Recorrida a Temuco

Temuco, Chile

En una nueva expedición hacia el Este, hacia la cordillera, hicimos un alto en Temuco. Tenía la ilusión de conocer un poco más de la ciudad; ya se nos había vedado una atracción importante, el cerro Ñielol, que es una reserva natural. Una ola de incendios gigantes atravesaba Chile, y por prevención, todos los Parques Nacionales y espacios protegidos fueron cerrados. Si teníamos una mínima esperanza de ir al Conguillío se desvaneció también.

Hicimos algunas compras antes de ir a la plaza de Armas. Se nota que el terremoto de 1960 no dejó nada en pie. Todo es nuevo, todo es moderno. No hay un solo vestigio antiguo, y eso es, cuanto menos, raro; no hay nada tradicional, histórico; todo quedó se perdió entre los escombros del sismo. En el centro de la plaza hay un monumento a los diferentes grupos que pasaron y vivieron en la región: los mapuches originarios, los conquistadores españoles, los colonos e inmigrantes, las oleadas del ejército arrasando a los mapuches y tratando de eliminarlos. Historia de una diversidad en conflicto plasmada en una serie de muñecotes de bronce.

Sobre una de las veredas, había un montón de tallas en madera. Y eso fue fascinante, tenían diseños bien autóctonos, de fauna, de cultura mapuche. Entre cóndores y guanacos estaban los cultrunes y tejidos.

De repente vi en una esquina el Falabella donde habíamos estado el primer día en Temuco; me asombré, jamás me había dado cuenta ese día que al salir estábamos en la plaza principal de la ciudad. Hubiéramos podido verla ese día… recorrerla…

Caía la tarde y tomamos el micro hacia Vilcún, a la casa de Analy, amiga de Marcela. Desde la ventanilla se veía cada vez más grande y más cerca el volcán Llaima, descabezado por una erupción ancestral. Sus nieves se coloreaban de naranja y rosado, como una cabellera despeinada ocupando las grietas del cono tras la erupción.

Analy es dulce, simpática, en seguida compartimos mucho, charlamos. Intuyo que para ella fue sanador nuestra visita y algunas cosas que pudimos conversar. Y nos deleitó con algo que me encantó: compota de albaricoques. Siempre creí que albaricoque era la forma de decir damasco, pero no. Es un fruto diferente, con carozo, dulce y rico. Todos los días se aprende y se degusta algo nuevo.

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