Miradas desde el cerro San Cristóbal

Santiago, Chile

Santiago desde el cerro

Llegamos temprano a la casa de la mamá de Marcela: bajamos del micro a las 6.30 de la mañana. Tomamos desayuno y descansamos un poco; en definitiva, tras almorzar, emprendimos la ida al Cerro San Cristóbal. Rodeado por la ciudad, se eleva casi 300 metros sobre ella, con lo cual la vista es muy interesante, y permite abarcar, en un día despejado de smog, hasta los confines de la ciudad. Eso es lo que me llama la atención de esta ciudad que, si bien grande, es lo suficientemente pequeña como para abarcarla de una ojeada desde un punto panorámico.

En la cima del cerro se construyeron, a principios del siglo XX, un observatorio astronómico, que hoy encuentra dificultades para funcionar a causa de la contaminación lumínica de la ciudad, y el santuario de la Virgen. Aproximadamente 20 años después, se construyeron el funicular y el zoológico. Esta vez sí pudimos subir con el funicular, que es hoy Monumento Histórico Nacional y tiene casi 500 metros de trayecto con una parada en el zoológico antes de cruzarse con el que viene en bajada.

Arriba, recorrimos las terrazas, subimos hasta la Virgen, y miramos desde allí la ciudad. Abajo se distinguía el cementerio general; y no pude evitar pensar en el pedacito de mi historia que descansa allí. A veces me pregunto si debería ir, a veces me pregunto de qué serviría.

La bajada la hicimos con el nuevo teleférico, que con una parada intermedia, llega hasta Providencia cruzando por lo alto todo el parque Metropolitano. Algunos pensamientos me asaltaron en aquella burbuja voladora… primero, la esperanza de que no tiemble. Imagino que se debe sacudir lindo la bolita en caso de temblor. Luego, me invadieron los recuerdos: el pequeño jardín japonés, el jardín botánico Mapulemu. Estoy en paz con aquella historia, fueron momentos que disfruté mucho, y a pesar de cómo terminó la historia, me hubiera gustado revivir con las chicas aquellos paseos para compartirles a ellas esos espacios tan especiales más que para reivindicarlos y liberarlos del lugar que ocupan en mi historia. Mi tristeza fue más por el hecho de no poder volver que por la mella que puedan hacer los recuerdos.

Una tercer reflexión era de corte sociológico: desde el teleférico, el contraste social era brutalmente visible. A la derecha, los barrios verdes y arbolados de Bellavista y Providencia, con las casonas adivinándose entre los jardines que se extendían hasta el Mapocho; más allá del cual las torres de acero y vidrio del mundo globalizado rascaban el cielo desafiando la condición sísmica de la capital. Al otro lado, el apiñadero de casas que se notaban muy humildes.

Una vez abajo, caminamos hasta el Mapocho, al cual cruzamos debatiendo si subir o no al piso 60 del edificio Costanera Center para admirar la vista. La opinión dividida se inclinó finalmente al “no” que Marcela y yo pusimos frente al miedo a un temblor. También ganaron las ansias de shopping, aunque nos sorprendió el hecho de que, aún cuando nos seguía pareciendo más barato que en casa, allí todo era mucho más caro.

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