Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche vivió entre 1844 y 1900. Fue sumamente criticado porque no es un filósofo, sino más bien un escritor crítico de la cultura. En su obra se destacan tres etapas. La primera está compuesta por textos polémicos pero claros, donde hay un lineamiento racional. En la segunda etapa, rompe con la filosofía académica y escribe aforismos. La tercera etapa es la del libro “Asi hablo Zaratustra”, donde parodia al Nuevo Testamento escribiendo mediante metáforas y parábolas. Sus últimos 11 años de vida los pasó en un neuropsiquiátrico.

Del pensamiento nietzscheano conviene tomar ideas, conceptos, ya que cuesta entender las tesis fundamentales del autor. Existe una fuerte tendencia a asociarlo con ideas fascistas totalitarias; sin embargo, se pueden encontrar múltiples lecturas que lo asocian a los más diversos temas; esto se debe a que Nietzsche fue muy crítico contra todo y todos.

Heidegger, pensador nietzscheano, dirá que Nietzsche es un pensador del ser, un pensador metafísico, que hace ontología. De hecho, ser considerado el último pensador metafísico de la larga serie que empezó con los pensadores griegos. Lo que Nietzsche establece, en la búsqueda del origen propia de los metafísicos, es que no hay un principio, sino un abismo. En este sentido, realiza una filosofía antimetafísica, pero que se pregunta por el origen de las cosas.

Fue el creador del nihilismo (del latín nihil: nada), corriente que sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito, o valor intrínseco; esto es, niega todo aquello que pretenda dar un sentido superior, objetivo o determinista a la existencia, pero a la vez es favorable a la perspectiva de un devenir constante de la historia, sin ninguna finalidad superior o lineal. Desde esta perspectiva, el nihilismo considera a la ciencia, a la filosofía y a la religión como creaciones humanas para ocultar la angustia que genera la consciencia insoportable de la nada.

Para Nietzsche no hay ser, ni hechos; solo interpretaciones. Esto quiere decir que no hay verdad, sino intentos de dibujar elementos que calmen. En su momento, este pensamiento representó una fuerte crítica al positivismo de la época y a su pretensión de alcanzar la verdad objetiva. El sujeto que interpreta es también una interpretación: está atravesado por una libertad ilusoria; ya que ni siquiera todo es subjetivo desde el momento en que el que interpreta no es libre del lenguaje. El conocimiento es, entonces, emocional.  

El lenguaje es un marco previo que me habla; y la normativa del lenguaje rige aún el pensamiento. Es un marco no elegido, una fuerza que condiciona, y que transforma al sujeto en un sujeto sujetado.

Un hecho es algo cerrado, algo inmutable, que ya no cambia. El hecho objetivo es inalcanzable, ya que el ser humano está limitado, y esto hace que interprete. Para Nietzsche, la interpretación es el hecho: todo puede ser de otra manera, todo puede ser interpretable, y hay interpretaciones que resultan más consensuadas y aceptadas que otras. Cuanto más consensuada es la interpretación, más poder tiene (y ejerce); se trata de interpretaciones hegemónicas que se imponen como si fueran la verdad. Por ello, se deben cuestionar las “verdades” del sentido común, aquello que se acepta como obvio, ya que el poder se expresa en su capacidad de ocultarse.

Lo que existen entonces es una lucha de interpretaciones, cuyo campo de batalla es el conocimiento. Las apariencias son apariencias de la verdad: esto quiere decir que hay una verdad, ya que si no hay verdad, no hay apariencias. La verdad es un ejercito de metáforas en combate. Esto lleva a asumir la contingencia de todo sentido, lo transitorio de todo conocimiento.

Hay más problema en lo que resulta obvio que en lo que resulta problemático; porque en lo obvio siempre hay algo oculto. Nietzsche no propone algo extremo, sino el desvelamiento, la crudeza de lo real, el hiperrealismo: descubrir aquello que el pacto de la cultura decidió ocultar para no mostrar.

La hermenéutica (del griego hermeneia: técnica para interpretar) es el arte de la interpretación, una destreza. Interpretamos textos, es decir, productos del lenguaje. El primer tratado de hermenéutica es de Aristóteles. Luego, hubo una hermenéutica religiosa, que es la que en la Edad Media interpreta la Biblia. La Biblia fue el primer libro interpretado hermenéuticamente a fondo, ya que Dios es ontológicamente diferente a nosotros y habla por tanto un lenguaje ininteligible para el ser humano. Dios “maquilló” sus ideas en lenguaje humano para que nos sea accesible, pero el hombre debe encontrar el lenguaje oculto. En este sentido, la hermenéutica religiosa supone que hay una interpretación verdadera.

En el siglo XV, con la aparición de la imprenta, todo texto se vuelve interpretable, dando lugar al surgimiento de una hermenéutica literaria. Sin embargo, la matriz religiosa perdura en el hecho de que se considera que todo texto tiene una interpretación única. La pregunta hermenéutica será ¿cuál es el límite? ¿cual es la interpretación más verdadera? A partir de esto aparece luego una hermenéutica relativista, donde la validez de la interpretación reconoce límites. Se induce al texto a ser lo que queremos que sea, y de esta manera, el texto no existe porque es siempre una interpretación.

Finalmente, existe una hermenéutica de lo real, una ontología hermenéutica, que se trata de interpretaciones vencedoras que se imponen e interpretaciones derrotadas que se esconden. Desde este punto de vista, el lenguaje es político, porque se trata de poder. De allí surge la frase de Nietzsche: “la verdad es la mentira más eficiente”, ya que la mentira es una interpretación que triunfó y logró ser creíble, creída. Así, la verdad es el arte del convencimiento.

El conocimiento se genera para crear seguridad; la interpretación occidental es hegemónica porque logró tranquilizar. Esa búsqueda de la seguridad y la tranquilidad es el gran karma del ser humano, que busca sustraer el vértigo de la existencia (entendida como la contingencia de lo real) que genera es angustia pura. Esa angustia se mitiga haciendo cosas, “creando sentido”.

En la antigüedad griega, se representaba esto mediante la tensión de dos dioses que convivan en el Olimpo: Apolo y Dionisio. Apolo era la razón y la palabra; la razón que ordena, filtra y mediatiza, generando una explicación tranquilizadora. Dionisio en cambio era la carne (no el cuerpo), la sensación extrema que genera la consciencia sobrepasada de estar siendo; representaba la asunción de lo existencial. Los griegos adoraban a los dos por igual, y fue Occidente el que generó la jerarquía que establece que lo vinculado con Apolo es bueno, mientras que lo derivado de Dionisio es malo. La propuesta de los griegos era diferente: en el origen, somos conflicto, ya que esos dos dioses habitan nuestro interior. Y el conflicto potencia las diferencias, porque somos diferencias. En este sentido, la violencia no es la diferencia, ni el conflicto: violencia es arrasar las diferencias en nombre de la paz.

El hombre calmo es Apolo: el mito calma, ya sea este el amor, la amistad, el matrimonio, el capitalismo… Sin embargo, todos los vínculos son contingentes. Para vivir a pleno debemos saber que todo es contingente y vivir a pleno mientras dura esa existencia destinada a acabar. Para Nietzsche, los grandes responsables de la decadencia de Occidente son Sócrates y Jesucristo, ya que crearon la idea de que hay un más allá que nos lleva a dilapidar la existencia esperando la promesa del más allá. En su libro “el Anticristo”, Nietzsche cuestiona la institucionalización de la religión.

El hombre feliz es aquel que vive el conflicto Apolo-Dionisio que hay en su ser. Tenemos que volver a ser batalla: el yo tiene que ser ese campo de batalla; pero tampoco podemos dejar que gane Dionisio, porque allí nos faltaria Apolo. Y si me doy cuenta que uno me falta, es que no estoy tan condicionado como pensaba.

El hombre construye metáforas para explicar la existencia, y cuando las condiciones de existencia cambian, las viejas metáforas que antes servían pierden su sentido. La metáfora muere cuando ya no se usa. De ahí viene la metáfora de la “muerte de Dios” como una adaptación a la época: cuando muere Dios, el hombre puede volver a creer. Tomando a Dios como metáfora, su muerte representa la muerte de las verdades únicas y absolutas, de las certezas incuestionables. Con la aparición de los monoteísmos, se crearon ontoteísmos y se suprimieron las diferencias; fue el momento de la victoria de una interpretación sobre el resto. En este sentido, Nietzsche dice que “el dia que un Dios se creyó único, el resto se murió de risa”.

Nietzsche va desarrollando de qué manera la metáfora de Dios fue mutando y cómo esa idea de absoluto permanece hasta la “muerte de Dios”. En el mundo griego, se sostenía la dicotomía entre un mundo verdadero, inalcanzable, absoluto, y un mundo aparente que es el que podemos percibir; y el cristianismo retoma esa dicotomía. Kant plantea un cambio cuando asume que es imposible conocer la realidad de modo absoluto, ya que somos nosotros los que le imprimimos sentido. Sin embargo, el pensamiento kantiano reconoce a la razón como un elemento absoluto en cuanto es universal: todos imprimimos sentido e la misma forma porque el sujeto no es diverso. Así se llega al positivismo, donde la razón humana construye interpretaciones hegemónicas que son impuestas como verdades. Aparece entonces una “filosofía del amanecer”, donde el hombre reconoce que todas son interpretaciones en pugna, y que por tanto, no hay nada absoluto. Es en ese momento en que el ser humano “mato a Dios”: en su intento por alcanzar la verdad absoluta, terminó descubriendo la nada y dándose cuenta que Dios (y los absolutos en que creía) son una creación humana.

En “así hablaba Zaratustra”, el primer discurso establece que fuimos camellos que existíamos bajo el peso de la ley; fuimos leones, esclavizados por el peso del poder, y niños, incomprendidos, creativos, libres de verdad, pero también fácilmente domesticables. Debemos llegar a ser el superhombre, también llamado ultrahombre: un espíritu libre, porque no tiene nada superior, entendido como algo que se cree como omnipotentemente superior (la metáfora de Dios, encarnando a todo elemento tomado como absoluto). El superhombre es un ser humano que ha podido asumir la contingencia de lo real y vivir aceptando su lado dionisíaco.

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