en ese entorno.

Retomamos la ruta y nos volcamos hacia Córdoba, que no es más que una continuación de los poblados recostados en la bajada de la sierra, apenas más allá de Merlo. Cruzamos algunos hasta llegar a La Paz, donde encontramos la plaza, la iglesia y la oficina de turismo. Nos sentamos en la plaza a comer queso y salame regional, para luego explorar la zona.

Así llegamos a la localidad de Loma Bola, llamada así por un pequeño cerrito que se destaca y que parece una pequeña bola aislada de los demás cerros. Atrás, el paredón imponente de la Sierra de los Comechingones hace que parezca más pequeño de lo que es. Un caminito escala hasta la cima, donde hay una gran cruz. La subida es tremendamente empinada, y tiene paradas en las diferentes estaciones del via crucis. Desde arriba, las localidades vecinas y el valle de Traslasierra se ven en toda su perspectiva. La bajada resultó más suave, ya que como toda elevación de las Sierras Pampeanas, el Loma Bola es un bloque ascendido, con su ladera abrupta mirando al occidente, por donde trepa el via crucis, y una bajada más suave hacia el oriente, donde pude detenerme a recojer vainas rojizas y flores secas. Encontramos también un museo de la maquinaria agrícola.

Fue entonces tiempo de mates y de volver despacito para tener tiempo de recorrer una vez más la zona comercial, comprar algunos recuerdos y alfajores cordobeses, y cenar por última vez en el que ya era nuestro restaurant. Las chicas nos traían la empanada de entrada casi sin preguntar, y comenzaron a ofrecernos variedad de postres, y no ya sólo el postre del día. Y de allí, a descansar.

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