Recuerdo de mi abuela

Gustav Klimt – Árbol de la vida

Cuando comencé la secundaria, mi abuela vivía de camino entre la escuela y mi casa. De vez en cuando, terminado el día de clases, caminaba las cuadras que me separaban de su casa y me iba a merendar con ella. Con sus 90 y tantos a cuestas, lo que menos le faltaba era lucidez, pero se sentía sola y como todo abuelo, apreciaba que fuera a verla.

Cuando yo llegaba, mi abuela ponía sobre la mesa todo lo que tenía en la heladera, me hacía un mate cocido y me renegaba porque nunca tomaba leche. Entonces mirábamos juntas televisión, algún programa del canal de España a todo volumen porque cada día escuchaba un poquito menos. Y me contaba las viejas historias de su tierra una vez más, y yo la escuchaba mientras ella era feliz viéndome comer. De vez en cuando, me hacía una extraña confesión, tal como que ella no hubiera querido casarse, pero que en esa época era la única forma de tener hijos y por eso lo había tenido que hacer. Luego retomaba el hilo de su historia con la misma naturalidad con que yo recibía todo lo que me decía sin meditar demasiado.

Aquella vez que debe haber sido la última. Mi tía debía salir toda la tarde y yo me fui a acompañar a mi abuela. Era diciembre y ya había terminado la escuela, pero tenía que cortar un montón de tarjetas de cartulina para una actividad parroquial. Llevé mis materiales  y entre anécdotas de las rías gallegas, pan con queso fresco y mate cocido fui haciendo mi trabajo mientras ella miraba de reojo la televisión.

Sentadita allí, a mi lado, me vio marcar y cortar mis tarjetas, y cuando se dio cuenta que mi tarea llegaba a su fin se puso triste: “ahora que terminaste seguro te vas a querer ir.” Me dijo. Me enterneció tanto percibir la soledad en sus ojos y en su voz que con soltura le contesté: “pero no, si aún me falta un montón de trabajo, tengo que remarcar el borde de cada una”. La respuesta pareció tranquilizarla, así que tomé el marcador y tracé con parsimonia una línea negra en cada tarjeta mientras escuchaba una vez más las historias de su vida.

Pero inevitablemente llegó el contorno de la última tarjeta y ella lo percibió. Entonces me volvió a mirar y a decir: “ahora sí que terminaste y seguro te vas a ir, porque no tenés más nada más para hacer”. Y de nuevo me conmovió, y de nuevo me inventé un trabajo sobre las tarjetas para quedarme con ella. Cuando ya estaba llegando al final, llegó mi tía y nos invitó a comer. Al día siguiente en la parroquia vieron mis tarjetas y se sorprendieron por los detalles; no esperaban tanto glamour en una simple cartulina cortada.

La última vez que la vi tal como quiero recordarla fue justo después de cumplir 15 años. Ella no pudo venir a mi pequeña celebración, así que fui yo a festejar a su casa un ratito. Estaba viejita pero vital, aunque se notaba que poco a poco se iba apagando. Me dio un pequeño cofre con un dije de corazón en oro, y me dijo: “acá tenés el corazón de la abuela”.

Sus palabras me emocionaron mucho, aún sin saber que fueron las de nuestra despedida. Al volver la siguiente vez ya no encontré a mi abuela. La tuve un tiempo más, sí, pero había dejado de ser ella. Un mediodía de invierno, 20 años después que su marido y cuando le faltaban menos de cien días para cumplir los 99 años, partió, habiéndome dejado su corazón.

De mi proyecto “Árbol genealógico (nadie nace de un repollo)”

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