La quebrada del condorito

El valle de Calamuchita desde la Pampa de Achala

El viaje continuó después del desayuno; para llegar a la próxima parada, había que cruzar las Altas Cumbres. Se denomina así al camino que une el valle de Calamuchita con el valle de Traslasierra, cruzando transversalmente el cordón de las Sierras Grandes. Estas tienen una altura de alrededor de 2500 metros, siendo el Cerro Champaquí la altura máxima del cordón y de la provincia, con 2884 metros. Forman parte de las Sierras Pampeanas, que son montañas de bloque, formadas por el empuje tectónico desde el Oeste, producto de la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana. Se trata de sierras que primero fueron formadas por plegamiento, luego erosionadas hasta que se transformaron en una llanura, y finalmente fracturadas y elevadas durante la orogenia Andina. Como el empuje vino desde el Oeste, la superficie plana de la llanura quedó inclinada hacia el Este, mientras que al oeste quedó el plano de falla. Es por eso que estas sierras poseen las particularidades tan típicas de las Sierras Pampeanas: por un lado, parecen bloques enterrados en medio de la llanura que las abraza; y a la vez, se sube a ellas suavemente desde el Este, por la falda, y en forma abrupta y zigzagueante desde el Oeste, por la cuesta o costa (llamada así por los manantiales de agua que afloran del plano de falla).

En el caso de las Sierras Grandes, hubo también fenómenos magmáticos, es decir, intrusión de magma que no afloró a la superficie sino que quedó atrapado adentro, consolidando como rocas graníticas. Esto dio origen al lacolito granítico que forma el corazón del cordón, y que aflora en toda la zona.

Toda esta geología disfrutaba yo en el cruce, y en los altos del camino, recogía y admiraba las rocas graníticas con sus gigantes cristales de mica y cuarzo. La ruta desde Villa Carlos Paz sube zigzagueando pero con suavidad, y va ganando altura hasta llegar a la Pampa de Achala. Allí hicimos el primer alto del día, en el Parque Nacional Quebrada del Condorito. Desde la ruta, el ingreso al parque es casi imperceptible, sobre todo cuando se sube desde Córdoba como nosotros, y el acceso al mismo es muy peligroso, a la salida de una curva en pendiente.

Valle de Calamuchita y Embalse los Molinos

El Parque fue creado en el año 1996 en la parte más alta de las Sierras Grandes, y por ello se caracteriza por sus condiciones de “isla biogeográfica” elevada respecto de la gran llanura chacopampeana que la rodea. La zona había sido parte de estancias dedicadas a la ganadería extensiva de ovinos, que se había practicado desde tiempos coloniales. Tras registrarnos y recibir la información correspondiente, emprendimos la caminata de dos horas hacia el principal atractivo del parque: la quebrada del condorito. El camino tiene poca dificultad, ya que si bien es largo, tiene muy poca pendiente. Es muy agradable porque ofrece todo el tiempo la vista del valle de Calamuchita, del Dique los Molinos y de los pueblos que hay alli. Más allá de las Sierras Chicas, se ve la llanura como en una nebulosa.

 

La quebrada que da nombre al parque es un profundo cañadón de casi 800 metros de profundidad desde cuyos bordes superiores es posible observar, a casi el mismo nivel, el suave planeo de los cóndores andinos. Al fondo, ruge el río de los condoritos, llamado así por la presencia de numerosos ejemplares jóvenes. Al parecer, en este lugar los adultos enseñan a volar a sus crías; de hecho, vimos muy de cerca dos ejemplares pardos, que según indicaban los carteles, es el color de plumaje de los cóndores que no han llegado a la madurez. Un cóndor puede vivir hasta 60 años, y tienen hasta 3 metros de envergadura (distancia entre las puntas de las alas cuando están extendidas).

Un condorito de la quebrada

El lugar es imponente, y basta con sentarse a contemplar para que los ojos se acostumbren y empiecen a percibir el planear de las aves, así como los lugares en el paredón de enfrente donde tienen sus apostaderos y nidos. Era un día excepcional, de sol, sin frío ni viento. Disfrutamos largamente del vuelo de los cóndores hasta que emprendimos la caminata de retorno. Faltaba aún un trecho para llegar a Merlo.

La bajada hacia el valle de Traslasierra es imponente; mucho más abrupta que la subida, presenta unas vistas inigualables del valle. Una vez abajo, transitamos por la ruta que atraviesa los pueblos. Más grandes, más chicos, todos son pequeños, arbolados, pintorescos; todos tienen ese fantástico telón de fondo que son las sierras, elevándose como un paredón imponente.

Finalmente, llegamos a Merlo, a la hora que cae el sol, pintando a la sierra de rojo. Encontramos nuestro hotel, un lindo lugar, apartado del centro, tranquilo. Tras un baño reparador, que nos quitó la tierra de la caminata, salimos a recorrer. Merlo tuvo una explosión urbana ligada al turismo, y se nota. Muchos negocios con una estética actual, similar a la de  los espacios de alta categoría de las grandes ciudades. Más allá, el centro histórico, con su pequeña iglesia frente a la plaza. Allí encontramos un restaurancito que ofrecía un menú de entrada, plato del día y postre por una suma muy modesta. La comida resultó excelente, de manera que hicimos de ese lugar nuestro comedor para la cena de cada día.

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