Karl Marx

Karl Marx (1818 – 1883) es un filósofo que analiza lo social; que hizo un análisis diferente a los análisis políticos y económicos de la época, dado que para él, la única realidad es la social. En este sentido, no tiene textos metafísicos, como sí va a tener su compañero Friedrich Engels (1820-1895) que trabajó más ese aspecto.

Marx fue sumamente crítico del carácter contemplativo y pasivo del quehacer filosófico. En este sentido, es el primero de una serie de filósofos (entre los que podemos incluir también a Nietzsche y a Heidegger) que sienten que la historia del mundo (y de la filosofía) hasta el momento ha estado equivocada. La crítica es al pensamiento teórico que, desde el mundo griego, implicaba un pensamiento especulativo al que en realidad, desde su parecer, no le importa el mundo, ya que lo piensa sin hacer nada. Ese enfoque filosófico representaba para Marx una complicidad con la clase dominante, ya que hablar del ser y la nada no engendra nada, y mientras tanto las cosas siguen como están.

Para él, los filósofos hasta ese momento se habían dedicado a interpretar al mundo; consideraba entonces que era hora de que empezaran a transformarlo. Marx propone una filosofía de la praxis, proponiendo una vista invertida de la realidad. De esta manera, nadie que lee a fondo y entiende la filosofía de Marx queda intacto, ya que lo que él propone es una descripción del mundo para su transformación.

Para Marx, “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, tal como expresa en el Manifiesto Comunista. Por ello, el sujeto de la historia es el sometido, que a lo largo de la historia va a tener diferentes formas pero manteniendo siempre líneas comunes. En el sistema capitalista, el sometido toma la forma del proletariado, es decir, de la clase obrera. La tesis marxista es que siempre hubo y habrá dominantes y dominados, hasta que se produzca la revolución que termine con el sistema. Es decir, la solución al problema será violenta, ya que todo desarme moderado no llega a generar la conciencia necesaria para terminar con el sistema.

El sometido está estructurado siempre igual, aunque exteriormente sea una pieza diferente del modo de producción propio de cada momento. Sin embargo, el oprimido es el que tiene la responsabilidad de emanciparse y emancipar al mundo, pero para ello debe tomar conciencia de los elementos de sujeción que están operando sobre el. Marx los llama elementos de enajenación, de alienación; que son aquellos que el poder articula para que el oprimido acepte su sometimiento. Para generar la liberación, el sometido debe asumirse animalizado, explotado.

En el capitalismo, implica tomar consciencia de que el salario (por bueno que parezca) es una herramienta de sujeción, ya que no existe un salario “bueno” o “malo” en el momento en que el que paga ese salario gana mucho más a causa del trabajo del que lo recibe. Para Marx el salario siempre es injusto, ya que es una expropiación, un robo, del valor que la persona generó con ese trabajo.

Marx recupera el materialismo de Demócrito y Epicuro, nacido del debate con el idealismo. Ambos, idealismo y materialismo, consideran que para entender la realidad hay que comprender cómo son sus principios fundamentales. Así, mientras para el idealismo esos principios serán intelectuales, espirituales, nacidos a partir de la consciencia y la espiritualidad; para el materialismo se trata de principios netamente materiales.

Marx consideraba al idealismo una filosofía burguesa, dado que creía que el pensamiento era una forma de sometimiento. Para seguir ejerciendo el poder, las clases dominantes tenían que convencer a sus dominados de que el pensamiento es autónomo. El poder necesita que todos pensemos que el pensamiento normalizado es autónomo, es decir, nuestro, propio, individual. Eso lleva a aceptar como natural el rol del sometimiento. En este sentido, el individuo es una construcción social también, por eso el pensamiento autónomo es funcional al poder.

Nietzsche dirá luego que la verdad es la mentira más eficiente. Paul Ricoeur considera que Marx, Nietzsche y Freud conformaban la “escuela de la sospecha”, ya que se oponían radicalmente a todo elemento que genere dominación, por ejemplo, a la familia, la patria y la institución escolar en tanto elementos difusores del pensamiento normalizado.

Marx tenía una propensión a la desnaturalización de lo real. En eso, hay una asociación con la teoría de la evolución de Darwin, que criticaba a la teoría adaptacionista considerando que todo en la naturaleza es mutable y contingente de un modo azaroso y no meritocrático. Naturalizar es afirmar que las cosas se han dado así de modo natural; cuando en realidad nada es sustancial y todo puede ser de otra manera. Así, Marx critica argumentos que hacen pasar por natural elementos que son propios de una época. Esa naturalización se da a partir de la manipulación de la esfera pública, basándose en instituciones como la escuela o los medios. En otras palabras, lo que la religión generaba como falsa igualdad, lo empiezan a generar el estado y la política. Y esa falsa igualdad tiene un efecto narcotizante. Estos principios los trabaja en un libro de su juventud, “La cuestión judía”, donde desarrolla los conceptos de la otredad, la identidad diferente, cuya existencia pone en evidencia que la igualdad “natural” es falsa.

Para Marx, la democracia liberal (no la democracia como valor, sino como institución) es una forma de ocultar la desigualdad entre los hombres. Algo similar sucede con la religión, que para Marx, genera una conciencia invertida del mundo y la realidad, donde el mundo real es el paraíso, y este mundo es ilusorio, y de ese modo justifica el sufrimiento del mundo presente en pos de un bienestar más allá, que no es otra cosa que un modo de legitimar la explotación.

Derrida habla de los “espectros de Marx”, tomándolo como un fantasma que aterra, ya que representa lo desconocido, lo incomprendido, lo inclasificable; todo aquello que por extraño hace que ante el no tengamos cómo oponer resistencia, logrando que se apodere de lo más propio de uno. Marx es el fantasma del comunismo, dado a conocer en el “manifiesto comunista”.

Hegel había dicho que la propiedad es la manifestación del hombre libre. Frente a ello, Marx plantea que lo propio se pone en juego cuando se acaba la propiedad. Para el, si la libertad es poseer, hay una clase que está desposeída, y que por tanto, no es libre. En este sentido, el mundo funciona mientras el proletariado se acepte como desposeído. La crítica que Marx le hace a Hegel entonces es que siempre se encuentran artilugios para fundamentar la desigualdad y el desposeimiento, es decir, que una clase quede afuera. De allí se traspasa a la idea de los vínculos como propiedades. Así, Marx va al fondo y aboga por la abolición de la familia, de la patria. Por ello dirá que “los obreros no tiene patria”.

Marx decide pelearse con todo aquello que llegue a definir la naturaleza de lo humano asociando a la razón con el alma; porque para él, la naturaleza de lo humano no depende de la racionalidad o de una trascendencia que le da sentido (Dios, la patria…); sino que el hombre es un ser social, que se construye en la relación social, y esa relación social tiene que ver con la materialidad. El hombre se realiza a través del trabajo; el trabajo es su esencia: el hombre es humano porque trabaja. De esto deriva la teoría de la plusvalía: todo trabajo asalariado es injusto, ya que la expropiación de nuestro trabajo es la expropiación de nuestra humanidad.

El pensamiento viene detrás: para legitimar el poder de los que ganan. La libertad personal es en realidad un pensamiento inducido, un dispositivo de enajenación: Algo así como la “libertad” de elegir en un “supermercado” de elementos preformateados, previos, establecidos por el Estado para que nosotros “elijamos”, cuando lo que no podemos elegir nunca es si entrar al supermercado o no. La enajenación, la alienación (del término alio: ajeno, extraño), es un estado de conciencia colectiva donde el enajenado se cree libre, creyendo que el ser, el hacer y el pensar le son propios.

En los “manuscritos económicos filosóficos”, Marx establece que el trabajo humano es el trabajo material mas la conciencia. Trabajar la naturaleza es humanizarla, transformarla en una extensión de nosotros. La enajenación se puede ejercer sobre el producto (cuando no sentimos propio lo que hacemos); sobre la actividad (no se realiza), sobre el ser genérico y en la relación con el otro. La enajenación se da sobre todo sobre el obrero en su trabajo, ya que la alienación hace que el obrero no se realice en su trabajo, entendiendo realización como vinculada con el sentido vocacional. Así la enajenación se manifiesta en el deseo de terminar la jornada laboral para llegar a casa, comer, y dormir; es decir, en el retorno a lo animal.

La enajenación en el trabajo se vuelve política, religiosa y filosófica. Para esto son claves las instituciones primarias (por ejemplo, la familia y la escuela) que están en la base de la superestructura institucional, que es el conjunto de instituciones que normalizan el pensamiento.

La clase dominante va a hacer hasta lo imposible por conservar su situación de privilegio; por ello, de la enajenación no se sale tibiamente sino mediante la revolución. Marx cree en un mundo igualitario en lo económico y lo social, sin embargo, para llegar a él hay que romper el sistema actual con violencia, ya que la clase dominante no va a largar el poder por convencimiento.

Nietzsche dirá que en realidad, de la enajenación no se sale nunca… sino que a lo sumo sólo se escapa a otra enajenación.

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