Instrumento de la paz

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya mal, ponga yo perdón ;
donde haya discordia, ponga yo armonia;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya sombras, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

Señor, que no me empeñe tanto

en ser consolado como en consolar,
en ser comprendido como en comprender;
en ser amado como en amar.

Porque es olvidándose a sí mismo uno se encuentra;
es perdonando como se es perdonado;
es muriendo como uno despierta a la vida eterna.

Más de una vez leí la oración de San Francisco de Asís y me pregunté a qué se refería. Son hermosas sus palabras, pero ¿qué sentido práctico tienen? ¿Cómo puedo aplicarlas en mi vida y transformarme fehacientemente en un instrumento de la paz?

Hoy estuve leyendo y encontré un texto que me resultó revelador, sobre todo a la luz de ciertos conflictos recientes y ciertos otros que tengo por resolver y que me angustian de sobremanera. Son estos los momentos en que siento que Dios está conmigo y me alumbra, me habla, me orienta.

En las Bienaventuranzas, Jesús nos dice: “Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5, 9). No nos dice “dichosos los que aman la paz”, ni “dichosos los pacíficos a los que nada perturba”. Al contrario, nos dice “dichosos los que trabajan por la paz”: los que activamente procuran resolver los conflictos. Los pacificadores son difíciles de encontrar porque la pacificación no es tarea sencilla. Por ello, trabajar por la paz es una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar.

Trabajar por la paz no es evitar los conflictos. Huir de los problemas, aparentar que no existen o tener miedo de hablar de ellos es cobardía. Trabajar por la paz no es apaciguar: siempre cediendo, dejándonos pisar y permitiendo que los demás nos pasen por encima.  Trabajar por la paz es enfrentar los problemas, buscar resolverlos y mantener firme posición frente a los hechos que niegan la paz.

Como todo, nuestro trabajo comienza por ser instrumento de la paz de Dios entre los más próximos, entre quienes nos rodean. Nuestro mayor desafío en la vida es aprender a amar. ¿Qué otra cosa nos quedarán que no sean las relaciones que supimos construir? No he sabido de nadie que en el final de su vida quisiera ver sus títulos o sus posesiones… todos quisieron estar con sus seres queridos.  Es por ello que siempre es valioso restaurar las relaciones; valorarla y esforzarse por mantenerlas en lugar de descartarlas siempre que se produzca una división, un disgusto o un conflicto. Un buen camino para llevar la paz es tener en cuenta los siguientes elementos.

* Hablar con Dios primero. 

Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abrirá. (Mateo 6, 24)

Todo lo que pidan en oración con fe, lo alcanzarán. (Mateo 21, 22)

Conversar con Dios sobre el problema, decirle cómo nos sentimos, cuáles son nuestras frustraciones, nuestros dolores, es el primer camino a la sanación y la construcción de la paz. Manifestarle con sinceridad nuestra voluntad de pacificar, de ser su instrumento; pedirle su socorro en la tarea, depositar nuestra confianza en él, puede aportarnos la paz y la serenidad para seguir trabajando.

* Tomar la iniciativa siempre.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes“. (Lucas 6, 31)

No importa quién haya sido el ofendido, quién ofendió a quién, para resolver la situación no esperemos a la otra persona: tenemos la capacidad de dar el primer paso, de presentarnos ante ella. Cuando las relaciones empiecen a ponerse tensas, planifiquemos inmediatamente una conferencia de paz. No es cuestión de postergarla, poner excusas o prometer que nos encargaremos del asunto algún día: la demora sólo sirve para aumentar el resentimiento y complicar las cosas. En caso de conflicto, el tiempo no cura las heridas: las inflama. Actuar prontamente reduce el daño que nosotros mismos podemos sufrir, ya que la presencia del problema nos hace sentir mal mientras éste dure. Una cosa a tener en cuenta: el éxito de una conferencia de paz depende de elegir el lugar y el momento correctos, cuando no hay cansancio, prisa o posibles interrupciones; cuando las partes estén con el mejor ánimo posible.

* Comprensión ante todo.

No juzguen para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.” (Mateo 7, 1-2)

Durante el encuentro, es mejor usar los oídos antes que la boca. Antes de intentar resolver un desacuerdo, conviene escuchar lo que la otra persona tiene para decirnos sobre sus sentimientos. Y esto es muy importante: para comprender debemos enfocarnos en los sentimientos, no en los hechos. Comencemos con la compasión, no con las soluciones. Por eso, al principio conviene no discutir con la persona acerca de sus sentimientos, sino escuchar y permitir que se desahogue emocionalmente sin ponernos a la defensiva. Cuando escuchamos con paciencia la perspectiva de la otra persona estamos diciendo: “valoro tu opinión, me interesa nuestra relación, me importás”. Está claro que aguantar con paciencia el enojo de los demás es un sacrificio, sobre todo si no tiene fundamento; no siempre los sentimientos son lógicos y el resentimiento puede hacernos decir o hacer cosas muy tontas e hirientes. Sin embargo, esa escucha abre el camino al diálogo. Sólo cuando hayamos escuchado la otra persona estará dispuesta a dialogar.

* Confesar nuestra parte en el conflicto.

¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘deja que te saque la paja de tu ojo’ si hay una viga en el tuyo? Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mateo 7, 3-5)

 A veces la manera en que tratamos un conflicto produce un daño mayor que el problema original. Si realmente queremos restaurar la relación, debemos comenzar por admitir nuestros propios errores. Para que haya un conflicto se necesitan dos, y sincerarse sobre los propios resentimientos, los propios sentimientos, los propios dolores es un buen primer paso para la reconciliación. En este sentido, como todos tenemos puntos ciegos y a todos nos cuesta ser objetivos, es bueno pedirle ayuda a un tercero para que juntos podamos evaluar nuestras propias acciones. Es importante que esa persona sea neutral y pueda sentirse libre de expresarnos lo que observa sinceramente, así como que estemos abiertos a las críticas que nos pueda hacer. La confesión es un arma poderosa para la reconciliación. Cuando comenzamos por reconocer con humildad nuestras equivocaciones, el enojo de la otra persona se apaga porque posiblemente esperaba que estuvieramos a la defensiva. Lo importante es no excusarse ni culpar al otro, sino reconocer la parte que nos corresponde en el conflicto y asumir la responsabilidad.

* Atacar al problema, no a la persona

Una respuesta suave aplaca la ira, una palabra hiriente exacerba el furor.” (Proverbios 15, 1)

No profieran palabras inconvenientes; al contrario, que sus palabras sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan.” (Efesios 4, 29)

Cuando estamos buscando al culpable, no podemos arreglar el problema. Cuando estamos enojados no logramos persuadir a la otra persona. Es por ello que es importante elegir las palabras con cuidado. Al resolver conflictos, la manera en que se dicen las cosas es tan importante como lo que se dice. Si somos agresivos, nuestras palabras se recibirán a la defensiva. No podemos ser convincentes si somos ásperos. Para salvar una relación, es necesario destruir nuestro arsenal nuclear de armas relacionales: la desaprobación, el menosprecio, las comparaciones, las etiquetas, los insultos, la condescendencia y el sarcasmo. Por ello, es bueno poner en claro estas pautas con la otra persona; y si aún apela a estas armas, posponer la reunión para otro momento, siempre próximo y siempre con una fecha definida.

* Cooperar tanto como se pueda

Den y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes” (Lucas 6, 38)

La paz siempre tiene un precio: nuestro orgullo, nuestro egoísmo… Por amor al compañerismo, hagamos lo mejor que podamos para llegar a un compromiso, para adaptarnos. Esto no quiere decir ceder a disgusto y con la sensación de que nos han pisoteado; significa evaluar qué cosas estamos dispuestos a dar para resolver el problema y saber ver y valorar lo que el otro nos ofrece.

* Hacer hincapié en la reconciliación, no en la solución.

“Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Juan 15, 12-13)

No es realista esperar que todos nos pongamos de acuerdo en todo. La reconciliación se enfoca en la relación, mientras que la resolución se concentra en el problema. Cuando nos concentramos en la reconciliación, el problema pasa a un segundo plano de importancia y hasta puede tornarse irrelevante, porque lo que estamos valorando es el rescate de la relación. Las personas solemos tener, con toda legitimidad, desacuerdos y opiniones distintas, pero podemos discutir sin ser desagradables. Podemos reestablecer una relación sin haber resuelto nuestras diferencias; lo importante es la unidad, no la uniformidad, y poder caminar del brazo sin ver todas las cosas de la misma manera. Eso no quiere decir que debamos desistir de encontrar una solución. Puede ser necesario que sigamos discutiendo y debatiendo, pero siempre en un espíritu de armonía. La reconciliación consiste en enterrar el arma, no el asunto.

¿Con quién deberíamos reconciliarnos? ¿En qué problemas de nuestro entorno podemos mediar para llevar a la reconciliación? No lo posterguemos, empecemos ahora. Comencemos a ser en nuestra vida instrumentos de la paz. Como todo, lleva tiempo y requiere esfeurzo y constancia; por eso, a no desanimarse, a perseverar, que estos pasos son sencillos pero no fáciles de llevar a la práctica.

Comencemos desde hoy… hagamos la oración de San Francisco desde el corazón, comprendiendo cada palabra, y emprendamos la tarea!

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