Rene Descartes

René Descartes, que vivió entre 1596 y 1650, es considerado el primer pensador moderno. Es un referente construído como un momento clave de la filosofía moderna, ya que representa una ruptura entre la filosofía clásica y la filosofía moderna. La primera buscaba el orden, lo que da sentido a todo y que excede al ser humano, considerado como un objeto (privilegiado) más del Cosmos, de la Creación. La segunda va a proponer que el fundamento último de todas las cosas es el ser humano en tanto que piensa.

Podemos pensar a la historia de la filosofía como con tres etapas diferentes. La filosofía antigua, cosmocéntrica; la medieval, teocéntrica; y la moderna (desde el siglo XV), antropocéntrica. Todas ellas hacen alusión a un centro, a un sujeto, que deriva del latín subjectum (sub: por debajo; jectum: lo que se presenta). Esto implica en los tres casos una búsqueda del fundamento, de la razón de ser. El sujeto es así el que responde al por qué último. En el caso de la filosofía antigua, ese sujeto era el Cosmos, que implicaba un orden universal donde cada uno ocupa el lugar que debe ocupar. En la Edad Media, el sujeto era Dios (Teo), el rey del orden universal, continuando la idea antigua. Será Dios quien explica ese orden. Por último, en la modernidad, el sujeto será el ser humano (antropo), estableciendo que la respuesta final la da el hombre a través de todo el conocimiento, y que no hay respuesta posible por fuera del ser humano. Así, para la modernidad, todo ser humano tiene similar capacidad de dar respuesta, generando así una sucesión de teorías que se refutan una a otra.

En la modernidad, el hombre ya no tiene un marco trascendente que lo explica. Con esto gana libertad y autonomía, pero pierde seguridad y estabilidad. Está obligado a construir su propio marco en el consenso con el otro. Este sujeto de la modernidad está sujeto (o sujetado) por múltiples facetas de lo humano: el lenguaje, la condición social, los medios, la cultura, el psicoanálisis, los mandatos, el consumo… y la lista sería inagotable.

En este sentido, la verdadera ruptura va a estar en el postmodernismo, donde se produce un descentramiento del pensamiento. Ya no se va a buscar un sujeto, un “centrismo” que tranquilice, sino que se va a dejar de lado la idea de la existencia de un fundamento último.

La obra de Descartes, sobre todo el “Discurso del Método” y las “Meditaciones metafísicas” necesitan un marco hermenéutico que lo sitúe y direccione la lectura. Una de las novedades de este pensador es que escribe en primera persona. Agustín ya lo había hecho en sus “Confesiones”, pero con un interés en empatizar con el objetivo de convertir. Para Descartes, la primera persona funciona de otra manera: si hay transferencia, se medita con el autor y así, se hace filosofía con él.

Descartes encarna el contexto de transición del paradigma religioso a la modernidad. En su trabajo se corre del paradigma religioso: su método no es religioso, no hay fe en él. En el paradigma religioso, Dios habilita la fe, la iluminación (de acuerdo con el pensamiento agustiniano) y de ahí el conocimiento. En Descartes, en cambio, la verdad se alcanza autónomamente, no hay factores externos trascendentes en la certeza del conocimiento.

La crisis del paradigma religioso se da en los siglos XV y XVI; y esa crisis religiosa es la crisis de todo el conocimiento. Cuando “muere” Dios (entendido de modo metafórico), muere la verdad absoluta, porque ya nada puede ocupar ese lugar. En este sentido, el siglo XVII es un siglo ambiguo: se puede considerar que “Dios ya no está” (como idea de absoluto) pero aún no se ha alcanzado la consciencia de la finitud humana. Esto se debe a que aún el efeto de la religión era muy fuerte. Recién Kant en el siglo XVIII, en el marco del Iluminismo, va a llegar a asumir que como hombres tenemos un límite.

Descartes forma parte del racionalismo metafísico moderno que tiene lugar en el siglo XVII y que va a estar representado también por Leibniz y por Spinoza. Ellos se van a constituir en críticos de la lectura y el método religioso, creyendo en la posibilidad de alcanzar con la razón la verdad última de las cosas. El racionalismo metafísico representaba así la mirada metafísica del Universo, pero desde la razón. De esta manera, la idea de que era posible alcanzar el conocimiento absoluto aún perduraba, solo que era la razón humana la que podía reemplazar a Dios. En este sentido, el racionalismo metafísico encarnaba un optimismo epistemológico al creer que la razón humana va a alcanzar algún día las respuestas últimas.

Descartes vivió en una época que fue el corolario de años de transformaciones socioeconómicas. Descartes era matemático, y como tal, consideraba que la matemática era la ciencia por excelencia porque garantizaba un conocimiento eficiente. Para él, la lógica del buen razonamiento (donde no importa el contenido sino la forma) era primordial. Descartes se propone así filosofar sin supuestos, desprendiéndose del conocimiento previo y comenzar de cero. Sin embargo, al igual que Copérnico (el sacerdote que buscaba cambiar el sistema astronómico de la Iglesia pero resguardando la idea de universo cerrado, con centro y con movimientos circulares), no pudo desprenderse de ciertas continuidades anteriores, como el lenguaje y ciertas categorías de la filosofía religiosa.

Así, coloca su razón por sobre todas las cosas, y la razón le provee de un método, que es la duda. Todo es puesto en duda; y todos tenemos el poder racional de cuestionarlo todo. La confianza está puesta, en última instancia, en lo que le pasa a la razón. La clave de la autonomía es la razón, porque el juicio último lo toma cada uno en su interioridad. En el momento en que se haya alcanzado un conocimiento indubitable, se habrá alcanzado la certeza. Esto está vinculado con la búsqueda del conocimiento absoluto: una vez que un argumento falla, se lo descarta como forma de conocimiento. Y al buscar un conocimiento indubitable, se descarta el conocimiento que llega por los sentidos, ya que si nos engañaron alguna vez pueden hacerlo de nuevo.

Aparece entonces la duda ante la existencia, y frente a ella, dos argumentos. Primero, el argumento del sueño. ¿Existo o estoy soñando? Este argumento es irresoluble, no tiene salida, ya que no hay prueba definitiva que lleve a la certeza de que no estamos soñando la existencia. Sin embargo, es indubitable que tanto en el sueño como fuera de él se respetan las leyes de la lógica y la matemática. El segundo argumento es la hipótesis de la existencia de un genio maligno, que encarna metafóricamente a la duda absoluta. Ese genio maligno es algo que se presenta sólo para engañar y hacer creer que vivo en una ilusión: está en relación con lo planteado en la alegoría de la caverna, generando una paranoia existencial y la sensación de que todo puede estar equivocado; de que la realidad se sostiene sólo en el sentido común. El genio maligno destruye toda posibilidad de conocimiento absoluto. Sin embargo, hay algo de lo que no se puede dudar, y es de que estoy dudando. Así, si dudo, pienso; y si pienso, existo. Aunque toda la realidad pueda ser falsa, existe una certeza: me está pasando. Me pasa a mí. Lo indubitable es el yo. No es que existimos porque pensamos, no es que el pensamiento cree existencia; sino que como estoy pensando, tiene que haber alguien que piensa, por tanto la prueba de que existo es que pienso. El yo, mientras dura, es absoluto, en tanto que piensa.

La contra de este pensamiento es el solipsismo: el encierro en uno mismo. Llegar a considerar que todo es un decorado hecho para mí, que puede ser una creación mía. El yo tiene que aceptar que no puede explicar la realidad toda. El yo, por ser pensamiento, lo que tiene es ideas. El solipsismo llena al otro con lo que el yo quiere que sea. Todo es en función del yo.

El contexto de este pensamiento es el origen del capitalismo. Se necesitaba demostrar que lo que pasa afuera es real. Hay algo afuera que garantiza que lo que pasa afuera es real. Dios es bueno y omnipotente y se demuestra desde el yo. El yo es un ser absoluto pero imperfecto, porque muere; las ideas son mías, porque las pienso, pero son tan imperfectas como yo, porque yo las creo. Pero en mi interior encuentro la idea de Dios, de lo perfecto… aunque lo imperfecto no puede crear nada perfecto, por tanto yo no fui su causa. Alguien tuvo que poner esa idea perfecta en mi cabeza, alguien que tenga idéntica perfección a mi idea. La prueba de la existencia de Dios es que esa idea perfecta está en mi cabeza.

Recién con Kant llegará la concepción de que la idea que tenemos de perfección es imperfecta; la verdadera perfección nos excede. Y por tanto, Dios es una creación mía tan imperfecta como las otras.

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