Capítulo 2: Por nuevos caminos

Toda decisión de cambio implica dejar algo atrás, y muchas veces ese cambio duele. Sin embargo, lo importante es ser valiente y afrontar el dolor antes que conformarse en una situación cómoda pero no óptima. Y como tantas veces, cambiar implica apostar y correr el riesgo. “El que no arriesga no gana”, me dijeron una vez. Yo me arriesgué y gané.

La historia empieza desde el momento en que me inscribí por primera vez para trabajar en las escuelas. Recién recibida, contaba con el apoyo logístico de mi compañera Silvina, que por ese entonces debía rondar los 28… Recuerdo que me preguntó si me iba a inscribir para trabajar en las escuelas técnicas y yo le dije que no, que no me sentía capacitada. “Dale”, me dijo. “Van a tardar un par de años en llamarte, para ese entonces vas a sentirte capaz”. Pero como soy cabezuda, no le hice caso.

El hecho de que no me sintiera capacitada no era por mí, sino por las escuelas. A pocas cuadras de mi casa estaban los famosos “industriales” del barrio: el de química y el de automotores. Mientras fui alumna secundaria, los mitos sobre esos colegios volaban por el barrio: lo difícil; los talleres; la cantidad de repitentes… Cierta vez en la parroquia conocí una chica que iba al de química y me asombré. Luego estaban los amigos de mi hermano, todos alumnos de la de automotores. Ellos contaban las mil y una que le hacían los 30 varones a las profesoras y no daba muchas ganas. No, con 22 años no me iba a arriesgar a anotarme allí. Tenía miedo.

En el año 2007 entré a trabajar en las escuelas municipales: habían pasado dos años de la inscripción hecha con Silvina. Entonces , vencido el cuco de lo que creía que era la escuela pública, decidí probar suerte e inscribirme de una vez para educación técnica los industriales, “total, seguro me llaman recién en dos años”. Quiso el destino que no llegara con los tiempos y la inscripción a “los industriales” quedó trunca.

Y entonces llegamos al momento que relataba en el capítulo anterior, cuando Claudia me dijo: “¿no te presentás en técnica? Si en el privado estás mal…”, cuando tomé conciencia y fui a postularme… al colegio de automotores. Fui la única para geografía, así que en un tris las horas eran mías, aunque tuve que esperar tres semanas de trámite burocrático para hacerme cargo.

El solo hecho de presentarme fue sobrecogedor… la escuela es, ediliciamente, monumental al lado de todas aquellas donde estuve; no sólo por el tamaño sino por su impecable mantenimiento. No sé por qué pero un edificio mal mantenido no da imagen de gigante… en fin, miraba para adentro de las aulas desde el pasillo: puros varones, puras profesoras. Eramos como 50 postulantes para diversos cargos, y como había un montón de horas de taller, había también un montón de profesores de mi edad con guardapolvo azul… al verlos, no sé por qué, me sentía cada vez más pequeña. Fue entonces cuando me ofrecieron las horas y roja como un tomate las acepté delante de todos… Fueron tres semanas de dudas en el vaivén de desear que me llamen de una vez y a la vez desear que se caiga el ofrecimiento… que finalmente quedó efectivo.

Yo arriesgué, decía, y gané. Me despedí con lágrimas y remordimiento de mis otros alumnos, y me presenté a trabajar al día siguiente a la nueva escuela. Tal vez haya sido el paso decisivo del año. No podría estar mejor… parece una escuela de otro tiempo, un tiempo que ni siquiera fue el de mi propia secundaria… y paso a detallar por qué…

Cuando entro al aula, los alumnos ya están adentro. Se paran, se callan y esperan que los salude. Me contestan el saludo, y si no digo “siéntense” se quedan parados y en silencio. Mientras firmo el libro no pierden el orden, sólo conversan bajito. Si me paro, prestan atención sólo de verme parada… bueno, si, de vez en cuando tengo que pedir silencio, concentración o que se sienten derechos (sobre todo en los primeros años), pero en general doy clase relajada y sin levantar la voz. Ninguno pide de ir al baño ni de salir en hora de clase. No es difícil ponerlos a trabajar, tienen sus materiales, cumplen sus tareas con prolijidad… son muy prolijos!! La letra legible, los gráficos bien proporcionados… y si llego con varios libros, mapas y demás, siempre alguno se ofrece a llevármelos al escritorio; siempre alguno se ofrece a colgarme el mapa, porque el clavo colocado para tal fin no es apto para enanos como yo…

Cuando toca el timbre, no es una estampida hacia afuera, sino que esperan que termine y les abra la puerta y después salen caminando tranquilos. Cuando es el timbre del final del día, guardan sus cosas y esperan a que venga el preceptor a buscarlos. Ninguno pide de guardar antes, ninguno sale del aula anticipadamente. Si quedan dentro del aula y están arriando la bandera, hacen silencio firmes mirando a la pared del fondo. Y cuando uno presencia el arrío de la bandera en el patio, te corre el escalofrío por la espalda: todos firmes, en silencio, quietos… El día que quedé en medio de la escalera cuando empezó la canción me sentí una hereje terminando de  bajar los dos o tres escalones que me restaban. Me emociona tanto cada vez que lo presencio que más de una vez se me llenaron los ojos de lágrimas en ese momento, sobre todo el día que estaba conversando con un chico que, cuando escuchó el primer acorde, me pidió disculpas, se dio vuelta y quedó firme a mi lado mirando hacia el mástil, para seguir conversando cuando la pequeña ceremonia diaria terminó.

Suena demasiado extraño todo lo que digo, es la escuela que debería ser… esto es lo normal, lo deseable, mas no lo común en estos días. Los chicos pueden ser muy afectuosos, pero cada vez tienen menos hábitos escolares, menos disciplina, menos cultura del trabajo. ¡Cuesta tanto dar clases! Disfruto mucho de mi tarea, pero ¡termino tan agotada! Por eso estoy fascinada con la nueva escuela.

Respecto al cuerpo docente… qué decir!! Primero el dato numérico: somos 600 entre los tres turnos; otra prueba del gigantismo de esta institución. Todos me han recibido de maravilla y me han integrado en seguida. Ellos forman como una gran familia y se nota que pretenden contarme como un miembro más. Y como tengo una serie de horas de trabajo sin estar frente al curso, me asignaron una tarea: una cartelera de difusión. Me dieron vía libre para que despliegue mi creatividad y le de una mayor presencia a las ciencias sociales entre un alumnado orientado puramente a lo técnico, para que sean buenos técnicos pero también buenos ciudadanos, personas críticas y comprometidas con la realidad. Así que nuevita como soy, ando coordinando las ideas de quienes proponen temas a tratar en cartelera, ideando formas de transmitir ideas con mucha imagen, poco texto y pocos recursos monetarios. Sin duda echaré mano entonces de mi fiel amigo diseñador!! Hasta ahora el regente está chocho con mis ideas e iniciativas. Al margen de la cartelera, y como no puedo con mi genio, voy dejando mi sello en otras cosas: ya emprendí un ordenamiento de la mapoteca y me anduve metiendo en la reorganización de la biblioteca. El primer día que entré el rector me dijo que ahí todos se ponen la camiseta… parece que yo también ya me la puse y rápido.

Y llego al punto final, la frutilla del postre… sigo cosechando de los chicos esas cosas que me hacen estar feliz de la elección vocacional hecha; esas frases y gestos que duran milésimas de segundo pero que pueden cargarte las pilas para un larguísimo tiempo. Convengamos que en una escuela de automotores la geografía no es la materia que más les gusta a los chicos, o la que les parece más útil… en el mejor de los casos, les es indiferente. Además, los chicos no suelen demostrar y mucho menos decir cuánto les gusta una materia y cuanto valoran el trabajo de uno: uno lo tiene que ir descifrando, imaginando, y aún así siempre son conjeturas y  no certezas. Lo más común es que pase como me pasó cuando me despedí del otro curso: que cuando te demuestran su valoración ya es demasiado tarde.

Bien, resultó ser que tocó el timbre de la tercera clase de América en un tercer año. Pobres, fueron mis conejillos de indias: una clase presentación, una clase planificada como pude, una clase de emparche y emparejamiento con los otros dos terceros. Bueno, pese a ello, a la tercer clase se me acercó Iván y me dijo: “profe, qué linda su clase! es re interesante! me gusta estudiar geografía así!”. Atrás Julián decía: “si profe, en serio, está re bueno lo que vemos”. Otras voces me despidieron con frases similares mientras se iban al recreo. Y yo, más que orgullosa, estaba totalmente emocionada. Y si faltaba algo, al día siguiente, después de la clase de Europa con segundo año (esos sí son más ruidosos!!) la preceptora se me acercó y me dijo: “están re enganchados!! En las horas libres los veo preocupados pintando mapas, debatiendo lo que quieren decir, y me dicen que les decís cosas interesantes. Te felicito, es re lindo verlos así después de dos clases”. Y si es lindo para ella, imaginen lo que es para mi… me dan mas ganas de seguir adelante.

Y me dan mas ganas de seguir arriesgando, apostando, no conformándome, no acomodándome, cambiando, luchando, creciendo!! Porque si crezco yo, crecen también ellos, porque puedo brindarles más y mejores cosas; y como dije tantas veces, cuando crecen ellos se multiplica nuestra esperanza!

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