Michel Foucault

Michel Foucault vivió hasta 1984. Provenía de una familia de médicos y psicólogos, por eso la “cuestión médica” está muy presente en su obra. En ella podemos distinguir tres etapas. En la primera, durante las décadas de 1950 y 1960, escribió la “historia de la locura”, “el nacimiento de la clínica”, “las palabras y las cosas”. Durante la segunda etapa de su trabajo se dedicó al estudio de la sociedad disciplinaria, escribiendo su libro “vigilar y castigar”. En la tercera etapa desarrollo el concepto de biopolítica y realizó una relectura de la filosofía griega. De su amplia actividad docente en el College de France existen ediciones de sus clases desgrabadas (en Argentina las editó editorial Paidos).

Foucault generó un nuevo horizonte de sentido para la filosofía con la fundación de la biopolítica. El concepto está desarrollado en el volumen 1 de la “historia  de la sexualidad”, en el capítulo denominado “la voluntad de saber”. La biopolítica trata a la vida como problema filosófico. A la política le interesa la vida como poder, ya que el poder se ejerce sobre la vida de la población. Trabaja también sobre la medicalización de la vida, donde el médico pasa a ejercer el rol que antes ejercía el sacerdote. Aparecen así discursos sobre lo sano y lo enfermo.

El poder es cada vez menos circunscribible y más difícil dar batalla contra el, ya que el poder excede y traspasa la voluntad de lo humano. La máquina del poder está invisibilizada, ya que está en todas las cosas en que nos sentimos libres y autónomos.

Esto se debe a que aparecen criterios de normalización, es decir, que indican qu es lo “normal”, o mejor dicho, que se entiende como normal en ese contexto. Normal proviene de norma, y por ello estos mecanismos son claves para entender la biopolítica. La normalidad es incuestionable, y se diferencia de la anormalidad, que son aquellos elementos que ponen en evidencia a la normalidad. De esta manera, el poder hoy ya no reprime, es decir, ya no hay una demarcación por la negativa: el poder se ejerce hoy por la normalidad.

A diferencia de la ley, que permite y prohibe, la norma se internaliza, se ejecuta y ordena la existencia. La norma representa la experiencia desnuda del orden. Pero, ¿el orden es natural o se imprime y se impone? De hecho, el sujeto que ordena es ya fruto de ese orden.

Para el estructuralismo, el sujeto está sujeto por estructuras que lo desbordan y lo transforman. En este caso, si el sujeto es dueño de sí mismo, ¿que sujeta al sujeto? ¿Es el lenguaje? ¿El inconsciente? La clave está en darse cuenta de que en realidad el sujeto no es autónomo; de hecho, el sujeto ha muerto porque está consciente de que está sujetado.

El orden no está en las cosas sino que se imprime en las cosas. Entre el lenguaje y la realidad hay un orden que tira abajo la idea de que entre palabras y cosas hay algún tipo de equivalencia. El orden dispone las cosas y las entendemos a través de esa radicalización. No sabemos cuál fue el pacto originario del lenguaje, pero es claro que las palabras no equivalen a las cosas, sino que dependen de un marco conceptual, de un paradigma que imprime el sentido original. En este sentido, el libro “las palabras y las cosas” de Foucault inspiró a Borges a escribir cuentos que versan sobre ese orden que implica el lenguaje, tales como “El idioma analitico de John Wilkins” y “Tlon Uqbar orbis Tertius”. En este último, el poder ordenador del lenguaje queda de manifiesto cuando Borges describe el lenguaje de un país donde no existen los sustantivos, y que por tanto, al generar otro tipo de orden, se genera otra realidad.

El problema radica en encontrar los elementos que estructuran, y por qu estructuran de esa manera y no de otra, ya que todo puede ordenarse de otra manera. Thomas Kuhn trabaja la idea de paradigma: el episteme (conocimiento) se da dentro de un marco teórico, conceptual, intelectual, marcado por una época y sus circunstancias. Cada tanto, el paradigma cambia y con este la forma de ordenar la realidad y la forma de conocer. Así, en cada época, la verdad se construye.

Foucault desnaturaliza y deconstruye los conceptos, entre ellos, el concepto de progreso. Hay progreso si hay continuidad, si se resuelven problemas que frenan el avance. Sin embargo, la historia de las ideas es una historia de discontinuidades, donde la idea de progreso no puede aplicarse. Foucault estudia el cambio de episteme de una doble manera; por un lado, el modo en el que el saber se une con el poder; por otro, como con el cambio de episteme cambian el mundo y las ideas.

El saber es siempre funcional al poder porque lo fundamenta. Detrás de la forma en que se presentan las verdades está el poder, estructurando la construcción de un sentido común que surge de la unión del saber y el poder. Se trata de un orden del discurso que se instala como normal.

En “el nacimiento de la clínica” Foucault desarrolla la idea de la enfermedad como construcción social. Allí detalla como desde el siglo XVII las instituciones de encierro recluían al pobre, al marginado y al delincuente. En esas instituciones comenzaba un proceso de domesticación de los cuerpos que llevaba a un ordenamiento. El poder comienza a ejercerse así sobre los cuerpos políticamente dóciles y económicamente productivos, buscando obtener la rentabilidad productiva de esos cuerpos.

En la cárcel surge la idea del panóptico, que significa el ojo que todo lo ve. El preso se porta bien porque no sabe cuando lo están mirando. Esta forma se transfiere a las otras instituciones, mostrando que el poder vigila y castiga. El panóptico termina introyectándose, y de esta manera genera una autonormalización y autodisciplinamiento. Así el poder obliga, pero sin tener que hacer uso de la represión.

Como elemento ejemplificador, Foucault usa el análisis del cuadro de las meninas de Velázquez. En el, el pintor está retratando a los reyes, que son los que miran la escena. Sin estar visibles, están presentes en el cuadro. Como los reyes en el cuadro de Velázquez,  somos el sujeto invisible que da sentido. Cuanto más se habla algo, ms se instala como sentido común.

Sin embargo, donde hay poder hay resistencia. La resistencia está en la anomalía, en lo que escapa al sistema normalizador. La resistencia deja de lado la normalidad y se constituye en una anomalía. Sin embargo, el poder necesita de una resistencia para seguir gobernando, porque es en esa anomalía que el poder se apoya para poder seguir sosteniendo la normalidad deseable.

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