La Villa de Merlo

Iglesia de Merlo

Amaneció soleado, sin frío, sin viento. Resultó que el hotel tenía un desayuno espectacular, así que llenamos bien el tanque de energías para el día, el termo de agua para el mate, y salimos. Había en el comedor una familia de General Pico, La Pampa, que nos contaban que para ellos están terminando las vacaciones.

Pasamos por la oficina de turismo, y el empleado parecía repetir de memoria el recorrido. Cualquiera diría que ponía un casette, apretaba play y reproducía a fondo. No obtuvimos demasiadas respuestas a nuestras inquietudes, que tenían más que ver con el Parque Nacional Sierra de las Quijadas. Pero conseguimos algunos mapas interesantes para movernos por Merlo y algunos datos para tener en cuenta.

Lo primero que hicimos fue subir al filo de la Sierra de los Comechingones, al mirador de los cóndores. Esta sierra es la continuación de las sierras grandes y forma el límite entre Córdoba y San Luis; de hecho, el camino está asfaltado hasta que entra en jurisdicción cordobesa. El tramo final hasta el mirador es de ripio. Arriba hay una confitería e instalaciones de turismo aventura tipo tirolesa y puente colgante. Curiosamente no había viento, así que los tres intrépidos que querían volar en parapente tuvieron que esperar un buen rato antes de levantar vuelo.

 

Lo mejor del lugar es, sin duda, la vista. Nos sentamos a tomar mate y a ver la inmensidad del valle de Conlara. Abajo se veía la villa de Merlo, mucho  más grande que las otras, y las localidades cercanas como Carpintería. Queda claro que la sierra es un bloque elevado, ya que desde arriba se ve clarito como más allá del piedemonte se extiende una planicie extensa hasta el próximo cordón, las sierras de San Luis. Ese cordón, ubicado más al oeste, se notaba desde allí casi como una nebulosa en el horizonte, aunque podía distinguirse claramente su carácter de bloque elevado también sobre la planicie.

Bajamos entonces a la Reserva Natural Provincial Mogote Bayo. Nos recibieron recomendando que volviéramos al día siguiente por la mañana, porque los guardaparques dan de comer cada día a las águilas y los zorros a las 10 de la mañana. Allí también se accede al río, y si bien en la oficina de turismo nos dijeron que remontando el río se puede llegar al Salto del Tabaquillo, en el lugar nos dijeron que solo se accede con guía. Caminamos un poco entre las piedras y saltos de agua, pero en ese recodo ya no llegaba el sol y empezaba a hacer fresco, así que seguimos camino.

Río Pasos Malos

Fuimos primero hacia la zona de Piedra Blanca, donde hay una pequeña capilla blanca de la época colonial. Luego fuimos a visitar el sitio donde se encuentra el “algarrobo abuelo”. Se estima que se trata de un árbol que tiene aproximadamente 1200 años de vida. Es un ejemplar realmente gigante, rodeado de un parque donde se puede apreciar la vegetación típica del monte serrano. El terreno correspondía a la casa de la familia Agüero, a la que pertenecía Antonio Esteban Agüero, poeta y principal personaje renombrado de la villa. Fue él el que escribió la cantata al algarrobo abuelo, que se podía leer en carteles colocados a la sombra del añejo ejemplar.

 

Aún era temprano cuando salimos de allí como para volver, así que aceptamos la sugerencia de un volantero y nos fuimos campo adentro, hacia el viñedo “El fraterno”. Resultó ser un pequeño emprendimiento donde hoy tienen unas 1200 plantas de 4 varietales de uva; están produciendo vinos agroecológicos, es decir, no utilizan productos químicos en el cultivo ni en la vinificación. Esto hace que obtengan vinos cuya personalidad varía de año a año según la maduración de la fruta. Se trata de una familia de la localidad de San Martín, en Buenos Aires, que decidieron mudarse allí y vivir más naturalmente. Llevan adelante el proyecto con mucho esfuerzo y con mucha fe (el hombre parecía un pastor). Fue él el que nos recomendó que no nos perdiéramos esos cinco minutos del atardecer, cuando la sierra se pinta de rojo.

Ya entonces empezaba a caer la tarde, así que visitamos la proveeduría, donde venden sus productos junto a los de otros productores regionales de la zona, y nos fuimos para la plaza de Merlo. Tomamos un té con tostadas mientras la sierra se ponía roja tras la pequeña iglesia blanca de la ciudad. Luego de un baño, salimos nuevamente a cenar al lugarcito que descubrimos la noche anterior.

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