La Carolina vale oro

Pueblo de La Carolina

El día que estábamos en viaje, nos recomendaron como imperdible visitar un pequeño pueblo minero donde se podía entrar en una mina de socavón. El proyecto nos entusiasmó desde el principio, así que habiendo descansado un día de nuestra incursión a la Sierra de las Quijadas, nos dispusimos a visitar La Carolina.

Tomamos contentos la autopista, y pasando el peaje, levantamos a un cordobés que venía haciendo dedo. Había ido de visita a ver a su familia, y regresaba a su lugar de trabajo. Por la gentileza de llevarlo, nos ofreció hierbas serranas que aceptamos con gusto. Cuando abrió el paquete… nunca sentí un perfume así!! Era la sierra que nos envolvía. Lo lindo de levantar gente que hace dedo es que uno se conecta con las realidades del lugar. Nos contaba del funcionamiento de la provincia y de los artilugios de gobierno de los Rodríguez Saa. Pero sobre todo, que la gente está contenta.

Seguimos viaje… en la localidad de La Toma el GPS nos hizo doblar por una ruta que era de ripio. Las alternativas asfaltadas alargaban el camino en tiempo y kilometraje. El GPS prometía 16 kilómetros hasta el empalme, ¿qué podía ser tan terrible? Así que ahí fuimos. Pero resultó que el empalme era una encrucijada donde se abrían tres caminos de ripio aún más rurales que el anterior, y el nuevo empalme estaba a 18 kilómetros. Ya estábamos en el baile. Abandonamos el mate, porque el auto se sacudía bastante, y disfrutamos del paisaje, que en rigor de verdad era bellísimo. Las sierras eran macizos de formas caprichosas aflorando en una planicie ondulada, llena de colores y cruzada por pircas de piedra. Pero el ripio seguía. Entonces, en un rancho, nos detuvimos a preguntar, y fue grandioso oir al paisano decir: “ahi adelante en 200 metros está el asfalto”.

 

El paisaje siguió igual, en zigzag entre los cerros, subiendo de a poco, hasta que llegamos a al pequeño pueblo de La Carolina. Ubicado al pie del cerro Tomolasta, que con 2018 metros es la altura máxima de la provincia, este pueblo tiene hoy 300 habitantes. Debe su nombre al Marques de Sobremonte, que bautizó al poblado en honor del rey Carlos III. Es un pequeño núcleo urbano muy pintoresco, donde se pueden recorrer sus calles y visitar un museo de minerales. Allí me zambullí de cabeza, había muestras muy interesantes que sacaron a flote todos mis conocimientos geológicos dormidos. Pero creo que sería importante que alguien explicara qué es lo que se está viendo, porque para el visitante común no son más que piedras más o menos lindas.

 

La joya del lugar es la visita a la mina, que resulta muy movilizante. Después de ponernos botas y casco con linterna, y de contarnos la historia del yacimiento, algunos datos sobre el oro y su forma de explotación, nos introdujeron en los túneles.

El oro se encontró en La Carolina a fines del siglo XVIII, río abajo, y los buscadores remontaron aguas hasta el cerro Tomolasta, identificando el yacimiento. La explotación inicialmente fue artesanal, removiendo las arenas del río y extrayendo las pepitas por decantación, como tantas veces hemos visto en las películas. Aún hoy hay unas pocas familias que realizan extracción de oro del río de esta manera. Sin embargo, cada vez es más difícil hacerlo, ya que para obtener un gramo de oro deben removerse aproximadamente un metro cúbico de arena. La dificultad radica en que una vez extraído el oro, la arena vuelve al río, donde se mezcla con la que aún no ha sido removida, reduciendo así la proporción de oro por unidad de volumen.

En cuanto a la explotación en forma de túneles, ésta se organizó en función de la conformación geológica del cerro Tomolasta. Se trata de una gigantesca estructura metamórfica (esquisto), cuyos planos están orientados con sentido norte-sur. La estructura fue intruída por coladas de lava andesítica, que contienen las vetas de oro. Los túneles, entonces, tienen la dirección este-oeste, atravesando los planos de roca. Cuando aparecía una veta de oro, se la seguía formando galerías secundarias extendidas hacia el norte y el sur. Cuando la veta se agotaba, continuaba la exploración de manera transversal. En total se hicieron unos 100 túneles, más arriba o más abajo del nivel de base. Todos se excavaron a mano, con pico y pala.

En la mina, la temperatura todo el año es de 18°C; y allí adentro se pierde noción del tiempo. Para los mineros, el trabajo era muy sacrificado. La mina filtra agua de manera constante, por lo que extraían el material en un ambiente húmedo que terminaba provocándoles afecciones pulmonares y de huesos, ya que al no contar con ropas adecuadas, estaban húmedos todo el día. También había accidentes como derrumbes, y la tecnología de la época hacía que se alumbraran con lámparas de aceite que aumentaban la toxicidad del aire.

Hacia la década de 1950, explotación de la mina terminó y fue abandonada, de manera que la dinámica natural hizo lo suyo con los túneles. Algunos se taparon por la deposición de sedimentos, mientras que otros comenzaron a comportarse como cavernas. De esta manera, la filtración de agua comenzó a dar forma a estalactitas y otras formas, que pueden verse claramente en el techo del túnel.

 

La experiencia de la mina fue muy enriquecedora desde todo punto de vista. Desde la dinámica natural, hasta la vivencia de lo que era el ambiente de trabajo de la mina. Cuando el guía nos pidió apagar las linternas y quedar en completa oscuridad, la sensación fue muy profunda. Nos contaba que hace un tiempo, un visitante pidió en ese momento sacar su quena y tocar “el condor pasa”. El guía quiso acercarnos esa sensación emocionante, reproduciendo una grabación en su celular. Realmente fue conmovedor.

Salir a la luz del día fue recuperar la noción del tiempo. Caminamos un poco más, compramos un pan casero y partimos. El camino de regreso fue tan hermoso y llamativo como el de ida, sólo que esta vez lo recorrimos por asfalto. Llegamos ya de noche, cuando el resplandor de Merlo alumbraba el horizonte; y nos metimos en él para cenar, y luego seguimos viaje las cuadras que nos faltaban para ir a dormir.

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