La Sierra de las Quijadas

Mirador de la sierra de las quijadas

La idea fue salir temprano, y así lo hicimos. Desayunamos, cargamos el termo para el mate y salimos a recorrer los 260 km que separan Merlo del Parque Nacional Sierra de las Quijadas. La ruta estaba muy tranquila, de hecho, vimos bastante fauna apostada en los alrededores. Ubicado en el ángulo noroeste de la provincia de San Luis, el parque está alejado de todo y sólo se llega en auto contratando una excursión. Sin embargo, es un lugar imponente que vale la pena conocer.

Lo primero es registrarse en el centro de visitantes. Hay dos senderos que se ofrecen gratis, que son el de los miradores, de 1800 metros y escasa dificultad, que es uno de los imperdibles. El otro es el de la flora del lugar. Luego están los senderos que van a las áreas de protección estricta, y que por tanto necesitan guía. Uno es el sendero de las huellas, de 4 km de largo y 1,5 hs de duración, y el otro es el de los farallones, que implica 4 hs de caminata para recorrer los 9km. Para cualquiera de los dos, también hay que inscribirse en el centro de visitantes.

De allí, 6 km más adelante, está el inicio de los senderos. Llegamos justo para hacer el sentdero de los miradores, que es realmente imponente. Se divisa desde allí arriba el valle del potrero de la aguada en toda su extensión, con los farallones al fondo. Es un lugar para sentarse a tomar unos mates y llenarse los ojos. Al mediodía salimos con la caminata guiada a los farallones, que nos permitió bajar al cauce seco del río y llegar a los paredones rojizos que son los farallones.

 

El parque recibe su nombre de los fósiles de dinosaurios que se encontraron en su territorio, tanto huesos de pterosaurios (dinosaurios alados) como huellas dejadas en el barro. La geografía tan particular del lugar se debe a su historia geológica. Hace millones de años, era una cuenca de sedimentación donde se depositaron los sedimentos producto del desgaste de dos cordones montañosos. El paleoclima era similar al de hoy en día: árido, con precipitaciones estacionales y torrenciales. Con el inicio de la orogenia andina, el valle ya colmado ascendió y quedó expuesto a la erosión; de hecho, el río temporario que lo atraviesa fue el primero que generó un surco de erosión. Actualmente las lluvias torrenciales en verano y el viento en las estaciones secas continúan los procesos de modelado, de manera que el paisaje del parque cambia continuamente. Su color rojizo se debe a la presencia de compuestos de hierro que se han ido oxidando. Es profundamente llamativo estar constantemente rodeado de estratos, capas sedimentarias, donde se ven los antiguos pavimentos formados por barro reseco y resquebrajado; ondulitas, producto de depósitos de arena en ámbitos acuosos, vetas de halita (mineral de yeso). Es un paraíso para el observador con conocimientos previos de geología y geomorfología.

 

La caminata nos llevó al corazón del valle, donde está el cauce seco del río, que lleva agua sólo durante las lluvias torrenciales del verano. Así, llegamos al pie de los farallones, que son paredones donde se contempla la serie sedimentaria y las formas que le ha impreso el agua y el viento. Parecen torres de castillos, levantadas para controlar el valle.

 

Observamos también la flora, vegetación de troncos retorcidos y copas espinosas, resistentes a la sequedad, cuyas raíces son las artífices de que el suelo en muchas partes se mantenga unido. Ese es el caso de la chica, un arbusto muy longevo. El guía nos decía que un vecino de la zona que falleció hace poco con más de 90 años, decía que las chicas del parque estaban cuando él bajaba de pibe a la aguada con su abuelo, y que no las había visto cambiar a lo largo de tantos años. Dicen que la madera de chica es muy dura, especial para hacer artesanías cuando la corriente arranca alguno de estos ejemplares del monte.

Hubiera sido interesante llevar protector solar y sombrero. Fue uno de los grandes faltantes en nuestro viaje, no sólo allí sino en todo el recorrido que hicimos.

Finalmente nos volvimos a Merlo tomando mate, conversando de lo vivido. Un lugar muy interesante, que se puede integrar tranquilamente a la ruta de patrimonio geológico natural que también integran el Valle de la Luna en San Juan y el cañón de Talampaya en La RIoja. Habiendo visto a los tres, puedo asegurar que, pese a sus similitudes, tienen aspectos identitarios que los hacen fascinantes y dignos de ser conocidos.

Pese a la tierra y los pelos duros de tanto polvo, nos zambullimos en el restaurancito que nos esperaba con el menú del día, y de allí, directo a dormir.

Aquí quedan algunas fotos más del día:

 

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