Walter Benjamin

Walter Benjamin vivió entre 1892 y 1940, y se lo considera integrante de la Escuela de Frankfurt. Se trata de un pensador anómalo por su escritura, que según Theodor Adorno está alejado de toda corriente. Sin embargo, se reconocen tres tendencias que estructuran su filosofía: el marxismo, el mesianismo judío (es decir, no la tradición judía sino la parte más mística del judaísmo) y el romanticismo antiiluminista (que cuestiona a la modernidad racional y postula la emergencia de lo emocional).

El iluminismo no admitía elementos que no pudieran ser validados por la razón: el pensador iluminista tiene un poder y es autónomo, es decir, se da sus propias leyes. De esta manera, se erige en juez ltimo: no cree, sino que tiene confianza absoluta en el producto humano concebido por la ciencia, considerada el matrimonio entre la razón y los sentidos.

El romanticismo, en cambio, está basado en experiencias numínicas, existenciales: cuando las palabras no alcanzan, hay algo que le pasa al ser humano. “Prefiero el silencio de los dioses a las palabras del humano”, dirían los románticos, haciendo alusión a que es preferible la ausencia de Dios que aquello que quiere mostrar el hombre de manera racional. El pensador romántico se caracteriza por la “sensación de indigencia espiritual, cuando los viejos dioses se han ido y los nuevos aún no han llegado”; representando la desaparición de las viejas certezas y absolutos tanto como la ausencia de nuevas premisas que los reemplacen. Lo propio del romanticismo es la melancolía: Dios ha muerto y es imposible de resucitar, es un fantasma al que se lo añora.

Benjamin vivió la primera mitad del siglo XX, donde florecen las vanguardias artísticas. En esa época, la efusión del arte reemplaza a la discusión entre la ciencia y la religión por la discusión entre ciencia y arte. Ante el hecho de que la religión no puede desplazar a la ciencia, se encuentra que el arte puede tomar los valores de la religión (despojado de dogmas), ya que estos son personales, inexpresables y subjetivos en su recepción. MIentras que la religión se asentaba en el sostenimiento de una certeza, el arte asume la ausencia del absoluto y del vacío que deja la desaparición de las religiones. En este sentido, la socialización del arte es celebrada por su carácter emancipatorio desde el costado marxista del pensamiento de Benjamin.

En su “Tesis de la filosofía de la historia” de 1940, trabaja la relación entre arte y ciencia cuando habla de “la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, analizando la muerte del arte y el problema de las industrias culturales que surgen para reemplazarlo. La socialización del arte no se refiere a su masificación. Esta última es posible gracias a los formatos tecnológicos que llevan al arte a la vida privada, peor que hacen que el arte deje de ser una experiencia original. Gracias a la técnica, es posible tener un disco, una película… y de esta manera, se termina generando un arte pensado para la reproductibilidad técnica, y pierde su carácter original y expresivo.

En cuanto a la influencia del mesianismo judío en el pensamiento de Benjamin, podemos decir que nació en Berlín, en el seno de una familia judía asimilada, es decir, en una familia que buscaba ser buenos alemanes más que buenos judíos. En el siglo XIX, se le pide a los judíos alemanes que prioricen los aspectos generales de su identidad (humano, europeo, nacional) a su aspecto particular (la identidad judía) si querían acceder a la igualdad de derechos. El planteo se vincula con la concepción de que la identidad (proviene de idem: igual) es binaria (se es o no se es) y supone la existencia de una clasificación clara. En este marco, los judíos no respondan a esa concepción ya tenían una identidad doble: eran a la vez alemanes y judíos, puesto que el ser judío no es solo profesar una religión, sino también ser parte de un pueblo, de una nación.

La primera generación de judíos que quedó bajo este marco optó por dos caminos: o se transformaban en asimilados (priorizando la identidad alemana a la judía) o en marxistas, donde la universalización operaba a nivel de clase: ni judío, ni cristiano, ni alemán: burgués o proletario.

La segunda generación de estos judíos (a la que pertenecía Benjamin) estaba influida por el romanticismo y comenzó a intentar recuperar elementos de los orígenes. En este contexto, se recupera la idea del mesianismo en sus dos vertientes: la religiosa y la revolucionaria. El mesianismo es un elemento del fundamentalismo religioso, ya que el Mesías es el enviado e Dios, el Salvador, encargado de traer la redención, es decir, de salvar del pecado (la muerte) y restaurar un estado originario. En su vertiente revolucionaria, el mesianismo une elementos de la religión con el pensamiento marxista, y de esta manera, debe dejar de ser el mesianismo trascendente y religioso para ser la redención de los oprimidos de la historia. A esta segunda adscribiría Benjamin.

Para el mesianismo revolucionario, la falla original está en el capitalismo, y el objetivo es llegar a redimir a los oprimidos, a los derrotados. ¿Como reparar a los grandes derrotados de la historia? Ya no alcanza con una revolución, puesto que se lograría redimir a los del presente, pero no se podría redimir a los muertos de la historia. La solución es entonces cambiar todas las estructuras de la historia: hay historias de vencedores y de derrotados, pero la cuestión está en quien escribe la historia. La historia se cuenta desde la perspectiva y conveniencia de los vencedores, silenciando y justificando la exclusión de los vencidos. En este sentido, Benjamin dice que “todo documento de la cultura siempre es documento de la barbarie”, y se refiere a la doble muerte que sufren los derrotados, puesto que no solo han perdido la batalla, sino que su voz ha sido silenciada. Por esto, se redime a los derrotados refundando la idea de la memoria, ya que la memoria es una cuestión política. Así, la rememoración debe recuperar las voces de los derrotados.

El mesianismo busca salir de la estructura de lo posible, lograr una revolución en la idea de tiempo, que se tomaba de modo lineal desde el iluminismo. La intención era restaurar las utopías no cumplidas, las de los derrotados, para que haya justicia. Pero existe un límite para esa revolución: este es que no se termine instalando la voz de los derrotados como voz oficial. Esto generaría una repetición del esquema que se quiere superar.

La rememoración no es más que la manifestación de una historia oficial meritocrática, una historia del “nosotros” que merece estar en el lugar donde está. La rememoración implica la relectura de la historia pasada y su recuento a las generaciones más jóvenes. Esa relectura está teñida de un resaltar los valores apreciados, y busca conmover, involucrar. El calendario litúrgico de las religiones se basa en eso: demos dos ejemplos. Recordar la Navidad es resaltar los valores de pobreza, hospitalidad, comunidad, y es conmoverse y buscar la revolución. Recordar la pascua es contar el relato de Moisés, de la opresión y la salida de Egipto. En la rememoración, si la lectura es literal no sirve. Para tener sentido, cada año debe leerse la historia pensando en los cambios producidos, y de esta manera, cada año las lecturas tendrán un sentido diferente.

La historia entonces no reconoce un progreso lineal, ya que esa linealidad termina por opacar e invisibilizar otras líneas que se desarrollan. Se trata de interrumpir esa linealidad del tiempo para mostrar a contrapelo lo que el tiempo no muestra: interrumpir y deconstruir el tiempo en la matriz y su entramado de intereses, cuestionando así la idea de progreso, considerado como una sucesión de acontecimientos que avanzan.

Para ese tiempo, Paul Klee pintó el “Angelus novus”, que para Benjamin era el ángel de la historia. Este ángel ve uno y solo un momento catastrófico donde nosotros vemos una linealidad de hechos sucesivos a los que llamamos progreso. Al no ver el progreso, ve una gran catástrofe, mostrando que el progreso en realidad arruina, genera ruinas. Podríamos poner un ejemplo práctico, por ejemplo, la construcción de una autopista. Desde la perspectiva de la modernidad, representa un progreso, un rápido acceso a ciertos lugares. Pero desde la historia de la comunidad, significa la demolición y la desaparición de parte de esa historia. Es que el progreso implica la demolición del pasado.

La obra de Benjamin es fragmentaria, ya que el mismo se resistía a la sistematización. Admiraba a Baudelaire, poeta francés que presenta figuras del mundo moderno para mostrar el París en crisis de la vida moderna. De los “pequeños poemas en prosa”, que son relatos con un importante contenido social, Benjamin toma la imagen del flaneur, un “paseante” que se pierde, que a a la deriva. Para Benjamin, la ciudad es el dispositivo moderno que ordena, de tal manera que cualquier tránsito tiene sentido. De esta manera, el flaneur es una figura de la resistencia, que construye la perdición.

“Voy a que la ciudad me sorprenda” dirá, en alusión a tratar de escapar de la historia oficial y de la racionalidad ordenadora. Benjamin tenía mucho optimismo tecnológico, ya que vivió el mundo de la preguerra.

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