Los boletines

Ayer nomás terminé la interminable y agobiante tarea de corregir y cerrar el primer trimestre de notas. Quedan otros dos por delante… Y en un recreo, me leí esta lectura, y me reí como siempre con este librito especial que es “Le Petit Nicolas” (el pequeño Nicolás). Para nosotros, los adultos, resulta gracioso volver a aquellos pensamientos y percepciones que teníamos de niños y disfrutarlos desde la mirada que tenemos hoy. Intentaré hacer mi mejor traducción casera.

Acabo de terminar de corregir, decía, y pronto se entregarán los boletines…

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Petit Nicolas

Esta tarde en la escuela no hubo diversión porque el director vino a la clase a entregarnos los boletines. Cuando entró con los boletines bajo el brazo no parecía contento. “Estoy en la enseñanza hace muchos años -nos dijo- y jamás vi un curso tan desordenado. Las observaciones puestas en sus boletines por la maestra dan fe de ello. Bueno, voy a empezar a repartirlos”. Y Clotaire se puso a llorar. Clotaire es el peor alumno de la clase y todos los meses la maestra escribe en su boletín montones de cosas, y el papá y la mamá de Clotaire no quedan contentos y lo dejan sin postre y sin televisión. Están tan habituados, y me lo contó Clotaire, que una vez por mes su mamá no hace postre y su papá va a ver la televisión a lo de los vecinos.

En mi boletín decía: “alumno atropellado, muchas veces distraído. Podría estar mejor.” Eudes, que siempre le da piñas en la nariz a los otros, tenía: “Alumno desordenado. Se pelea con sus compañeros. Podría estar mejor.” Para Rufus, el hijo del policía, decía: “Sigue jugando en clase con un silbato, muchas veces confiscado. Podría estar mejor.” El único que no podía estar mejor era Agnan. Agnan es el primero de la clase y el chupamedias de la maestra. El director nos leyó el boletín de Agnan: “Alumno aplicado, inteligente. Llegará a los objetivos.” El director nos dijo que debíamos seguir el ejemplo de Agnan, que éramos unos pequeños malcriados, que terminaríamos presos y que eso será fuente de mucha tristeza para nuestros padres que debían tener otros proyectos para nosotros. Y después se fue.

Nosotros estábamos bien afligidos, porque nuestros padres debían firmar los boletines y eso no es siempre divertido. Por eso, cuando sonó el timbre de fin de la clase, en lugar de correr todos a la puerta, de empujarnos y tirarnos las mochilas unos a otros como hacemos habitualmente; salimos dulcemente, sin decir nada. Hasta la maestra parecía triste. Es necesario aclarar que este mes hicimos poco los deberes y después Geoffroy no debería haber volcado su tintero sobre Joachim que estaba tirado haciendo montones de muecas porque Eudes le había dado una piña en la nariz cuando fue Rufus el que le había tirado del pelo a Eudes.

En la calle caminábamos muy lento, arrastrando los pies. Frente a la panadería esperamos a Alceste, que había entrado a comprar seis pequeños panes de chocolate que comenzó a comer en seguida. “Es necesario que tenga provisiones, -nos dijo Alceste- porque esta noche, el postre…” y después dio un gran suspiro mientras masticaba.  Aclaremos que en el boletín de Alceste decía: “Si este alumno metiera tanta energía en el trabajo como en comer, sería el primero de la clase, por lo tanto, podría estar mejor.”

El único que no estaba tan afligido era Eudes. “Yo no tengo miedo. Mi papá no me dice nada, yo lo miro fijo a los ojos y después el firma el boletín y ya está.” Tiene suerte. Cuando llegamos a la esquina nos separamos. Clotaire se fue llorando, Alceste comiendo y Rufus chiflando bajito con su silbato.

Yo me quedé solo con Eudes. “Si tienes miedo de entrar a tu casa, es simple -me dijo Eudes.- Te vienes a mi casa y te quedas a dormir.” Es un buen compañero Eudes!! Nos fuimos juntos y él me explicó cómo miraba a su papá fijo a los ojos.  Pero a medida que nos acercábamos a su casa, hablaba menos. Cuando estábamos delante de la puerta, ya no decía nada. Nos quedamos ahí un momento hasta que le dije a Eudes: “Entonces, ¿entramos?”. Eudes se rascó la cabeza y después me dijo: “Esperame un momento. Después vengo a buscarte.” Entonces entró a la casa, y como dejó la puerta entreabierta, escuché una especie de golpe y una voz gruesa que decía: “A la cama y sin postre, pequeño bueno para nada!!” y a Eudes que lloraba. Creo que Eudes no debió mirar bien a los ojos de su papá.

Lo angustiante era que en ese momento yo debía llegar a mi casa. Empecé a caminar poniendo atención de no pisar las líneas de unión entre las baldosas de la vereda, algo fácil porque no iba demasiado rápido. Sabía bien lo que me diría papá. Me iba a decir que él era siempre el mejor de la clase, que su papá estaba muy orgulloso de él, y que él egresó de la escuela con montones de diplomas de honor y medallas que le encantaría mostrarme pero que se perdieron durante la mudanza después del casamiento con mamá. Y después, papá me diría que yo no voy a llegar a nada, que seré pobre y que la gente dirá “es Nicolás, el que tenía malas notas en la escuela”, y ellos me señalarán con el dedo para reirse de mí. Después, papá me iba a decir que el se desloma para darme una educación esmerada y para que yo esté armado ante la vida y que yo soy un ingrato y que ni siento la pena que les hago sufrir a mis pobres padres y que yo no tendría postre y que para que fuera al cine habría que esperar al próximo boletín.

Mi papá va a decirme todo esto como el mes pasado y el mes anterior, pero yo, yo ya tuve suficiente. Voy a decirle que soy muy infeliz, y que bueno, esto es así, y que voy largarme de la casa y me voy a ir bien lejos y que ellos me extrañarán mucho y que no voy a volver hasta dentro de montones de años y que yo voy a tener muchísima plata y papá tendrá vergüenza de haberme dicho que no llegaría a nada y que la gente no osaría a señalarme con el dedo  para reirse de mi y que con mi montón de plata llevaría a papá y a mamá al cine y todo el mundo dirá: “miren, es Nicolás que tiene un monton de plata y que le paga el cine a su papá y a su mamá, aún cuando no fueron comprensivos con él”, y que yo llevaré también al cine a la maestra y al director de la escuela, y me di cuenta que estaba delante de mi casa.

Pensando en todo eso y armando historias geniales, me había olvidado del boletín y había caminado muy rápido. Tenía una bola enorme en la garganta y me dije que tal vez sería mejor partir en seguida y no volver hasta después de montones de años, pero empezaba a anochecer y a  mamá no le gusta que esté afuera cuando es tarde. Entonces, entré.

En la sala, papá estaba hablando con mamá. Había un montón de papeles sobre la mesa delante de él, que no tenía un aire muy contento. “Es increíble, decía papá, ver lo que se gasta en esta casa! Cualquiera creería que soy un multimillonario! Mirá estas facturas! Esta del carnicero! Esta del almacenero! Pero claro, soy yo el que debe encontrar el dinero!” Mamá tampoco estaba contenta, y ella le decía que él no tenía ninguna idea del costo de vida, y que un día el debería ir a hacer las compras con ella, y que ella iba a volver a lo de su madre, y que no debían discutir todo eso delante del niño. Entonces le di el boletín a papá. Y papá abrió el boletín, lo firmó y me lo devolvió diciendo: “Los chicos no tienen nada que ver aquí. Todo lo que yo pido es que alguien me explique por qué la lechuga tiene este precio!!”. “Andá a jugar a tu cuarto, Nicolás”, me dijo mamá. Y papá estuvo de acuerdo.

Subí a mi cuarto, me acosté en la cama y me puse a llorar.

Lo que es cierto es que si papá y mamá me quisieran, se ocuparían un poco más de mí!

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