La belleza de lo escondido

Carahue, Chile

Carahue es uno de esos rincones que no aparece en las guías turísticas, pero que tiene la belleza genuina del lugar, el paisaje del Chile sureño profundo. Viniendo desde Puerto Saavedra hay que subir para llegar a él. Se cruza el puente colgante sobre el río Imperial y se sube por entre las casitas. Desde arriba, la panorámica es imponente.

Llegamos avanzada la tarde. Me he ido dado cuenta que parte de la idiosincracia de los chilenos (o por lo menos del círculo de Marcela) es que un paseo implica ir a comer, esto es, sentarse y servirse algo como Dios manda, y si queda tiempo, seguir paseando. Así que como ya era tarde, el desayuno había sido tarde y el almuerzo un picoteo frugal, el primer lugar a donde fuimos fue a comer completos.

A la salida de los completos nos fuimos a los miradores que hay esparcidos a lo largo del filo del cerro, y que miran hacia el río. No es difícil imaginar las historias de enamorados que podrían contar aquellos árboles. Luego, dimos una vuelta por la plaza y tomamos un helado.

   

Finalmente, tomamos una callecita sendero que bajaba hacia el río, hacia la antigua estación y vías del ferrocarril. La panorámica desde allí embelesaba, más a esa hora en que empezaba a caer el sol. Bajar con la panorámica de los cerros verdes, salpicados de casitas, y el río serpenteante en el bajo. El  puente colgante que resaltaba en el verde oscuro del bosque sobre el cerro, y los rayos del sol cayendo sobre los techos de nuestro lado, en la bajada. Traté de llenarme todo lo que pude de esa visión que me conmovía, que me hizo acordar tantos años de andanzas por este país vecino que siento tan mío.

Abajo, la antigua estación de tren es una plaza donde los playones mezclan juegos y arte. Las casas madera pintadas de colores, toda una arquitectura típica chilena, el antisísmico más económico… Caminamos a la vera del río, el panorama era bellísimo sauce a ver la postal del puente y las casitas sobre el cerro.

Pero la hora apretaba, nos quedó ajustado el tiempo si queríamos llegar a ver el museo ferroviario. Una vez más habíamos resignado cosas que no llegábamos a hacer por falta de tiempo… y los planes alternativos que no fueron se tejían en las cabezas: los completos para el almuerzo, mates junto al río, un paseo de compras por los chinos… tal vez hasta llegábamos de regreso para el atardecer en el malecón. Ejercicio inútil, lo sé, pero inevitable, y repetido ya cada día con resignación.

El museo ferroviario expone locomotoras, trenes y vagones que se usaron en la zona. Me admira de Chile la cantidad de patrimonio ferroviario que conserva y muestra. En uno de los vagones comedores, funciona una confitería, y sólo por el gusto de sentarse allí, nos tomamos un café y compartimos porciones de torta. Los cafés eran de frutos del lugar: café de maqui, café de piñón, café de avellana… una cosa media extraña, con mucha borra, con sabor a tostado. Vale la pena experimentar lo típico del lugar, es saborear también el lugar que uno visita.

Era noche cerrada cuando corrimos el último micro que pasaba de Temuco hacia Puerto.

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