Para mi tía

Gustav Klimt – Árbol de la vida

Para pesar de mi padre, lo que más nos gustaba hacer los sábados por la mañana cuando nos llevaba a visitar a mi abuela era salir corriendo hacia abajo, a la casa de mis tíos. La rutina era casi siempre la misma: llegar, darle un beso a la abuela, cumplir un ratito y encontrar el momento de escurrirse hacia la casa de abajo.

Al bajar la escalera y salir del garage, lo primero que aparecía era la puerta de la cocina, donde mi tía estaba cocinando y mi tío estaba con la máquina de escribir trabajando en sus seguros. Nos recibían con grandes exclamaciones, abrazos y besos, y nosotros, en torbellino, seguíamos camino por el estrecho pasillo que llevaba a los cuartos en busca de mi prima. Muchas veces estaba sentada en su escritorio dibujando “tuercas”, algo que con el tiempo aprendí que eran moléculas. Nosotros veníamos a ser para ella la interrupción de sus horas de estudio de bioquímica, pero nunca se quejó y siempre nos recibió con alegría, riendo de nuestras ocurrencias y tratando de explicarnos que esas tuercas eran, en realidad, estreptococos.

Cumplidos los rituales, venía el entretenimiento del día. A veces mi tío nos dejaba escribir con su máquina, o salíamos a correr por el patio. Lo que nunca faltaba era el momento en que mi tía nos hacía un sandwichito con un vaso de Coca Cola. Debo decir, para justicia para con mis padres, que nunca en la mesa la gaseosa de los fines de semana, y que mi madre era una maestra en hacer variedad de sándwiches para nuestras meriendas. Pero los sandwichitos la tía eran únicos, siempre eran iguales y tenían ese toque de las cosas especiales que quedan para el recuerdo. Eran un pan francés pequeño, con manteca y jamón cocido. Lo degustábamos como el manjar más grande sobre la Tierra, y ella disfrutaba viéndonos comer con avidez.

Era entonces cuando mi padre se asomaba por la puerta, nos decía que era hora de irnos, que debíamos saludar a la abuela. Y al ver nuestras meriendas de media mañana, retaba a su hermana por tomarse la molestia.

Lo cierto es que a fuerza de repetición o de disfrute, cuando me hago un sándwich de jamón cocido con manteca siento que me transporto a la cocina de la tía, bañada por el sol, con el tic tac de la máquina del tío y las exclamaciones de ambos al verme comer.

De mi proyecto “Árbol genealógico (nadie nace de un repollo)”

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