Epicuro y las escuelas filosóficas del helenismo

Epicuro vivió aproximadamente entre el 341 y el 271 a. C. y es un filósofo que ha sido silenciado por mucho tiempo de la historia de la filosofía “oficial”. El resurgir del helenismo y su filosofía en la actualidad nos habla de similitudes entre ese pasado y el hoy, como parte de una búsqueda en el pasado de elementos que permitan reinterpretar el hoy.

El contexto donde se desarrolló el pensamiento de Epicuro fue el de la crisis que sobrevino tras la explosión del imperio griego de Alejandro Magno. Durante la expansión alejandrina, todo el mundo conocido quedó integrado al mundo griego; y lo que quedó afuera se consideraba carente de entidad. Se puede decir, que en cierta manera, Grecia se “globaliza”. Pero ya dentro del imperio, y sobre todo tras su desmembramiento, aparece la contradicción entre lo global, lo totalizante, y lo fragmentario. Alejandro en su avance, pactaba con cada pueblo; finalmente construyó su imperio basándose entre el respeto a la diversidad. Eso garantizó la convivencia armónica, pero a la vez provocó que lo global encerrara una paradoja, que es poseer lo fragmentario en su interior.

Ante un orden que termina siendo un fracaso social, aparece la idea del “sálvese quien pueda”. La sensación era la de que se necesitaba encontrar una forma de salvación individual, a la vez que una profunda ansiedad por encontrar la felicidad. En la homologación entre la salvación y la felicidad, la salvación termina realizándose cuando se alcanza la felicidad de manera personal.

En ese contexto, la filosofía dejó de ser una reflexión sobre el cosmos y la política y se volvió una praxis cotidiana, un modo de vida. El helenismo engendró diferentes movimientos filosóficos, llamadas escuelas (eran en verdad ideologías), que funcionaban como una suerte de “sectas. En cada una de ellas, la filosofía funcionó como un “manual de instrucciones” sobre cómo vivir. Sobresale en todas el concepto de askesis, que se refiere a las ejercitaciones necesarias para alcanzar la felicidad y la buena vida. Esta nueva forma de la filosofía reconoce la influencia del mundo oriental que había sido conquistado por Alejandro, por ejemplo, de India.

Pero hablando de modelos filosóficos, ¿qué era la felicidad en esa época?

Desde el punto de vista clásico, Aristóteles expresaba que “soy feliz cuando me realizo”; donde realizarse quiere decir querer ser lo más real posible. La idea encerrada era el desear ser más que una mera existencia: alcanzar nuestra esencia, descubrir quiénes somos y buscar alcanzarlo. Esta idealización lleva, en muchos casos, a la frustración. Para Aristóteles, todo elemento que hay en el mundo se realiza si cumple su causa final; se realiza cuando ejerce su perfección, cuanto más puro es. En el caso del ser humano, lo que lo hace humano, su esencia, es el pensamiento. Por tanto, Aristóteles consideraba que cuanto más ejerzamos el pensamiento, más felices seremos. Pero ese pensamiento tiene que estar lo menos contaminado posible por las pasiones; en este sentido, consideraba que cuando las pasiones se apoderan de la persona, esa persona es infeliz. De esta manera, Aristóteles disociaba la felicidad del placer.

Varias escuelas filosóficas durante el helenismo buscaban una definición diferente de la felicidad que la dada por Aristóteles e intentaban formular la receta para alcanzar la buena vida. Las escuelas eran, en realidad, comunidades de amigos (filias) que en algunos casos incluían también a mujeres y extranjeros. Tradicionalmente, se reconocen cuatro corrientes del helenismo; las mayores fueron el epicureismo y el estoicismo, que lograron trascender el lenguaje filosófico y pasar al lenguaje cotidiano; mientras que las menores eran el escepticismo y el cinismo.

El estoicismo encontró que el camino para buscar la felicidad era distinguir siempre lo que depende de uno de lo que no depende de uno. Así, un estoico diría que lo que depende de mí no me puede perturbar, no me debe preocupar, ya que no se puede intervenir allí.

El cinismo como ideología ha sido muy tergiversado. Popularmente se toma al cínico como aquel que se regodea generando el mal; haciendo cosas que hieren al otro para gozar en la dolencia que se ha causado. Sin embargo, cínico viene de kino, que quiere decir puro. El cinismo postulaba que para alcanzar la felicidad había que volver a lo más puro y pelearse con lo que perturba, que es lo humano. Consideraban que lo humano crecía en contra de la naturaleza. La propuesta era inhumanizarse, restaurar la esencia originaria que se había perdido con la civilización. El ideal para ellos era seguir el modelo de la vida animal, así que enseñaban con sus prácticas. A esta escuela pertenecían Antístenes y Diógenes; este segundo es conocido por andar semidesnudo, comiendo de la basura y en apariencia loco. La actitud que la sociedad tomaba frente a Diógenes, la burla, demostraba que esta enseñanza con el ejemplo no era efectiva, ya que no sólo no movía a adoptar esta ideología sino que terminaba generando en los demás que la desestimaran como opción válida.

Los escépticos eran una escuela cuyo representante más conocido de esta corriente era Pirrón, que había sido alumno de Anaxarco, y participó en las campañas de Alejandro Magno. Llegados a la India, entabló un debate con un sabio hindú sobre el tema del dolor. Tras dar toda una explicación del tema, Pirrón vio al sabio hindú quemarse vivo delante de sus ojos y decirle “esto es el dolor”. La experiencia lo marcó tan fuertemente que dejó de hablar, ya que comenzó a considerar que nada de lo que digamos puede describir lo que de verdad es, porque sólo se conocen las cosas tal como son cuando se experimentan. De esta manera, el escéptico cuestiona a fondo y descree de todo lo que se diga, ya que el conocimiento real es absoluto, por lo que no se puede alcanzar con el discurso. Lo que decimos no es más que una realidad parcial, teñida de subjetividad, influenciada por el contexto, la experiencia y la propia codificación del lenguaje.

Pero una de las posturas más fuertes sobre la cuestión de la felicidad que surgen desde el helenismo como alternativa a la de Aristóteles es la de Epicuro. Del epicureismo surge el hedonismo como la búsqueda del placer puro, como un culto al placer sobre todas las cosas, al placer como valor que le da sentido a la vida. Ese placer es individual y es incompartible; es propio. Según Epicuro, el hedonismo no tiene que ver con el exceso.

En general se tiene un concepto manipulado y soez de los principios hedonistas, sobre los que se suele hacer una lectura negativa, vinculada al darle prioridad al placer como forma de evadirse del compromiso, del contexto y pensar sólo en el propio placer. Se lo ve como un pensamiento cortoplacista, sin un proyecto, que busca el placer inmediato (sin mediación), priorizando entonces los placeres de la carne. Así, se asocia al placer a conductas que en el mundo contemporáneo se consideran negativas, como el consumismo y todo tipo de excesos.

Uno de los principales responsables de la tergiversación del hedonismo fue el cristianismo, constituído como su antítesis. Cuando el pensamiento cristiano tomó las ideas de Platón, hizo del epicureismo su enemigo necesario. El platonismo establecía la división entre alma y cuerpo, considerando al cuerpo el elemento imperfecto y mutable del ser humano. Pero para el cristianismo, el cuerpo y el alma forman un compuesto armónico, por lo que establecen la diferencia entre cuerpo como elemento que permite la expresión del alma, y su enemigo: la carne, referido a lo bestial. En este esquema, el placer está en la carne; así, por ejemplo, el sexo unido al amor es del cuerpo, pero el sexo incontrolable es carnal.

Volviendo a Epicuro y al hedonismo, el placer era considerado la ausencia de dolor. El dolor transgrede el estado natural de las cosas. Epicuro reduce la filosofía a la búsqueda simultánea del placer y de la ausencia del dolor. Ser feliz es que no duela ni el cuerpo ni el alma: así, la primer preocupación es huir del dolor, ya que si esto sucede, el placer llegará solo.

Para el cuerpo, el dolor se combate con askesis (prácticas), de donde deriva la palabra ascetismo. Por ejemplo, el cuidado en las comidas. Para el alma, el remedio real para curar el dolor era el tetrafármaco: cuatro máximas que apuntaban, sobre todo, a vencer los miedos. Estas máximas debían entenderse y repetirse:

1. Los dioses no son de temer
2. La muerte no es nada para mí.
3. El bien es fácil de alcanzar
4. El mal es fácil de soportar.

El tetrafármaco buscaba alcanzar la atharaxia, el concepto clave en el hedonismo, que se refiere a la imperturbabilidad del alma y a la ausencia de dolor espiritual. Para alcanzar la imperturbabilidad del alma se debe poseer autonomía para controlar lo que me perturba (que viene en general del mundo exterior) y lo que no. Buscaba desligarse de todo lo que provoque dependencia, de situaciones cuya resolución no depende de nosotros. Una vez que se logra hacer la discriminación entre lo que puedo controlar y lo que no, lo que se consigue no es una realización en el sentido aristotélico, sino una reacción ante lo que perturba. El objetivo es hallar el placer en lugar de la esencia.

El tetrafármaco en definitiva buscaba desarmar los falsos infinitos, ya que la convicción de eternidad genera perturbación. Observemos algunos tópicos tratados por el hedonismo, para comprender mejor este pensamiento. En primer lugar, el amor romántico idealizado. Se trata de un lazo afectivo, donde el otro provoca perturbación por ausencia, o porque no nos ama como uno necesita. Ese amor romántico es un falso infinito, ya que creemos que durará para siempre, y puede ser que no suceda así. Un segundo concepto: el temor a la muerte. Al asumir la finitud y la contingencia, se disuelve el dolor y el miedo a la muerte, ya que no tiene sentido preocuparse por algo que inevitablemente va a llegar. Además, nadie va a tener la experiencia de su propia muerte: nunca vamos a sabernos muertos. Por último, el temor a los dioses. Los dioses son felices porque practican la atharaxia, es decir, han alcanzado el ideal de imperturbabilidad y están despreocupados del ser humano.

Epicuro proponía entonces cultivar el placer por lo mínimo, por lo elemental, por lo natural. Disfrutar las acciones más básicas de la existencia; recuperar la originariedad de la acción y hacer todo con mirada de principiante. De todos los placeres, el más difícil de alcanzar es el de la existencia, ya que al tratar de dotarla de sentido, comenzamos a crear falsos infinitos que terminan por angustiarnos. Tal vez el hombre debería recordar que los dioses son felices porque practican la atharaxia, pero sobre todo porque son; por su propia existencia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s