Tiempo de playa

Piriápolis, Punta del Este; Uruguay
2 de Enero de 2012

Piriápolis 2012

Lunes. Montevideo lucía ahora sus negocios abiertos, los colectivos que iban y venían por la avenida y gente por todos lados. La historia había cambiado. Pero nuestros planes eran hacer día de playa, así que tras una recorrida por los cajeros (tratando de remediar las frustraciones monetarias del día anterior), partimos hacia las playas del Este. Para nuestra supervivencia, buscamos un lugar donde comprar frutas. Una señora de un puesto de revistas contestó nuestro requerimiento con una larga e interesante explicación de las viscisitudes del comercio en una ciudad chica como esa. Por ley municipal, en Montevideo cada comercio tiene su rubro definido para garantizar la supervivencia de todos. Por ello, no hay mercaditos ni supermercaditos ni hipermercados: allí sobrevive el almacén, la frutería, el kiosco… Nos contó que muchos productos llegan de Buenos Aires, incluídos en las áreas de distribución de las provincias argentinas, como si Uruguay fuera una más de ellas. Nos contó también que el país tiene actualmente algo más de 3 millones de habitantes, la mayor parte de los cuales se encontraba en la capital o cerca de ella.

Hallada la verdulería y aprovisionados de un melón, un par de bananas y duraznos, partimos por la rambla hacia el este. Parece ser que la sociabilidad de la gente uruguaya es algo común, porque mientras cargábamos combustible, el playero de la estación de servicio nos contó con parsimonia las características de los balnearios uruguayos, los de mar, los de río, los que más le gustaban a él y demás.

De allí, a la ruta. Como nos pasó días atrás, la perdimos en el primer pueblo, de manera que terminamos en la vía a la que no queríamos llegar: la autopista. Habiendo una ruta interbalnearia, junto al agua, con mejor paisaje, es un pecado ir por esa autovía rápida. Un poco más adelante, nuestra primer parada fue el balneario de Piriápolis, al pie de unos cerritos similares a las sierras de Tandil de la Provincia de Buenos Aires.

Una vista rápida de sus playas permitiría fácilmente confundirlas con alguna de Brasil. Sin embargo, es una playa de río, de aguas algo amarronadas, aunque ya bastante saladas. La dinámica del Río de la Plata hace que las costas uruguayas reciban la influencia de las corrientes marinas que llegan desde el sur, por lo que mientras que ellos tienen prácticamente agua de mar en los tramos finales del río, en Argentina las primeras costas marinas son, en verdad, costas con agua de río.

Piriápolis es pequeño, la rambla actúa como calle principal comercial donde están los negocios de recuerdos y los bares y restaurantes. Sobresale el Argentino Hotel que dio origen al balneario. Lo cierto es que sacamos algunas fotos, caminamos por la playa mojándonos los pies, juntamos caracoles y subimos al cerrito para tener la panorámica final de la ciudad.

Nos esperaba, kilómetros por delante, el glamour de Punta del Este. Desde lejos se observaba la costa festoneada de edificios, y al ingresar al balneario, encontramos los jardines cuidados, las construcciones modernas, las torres de alto nivel… más allá, un crucero de placer, el puerto deportivo con todos sus yates y veleros, una costanera rocosa… Pero también encontramos los embotellamientos de tránsito, el no poder estacionar, el mundo de gente.

La mitad de las patentes de los autos eran argentinas, como en una gigante invasión que cruzó el charco. Las playas atestadas, y en la vereda, montones de jovenes con cara de despreocupados que hacían dedo para ir de una playa a otra. Tal vez, para estos chicos, esa sea la “gran aventura” del verano… Mucha gente linda, de esa que tiene mucho tiempo encima para cultivar su físico, para verse bonita; que no descuida ni un detalle de su estética y apariencia, aún en el viento de la playa y la arena que se mete por todos los rincones del atuendo.

No pudimos estacionar y seguimos, por los barrios de las grandes mansiones. Cruzamos un puente ondulado y entramos en un embotellamiento peor. Entonces decidimos bajar a la playa a comer nuestra fruta. Comerse una tajada de melón en una playa top fue nuestra única parada en Punta del Este, un balneario digno de conocer, pero que tal vez es mejor de recorrer cuando está vacío.

Y volvimos a Piriápolis, a la calma de su pequeñez. Nos bañamos en el río, y tomamos mate sin que nadie nos mire raro. Finalmente cayó el sol, hundiéndose en un mar que cambiaba de color conforme pasaban los minutos: celeste, naranja, plateado, negro al caer la noche. Entonces se alumbró el cerro, un enjambre de lucecitas que pintaron el mar con destellos de color en los reflejos.

Y caminamos, dimos una vuelta, y nos volvimos a Montevideo, con la ruta más tranquila y sin el calor de la tarde.

Algunas fotos…

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